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Columna: Abandoné todos mis grandes proyectos pandémicos, pero hay 13 lecciones que aprendí

Hummingbirds congregate at a bird feeder.
(Christopher Reynolds / Los Angeles Times)

Tenía grandes planes para el parón: aprender francés, volver a coser, limpiar mis armarios, releer los clásicos. No se cumplieron, pero aprendí mucho.

Como muchos otros en los primeros días de la pandemia de COVID-19, reavivé mi relación con algunos viejos conocidos: miedo, culpa, impotencia y ansiedad. Cada noche, estos ‘amigos’ y yo nos reuníamos -sin ninguna distancia social- para revisar obsesivamente todas las plataformas de medios, el mapa del COVID de Johns Hopkins y los patrones de respiración de mi esposo e hijos dormidos -¿tienen tos seca?- antes de instalarse en el desierto del terror existencial en esas horas anteriores a la salida del sol.

Durante el día, luchaba contra el cansancio con una alegría disciplinada -¿No es genial tener una razón para hacer un picnic en el patio trasero, de nuevo?- y muchos, muchos otros planes.

Iba a volver a aprender francés (que nunca hablé muy bien en primer lugar), a familiarizarme con mis poetas y dramaturgos favoritos, con mis mancuernas. Decidí dominar las artes de la inundación y la sequía de mi jardín y leer, finalmente, esa copia de “Eminent Victorians” que compré después de ver “Carrington”, hace más de 20 años. Dedicaría al menos 15 minutos por día a leer detenidamente “El arte del Louvre” y aprendería a hacer mis propias velas.

Incluso -Dios nos libre- compré y ensamblé con éxito una máquina de coser, con la sincera creencia de que aprendería a hacer mis propias mascarillas faciales y, muy posiblemente, también cortinas (si alguien necesita una máquina de coser, ¡completamente enhebrada y sin un solo uso!, por favor hágamelo saber).

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Bueno, hice algunas de esas cosas por un tiempo (y “El arte del Louvre” sigue muy presente como base para el proyector durante las noches de cine en la pantalla grande), pero aunque mi francés sigue siendo tan malo como antes, he aprendido algunas cosas durante mi año en casa. A continuación, una breve lista:

El ajuste de cuentas sobre la raza en Estados Unidos el año pasado obligó a algunas empresas a abordar rápidamente sus deficiencias e incluir más medidas para contratar y retener a los empleados negros.

Los perros tienen gases todo el tiempo. Quiero decir, todo el tiempo. No importa lo que coman o cuántas caminatas hagan, los dos nuestros pueden intoxicar cualquier espacio compartido cada hora. Entonces, esas lindas fotos de canes que todos han estado publicando cuentan solo una parte de la cola, digo… ¡de la historia!

Los colibríes son intensos y más aterradores que los cuervos. Cuando me mudé a California, hace muchos años, pasaba horas contemplando el milagro de los colibríes: el zumbido sorprendentemente fuerte de esas alas que parecían tan delicadas, la belleza iridiscente de sus pequeños cuerpos mientras avanzaban y flotaban, bebiendo de las flores de lavanda. Los cuervos, por otro lado, siempre parecían un poco amenazadores, prendidos de las líneas telefónicas, quebrando la paz con sus sonidos alarmantes, como una evocación de “The Omen”.

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Hasta que puse un comedero para colibríes en el exterior de mi ventana, y arreció el caos. A los colibríes no les gusta compartir, aparentemente, y como los programas de los alimentadores son aún más complicados que agendar una cita para vacunarse, el acceso al néctar premium implica atacarse unos a otros. También, y cada vez más, atacarme a mí. En varias ocasiones, mientras leía inocentemente en el patio trasero, fui repentinamente abatida por una pequeña criatura brillante que bajaba en picado, con las alas batiendo de una manera que solo puede describirse como iracunda porque (y digo “porque”, ya que ha sucedido con demasiada frecuencia para ser una coincidencia) el maldito comedero estaba vacío. Así que ahora, aparentemente, estoy en el negocio del néctar de forma permanente.

Mientras tanto, esos benditos cuervos se sientan, graznan y se cuidan entre sí.

