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Mi familia está dividida acerca de las vacunas contra el COVID-19, pero así es como lo manejamos

Sandy Banks talks to her sister in Ohio over Zoom
Sandy Banks habla con su hermana Anita, en Ohio, por Zoom. Ambas tienen diferentes puntos de vista sobre la vacuna contra el COVID-19, pero están en paz al respecto.
(Dania Maxwell / Los Angeles Times)

Mi hermana menor y yo tenemos mucho en común.

Ambas somos parlanchinas y hacemos gestos dramáticos cuando hablamos. Somos pacientes con la escucha y a menudo damos consejos. Nos inclinamos hacia el escepticismo y nos aferramos obstinadamente a nuestras creencias.

Y eso nos ha llevado a un punto muerto poco común en el tema de las vacunas contra el COVID-19.

Celebro desde febrero, cuando recibí mi primera dosis de la vacuna de Moderna, en un parque del Valle de San Fernando. Mi hermana Anita, en Cleveland, está desde entonces preocupándose por mí.

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Desde que las vacunas contra el COVID-19 se hicieron realidad, ha estado estudiando detenidamente artículos y publicaciones en las redes sociales sobre los hipotéticos daños que estas causan, y que la mayoría de los científicos desacreditan. Eso la decidió a no vacunarse, y le generó temor de que yo me aplicara la siguiente dosis.

“Amo a mi hermana tal como es”, me dijo por correo electrónico hace tres meses. “Y me estremezco al pensar en que tenga una reacción a largo plazo por esta vacuna, algo que podría haberse evitado. ¡Mientras estés bien, te digo que espero que sigas así!”.

Después me envió una investigación sobre refuerzos inmunes naturales, como la vitamina D. La agregué a mi régimen de salud, pero me niego a prescindir de la segunda dosis de mi vacuna.

“Aprecio el sentimiento y respeto tu escepticismo”, le respondí. “Pero como vivo en Los Ángeles, es más probable que muera de COVID que termine con una reacción extraña a la vacuna”.

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En ese momento, no había hecho los cálculos para saber si eso era realmente cierto. Pero mi miedo de necesitar un respirador artificial era más fuerte que cualquier temor que pudiera sentir por las vacunas.

Para mi hermana, esa proporción se invirtió. Le preocupaba que las nuevas vacunas pudieran resultar, a largo plazo, tan peligrosas como la enfermedad. Nuestro intercambio de correos electrónicos al respecto duró meses. A veces era irritante y frustrante, porque ambas estamos atadas a cámaras de eco diferentes, que amplifican nuestras opiniones particulares.

Pero el diálogo que tuvimos también condujo a discusiones sinceras, que confirmaron nuestro vínculo fraternal y me hicieron reflexionar sobre la batalla que enfrentan los expertos en salud, mientras intentan descifrar el código que hará que las personas que dudan en vacunarse lo hagan.

He intentado, sin éxito, convencer a mi hermana con historias de vidas perdidas a causa del COVID-19 y los síntomas debilitantes que persisten para muchos de los que han superado la enfermedad.

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Sandy Banks poses for a portrait at her home
Sandy Banks, en su casa de Los Ángeles.
(Dania Maxwell / Los Angeles Times)

Ella respondió con ejemplos que influyen en su pensamiento, incluida una publicación donde un joven médico negro dice que las personas de ascendencia africana tienen naturalmente un sistema inmunológico más fuerte, y sugiere que las nuevas vacunas podrían alterar eso.

No colaboró con mi campaña a favor de la vacunación cuando la vacuna Johnson & Johnson fue retirada temporalmente del mercado, en abril, después de que se documentara la formación de coágulos de sangre inusuales y peligrosos en un puñado de personas entre las millones que se habían vacunado. Mi hermana y yo sacamos conclusiones diferentes de los mismos hechos.

Para mí, la reacción del gobierno fue un ejemplo tranquilizador de transparencia en acción: el uso de la vacuna fue rápidamente suspendido y el problema fue analizado públicamente por expertos médicos, quienes lo consideraron estadísticamente insignificante y permitieron que se retomara la aplicación mientras continúan los estudios.

