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Muere en accidente pareja de Redondo Beach que ayudó a refugiados de Darfur obtener independencia a través del fútbol

Gabriel Stauring and Katie-Jay Scott hold Darfuri refugee Guisma in Eastern Chad in 2009
Gabriel Stauring, izquierda, y Katie-Jay Scott, derecha, con Guisma, refugiada de Darfur, en el este de Chad en 2009.
(Courtesy of iACT)

Souleyman Adam Bourma tenía 17 años cuando buscó refugio en el extenso campo de refugiados de Goz Amer en el este de Chad, hogar de más de 250,000 habitantes de Darfur que han huido de la guerra en su tierra natal.

Durante la mitad de su vida, Bourma, quien alguna vez fue granjero, no ha conocido una vida más allá de los límites del campo, y tenía pocas razones para creer que alguna vez lo haría. Luego encontró el fútbol. O más apropiadamente, el fútbol lo encontró cuando Gabriel Stauring y Katie-Jay Scott, dos activistas de South Bay, aparecieron en Goz Amer con un balón de fútbol.

Athletes try out for the first Darfur United men's team roster at refugee camp in 2012
Los atletas son evaluados para la primera lista de equipos masculinos de Darfur United en el campamento de refugiados de Djabal, en el este de Chad en 2012.
(Courtesy of iACT)

Bourma se encuentra entre los 22,000 refugiados en 20 países, desde Chad y Tanzania, hasta Grecia y la República Centroafricana, que vieron cómo sus vidas cambiaron desde que Stauring y Scott lanzaron la Refugees United Soccer Academy en 2013. Ahora el futuro de ese programa es incierto después de que el martes un fatal accidente automovilístico de cuatro autos en Manhattan Beach cobrara la vida de Stauring, Scott y el director de una escuela primaria, Christian Mendoza.

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“Una medida de lo que dejaron atrás son los cientos de personas que se acercaron a nosotros en las últimas 24 horas y simplemente preguntaron ‘¿Qué puedo hacer?’”, explicó Ben Grossman, miembro de la junta de iACT, la organización sin fines de lucro que Stauring y Scott fundaron para financiar trabajos como Refugees United.

“Hicieron tantas cosas que no tenían un título formal”, detalló Grossman. “Consultaban sobre proyectos enormemente importantes, algunos de los cuales no podían hablar porque eran muy peligrosos”.

Las crecientes crisis en todo el mundo llevaron a muchas organizaciones humanitarias a abandonar Darfur, la región occidental de Sudán que fue el foco de una guerra y una limpieza étnica contra los sudaneses no árabes, en su mayoría pobres, que comenzaron hace casi dos décadas. Pero Stauring y Scott se quedaron, duplicando su trabajo con Refugees United Soccer Academy y otros programas, como el programa de desarrollo infantil Little Ripples.

“Elegimos ir a los lugares difíciles, los lugares olvidados”, comentó Stauring, quien tenía 55 años. “Todos se fueron de Darfur y determinamos que no nos íbamos a ir”.

Stauring visitó Darfur por primera vez en 2005 y regresó 31 veces para trabajar con refugiados, muchos de los cuales habían nacido en los campamentos. Conoció a Scott en Portland, donde ella trabajaba en promoción de Darfur. Cuando ella pidió unirse al incipiente programa de ayuda que él había creado, él estuvo de acuerdo, siempre que ella pudiera recaudar su propio salario.

Lo hizo, acompañando a Stauring a África por primera vez en 2008, un viaje que fue interrumpido por un intento de golpe de Estado. Dos años después se casaron y se establecieron en Redondo Beach, donde celebraron su undécimo aniversario de bodas en septiembre con una recaudación de fondos de iACT.

Stauring y Scott, quien creció en México y jugó fútbol universitario en la Universidad de Carolina del Norte-Wilmington, introdujeron el deporte en los campamentos en 2012, llevando al Equipo Darfur, un equipo de hombres sudaneses adultos, incluido Bourma, a un torneo internacional.

