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Una historia de violencia de género y recuperación: ‘Quédate solo con lo bueno’

La violencia no comienza con un golpe sino con el desamor.
La violencia no comienza con un golpe sino con el desamor.
(Maca de Noia.)

Soy escritora. Soy buena persona. Amo la vida, los animales, las plantas y el mar. Amo a mi hijo. Fui víctima de violencia doméstica por 16 años.

La violencia de género (así se la llama en Argentina) es, para mí, doméstica, ya que existen hombres maltratados, también niños y abuelos.

Mi madre decía: “Como es tu noviazgo, así será tu matrimonio” y no se equivocó. Me puse de novia a los 33 años, con mi ahora exmarido; mi relación era un sentir vacío constante hasta que ese hueco se llenó de violencia.

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Me casé después de 5 años -ya teníamos un hijo- y recordé las palabras de mi madre. Yo decía que jamás iba a casarme; a tal punto que mis amigos me apodaban “Carrie”, como la protagonista de ‘Sex and the City’, protagonizada por Sarah Jessica Parker.

La violencia no comienza con un golpe sino con el desamor. Eric Fromm dice en sus numerosos escritos que es casi imposible definir el amor, pero sí nombra dos características esenciales: la voluntad y la libertad.

Estuve de novia poco tiempo, quizá tan poco que ni me di cuenta -ni por un instante- que comenzaba a andar el camino de la degradación más virulenta y cruel: la de un otro impiadoso que, con tal de tener el control, haría lo imposible por retenerme.

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“El amor es indisoluble de su idea de libertad, que implica ser capaces de obedecer a la razón y al conocimiento, y no a las pasiones irracionales”

— Eric Fromm

¿Lo logró? Sí. Yo que me creía capaz de identificar a este tipo de hombres, que había leído acerca de otras mujeres; hija de una madre que también sufrió violencia -de parte de mi padre y de mi hermano-. Yo, la que tanto amaba dar y callaba al recibir. Iba por el mundo a corazón abierto, en carne viva, para ayudar a quien lo precisara. Yo, María, como tantas otras mujeres, caí en la telaraña del amor mezquino, descendí a la oscuridad más profunda, me dejé cubrir de lodo hasta la asfixia, me desangré en cada intento por ayudar a mi victimario a mejorar.

¿Qué pasó?

El victimario, manipulador o como lo llaman los especialistas en salud mental, los psicópatas, no se curan.

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¿Qué es la violencia doméstica?

Es un abuso. Es ejercer poder sobre otra persona. Existen cuatro tipos: física, emocional, financiera y sexual. Sufrí la emocional (psicológica) y sexual. Lo emocional pasaba por decirme: gorda, ballena, me das asco, me impresiona tu panza de embarazada, sal de aquí que estoy mirando un partido de fútbol, usa ropa interior más grande. Me da náuseas ver como se mueve el bebé, vete a dormir a otro cuarto.

Me apartó de mis amigos, mi trabajo, de mi yo. Sin besos ni abrazos, sin compartir una mesa para algo más que para comer… Fui aceptando toda esa agresión a cuentagotas, como algo normal.

La violencia doméstica es ejercer poder sobre otra persona. Existen cuatro tipos: física, emocional, financiera y sexual.
La violencia doméstica es ejercer poder sobre otra persona. Existen cuatro tipos: física, emocional, financiera y sexual.
(Maca de Noia.)
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Respecto al sexo, mi exmarido no tenía relaciones sexuales conmigo y eso es una manera de tener el poder y de desvalorizarte como mujer. Que estaba estresado, bloqueado, cansado. Se dormía, primero en nuestra cama, luego ya directo en el sofá de la sala. Éramos amigos bajo un mismo techo, pero amigos que no se llevaban bien y, uno, abusaba.

