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Entre la pobreza y el coronavirus; centroamericanos y mexicanos luchan por sobrevivir en Los Ángeles

Los comerciantes buscan la manera de salir adelante en medio de la pandemia en las inmediaciones del MacArthur Park.
(Soudi Jiménez/Los Angeles Times en Español)

El contraste entre el centro de Los Ángeles y el vecindario Westlake está en la trepidante actividad en las arterias citadinas. Es solo cuestión de avanzar de este a oeste sobre la calle 6th, luego de pasar la avenida Lucas, para darse cuenta de que la cultura estadounidense sufre una metamorfosis más latina.

¿Qué tiene de bueno?”, pregunta un hombre que viste botas de hule polvorientas, junto a un compañero de trabajo, luego de bajarse de una camioneta.

“Papas con pollo”, responde una joven que se colocó al mediodía con dos cocinas de gas, en la esquina de las calles Bonnie Brae y 6th. Cada pieza de pollo vale tres dólares, el precio aumenta al agregarle papas u otras piezas del pollo frito que sirven con mayonesa, salsa picante y salsa de tomate.

“A mi me da una, él quiere dos piezas”, replica el consumidor.

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En esta esquina, en las tardes se vive un vibrante movimiento de ventas ambulantes, en su mayoría son inmigrantes guatemaltecos que ofrecen tamales, platos de carne asada y otros antojitos.

María García le agrega salsa picante al pollo y papas fritas que sirve a un cliente en la avenida Bonnie Brae.
(Soudi Jiménez/Los Angeles Times en Español)

Al recorrer esta zona, apenas comenzaban a instalarse las ventas. María García, originaria de Guatemala, servía el pollo a cuantos clientes llegaban, mientras su hija, una niña de unos 8 años, terminaba de engullir una hamburguesa, sentada entre una barda de metal frente a la acera.

¿Qué piensa del peligro del coronavirus? Se le pregunta.

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“Me preocupo”, respondió mientras movía un par de pechugas y piernas de pollo en el sartén que burbujeaba de aceite.

García dejó de trabajar debido a la cuarentena. Cerca de tres meses se fue a su casa. Hace cuatro semanas volvió a la calle porque asegura que estando en su hogar la depresión era incontrolable y en la medida que los días pasaban, las cuentas iban aumentando y no tenía cómo pagarlas.

“A veces las personas no se mueren por la enfermedad, sino por la depresión”, añadió.

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Esta semana, los alarmas se encendieron y los ojos se pusieron en el Distrito 1 de Los Ángeles, en donde se encuentra este vecindario.

Y es que hasta el martes, se tenían reportados 7.018 casos positivos de coronavirus y 314 muertes solo en este distrito. Según el reporte, solo en el vecindario Westlake la cifra de contagios llegaba a 1.583 y las muertes a 112. Entretanto, en segundo lugar se ubica Pico Union con 1.149 casos y 71 fatalidades.

“Estamos en crisis, es una crisis de salud pública”, manifestó Gil Cedillo, concejal del Distrito 1, en entrevista con Los Angeles Times en Español.

“La perspectiva de nosotros es que necesitamos organizar a todo el pueblo, a usar lo que ellos tienen”, agregó el funcionario municipal en referencia a los recursos para examinarse, citando a la clínica comunitaria Óscar Arnulfo Romero y el hospital Good Samaritan, cerca del vecindario.

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La oficina de Cedillo ha colocado una treintena de rótulos sobre las aceras, en las esquinas más transitadas de los dos vecindarios más afectados, que en su mayoría son habitados por centroamericanos y mexicanos.

La oficina del concejal Gil Cedillo ha colocado una treintena de rótulos sobre las aceras en Westlake y Pico Union.
(Soudi Jiménez/Los Angeles Times en Español)

En el corto plazo, colocarán vallas publicitarias que se sumarán a las miles de hojas volantes que han distribuido en las calles para que el mensaje llegue a más personas.

“Necesitamos más ayuda”, indicó el concejal, detallando que está haciendo gestiones con Hilda Solís, supervisora del condado de Los Ángeles y con otras oficinas, para prevenir que la propagación del coronavirus avance en este distrito.

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“Ahora los números hacen a nuestra comunidad la más vulnerable”, apuntó Cedillo.

“Tenemos 8% de las muertes de todo el condado”, agregó preocupado.

