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Vida y Estilo

George Steiner, el melómano profesional, nos trae una excelente recopilación

George

George Steiner cumplió 90 años en abril pasado y, pese a que desde 2011 ha dejado de publicar formalmente, aún siguen brotando a la luz nuevos títulos suyos.

(Archivo Hoy)

Grano de Sal publica un libro de la mayor pasión de George Steiner, el escritor y crítico nonagenario: la música. Una excelente recopilación de escritos que nos pone a pensar su estado actual y las transformaciones que ha tenido en la era moderna, y también un llamado a recuperar ese miedo y fascinación en el escucha como experiencia religiosa.

George Steiner cumplió 90 años en abril pasado y, pese a que desde 2011 ha dejado de publicar formalmente, aún siguen brotando a la luz nuevos títulos suyos.

Pocas trayectorias como la de este autor: durante casi siete décadas, ha publicado 40 títulos entre novelas, ensayos y críticas que le han dado fama como una de las figuras intelectuales determinantes en la segunda mitad del siglo XX.

Pero siempre hay espacio para un libro más, y qué mejor si se trata de uno sobre música, la pasión máxima de Steiner. Necesidad de música (Grano de Sal, 2019) es el título que reúne por primera vez escritos sobre este tema desperdigados en reseñas de periódicos, semanarios, conferencias y notas previas a un concierto.

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Para quien no ha tenido el placer de leer al autor francés —él mismo se autonombra una persona extraterritorial, por aquello de su itinerancia entre Viena, Oxford, Harvard, París, Génova y Chicago— en sus encendidos comentarios sobre la materia musical, basta leer uno de los fragmentos steinerianos que cita Rafael Vargas Escalante en el prólogo de este libro: «La música (...) es el lenguaje fundamental para comunicar sentimientos y significados. La mayor parte de la humanidad no lee libros. Pero canta y danza.»

Si bien una gran mayoría de los textos incluidos en Necesidad de Música aluden a la llamada música clásica —hay abundantes comentarios sobre Schönberg, Wagner, Alban Berg y Lizst, entre muchos otros— y a sus formas de distribución y recepción, el análisis de Steiner busca ir más allá de una crítica contemporánea de la producción musical y sus autores: no basta decir que tal ópera es mediocre o que determinado compositor se ha vuelto autocomplaciente, sino abstraer «aquello que no puede ser imaginado concebido ni representado».

Siempre que puede, el escritor parisino abre la discusión preguntándole a la música, como si de un ente vivo se tratase. ¿Qué nos dice una pieza de cierta situación histórica?¿Qué hay detrás de la predilección de ciertos sonidos por parte de un puñado de artistas en una determinada época? ¿De qué forma la armonía musical tiene acceso a los “misterios” del cosmos?

Las preguntas se complejizan al ser puestas en paralelo con otras cuestiones, como los mitos griegos, el influjo de la tradición judeocristiana y el psicoanálisis freudiano, por mencionar  algunos.

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Sobre todo, dice Steiner, la música llega a lugares sólo imaginados por la literatura: «Schönberg logró lo que ningún escritor, ni siquiera un James Joyce, podría siquiera haber anhelado: crear un nuevo alfabeto».

Los 28 escritos (muchos de ellos inéditos en nuestro idioma y difíciles de conseguir aun en inglés), seleccionados y traducidos generosamente por Vargas Escalante, ponen en práctica una estrategia cada vez más en desuso en el periodismo musical: la del crítico como escucha profesional.

En manos de Steiner, hablar de música se vuelve un pretexto para recuperar una experiencia trascendental presente en culturas antiguas como la helénica.

Si hemos perdido sensibilidad para captar los diferentes fenómenos del mundo debido en gran medida a la marea de banalidad que nos rodea, la música, dice el escritor, tiene aún la posibilidad de acercarnos a lo divino y a lo terrible en tanto que permite imaginar la existencia humana más allá de las acciones rutinarias a las que nos hemos (y nos han) condicionado.