Me separé. A los 8 meses volví. En realidad, le pedí que volviera. ¿Piensas que soy débil? No; estaba en una relación insana. Seguí inmersa en mi mundo, me dediqué a mi hijo y a trabajar. Luego dejé de trabajar porque mi exmarido quería que fuera madre. Y acepté. Es más, con mucho autoreproche confieso que me dije: “Qué buen tipo, no quiere que trabaje para que me quede con nuestro hijo”.

Luego siguieron mis amigos: se fueron, de a poco. No lo aguantaban y me lo dijeron, pero yo estaba nublada por este hombre. Era una mezcla perfecta de hartazgo y esperanza de que algún día, este sapo se convirtiera en un príncipe, NO SUCEDIÓ NI VA A SUCEDER. ¿Sabes por qué? Porque NUNCA fue príncipe.

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Me casé un 11 de septiembre -Día del Maestro. Lo menciono porque soy maestra y pensé: “Que bonito día para recordar”. Ahora, a lo lejos, estoy convencida de que la vida me decía: “El día del maestro, tienes algo que aprender”.

Me divorcié en 2015, después de catorce años. Peleas, gritos, borracheras, llegadas tarde. Se quejaba con otras mujeres delante de mí. Yo seguía siendo un mueble, insípido, incoloro, invisible.

Una tarde, tomando un café con una amiga me embriagué de tristeza y ella me dijo con firmeza: “María, te has olvidado de qué es ser feliz”. ¡Desperté! Las palabras son poderosas.

Mi ex estaba en Mendoza por trabajo y dejó su laptop en casa. En esos 13 años jamás le había abierto su computadora, ni revisado sus bolsillos, ni sospechado nada. Cómo desconfiar de él, si pobre, tenía problemas para intimar, para relacionarse con otros, lo habían echado de tres trabajos por violencia, no le gustaba sacarse fotos y tampoco me sacaba a mí, ni siquiera embarazada; era tímido, a tal punto de no poder pedir comida para llevar. Daba pena, pobre. No me daba cuenta de que, seguramente, era yo la que daba lástima a los demás, y la gente en vez de ayudarte, se queda callada.

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Abrí la laptop, fui a su email y allí estaba. Era el Día de la Mujer. Había enviado un correo que decía: “Para una mujer inteligente, amorosa…” Y ella contestó: “¡Eres un amor!”. A los diez minutos suena mi celular para decirme “Feliz Día de la Mujer”. Llamé a una amiga que es abogada, y saqué sus cosas a la calle. Mi terapeuta me dijo: “Tranquila, si está afuera va a ser más fácil”. Se fue a los dos meses: que no tenía a donde ir, que yo estaba loca, que lo que leí no era así. ¡Fuera! por mí y por mi hijo. (En general, nos mentimos con eso de que por nuestros hijos lo mejor es que tengan una familia). Yo pienso lo contrario: un hijo se merece un ejemplo de amor sano, no una familia enferma o un amor disfrazado. Y no me equivoqué. Nuestro hijo comenzó a florecer. Lo que no sabía en ese entonces es que mi exmarido, el padre de mi hijo, lo iba a usar como un arma contra mí.

Una tarde fue a su casa, a una parrillada (yo le había otorgado régimen amplio para no someter a nuestro hijo a este trajín de idas y venidas) y presenció una situación no apta para un menor de nueve años. Me lo contó nuestro hijo al volver a casa. Llamé a su pediatra, hablé con el Departamento de Infancia y me dijeron: “Es una situación de abuso, pida una orden de restricción”.

Fui al juzgado de familia y expuse lo que había ocurrido. Estimo que llamaron a mi ex porque la abogada auxiliar me dijo: "¿Usted envió a su hijo solo a los 9 años en Remis (algo así como Uber) a la casa de su padre?”, “Sí”, respondí. Ante esta respuesta me sometieron a una entrevista con un psicólogo (luego se supo que no lo era). Mi familia entera, a la que no veía hacía rato por una cuestión de distancia, estaba allí (mi exmarido los había estado bombardeando con mentiras durante meses – yo no lo sabía. Tampoco imaginé jamás que fuera a influir a mi familia pero lo hizo, y no soy el único caso. (Mis padres murieron y mis tres hermanos están denunciados por falso testimonio).