El gobernador Brian Kemp emitió una orden ejecutiva que deja en el limbo a negocios y empleados por estar expuestos al contacto con clientes

La idea de las autoridades es generar información y sensibilizar del problema entre la comunidad que se mueve en los vecindarios más afectados, en donde se encuentra el emblemático MacArthur Park.

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En el vecindario Westlake, vivían en el 2008 unas 117.756 personas, según estimados del Departamento de Planificación de Los Ángeles publicados por Los Angeles Times. De ellas, el 73.4% eran latinos.

De esa población, según el reporte, 70.181 personas (67.6%) nacieron en el extranjero, en su mayoría en México, El Salvador y Guatemala.

Hace dos años, Ruth Flores se movió a Westlake. Esta mujer, originaria de El Salvador, vende refrescos de crema, coco y chía, así como sandía y mango en bolsa, que según el gusto del cliente le agrega alguashte, limón, chile y sal.

A raíz de la orden de quedarse en casa, esta inmigrante dejó de trabajar y sobrevivió de sus ahorros. Sin embargo, la necesidad la obligó a salir a la calle y cuenta que todavía debe un mes de renta atrasado.

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“Estuve llama y llama para la ayuda de la renta de la ciudad, pero nunca me contestaron”, aseguró.

En esta semana, apenas salió a vender este jueves, después de que el gobernador de California, Gavin Newsom, ordenara el cierre de centros comerciales y otros establecimientos el pasado 13 de julio.

“Siento temor, pero la renta no espera”, aseguró la oriunda de Metapán, en el occidente de El Salvador, al hablar sobre el coronavirus y los rótulos que se han colocado a escasos tres metros de donde ella tiene sus productos, en los alrededores de la avenida Bonnie Brae.

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Lo que más le preocupa a Flores es que la ciudad declare nuevamente una orden de quedarse en casa total, como la medida que se emitió el 15 de marzo. Ahora no tendría los ahorros para subsistir tres meses más como ocurrió la vez anterior, por eso no tiene otra opción que salir a vender.

¿Cómo va a querer uno estar en la calle arriesgándose?”, se pregunta.

El gobernador Newsom declaró a principios de semana que se cerraran gimnasios, salones de belleza, iglesias, centros comerciales y servicios de cuidado personal en 30 condados, debido al alza de casos de coronavirus. Entre ellos estaban Los Ángeles, Orange y Riverside, entre otros.

Al caminar en este vecindario, se observa que algunos salones de belleza están cerrados siguiendo la orden estatal, pero otros siguen operando.

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En la calle, no obstante, la gente sigue vendiendo sodas, medicinas, hot dogs, pupusas y ropa, en ventas colocadas en las inmediaciones del MacArthur Park.

“Micas, ID”, ofrece en voz suave un hombre que se desplaza cerca del bulevar Wilshire.

Los comerciantes del mercado comunitario en la estación del Metro han impulsado jornadas de limpieza.
Los comerciantes del mercado comunitario en la estación del Metro han impulsado jornadas de limpieza por su propia cuenta para evitar el contagion por coronavirus.
(Soudi Jiménez/Los Angeles Times en Español)

Entre la comunidad, es un secreto a voces que los contagios están a la orden del día y eso es lo que le preocupa a Olivia Camacho, comerciante que vende en el mercado comunitario frente a la estación del Metro.

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“Uno sale de su casa bien, pidiéndole a Diosito que no me vaya a contagiar”, indica la mujer que es acompañada por su sobrino de 6 años.

Camacho sostiene que ella siempre anda con mascarilla y su bote de alcohol gel, porque ha trascendido entre los mismos comerciantes que hay varias personas que han salido contagiadas con coronavirus.

A juicio de la inmigrante, la campaña de las autoridades debería incluir brigadas médicas y de limpieza. Hace algunos meses, antes de la pandemia, se colocaron algunos baños para los desamparados que fueron muy útiles, pero durante la emergencia no han visto ninguna asistencia sanitaria.

“Aquí nos abandonaron, aquí nadie viene a fumigar o limpiar, nosotros lo hacemos [solos], echamos cloro”, indicó Camacho, señalando la salida del Metro en donde se encargan de limpiar junto a los demás comerciantes del mercado comunitario.

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En los últimos 15 años, Elizabeth Medina se ha dedicado a vender en la calle. Al principio ofrecía carne asada, luego agregó shampú y aguacates.

