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Columna: Lo que realmente está detrás de la ira sobre la historia del origen de los Flamin’ Hot Cheetos

Bags of Flamin' Hot Cheetos on a shelf
Se exhiben a la venta bolsas de Cheetos Flamin’ Hot Crunchy. (Chicago Tribune)
(Chicago Tribune)

Durante más de 15 años, Richard Montañez contó una historia de éxito tan increíble que pocos la dudaron.

De la forma en que lo contó, él era un humilde conserje en una planta de Frito-Lay en Rancho Cucamonga en la década de 1980 que había dejado la escuela preparatoria, pero pensó en una idea brillante: ¿Qué pasaría si le ponemos polvo picante a los Cheetos? Montañez presentó la idea a los jefes escépticos, luego se convirtió en un triunfador cuando los Flamin’ Hot Cheetos se volvieron un éxito comercial y un referente cultural para los consumidores latinos y negros.

Fue una saga que repitió en las aulas, en las conferencias y ante los medios de comunicación, una historia tan poderosa que Eva Longoria quiere dirigir una película sobre su vida. Periodistas, historiadores de la comida y el público devoraron las palabras de Montañez sin rechistar, porque ¿quién se atrevería a dudarlas?

En un país donde los blancos constantemente superan a los mexicanos, aquí estaba un mexicano que les mostraba a los gringos cómo hacer las cosas.

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Por eso conté el éxito de Montañez en mi libro de 2012 “Taco USA: How Mexican Food Conquered America”. Lo repetí hace dos años en la estación de radio pública de San Francisco KQED: “Cuando se trata de comida mexicana, hay tantas historias y casi todas son solo un montón de mentiras. El origen de Flamin’ Hot Cheetos es uno de los pocos que realmente se ha verificado”.

Luego, hace aproximadamente un año, mi colega de L.A. Times, Sam Dean, me preguntó algo que nunca había considerado: ¿y si Montañez no había dicho la verdad?

Le respondí a Sam que, si bien no veía ninguna razón para descartar a Montañez, debería corroborarlo.

Sí había.

El fin de semana pasado, Sam aplastó las afirmaciones de Montañez como un niño pequeño que convierte un Cheeto en polvo. El currículum del depuesto Flamin’ Hot King es en su mayoría real y verdaderamente impresionante: el nativo de Ontario pasó de fregar pisos a sentarse en oficinas ejecutivas y en prestigiosas juntas asesoras. Pero Sam encontró documentos, personas, videos y más evidencia que mostraba que Montañez tenía poco, o nada, que ver con el desarrollo de los Flamin’ Hot Cheetos.

El reportaje de mi compañero se volvió viral y muchos lectores elogiaron su trabajo. Pero también surgió otra escuela de pensamiento para defender a Montañez. Sus partidarios acusaron a Sam de intentar derribar a un mexicano exitoso, de perder el tiempo investigando un asunto aparentemente trivial. Algunos incluso acusaron a este periódico de motivos ocultos: la autora de best-sellers Julissa Arce, por ejemplo, tuiteó que el Times “simplemente no puede soportar que ganemos”, sea lo que sea que eso signifique.

Es fácil descartar a los críticos de los Flamin’ Hot Cheetos, entiendo por qué la gente está apoyando a Montañez. La verdad duele, en primer lugar. Y su frustración por el artículo de Sam no se trata tanto de un individuo, más bien de un microcosmos de dos grandes problemas que continúan plagando a los mexicanos en Estados Unidos: la supresión histórica y el continuo anhelo de héroes que la América blanca también puede abrazar.

El primer fenómeno fue uno de los temas de mi libro “Taco USA”. La atribución de productos alimenticios mexicanos populares a los blancos, en este país, es un tropo que perpetúa la idea del ingenio estadounidense y la ociosidad mexicana. Llámalo Destino Manifiesto con una pizca de queso.

Frito-Lay, empresa matriz de Flamin’ Hot Cheetos, ofrece dos ejemplos.

