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Columna de adictos y adicciones: Adolfo va perdiendo la batalla

HANFORD, CALIF. - NOV. 15, 2019 - Homeless men hang out near the train tracks in Hanford.
Hombres sin hogar pasan el rato cerca de las vías del tren en Hanford. Hay muchos indigentes que viven a lo largo de las vías y esta es la zona de la ciiudad donde se usa la metanfetamina.
(Tomas Ovalle/For The Times)

Adolfo es un consumidor asiduo de metanfetamina, mejor conocida como Meth o Cristal; aunque asegura querer dejarla, nunca ha hecho un intento serio por dejar de consumir.

Hace unos años Adolfo tuvo un episodio psicótico, decía escuchar voces que le decían cosas horribles. Cierto día, empezó a sentir que miles de animales caminaban debajo de su piel, presa del pánico, empezó a rascarse con desesperación hasta sangrarse los brazos y las piernas. Cuando su hermano mayor fue a verlo, lo encontró agazapado en un rincón de su cuarto con la mirada perdida y totalmente deshidratado.

Como suele ocurrir en estos casos, se dio aviso a toda la familia, y después de llevarlo a un hospital, se reunieron para tomar una decisión. Todos estuvieron de acuerdo en llevarlo a un centro de rehabilitación, sin embargo, es más fácil decirlo, que hacerlo, ya que Adolfo es mayor de edad y nadie lo puede obligar a internarse.

Al verse acorralado por las circunstancias, Adolfo accedió de mala gana a internarse; la familia reunió algo de dinero y lo llevaron a un centro de rehabilitación privado, ubicado en el municipio de Rosarito, Baja California.

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Los primeros quince días estuvo bajo observación; las alucinaciones auditivas no desaparecían, por lo que el psiquiatra le recetó un medicamento que le permitió calmar su ansiedad; después se fue integrando poco a poco a las rutinas diarias del centro, todo parecía ir de acuerdo a lo planeado, Adolfo empezó a tomar terapia y, por primera vez en mucho tiempo, comió tres veces al día; se sometió a un examen médico donde le detectaron, entre otras cosas, problemas con su dentadura, piedras en los riñones, así como pérdida de la memoria e incapacidad para concentrarse.

Sin embargo, una vez que Adolfo recuperó fuerzas y se sintió mejor, empezó a maquinar la forma de escaparse, no le fue difícil, cierto día entró a la oficina sin que nadie lo viera, tomó cinco mil pesos que estaban guardados en un cajón y saltó la barda que lo separaba del mundo, esa fue su perdición.

Como buen adicto, lo primero que hizo al verse “libre” fue ir a buscar droga, y no tardó en encontrarla; estuvo consumiendo plácidamente, hasta que se le agotó el dinero, después se dedicó a robar, a limpiar autos o pedir dinero a los turistas.

Durante esos meses Adolfo conoció lo que es vivir por su cuenta, sin apoyo de familiares y sin conocer a nadie en quien confiar, todo su mundo se redujo a un grupo de adictos con los que hacía ronda para conseguir y consumir cristal.

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Aunque nació en Estados Unidos, no se atrevía a cruzar la frontera, pues la mayor parte del tiempo estaba intoxicado, y por temor a que su familia lo volviera a internar en otro centro de rehabilitación.

A su familia se le partía el corazón tan solo de pensar que andaba en las calles causando lastima; decidieron no ir a buscarlo, esperaron pacientemente a que fuera él mismo quien los buscara.

Esos meses fueron el cielo y el infierno para Adolfo, por primera vez en su vida se sintió completamente libre; libre para ir y venir sin compromisos ni obligaciones, sin nadie que le llamara la atención o le pidiera cuentas, libre para dormir donde se le hiciera de noche o para decidir drogarse o comer.

Nuevamente el cristal le pasó la factura, las alucinaciones auditivas regresaron, perdió peso rápidamente y algunos dientes empezaron a aflojarse; su higiene, así como su aspecto, eran deplorables. Cierto día lo detuvo la policía y, lo vieron tan mal, que en vez de llevarlo detenido, se lo llevaron a un centro de rehabilitación, donde lo tuvieron durante un mes.

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Una vez medio recuperado, los directivos se comunicaron con su familia. Como siempre sus hermanos respondieron y fueron a buscarlo, lo llevaron de regreso a casa y nuevamente le brindaron su ayuda. La vida le daba otra oportunidad, ahora estaba en su hogar y con una red familiar de apoyo, sin embargo, nada de esto fue suficiente, a la primera oportunidad Adolfo volvió a consumir y de nuevo empezaron los problemas. Solo que esta vez ya no hubo centro de rehabilitación, ni segundas oportunidades.

Con mucho amor y bendiciones sus hermanos lo echaron a la calle, le cerraron las puertas y le cortaron el apoyo económico que siempre había recibido.

Actualmente nadie sabe del paradero de Adolfo, algunos piensan que se regresó a México, otros dicen que lo han visto vagando en San Diego, lo cierto es que Adolfo es un ser desventurado, que solo la gracia de Dios puede salvar.

Amable lector, querida lectora, le pido una oración por todos esos hombres y mujeres que andan vagando por las calles perdidos en su adicción. Que Dios tenga misericordia de ellos y sus familias.

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Escríbame, su testimonio puede ayudar a otros. Todos los nombres han sido cambiados.

cadepbc@gmail.com


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