Donald e Ivanka Trump responden al sector que ha pedido que no compren productos de la empresa que se encuentra en el centro de la opinión pública

En medio de la cuarentena, esta mujer originaria de Nayarit, México salió contagiada de covid-19. Por un tiempo estuvo en su casa, pero luego regresó a ofrecer sus productos en los alrededores del MacArthur Park.

“Comencé como con una alergia”, contó a Los Angeles Times en Español, detallando que luego los síntomas se convirtieron en fiebres, así como dolor de huesos y cabeza.

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¿Qué medidas ha tomado? Se le pregunta.

“Protegerme más con la máscara, no estar muy cerca de la gente”, respondió.

En los últimos 15 años, Elizabeth Medina se ha dedicado a vender en la calle.
En los últimos 15 años, Elizabeth Medina se ha dedicado a vender en la calle. Al principio ofrecía carne asada, luego agregó shampú y aguacates.
(Soudi Jiménez/Los Angeles Times en Español)

En esta zona, hay más personas contagiadas que así salen a trabajar.

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Juan Rodríguez, coordinador de la Unión Popular de Vendedores, considera que si las autoridades ya saben que este es un foco de infeccción, debería de movilizarse en el vecindario personal del Departamento de Salud Pública y de las clínicas comunitarias.

“La necesidad te obliga a subirte al autobús, ir a buscar trabajo”, apuntó.

“Hay mucha gente que por vergüenza o por temor no quiere decir [que está enferma]”, agregó el activista, detallando que ellos están dispuestos a colaborar con las autoridades a pasar la voz y convocar a la gente si organizaran jornadas médicas en la zona.

Lo que ocurre en este vecindario, sin embargo, es reflejo de lo que pasa a nivel de todo el condado de Los Ángeles en relación a los latinos, el grupo étnico más golpeado por la pandemia.

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Algunas de las barberías de la zona han seguido la orden de cierre emitida por el gobierno estatal el pasado 13 de julio.
(Soudi Jiménez/Los Angeles Times en Español)

Hasta este jueves, según el Departamento de Salud Pública, la cifra de contagios por coronavirus se elevó a 147.468 y las fatalidades ascendieron a 3.988.

De acuerdo al condado, se ha identificado el origen étnico del 93% de los fallecidos. Eso significa que a la fecha el 46% de las víctimas fatales eran latinas, el 26% anglosajones, el 15% asiáticos y el 1% nativos hawaianos/isleños del Pacífico.

La lectura de esos datos, según las autoridades sanitarias, es que “continúan exponiendo la desproporcionalidad en los resultados de salud por datos de raza, etnia y nivel de ingresos”, publicaron en un comunicado a mediados de semana.

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Eso significa que los afroamericanos y latinos “tienen el doble de probabilidades de morir” por covid-19 en comparación con las personas blancas.

“Las comunidades con altos niveles de pobreza tienen cuatro veces más probabilidades de morir de covid-19 en comparación con los residentes con los ingresos más altos”, apuntó la agencia de salud.

Ruth Flores vende refrescos de crema, coco y chía, así como sandía y mango en bolsa al gusto del cliente.
(Soudi Jiménez/Los Angeles Times en Español)

Cuando se declaró la cuarentena, a mediados de marzo, María García tuvo que dejar el pollo frito y se encerró en su casa. Fue una prolongada interrupcción después de seis años de vender en la avenida Bonnie Brae.

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Durante ese tiempo, cuenta que un conocido de la familia nunca salió de la casa, pero el encierro hizo que se le subiera el azúcar. Se enfermó y murió.

“Es fea la depresión”, aseguró.

Al darse cuenta que la depresión anda merodeando, la guatemalteca sostiene que prefiere salir a vender y debido al uso de la mascarilla, el calor de los sartenes y el sol, no lo hace todos los días.

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Eso sí, cuando llega con su cargamento de pollo, se queda hasta las 9 de la noche.

“Solamente Dios nos puede guardar, por más que tenga las precauciones uno se puede enfermar”, manifestó.

En un espacio que se van los clientes, García le pidió a su hija que se preparara porque iban a pasar por ella para irse a su casa.

“Te dejé esto”, le dijo la niña.

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Su hija le entregó la mitad de la hamburguesa. La comerciante guatemalteca la recibió y la guardó.


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