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La EX juez VELÁZQUEZ ordenó que me realizaran un exámen psicológico por haber enviado a un menor en Remis a CINCO cuadras de donde vivía. (Los niños viajan en avión -distancias de 15.000 km- a edad temprana acompañados por una persona de la aerolínea), así que accedí; creí que era parte del procedimiento legal.

Llegué a un sanatorio acompañada por una mujer policía. Eso ya me pareció raro. Entré, vino una doctora, me hizo hacer algunas piruetas para ver si estaba alcoholizada (no bebo) y yo le pedí que fuera breve ya que debía ir a buscar a mi hijo a la escuela. A la hora y media de estar allí, en una habitación literalmente monitoreada, me dicen: “No están los médicos para evaluarla, va a tener que quedarse hasta mañana. ¿Tiene celular?”, no, respondió un ángel por mí. A escondidas, llamé a un vecino abogado. Escuché lo siguiente: “¡María, sal de ahí ya! Tu ex debe haber arreglado con la juez y está todo armado para que te inyecten una droga y te quiten la tutela de tu hijo. Lo he visto varias veces ya; no firmes nada”.

Paralizada, autómata, llamé a la enfermera con el botón. Vino con un papel -que aún conservo. Decía: Por el presente autorizo a que se me suministre cualquier tipo de droga. “Me voy; soy una ciudadana libre y me retiro bajo mi exclusiva responsabilidad. No tengo por qué quedarme. Mañana vengo y acompañada”, firmé al pie -sin dejar lugar para que agregaran nada-; leí lo que sí me habían hecho (sacado sangre y pruebas de equilibrio) y me fui. Una enfermera me preguntó en un sollozo: "¿Qué hace usted aquí? ¡Váyase!”. Eran las 11:00 p.m.; había estado 10 horas retenida ilegalmente. Me fui a una cafetería de enfrente. Llamé a mi hijo y la línea estaba muerta. Hablé con el que atendía el lugar quien horrorizado me ayudó a conseguir un Remis de regreso a casa.

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Llego a casa, mi hijo no estaba; no lo volví a ver hasta después de TRES meses. Mi exmarido se lo había llevado a la fuerza con una orden falsa otorgada por una juez que fue posteriormente destituida. Me preparé para la guerra; esta vez era mi hijo el dañado. Me contacté con especialistas de todo tipo, con personas que habían pasado por lo mismo, escribí a todos los organismos de derechos de los niños, derechos humanos, derechos para las mujeres… hasta escribí a organismos internacionales. La policía hizo lo que pudo. Querían entrar por la fuerza a la casa de mi ex y les dije que no.

Esperé, ya estaba acostumbrada a aguantar lo peor. Y quería a mi hijo sin ningún trauma más. Una llamada bastó para salvarme: la del colegio a donde iba mi hijo. Su directora me llamó y me dijo que el padre se vanagloriaba mostrando que tenía la tutela. Ante su tremenda exhibición y la tristeza de mi hijo, la escuela se puso a investigar. El abogado de la escuela de mi hijo se sinceró: “Las órdenes son ILEGALES”. Corro, con la fuerza que solamente una madre puede hacerlo, contra viento y marea, contra un huracán si era necesario. Voy a la escuela y hablo con la directora y el consejero escolar. Este último me cuenta: “Tu hijo está muy triste, dice que su padre le comentó que estabas loca e internada”.

Cada mes, mi ex renovaba esta orden ilegal, firmada por la exjuez o una de las secretarias de acuerdos. No lo satisfacía eso, me enviaba un email para decirme: “Puedes sufrir un poco más”.

