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COVID-19: Con temor por la falta de personal y el agotamiento, los hospitales se preparan para el aumento de casos durante las fiestas

Tinny Abogado, in scrubs, outside Kaiser Permanente L.A. Medical Center. Behind her, people in masks enter the hospital.
Tinny Abogado, enfermera matriculada, en Kaiser Permanente Los Angeles Medical Center, donde ha trabajado durante más de 20 años. Hay preocupaciones en el sistema de salud a medida que se espera una nueva ola de pacientes con COVID-19.
(Mel Melcon / Los Angeles Times)

Desde mediados de octubre, los médicos y enfermeros del Centro Médico de la Universidad de Loma Linda observaban con cautela las noticias sobre un aumento de pacientes con COVID-19 en el medio oeste del país. Sabían que, tarde o temprano, su propio hospital se vería muy afectado; solo que no sabían cuándo.

La semana pasada, se enteraron. Entre el martes y el miércoles, 15 personas con COVID-19 fueron admitidas en Loma Linda, en lo que el Dr. Michael Matus, jefe de medicina hospitalaria, describió como “una avalancha de pacientes”.

“Inmediatamente llenamos una sala y la mitad de otra”, comentó Matus. “Eso tensó al personal de enfermería. Y luego a los médicos. Intentamos que los doctores atiendan hasta 16 pacientes. Ese día, debieron ver hasta 24... Fue nuestro mayor grupo de pacientes en el último mes”.

Una nueva oleada de COVID-19 sacude el sur de California, presiona a los trabajadores de la salud, ya agotados; aumenta los niveles de ansiedad en las salas hospitalarias e incrementa los temores de que no haya suficiente personal ni suministros para las difíciles semanas que se avecinan. Las inminentes fiestas podrían empeorar la situación.

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El reciente aumento de pacientes con COVID-19 en el centro del país agotó las reservas nacionales de enfermeras y médicos, así como mascarillas, guantes y otros equipos de protección. Las buenas noticias sobre las vacunas traen algo de esperanza para el futuro, pero es el presente lo que preocupa a quienes atienden a los pacientes más complicados de California.

En la semana que terminó el jueves pasado -las estadísticas más recientes disponibles- el número de pacientes hospitalizados con COVID-19 aumentó un 40% en el condado de Los Ángeles. En el condado de San Bernardino, donde se encuentra Loma Linda, la cifra se incrementó un 45%; en el condado de Riverside, un 34%.

“Nos enfrentamos a uno de los momentos más peligrosos de esta pandemia”, señaló Bárbara Ferrer, directora del Departamento de Salud Pública del condado de Los Ángeles, en una sesión informativa, el miércoles pasado.

Matus, exhausto, no necesita recordatorios. “Cada mañana, revisamos nuestros recursos generales y cómo tratar a los pacientes”, comentó. “La dotación de personal es problemática. Ningún sistema tiene médicos o enfermeras capacitados en espera... Ha habido varios días por la mañana en los que el registro [de enfermeros disponibles] está completamente vacío”.

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Aunque las nuevas terapias “nos están dando una oportunidad de lucha en la mayoría de los pacientes”, agregó Matus, es difícil ver “el estrés en los ojos de todos. [Los pacientes] llegan al hospital sin aliento y me ven totalmente cubierto con equipo de protección. Todo el mundo está horrorizado”.

El Dr. Anil Perumbeti, director médico de la unidad de cuidados intensivos de Eisenhower Health, en Rancho Mirage, afirmó que el personal se enorgullece de poder trabajar a un ritmo rápido y de alto nivel durante la pandemia. Pero hay un costo. “Definitivamente ha habido períodos de dos semanas en los que nadie sale de la terapia intensiva de COVID; ninguno mejora lo suficiente como para ser transferido, hay múltiples muertes, no hay casos de éxito, no se ven pacientes progresando”, afirmó. “No creo que haya experiencia alguna que te haga sentir bien ante ello, o que te permita pensar que hiciste lo mejor posible”.

En la Facultad de Medicina Keck, de la USC, los trabajadores de la salud habían hablado recientemente para reducir la capacidad de la unidad de COVID-19 en pos de tener más espacio para otros pacientes si el número de casos comenzaba a disminuir. En lugar de ello, la situación se disparó de nuevo.

El hospital universitario de Los Ángeles, sin duda, está viendo una tendencia al alza en los pacientes de COVID-19, indicó la Dra. Neha Nanda, directora médica de prevención de infecciones. “No tengo una bola de cristal, pero anticipo que en las próximas semanas seguirá subiendo”.

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A Nanda le preocupa que los hospitales pronto “se queden sin camas” a medida que aumenta la cifra de pacientes en la región.

La cuestión de la capacidad es complicada, expuso por su parte Carmela Coyle, presidenta de la Asociación de Hospitales de California. Coyle señaló que, durante una conferencia de prensa a principios de noviembre, el gobernador Gavin Newsom dijo que el estado tenía ocupado solo el 4% de su capacidad de camas de hospital para pacientes con COVID-19. La semana pasada, la cifra aumentó al 6%.