George
(Hoy)

Vargas Escalante, en el prólogo que acompaña al libro, detalla la importancia de escribir sobre música en tanto que «brinda la posibilidad de crear un público (...) auténtico conformado como tal no por imposición comercial sino por un gusto y un interés realmente compartidos, por vínculos estéticos y sólidos, que permite a un conjunto de personas identificarse y asumirse como una colectividad, no como una mera cifra de consumidores».

Necesidad de música es, por decirlo de alguna forma, el compendio de los aprendizajes steinerianos sobre escribir acerca de alguien más y hacerlo con la misma intensidad con la que se hace una obra propia.

Ya en Tolstói o Dostoievski (1959), marcaba su distancia de buena parte de la crítica contemporánea, a la que tachaba de «burlona, quisquillosa, inmensamente conocedora de su linaje filosófico y de sus complejos instrumentos, [y que] a menudo viene más para enterrar que para encomiar».

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Tan caricaturizada es esta forma de crítica (sea gastronómica, de teatro, de artes visuales o de música) que no faltan sus representaciones hilarantes en la ficción: desde el mordaz Anton Ego (Ratatouille, 2007), la temida Tabitha Dickinson (Birdman, 2014), o más recientemente, el excéntrico Morf Vandewalt interpretado por el gran Jake Gyllenhaal en la fallida Velvet Buzzsaw (2019). Tachados de villanos —Ego se parece sospechosamente a Nosferatu, Dickinson tiene fama de ser la “vieja bruja del New York Times”, y una pesada crítica de Vanderwalt motiva el suicidio de un pintor—, la labor de estos personajes se asocia principalmente a succionar la vida de los artistas y beneficiarse a partir de un gusto que separa maniqueamente lo bueno de lo malo, en donde el artista hace las veces de víctima y el crítico de victimario. Inspiran temor porque son depredadores. No temen, y menos dudan.

En una actitud muy distinta, Steiner apela a una sensación particular que hemos olvidado un poco a medida que la época actual vuelve difícil pensar que una canción, una presentación en vivo o un disco pueden ser acontecimientos en sí mismos que causen miedo e infundan en el escucha una experiencia religiosa.

Y es que nada tan preocupante hoy en día que el hecho de que nada nos impresione y a la vez que nos embelesemos por fenómenos determinados por una cuestión mercadológica. Críticos con temor y amor a la vida en ambas raciones, pide este libro con insistencia.

Necesidad de música es profuso en cuanto a experiencias notables. Al enterarnos del éxtasis místico y la histeria colectiva que provocaban genios como Liszt (mucho antes que la beatlemanía, claro, hubo una lisztomanía) uno no puede sino divagar sobre quién será el próximo artista que nos mueva de tal forma.

Y es que la escritura de Steiner invita al lector a acercarse a la grandiosidad musical a través de elementos que están en la música misma, pero que a veces obviamos o no queremos captar. Ante la carencia de genio por parte de los mortales (es decir: casi todos nosotros, los lectores y escuchas), humildemente opta por «escuchar activamente o leer de manera responsable, con total atención, respondiendo al texto que tenemos ante nosotros». La música sólo se abre cuando estamos dispuestos a interrogarla. 

Por otro lado, se pregunta: «¿Cómo escribir sobre música? ¿Cómo encontrar unas palabras y una gramática que puedan comunicar el hecho musical, nuestra experiencia de la melodía, la naturaleza de la música?¿Puede alguna vez el lenguaje decirnos qué es lo que significa la música?».

La apuesta steineriana busca aportar algo más allá de las naderías que normalmente se escriben en diarios, periódicos, revistas y demás publicaciones, en donde los conflictos de interés o la falta de compromiso con la música se hacen presentes.

Es moneda corriente en el panorama periodístico leer escritos elogiosos sobre un mal concierto, reseñas que inflan un disco del que no se hablará una vez pasada la etapa de promoción, o críticas que destrozan a un artista de vanguardia que eventualmente será considerado un clásico.