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Dormía con la camiseta de mi hijo, todas y cada una de las noches. Como no me pasaba nada por la garganta, comía cereal y tomaba leche. Estaba decidida a morir de pie. Fui al colegio a ver a mi hijo después. Nos encontramos en el jardín, cerca del arroyo. Me senté a su lado en un banco y conversamos. Así estuvimos durante una semana; aguanté hasta estar en carne viva para ir de a poco, y no llevármelo como una marioneta. Los niños no son mochilas que uno rellena con cosas y manda de un lado a otro.

Un día en que tenía una excursión fui a buscarlo. Con el consentimiento de la ley mayor, que es la ley divina, la ley de la bondad y el amor, fui a buscar a mi hijo. Bajó del autobús escolar, me acerqué y me dijo: “Quiero ir a casa”. Lo abracé. Él estaba confundido, pero yo sabía que todo iba a salir bien. Le avisé a mi ex. Después de 7 denuncias penales, eliminaron la primera y única orden de restricción, eso aumentó su odio hacia mí y, ahora, hacia nuestro hijo. Lo abandonó. Le envió un mensaje a su celular: “No quiero ser más tu padre”. Mi hijo estaba jugando al fútbol y tuvo un ataque de pánico.

Al tiempo y con una carta firmada por 400 mujeres, la ahora EX juez fue destituida por UNANIMIDAD por el Colegio de Abogados de San Isidro. Se dijo que vendía bebés, que maltrataba a sus propios empleados. NO SE DIJO QUE TAMBIÉN TE QUITABA A TU HIJO SI PEDÍAS UNA RESTRICCIÓN. Fue denunciada, no solamente por mujeres como yo, sino por sus mismos empleados.

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Esto pasa en Argentina. Me pasó a mí y quizá te esté pasando a ti también.

Me rodee de gente buena, sana.
“Me rodee de gente buena, sana. Ayudé a quienes estaban en situación de violencia, desde mi pequeño lugar. Dejé de tener miedo y decidí explorar mi lado de mujer, devastado, destruido. Así llegué a quererme, de a poco. De la mano de una fotógrafa, me animé a explorarme”.
(Maca de Noia.)

¿Qué hacer?

Siempre se habla de qué es la violencia, casi nunca se le dice a la víctima qué hacer y, sobre todo, qué funciona.

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Ve a una fiscalía o a una comisaría de la mujer. HOY funcionan. El 911 sigue sin tener injerencia legal o precautoria, es decir, te van a comunicar tus derechos y te van a decir que acudas a formalizar la denuncia. En otros países el 911, separa a las partes involucradas en un hecho de violencia (sí o sí) y, al otro día se presentan en la estación de policía o la policía se constituye en el domicilio y DESDE ALLÍ se toma declaración e instruye qué hacer. Llama a un abogado amigo, fiel, buena persona. No pidas una orden de restricción, no sirve de nada. Lo que consigues es que el victimario no se acerque por un mes y a veces ni eso. Además, aumenta su resentimiento. Reitero, hablo desde mi experiencia. La ley existe, es la 26.485; aún no se aplica adecuadamente.

¿Estamos mejor que en 2015?

Sí, pero falta, y mucho. Entrevisté a una de las autoridades del CNM (Centro Nacional de las Mujeres). Me expuso todo el proyecto: maravilloso. Hoy, 6 años después, todavía no se ha podido culminar y siguen muriendo mujeres, niños y hombres.

¿No les interesa a los gobiernos? ¿Es algo mundial?

No lo sé. Es algo que me pregunto constantemente y no encuentro la respuesta. A la otra pregunta, sí, la violencia doméstica es un flagelo mundial. A diferencia de Argentina, en otros países, se toman medidas para resguardar y accionan en el momento.

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En Argentina aún pasa lo siguiente: Llamas al 911. Te dicen que debes ir a la policía a presentar la denuncia. Firmas y te vas.

Con suerte, si no te matan o lastiman antes de llegar a la comisaría, te toman la denuncia (la policía aún hoy NO tiene COMPUTADORAS, NI AIRE ACONDICIONADO NI CALEFACCIÓN). Hay gente muy buena en la fuerza policial, no TODOS son malos, pero las condiciones en las que trabajan son miserables.

