Cómo tres surfistas dejaron California para hallar un oasis secreto con olas perfectas en El Salvador

 Surfer Bob Levy in his back yard in Long Beach with one of his surfboards.
El surfista Bob Levy en su patio trasero, en Long Beach, con una de sus tablas de surf.
(Wally Skalij / Los Angeles Times)
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Las pruebas olímpicas de surf se celebran en El Salvador. La semilla de esto fue plantada hace décadas por jóvenes californianos en busca de buenas olas.

Bob Levy creció en El Salvador pero descubrió el surf en California, y recuerda vívidamente el día en que regresó a su tierra natal y llegó a la playa con una tabla de surf rígida, de 10 pies, bajo el brazo. “Ni siquiera sabían qué era”, recordó Levy. “Pensaban que se trataba del ala de un avión”.

Décadas más tarde, esa ‘ala’, junto con una especie de iniciativa del gobierno, convirtió un tramo de 13 millas de la costa salvadoreña en una de las mecas del surf más nuevas del mundo. Es un lugar donde las olas son tan aptas y el agua tan tibia, que los funcionarios de turismo esperan que pueda reparar la imagen maltrecha del país ahora que la Asociación Internacional de Surf lo ha elegido como sede de las últimas rondas clasificatorias para el debut del surf como deporte olímpico este verano.

La competencia de ocho días, conocida como World Surfing Games y en la que participan 256 atletas de 51 países, concluye el domingo.

No obstante, todo esto podría no haber sucedido jamás si Levy y dos adolescentes de Huntington Beach que conoció allí se hubieran guardado el secreto del surf salvadoreño solo para ellos.

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“Cuando me enteré de que iban a tener las pruebas de los Juegos Olímpicos, quedé impactado”, afirmó Levy, un carpintero semi-retirado, que vive en Long Beach. “Pensé, ‘Dios mío, hicimos historia’. El Salvador tiene muchos surfistas realmente buenos ahora”.

Levy, de 75 años, fue el primero. Y la historia de cómo llegó allí involucra a un veterinario educado en Oxford, una visita a la playa el verano en que se graduó de la preparatoria y una camioneta Volkswagen chirriante, que él y sus amigos debieron empujar desde la frontera de Texas hasta la costa salvadoreña.

Todo comienza con el padre de Levy, Robert, un veterinario que viajaba a atender ganado en la pampa argentina cuando se desvió a El Salvador para ayudar a algunos familiares a abrir una tienda de ramos generales. Pronto se casó con una mujer salvadoreña, formó una familia y nunca más se marchó.

Pero Bob sí lo hizo. Después de la muerte de su padre, él y su mamá se mudaron al norte de California, donde un encuentro casual con el surf cambió su vida. “Una vez que puse un pie en el agua, quedé prendado”, confesó. “Y lo he hecho desde entonces”.

Muchas otras personas también estaban enganchadas con la actividad, lo cual hizo que las filas para atrapar una ola en California y Baja México fueran frustrantemente largas. Así, Levy cargó su camioneta y se dirigió a El Salvador, en busca de esas olas abiertas que recordaba de los viajes de su niñez a la costa. “Solo pensé: ‘Qué gran lugar para una escapada’”, dijo. “A mediados de la década de 1970, la gente estaba ansiosa por salir de sus países. Y así era prácticamente el surf”.

 Surfers Kevin Naughton, left, and Craig Peterson stand on the sand in Laguna Beach.
Los surfistas Kevin Naughton, izquierda, y Craig Patterson, de pie en la arena de Laguna Beach.
(Wally Skalij / Los Angeles Times)

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Pronto se le unieron Kevin Naughton y Craig Peterson, quienes habían dejado el condado de Orange y se dirigieron al sur en un safari de surf por su cuenta. Lo que encontraron cuando llegaron a El Sunzal fue una playa perfecta y desierta, salvo por Levy y algunos amigos.

“Conocías a todas las personas que estaban en el agua”, recordó Naughton. “Nunca había más de cinco o seis en ningún sitio”.