Todos creen ser la única persona que coloca el nuevo rollo de papel higiénico en el baño. Lo cual es imposible, ya que soy yo la única que siempre lo hace.

No me encanta cocinar. Siempre pensé que sí, tal vez no con la obsesión de mis amigos amantes de la comida (basta de betabel, por favor), pero tengo una variedad nada despreciable de platos bien recibidos, cuya preparación me brindó consuelo y satisfacción con los años.

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Ya no. Este año fue el primero que exigió la preparación de comidas todos los días para cuatro adultos y un adolescente, ninguno de los cuales estaba ausente debido a, digamos, la práctica de baloncesto o el ensayo del coro o incluso una fiesta de pijamas (por cierto, nunca extrañé tanto dejar al menos a un niño en una de esas fiestas). Uno de esos adultos es vegetariano, el adolescente no come productos de cerdo y todos declararon, demasiado temprano en la pandemia, que estaban hartos de la pasta. Así que, ya no más placer de cocinar. No hay nada de malo con la comida para llevar y Hello Fresh; Trader Joe’s tiene una excelente selección de comidas congeladas y todos pueden aprender a usar una olla de cocción lenta.

Las hadas del desorden existen. Viven en armarios y cajones, y están ocupadas revolviendo ropa que nunca se usa, tirando zapatos al piso y escondiendo todos los lentes de sol, tijeras y ocasionalmente las llaves, para que sin importar cuántas veces uno pase un sábado entero limpiando el armario y los cajones, todo vuelva a perderse y sea un desastre en cuestión de semanas.

Si necesita ver a todos sus familiares en 20 minutos, realice una llamada muy importante, que le tomó semanas coordinar, con una persona que únicamente tiene esos 20 minutos para hablar. Si la programa, todos sus parientes aparecerán, a menudo con papeles que usted debe firmar, ahora mismo.

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Existe el exceso del pan de plátano y las palomitas son la comida más sucia jamás inventada. Pero también la mejor. Con solo olerla uno recuerda todas las películas, carnavales, ferias y fiestas de pijamas que alguna vez dio por sentado (y que ya no dará por hecho nunca más). Pero su consumo nocturno reveló una verdad inquietante: al menos el 10 por ciento de palomitas del recipiente lleno, debe sacrificarse saltando del cuenco y cayendo al sofá y el piso, donde cada grano debe esconderse en una grieta o rajadura. Posiblemente sean ayudados por las hadas del desorden. Quizá no.

Si se ve obligado a quedarse en casa, es bueno vivir en Los Ángeles, porque es templada, muy hermosa y está llena de parques y senderos, y de hecho es posible llegar a la playa, las montañas o el desierto en menos de dos horas, lo cual es muy útil. También hay locales de In-N-Out, y esperar en esas filas es otra excusa para salir de casa y no cocinar la cena.

Resulta que podría vivir toda mi vida sin volver a ir a un centro comercial cubierto (aunque -ver arriba-, vivo en el sur de California, lo cual significa que hay muchos centros comerciales al aire libre). Pero sí me he convertido en una persona que necesita masajes regularmente, algo de lo que me di cuenta bastante rápido después de que el aislamiento hizo imposible conseguir uno. Nunca soñé que estaría ansiosa por un tratamiento que antes asociaba con las estrellas de cine y los mafiosos, pero así es.

Puedo usar una mascarilla por el resto de mi vida. Esconden las líneas de expresión alrededor de mi boca y me hacen resaltar los ojos. Además, no me he enfermado durante todo un año, y eso es muy bueno.

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El terror existencial, al igual que el amor no correspondido, es muy aburrido. A menos que sea un reportero o editor que trabaja en el turno noche, revisar las noticias después de las 11 p.m. es un peligro innecesario para la salud. Todo seguirá allí por la mañana, luego de haber tomado una taza de café y haya hecho la cama porque -como cualquier teoría positiva remarca- hacer la cama por la mañana es una piedra angular de la salud mental.

A menos que quiera sumarse a la industria de las velas perfumadas, es más barato comprarlas que fabricarlas. Y aunque sí puede haber demasiado pan de plátano, nunca hay demasiadas velas aromáticas. Especialmente si tiene perros.

Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí.


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