Sigo… Te entregan una copia. El original va a la fiscalía o al juzgado de familia, según corresponda. Con viento a favor, llega a destino y pasa a formar parte de la montaña de expedientes que se acumulan desde hace décadas.

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Cansancio de por medio, vas al juzgado con un abogado (esta vez ya no te toman de sorpresa) y tu expediente está en revisión (esto aproximadamente unas 20 veces) y la/el juez no te puede recibir, pero sí puedes llegar a ver a la secretaria de acuerdos del juzgado que le grita al personal y luego te mira y te dice: "¿De nuevo por acá?”. Y uno responde: “Un minuto...” y te deja con la palabra en la boca al irse a su oficina dando un portazo, la misma persona que firmó la medida junto con la/el juez de forma ilegal y arbitraria.

Sales de ahí llorando; esto es TODAS las veces. Luego de dar con el abogado no corrupto e idóneo (porque muchos tampoco saben nada), y que éste presenta tu defensa -hasta ese entonces no se te permitió defenderte porque tu expediente estaba siempre en revisión- comienza un mejor trato y saltan las medidas ilegales. Se presenta también la denuncia contra el/la juez, si corresponde.

A punto de que se te parta el corazón, logras que te protejan -en mi caso fue recuperar a mi hijo-, la/el juez dictamina “pelea familiar” y no hay sanción para nadie. Solo indicación de terapia familiar que, por supuesto, el victimario no realiza.

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Comuníquese. Archívese.

¿Cómo se sigue?

Terapia, para ti y tu familia. A mí me ayudó ir a grupos de violencia y a grupos de violencia de género. Vas a necesitar mucho amor, diálogo, contención y escuchar y comprender que esta persona te maltrataba desde el día uno. Comienzas a sanar cuando te das cuenta de que, si bien no puedes cambiar el pasado, sí puedes cambiar la manera de verlo.

Llantos contenidos brotan de manera desordenada, palpitaciones, sudor. No importa: es tiempo de sacar, de sanar, el volcán erupciona. Intenta perdonar, no seas esclava de quien te hizo esto. Perdónate. Tu no elegiste esto; hiciste lo que pudiste; quizá repetiste un patrón familiar. No lo sé, pero si sé que te tienes a ti misma. Te recuperaste, eres un ser humano digno que ha dicho NO, esto es NO.

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Yo retomé yoga, comencé a meditar, pinté 25 cuadros, di pinceladas de alegría. En mi obra se ve el renacer. Seguí escribiendo -ahora sin esconderme-. Me rodee de gente buena, sana. Ayudé a quienes estaban en situación de violencia, desde mi pequeño lugar. Dejé de tener miedo y decidí explorar mi lado de mujer, devastado, destruido. Así llegué a quererme, de a poco. De la mano de una fotógrafa me animé a explorarme. Hablamos mucho y fui al encuentro. Yo quería verme a través de la lente de otro. La sesión de fotos era en movimiento. Me llevé ropa de danza (yo practicaba danza clásica de chica) y un chal color manteca. Maca, la fotógrafa, puso la música. Me dejé llevar… el mundo no giraba a mi alrededor, yo bailaba con él. Jugué, me desplacé, solté, liberé, sonreí, imaginé, volé, subí, bajé, gocé, dancé, toqué, creé, reviví, me reencontré.

Hoy sigo en el camino del autoconocimiento. Mi corazón es un poco más sabio y me dejo guiar por mi intuición. Estoy aprendiendo a cuidarme.

Quédate con lo bueno, lo demás olvídalo. Te regalo las palabras de mi abuela Carmen: “Nunca olvides que la vida es maravillosa”, y un consejo de la abuela Margarita -chamana mexicana con quien solía hablar-: “Todo lo bueno en la vida, tiene una canción”.

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¡Te invito a cantar! Renace y vibra en sintonía con tu paz interior. Te perteneces a ti.


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