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Pero mi hermana tomó el episodio como una señal de advertencia; un reflejo de los peligros potenciales que aún no se han detectado debido a la prisa por poner las vacunas en el mercado. “Todavía hay tantos factores desconocidos”, me dijo. Y no pude discutir con eso.

Resulta que después de un año de vivir con los temores del COVID-19, mi hermana y yo buscamos esa certeza -una promesa de buena salud- que ni la ciencia ni las estadísticas nos pueden brindar.

Más del 60% de los residentes mayores de 16 años del condado de Los Ángeles han recibido al menos una inyección de la vacuna contra el COVID-19. Y ahora que los adolescentes pueden también, avanzamos poco a poco hacia el umbral del 80% de inmunizados, que la directora de salud pública del condado, Bárbara Ferrer, considera como medida de la “inmunidad colectiva” necesaria para detener la propagación de la enfermedad.

De hecho, Ferrer predice que tal inmunidad en Los Ángeles podría estar a solo dos meses de distancia, es decir, si podemos persuadir a otros pocos millones de lugareños para que se vacunen.

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Pero la cantidad de vacunas que se aplican cada día en Los Ángeles se redujo en casi un 50% desde su nivel máximo, en abril.

Eso exige que abordemos la resistencia de miles de personas, que dudan en vacunarse. Y no podemos hacerlo, a menos que estemos dispuestos a escucharlos y, reflexión mediante, dejar de demonizarlos.

Hemos tendido a agrupar a los llamados ‘antivacunas’ en unas pocas categorías rígidas: son idiotas obstinados que niegan la ciencia, teóricos de la conspiración confundidos o egoístas de derecha que protegen su libertad de propagar enfermedades.

Pero la verdad es más complicada. Vivirlo con mi propia hermana me obligó a aceptarlo y a reconocer lo difícil que es cambiar de opinión cuando alguien se mueve por un territorio inexplorado.

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Ferrer no se sorprendió cuando le hablé del enfrentamiento con mi hermana. De hecho, comprende la renuencia de la gente a comprometerse con las vacunas, que aparecieron hace menos de seis meses. “Esta es una enfermedad nueva y las vacunas también son nuevas, con autorizaciones de uso de emergencia”, afirmó. “Tenemos mucha información sobre cuán seguras y efectivas son. Pero lo que no se ha estudiado es lo que pueden causar dentro de cinco o diez años. Es totalmente razonable que algunas personas digan: ‘Esto es nuevo y es difícil sentirse cómodo con ello’”.

Su departamento monitorea de cerca los efectos secundarios reportados; reciben informes diarios de todo el país y el mundo. “Tenemos vastas redes que estudian el tema”, comentó. “Revisan todos los días si hay señales de alerta, y realmente no hemos encontrado nada que pueda ser motivo de alarma”.

También dedican mucho tiempo a tratar de comprender a personas como mi hermana, no para poder convencerlas de lo contrario, sino para compartir información de forma tal que aumente su confianza en las vacunas.

“No puedes empezar diciendo ‘nosotros tenemos razón y tú estás equivocado; no hay razones legítimas’”, enfatizó. “Hay que empezar diciendo: ‘Dime a qué le tienes miedo; cuáles son tus preocupaciones’. Y tratamos de darles la oportunidad de aprender más”.

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Pero Ferrer también debió aceptar la perspectiva de que un porcentaje significativo de residentes no esté de acuerdo en vacunarse, particularmente si el número de infecciones por COVID-19 continúa disminuyendo. “Es más complicado ahora, porque tenemos menos casos y las personas [no vacunadas] no sienten tanto temor. Creen que pueden esperar y no vacunarse ahora mismo”, expresó.

Mi hermana y yo pensábamos lo mismo a 2.300 millas de distancia, cuando el COVID-19 nos sacudió por primera vez, hace más de un año. Ohio y California cerraron con unos días de diferencia en marzo de 2020.