Los hombres lucharon en el campo, pero el concepto se afianzó, por lo que un año después la pareja lanzó una academia para niños. Aunque mantuvieron su promesa de no salir nunca de Darfur, ampliaron el programa a los refugiados burundeses en Tanzania, los centroafricanos en Camerún y miles de personas más necesitadas, trabajo que fue organizado y administrado por un personal de cinco personas con sede en el sur de California con un presupuesto anual de menos de $1 millón.

Las academias, diseñadas para albergar hasta 2,000 niños que entrenan o juegan de 60 a 90 minutos al día, de cinco a seis días a la semana, están dirigidas principalmente a niños y niñas de 6 a 13 años. El próximo marzo, 10 niñas de entre 13 y 17 años estaban programadas para viajar a la Street Child World Cup en Qatar, donde los equipos que representan a 21 países competirán en un torneo de 7 contra 7 mientras aprenden a defenderse por sí mismas en temas como el acceso a la educación y otras necesidades básicas. Ese viaje ahora es incierto tras el accidente del martes.

Lo que Stauring y Scott, quien tenía 40 años, carecían de recursos financieros, lo compensaron con creces gracias al compromiso y la pasión que inspiraron.

“Hicieron que el mundo fuera mejor. Me hicieron una mejor persona”, subrayó Alecko Eskandarian, un ex jugador de fútbol profesional y de etnia armenia que estaba trabajando con iACT para llevar un programa de fútbol a su patria devastada por la guerra. “La forma en que esencialmente buscan personas que necesitan ayuda, para ver su pasión, su desinterés era casi demasiado bueno para ser verdad”.

“Es una pérdida tremenda para todos nosotros. Si tuvieras más personas así que simplemente estuvieran dispuestas a dejar todo para ir a ayudar a otros, estaríamos en un lugar mucho mejor”.

Llevar el fútbol a los campos de refugiados, donde hay escasez de alimentos, agua potable y viviendas, puede parecer un caso de prioridades fuera de lugar, pero fue todo lo contrario. El juego no solo fue barato y fácil de organizar, sino que enseñó habilidades como el trabajo en equipo y desarrolló rasgos como la confianza y la autoestima. También empoderó a las niñas y a las mujeres que fueron entrenadas para que tomaran decisiones por sí mismas.

“Cambió mi vida totalmente porque aprendí cosas más importantes como el respeto, la verdad, las relaciones”, indicó Bourma, un entrenador y coordinador de Refugees United que experimentó una violencia inimaginable durante el apogeo del conflicto en Darfur. “Me convertí en parte del mundo. Para mí, el fútbol es el futuro de los niños de Darfur”.

Una subvención reciente de la Fundación para la Infancia de la UEFA fue para financiar academias en cuatro campamentos más, aumentando el alcance global de un programa que comenzó cuando Stauring y Scott llevaron un solo balón de fútbol a un polvoriento rincón del este de Chad hace nueve años. Esa expansión se ha pospuesto a medida que la junta de iACT descubre cómo reemplazar a sus líderes insustituibles.

Players gather during the launch of the Darfur United women's team
Las jugadoras se reúnen durante la inauguración del equipo femenino de Darfur United en el campamento de refugiados de Djabal, en el este de Chad, en 2019.
(Courtesy of iACT)

Fotografía 4. Niños juegan en la Refugees United Soccer Academy, en el este de Chad, en 2015.
(Courtesy of iACT)

“Ellos eran el alma de esto. Eran grandes personas. Eran apasionados. Dieron grandes abrazos, física y filosóficamente. Solo querías estar cerca de ellos”, señaló Grossman sobre Stauring y Scott, quienes dejaron una hija de 9 años, Leila Paz, un hijo de 18 años, Gabo, y una hija de 25 años, Noemi.

“Ellos querrían que continuara. Trabajaron demasiado duro y tocaron demasiadas vidas para que se acabara ahora”.

Para obtener más información sobre el programa o para ayudar, vaya a https://www.iact.ngo o info@iactivism.org

Si quiere leer este artículo en inglés, haga clic aquí.


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