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¿Qué tan diferente es esta actividad del término fake news tan usado últimamente para referirse a la información falseada, sin criterio y que prefiere la opinión más llana al análisis razonado con pruebas? Querámoslo o no, el crítico se ha vuelto en un protagonista, y con ello, ha olvidado tal vez su otrora labor de segundo orden, que no es menos digna. Algo que nos recuerda Steiner en Lenguaje y silencio (1976): «El crítico vive de segunda mano. Escribe acerca de. Ha de dársele el poema, la novela o el drama; la crítica existe gracias al genio de otros hombres. (...) Éstas son verdades elementales (y el crítico honrado se las dice en la palidez de la madrugada).

Pero corremos el peligro de olvidarlas, porque la época presente está particularmente saturada del poder y el prestigio de una crítica autónoma». Hoy, en medio de los contenidos “viralizables” y polémicos que determinan los contenidos a seguir para atraer a más públicos —incluso el término editor ha sido desplazado por el de generador de contenidos—, las reflexiones de Steiner vuelven, sutiles, a lo que debería ser nuestro oficio.

«La crítica literaria debería surgir de una deuda de amor», dice en la frase inicial de Tolstói o Dostoievski. Aprender a amar las cosas, por ende, puede hacernos mejores críticos.

Escuchar más que oír nos hará darnos cuenta que la música también puede ser considerada la biografía de un compositor, como lo dice Steiner en su reseña a las memorias de Dmitri Shostakóvich editadas por Solomon Volkov, incluida también en Necesidad de música. Es ilustrativa la forma en la que el autor percibe que la selección de las conversaciones que tuvo Volkov con el afamado compositor ruso tienen un tufo de falsación que sólo un experto en Shostakóvich advertiría, y que un lector promedio pasaría de lado.

Para eso sirve un crítico, según Steiner: no para distinguir lo bueno de lo malo, sino lo bueno de lo mejor; afina su oído y puede percibir bilis en una biografía musical monótona como la de Volkov, y de paso le recomienda al lector una forma muchísimo más profunda y convincente para acercarse honestamente al genio y matices de Shostakóvich: escuchar sus 15 cuartetos de cuerdas y repensar su Quinta Sinfonía a la luz de las trágicas presiones que hicieron posible su publicación.

Como siempre: la música está más allá del bien y del mal, pero sólo el crítico, el escucha atento, puede percibirla de una manera menos moralista y ayudar con su agudeza a otros escuchas a captar su belleza.

Hacia el final de Necesidad de música, el autor hace una afirmación incendiaria o reaccionaria (según se vea): «Cuando menos el 90 por ciento de lo que se escribe sobre música consiste en simplezas impresionistas».

Puede que tenga razón. El reto, para cualquier escritor y escucha, no debería sorprendernos, ya que es algo a lo que aspira todo creador:  encontrar lo sublime en los espacios más invisibles y desapercibidos del mundo (sonoro).

Si en el siglo XIX, dice Steiner, la música era parte de la educación sentimental y amateur de las familias europeas —yo lo extendería a las sociedades occidentales— y tocar un instrumento era considerado una actividad común, en la actualidad aún es posible entrar en contacto con ese mysterium tremendum (concepto que Steiner toma de Nietzsche) propio de la música. La música hoy en día puede ser escuchada en el momento que queramos, en cualquier espacio y hasta como ruido de fondo de nuestras actividades cotidianas. A diferencia de la soledad del libro, de la lectura en silencio o en voz alta, la música nos adentra en un terreno directamente común a todos los presentes.

El deleite se diversifica a todos. Estando en multitud nos hacemos a la vez conscientes de la experiencia personal que significan uno o varios sonidos armonizados.

Como esa bella y atroz imagen de Orfeo, cantando ya sin cuerpo (una cabeza parlante, una talking head) una melodía que nos deja pasmados. O, en palabras de Steiner: «¿Por qué habría de hablar si puedo cantar?».

@mickeymetal


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