Las dos nos enmascaramos obedientemente cada vez que salíamos de casa, sufríamos ansiedad en los pasillos de las tiendas abarrotadas y nos asustábamos si alguien nos abordaba a menos de seis pies de distancia interpersonal. Lo que ella más extrañaba era visitar la biblioteca; lo que yo echaba de menos era beber con amigos. Pero ella comenzó a sentirse menos nerviosa a medida que las restricciones en Cleveland disminuían y ningún conocido directo contraía COVID-19, mientras yo seguía recopilando historias de terror sobre el virus y viendo cómo aumentaba el número de muertos en Los Ángeles.

Anita Banks at her home in Ohio.
Anita Banks en su hogar, en Ohio.
(Dania Maxwell / Los Angeles Times)
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Aún así, llegué a comprender la combinación de fuerzas que impulsan la elección de mi hermana: su afinidad por los remedios naturales, su experiencia en Cleveland, su desconfianza en el gobierno y el sistema médico y, quizá lo más importante, el apoyo y la influencia de sus amigos con ideas afines.

En mi mundo, todos los que conozco estaban entusiasmados con la perspectiva de una vacuna, incluso mucho antes de que existiera. Lo considerábamos el boleto para salir del aislamiento y volver a la vida normal.

Recuerdo la avalancha de mensajes que llenaron mi bandeja de entrada cuando fueron posibles los primeros turnos para vacunarse, con consejos de colegas y amigos sobre cómo manejarse en el torpe sistema de citas y qué lugares de vacunación tenían los menores tiempos de espera.

En mi feed de NextDoor, la letanía habitual de quejas del vecindario de repente dio paso a emojis con caritas sonrientes y publicaciones que decían: “¡VACUNADO!”. Mis amigos lucían con orgullo sus calcomanías de “Estoy inmunizado”, algo que semejaba un deber cívico, casi como votar.

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Pero la experiencia de mi hermana ha sido marcadamente diferente. Sus redes sociales están repletas de teorías de conspiración, recordatorios acerca de lo mercenarias que son las grandes farmacéuticas y testimonios de personas que afirman que la vacuna les hizo daño.

Y también están los videos de advertencia enviados por amigos, que parpadean con la leyenda de “ya no está disponible” cuando uno intenta hacer clic en ellos. Ella no puede evitar preguntarse si esos eslabones perdidos son “desvaríos de charlatanes o un grito de denunciantes sinceros que esperan evitar que el público sufra daños extremos”.

El mes pasado, las redes sociales de mi hermana la llevaron a un territorio desconocido: un gimnasio abarrotado en un pueblo rural de Ohio, lleno de gente blanca sin mascarilla, animando a un acólito de Trump que criticaba el uso de cubrebocas, los abortos y las fronteras abiertas.

Mi hermana -y la amiga que la había invitado- eran prácticamente las únicas personas negras allí. Era “muy extraño ser las únicas en la habitación con mascarilla”, me dijo. Después de escuchar a un orador menospreciar su uso, se la quitó brevemente, pero lo pensó mejor y volvió a ponérsela.

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Había ido a escuchar al orador principal, un médico a quien su amiga había admirado durante mucho tiempo por su postura sobre el valor de la atención médica natural y las amenazas que plantean las intervenciones médicas. Ese doctor viaja por el país, instando a la gente a no vacunarse contra el COVID-19.

Mi hermana se sintió cómoda cuando un médico negro lideró en oración para abrir el evento. Pero luego siguieron políticos blancos de derecha, que se llamaban a sí mismos patriotas. “Entonces comencé a buscar las salidas”, me contó, riendo al recordarlo. “‘¡¿Cómo puedo salir de aquí?!’”.

Pero una vez que comenzó el programa, “nos sentimos bienvenidas”, me dijo. El mensaje del médico se alineó con la mentalidad de mi hermana, finalmente, “y la gente fue muy amable”.

Imagino que alguna versión de nuestra desconexión filosófica ocurre también en otras familias y comunidades en todo el país, especialmente a medida que se expande el grupo de personas elegibles para las vacunas.