Ni siquiera había un hotel o restaurante cerca, así que los surfistas alquilaron una casita y le pagaban a una mujer lugareña para que les cocinara. “No había nada mejor que la pequeña ciudad, idílica y bucólica. Todo estaba en silencio”, recordó Naughton. “Entonces había una mentalidad diferente. El objetivo era encontrar un lugar y mantenerlo en secreto”.

Pero resulta que Naughton y Peterson no fueron muy buenos para ello, y el primero escribió un par de artículos para la revista Surfer, que Peterson ilustró. Nunca señalaron su ubicación, y se refirieron solo a ‘playas al sur de México’, pero otros surfistas las descubrieron y las multitudes, tal como las olas, comenzaron a elevarse. “Ya había comenzado el tráfico”, relató Levy. “Cómo empezó, no estoy muy seguro. Probablemente después de que la gente leyera [esos] artículos”.

A principios de la década de 1970, El Salvador era conocido principalmente por el café, el azúcar y la asombrosa desigualdad económica que finalmente desencadenó una revolución. Pero los surfistas se sentían atraídos por las estrechas y rocosas playas, además de las espectaculares olas, que rompen a la derecha del surfista y son más consistentes que las olas con fondo arenoso y rompientes de playa comunes en California.

Pronto, Levy abrió una pequeña tienda para satisfacer las demandas de una creciente banda de surfistas, y conducía de ida y vuelta a California para comprar tablas y otras parafernalias de surf. En un viaje, su Volkswagen, un Westfalia de 1964, dejó de funcionar apenas cruzó a Matamoros, México. “Algo le pasó al alternador, justo en el primer tramo del recorrido, así que terminamos empujando la camioneta hasta El Salvador”, narró. “La empujábamos, arrancaba, y así conducíamos”.

Surfer and hotel owner Bob Rotherham.
El surfista y hotelero Bob Rotherham, en su hotel en El Tunco, El Salvador.
(Wally Skalij / Los Angeles Times)

Bob Rotherham, profesor y fotógrafo de surf de Florida, también formó parte de esa primera generación. “Cuando llegué, intentaron deshacerse de nosotros”, evocó Rotherham, acerca de las autoridades locales. “Enviaron equipos de inmigración para sacar bruscamente a los surfistas hippies de pelo largo que estaban trayendo malos hábitos a los salvadoreños”.

Pero, a diferencia de los demás, él nunca se fue. Después de enamorarse de una chica local llamada Marta, Rotherham, que ahora respondía al nombre de ‘Roberto’ en lugar de a ‘Bob’, compró una propiedad frente a la playa a la familia de Levy y apostó enormemente a que las multitudes seguirían llegando, abrió un restaurante y un hotel, que pronto serían dos, a solo yardas del agua.

Ese plan se interrumpió en 1979, cuando un golpe fallido terminó en una guerra civil que duró más de 12 años, mató a unas 80 mil personas e hizo que hasta un millón más huyeran de sus hogares, muchos de ellos se reasentaron en el sur de California. “Tuvimos algunos tiempos difíciles durante la guerra. Pero creo que yo estaba en el lugar equivocado en el momento correcto”, reflexionó Rotherham.

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 Bob Rotherham and his wife Marta walk in the dining area of their hotel
El surfista y propietario de hotel Bob Rotherham, y su esposa Marta, caminan por el comedor de su hotel Punta Roca en El Tunco, El Salvador.
(Wally Skalij / Los Angeles Times)

Rotherham superó los malos tiempos como una ola gigante. Su segundo resort de surf, Punta Roca, se volvió uno de los más populares de la zona, y su hijo Jimmy fue campeón salvadoreño de surf. “Todo el mundo allí sigue el modelo de surfing de Jimmy”, comentó Levy.

Naughton y Peterson encontraron más aventuras más al sur, y decidieron probar las aguas de Costa Rica. Pronto llamaron la atención de la policía, que arrestó a los jóvenes hippies en las afueras de la ciudad de Jacó con cargos falsos de sacar un camión de helados de la carretera.