El fundador Elmer Doolin le dijo a cualquiera que escuchara que creó su empresa comprando la receta original por $100 a un mexicano en San Antonio durante la Gran Depresión. Nunca se molestó en nombrar a ese mexicano, ni tampoco a su empresa en las décadas posteriores. No fue hasta que el reportero del Texas Monthly encontró a Gustavo Olguín en Oaxaca, en 1982, que el verdadero inventor de Fritos entró en el registro oficial.

Otro ejemplo tiene de protagonista a mi producto favorito: Doritos. Cuando el ejecutivo de Frito-Lay, Arch West, murió en 2011, los medios de comunicación de todo el país, incluido este periódico, escribieron que inventó Doritos después de que se “inspiró” durante unas vacaciones en México, porque eso es lo que dijo West.

Me reí cuando salieron todos esos obituarios porque los verdaderos inventores fueron la familia Morales de Anaheim. Ofrecieron una versión de Doritos en Disneyland a principios de la década de 1960 en el antiguo restaurante Casa de Fritos que tenían y convencieron a West de que Frito-Lay debería producir en masa su crujiente creación. Los miembros de la familia me mostraron documentos para respaldar su afirmación, y la hija de Doolin lo confirmó en su propio libro.

Un ejemplo más: Taco Bell. En el grandiosamente titulado “Taco Titan: The Glenn Bell Story” del fundador Glenn Bell, se jactaba abiertamente de cómo la idea de ganar miles de millones con tacos de tortilla dura surgió de un restaurante mexicano que se encontraba frente a su puesto de hamburguesas en la Ruta 66 en San Bernardino. Bell no se molestó en nombrarlo e incluso bromeó diciendo que sus tacos “goteaban grasa derretida”.

Ese restaurante todavía existe y su nombre es Mitla Café. Yo estaba orgulloso de contar su historia en mi libro, junto con el origen de los Doritos, como una forma de recuperación histórica. La historia de la comida, especialmente de la comida chatarra, puede parecer superflua, pero al público le encanta porque es tan tangible y visceral. Es por eso que la máquina de margaritas congeladas documentada más antigua se encuentra en el Smithsonian. Por qué la venerable cadena King Taco aún conserva su camión de tacos original.

Por eso la historia de Montañez tenía tanto prestigio.

Hay muy pocos mexicoamericanos reconocidos por inventar cosas amadas por casi todos. Estamos atentos a aquellos que se elevan a niveles que solo podemos esperar alcanzar. Después de todo, todavía somos forasteros en Estados Unidos a pesar de nuestro número y nuestros siglos de vivir aquí. ¿Y ahora hay un reportero blanco llamado Sam Dean que nos dice que un mexicano había mentido sobre la creación de un producto popular?

Yo también estaría enojado.

Pero entonces la realidad me apoya. Mire, los mexicanos pueden estirar la verdad para que se ajuste a una narrativa conveniente, así como los gringos cuando se trata de nuestra comida, amigos. El ejemplo más notorio es Gruma, la empresa de tortillas más grande del mundo. La multinacional ha afirmado durante mucho tiempo que fue el primer productor de masa deshidratada, lo que revolucionó la fabricación de tortillas porque la masa fresca se echa a perder rápidamente. Gruma pone su fecha de origen en 1949, pero 22 años antes, José Bartolomé Martínez, de San Antonio, sacó una patente estadounidense para exactamente lo mismo y lo llamó Tamalina.

Pocos le dan crédito a Martínez por su innovación, mientras que el producto de masa deshidratada de Gruma, Maseca, sigue siendo un alimento básico en los hogares latinos en Estados Unidos, con pocos críticos.

Montañez, quien pronto publicará sus segundas memorias, está reafirmando su legado de Flamin’ Hot Cheetos. Aunque no quiso hablar con Sam, le dijo a Variety a raíz de nuestra investigación: “Todo lo que puedo decirte es lo que hice. Todo lo que tengo es mi historia, lo que hice en mi cocina”.

Esa es toda la validación que necesitan sus fans. Pero como esas frituras de maíz de la marca Frito-Lay que no se rizan, no necesariamente lo convierten en correcto.

Si quiere leer este artículo en inglés, haga clic aquí.


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