Sin embargo, añadió, en el condado de Imperial, por ejemplo, casi una cuarta parte de todas las camas de hospital tienen pacientes con COVID-19, y en el condado de Kings, la tasa es del 16%. “Con los brotes, se puede tener cero [pacientes] hoy y muchos mañana”, señaló. “Estaba hablando por teléfono con un director ejecutivo [de un centro médico]. Pasaron de siete pacientes, ayer, a 20 personas con COVID durante la noche... Hablamos del porcentaje de camas con pacientes con COVID, pero esto no se trata de colchones, almohadas y armazones de cama”.

El Dr. Alan Williamson, director médico de Eisenhower, remarcó que la pandemia subraya las compensaciones que hacen los hospitales para brindar atención y mantener bajos los costos. Los sistemas de salud en Estados Unidos se han movido hacia un modelo “Justo a tiempo” JIT (traducción del inglés Just in Time), por lo cual no tienen muchos suministros a mano. Y han consolidado sus compras, porque los guantes, las mascarillas y las batas de aislamiento son más baratos si se adquieren por medio del mismo proveedor. No obstante, si ese proveedor se queda sin suministro, no hay respaldo.

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“Diariamente es una preocupación constante sobre lo que va a ocurrir a continuación en la cadena de suministro”, comentó Williamson. “Un sello distintivo de la pandemia es dejar al descubierto que tenemos suministros endebles”.

El Valle de Coachella es un destino elegido por muchos en invierno y la población puede duplicarse allí en esta época. Eisenhower va camino a su temporada de mayor actividad mientras se prepara para la próxima oleada del virus. El hospital ya notó un aumento de pacientes.

Tina Wallum, directora de unidades de cuidados críticos y diálisis para pacientes hospitalizados, considera que el último aumento es diferente a los anteriores en Eisenhower. Las personas ingresan debido a complicaciones relacionadas con el virus, como insuficiencia respiratoria. Pero el patógeno se ha vuelto tan “endémico en la comunidad” que la unidad también tiene pacientes COVID positivos que ingresan por otros motivos, como insuficiencia cardíaca congestiva o sepsis, y no pueden incluirse entre la población general del hospital por temor a la propagación del virus. “Todo el equipo está emocionalmente fatigado por este maratón”, reconoció Wallum. “Mucho tiene que ver con el hecho de que las familias están distantes de sus seres queridos... Nunca había visto algo así en mi carrera de enfermería. Estos pacientes son algunos de los más enfermos que he atendido”.

Eisenhower creó asesoramiento virtual y sesiones informativas con distancia social para los enfermeros, con la idea de abordar el impacto emocional de cuidar a pacientes con COVID-19 durante tanto tiempo y sin un final a la vista.

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Wallum, quien es enfermera, reconoció que la sesión a la que asistió fue “muy útil”. Se dio cuenta de que probablemente no ha hablado lo suficiente con “personas que podrían ayudar” con lo más difícil de su trabajo, como hacer cumplir la prohibición de visitas en la unidad de cuidados intensivos (UCI), lo cual significa que debe interponerse entre los moribundos y sus seres queridos.

Las personas pueden conectarse con sus parientes de modo virtual, pero “no es lo mismo que entrar y tomar la mano de alguien”, enfatizó Wallum. “Eso ha sido lo más desgarrador para mí”.

Perumbeti indicó que su hospital está preparado para el aumento porque “nunca hemos tenido un descanso” desde que comenzó la pandemia. “Los enfermeros lo sienten tremendamente”.

Él es uno de los tres trabajadores de terapia intensiva programados de forma regular en la UCI de Eisenhower. Momentos como éste, dijo, son situaciones para las cuales él y sus colegas en la unidad han entrenado “durante toda la vida... Es donde nos gusta estar. No queremos estar sentados en casa cuando las cosas se encuentran candentes”. Aún así, reconoció, el desafío de cuidar a los pacientes gravemente enfermos trae fatiga, y “todos realmente la sienten”.

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A Tinny Abogado, enfermera del Centro Médico Kaiser Permanente Los Ángeles, le preocupa no tener suficientes mascarillas para hacer su trabajo de manera segura y que su hospital no esté listo para el próximo pico. “No sabes qué esperar”, comentó. “Viene hacia aquí... No estamos preparados en absoluto. Además de estar agotada, también me siento nerviosa”.

Patricia Wilson está más preocupada por trasladar el virus a su casa. Tiene 33 años, ha sido enfermera durante cuatro y comenzó a trabajar en el Sistema de Salud de la Universidad de Riverside en medio de la pandemia. El virus y los estragos que ha causado afectaron su salud mental.

Wilson anticipó que, con la llegada de la temporada de gripe y el cansancio del público por la cuarentena, habrá mucho trabajo para ella. Con el alza de casos, dijo, cree que estará en las unidades de COVID-19 de ahora en adelante.

Wilson tiene problemas para dormir y siente ansiedad. Se cuestiona a sí misma mientras intenta estar saludable, salvar a sus pacientes y proteger a su esposo y su hija de 20 meses. Su corazón se quiebra y sus ojos se llenan de lágrimas “cuando veo a mi esposo venir a darme un beso de buenos días al llegar a casa. Pero luego dudo en el último segundo y le doy la mejilla para evitar besarlo en la boca directamente”.

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También higieniza su auto y sus anteojos después de cada turno. Miente cuando le preguntan qué hace; ser enfermera “antes era admirable”, dijo. “Ahora es un riesgo. Odio esto... Me siento una paria”.

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