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Nuestra experiencia ilustra lo profunda, desordenada e idiosincrásica que puede ser la resistencia a estas. Y eso crea un enigma para los funcionarios gubernamentales y de salud, que intentan controlar el COVID-19 vacunando a la mayor cantidad de gente, lo antes posible, en una era en la que el ‘confíe en la ciencia’ no es lo suficientemente bueno.

En Long Beach, intentan contrarrestar la resistencia dando a las personas recién vacunadas entradas gratuitas para el Acuario del Pacífico y la oportunidad de ganar una consola de juegos Nintendo Switch, una estratagema para persuadir a los jóvenes no vacunados. En Los Ángeles, quienes se inmunizan pueden ganar boletos de temporada de los Lakers.

En Cleveland, hacer a un lado la resistencia a la vacuna puede convertir a la gente en millonaria. El estado de Ohio está utilizando fondos federales de ayuda para el coronavirus para pagar cinco loterías semanales que otorgarán un premio de un millón de dólares a cada uno de los ganadores recién vacunados.

California anunció el jueves una gran cantidad de incentivos, que incluyen tarjetas de regalo de comestibles para quienes completen sus vacunación, y la posibilidad de que 10 residentes ganen $1.5 millones de dólares cada uno.

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Ferrer cree que tales ofertas podrían atraer a algunas personas que postergaron su decisión, “pero no va a mover la aguja con aquellos que son realmente renuentes”. Mi hermana será una de ellas. “No podría cambiar mis convicciones de salud ni por un millón de dólares”, insiste.

No es que sea una persona antivacunas incondicional. “Sé que probablemente me aplicaron [vacunas] cuando era niña y que eso me permitió crecer y estar saludable”, reconoce. Ella es la única de mis tres hermanos que no se vacunó contra el COVID-19.

Sandy Banks, left, her sister Anita and their mother
Sandy Banks, a la izquierda, y su hermana Anita, de niñas, con la madre de ambas.
(Dania Maxwell / Los Angeles Times)

Pero, para ella, estas vacunas son apresuradas. Y nadie la presionará para que acepte aplicársela antes de completar su investigación, a pesar de que muchos de nosotros podríamos considerar sus fuentes como cuestionables.

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Mi hermana está sintonizada con un flujo constante de “videos de médicos y enfermeras de todas las razas” que creen que las vacunas no han sido probadas lo suficiente. “Hablan de posibles efectos alarmantes a largo plazo”, afirmó, “y parece que puede haber cierta plausibilidad”.

En eso, veo que su proceso no es tan diferente del mío: ambas gravitamos hacia análisis que confirman nuestras creencias existentes. Los psicólogos lo llaman “sesgo de confirmación”; es un mecanismo de los cerebros ansiosos, desesperados por convertir la ambigüedad en hechos.

Me he dado cuenta de que una atmósfera tan intensa puede magnificar la influencia de lo que uno lee, escucha o ve. Lo comprobé cuando, hace unas semanas, de repente comencé a imaginar que cada nuevo dolor o molestia que sentía podía ser un efecto secundario de la inyección que recibí hace meses.

Si nuestras conversaciones pudieran prepararme tan fácilmente para culpar por mis enfermedades a una vacuna en la que confío, imaginemos cuán fuerte debe ser la mentalidad de mi hermana, después de meses de escuchar todo tipo de advertencias sobre las vacunas contra el COVID-19.

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Así que, finalmente, hemos llegado a una tregua: ella ya no me enviará videos que demonicen las vacunas, y no intentaré desacreditar lo que considero una locura.

Entiendo que su elección no es algo que su hermana mayor deba “arreglar”. Me alienta que, a pesar de lo agresiva que he sido, ella siga dispuesta a escucharme. “No quiero enviarte ninguna información que no desees recibir, pero por favor envíame la que creas que pueda ser de interés”, me escribió. “Es bueno saber que has investigado este tema; ¡espero que tus conclusiones sean más acertadas que las mías! Muchos se están vacunando, incluidas personas que me importan profundamente”.

Para leer esta nota en inglés haga clic aquí


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