“En realidad éramos hippies en entrenamiento”, corrigió Naughton, de 68 años, quien tuvo un vivero en Laguna Beach durante 35 años. “Y no vimos camiones de helados en Costa Rica. Pero hubiéramos secuestrado uno de haber tenido la oportunidad”, rió.

Pasaron dos días bajo custodia, jugando al frisbee y compartiendo viejas revistas Playboy con los guardias, antes de que la policía se diera cuenta de que los dos estadounidenses habían aceptado el encarcelamiento porque no tenían suficiente dinero para alimentarse en el exterior.

 Surf City in El Salvador.
La gente disfruta de la vida nocturna en Surf City.
(Wally Skalij / Los Angeles Times)

“Solo estábamos aprovechando”, dijo Naughton, quien todavía surfea regularmente con Peterson, quien es gerente de marketing digital en Dana Point, y tiene 65 años. “Después de un par de días simplemente nos dijeron: ‘Fuera de aquí, vagabundos’”.

Más tarde, Jacó erigió una estatua de un surfista con una tabla bajo el brazo en la plaza del pueblo, un guiño a los casi $800 millones que el deporte aporta anualmente a la economía costarricense.

Ese es el tipo de retorno que El Salvador pretende con Surf City, el nombre en inglés que le ha dado tanto a la ubicación de las mejores playas del país, en el departamento de La Libertad, como al ambicioso proyecto de cinco años para desarrollarlas.

“En todas partes hay una buena ola que se puede montar, hay resorts y hoteles”, expresó Rotherham, de 71 años, el único de la pandilla original, de cuatro, que todavía surfea en aguas salvadoreñas. “Los turistas surfistas están perdiendo el miedo a venir a El Salvador. El surf se ha vuelto común en todas partes. En los viejos tiempos, éramos las ratas de las que querían deshacerse”.

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El gobierno, que ha buscado inversionistas externos, ha sido vago sobre el precio, pero estima que la construcción de carreteras, senderos para bicicletas y mejoras en la infraestructura de los muelles y sistemas de agua costará más de $300 millones.

Morena Valdez, la ministra de Turismo, espera que la iniciativa apoye a más de 200 empresas mientras el país se recupera de la pandemia de COVID-19, que diezmó el sector turístico. Antes del coronavirus, señaló la funcionaria, el gobierno había proyectado que Surf City, a unas 20 millas de la capital de San Salvador, crearía 50 mil empleos directos y apoyaría indirectamente a 300 mil más. “El propósito principal es hacer de El Salvador un buen destino para visitar, invertir y vivir”, remarcó Valdez.

Los funcionarios salvadoreños esperan que también cambie la percepción de un país que recientemente fue clasificado como el más mortífero del mundo sin una guerra dentro de sus fronteras. En los dos años transcurridos desde que el presidente Nayib Bukele fue elegido y convirtió a Surf City en un foco importante de su administración, El Salvador experimentó una caída en el número de homicidios a la tasa más baja en más de dos décadas. “El surf definitivamente cambia vidas. Eso es algo que vemos tanto en El Salvador como en otros países”, enfatizó Valdez.

Fernando Aguerre, presidente de la Asociación Internacional de Surf (ISA, por sus siglas en inglés), está de acuerdo. Esa puede ser una de las razones por las que la ISA eligió a El Salvador sobre Japón, Australia, Costa Rica y España por el derecho a albergar las eliminatorias de esta semana para los Juegos en Tokio.

“Cuando se desarrolla un lugar para surfear, eso genera interés en viajar a ese destino. Así que esto es como una situación en la que todos ganan, ¿no?”, comentó Aguerre. “Podría ser un antes y un después. Si eso cambia la percepción de la gente, será muy importante”.

Para presenciar ese cambio, no tuvo que mirar más allá de las aguas azul verdosas frente a La Bocana y El Sunzal, que, el lunes, estaban colmadas de surfistas provenientes de distintos países, desde Turquía, Irán e Israel hasta Senegal, Suiza y Ucrania. Letreros que promocionan Surf City debajo de una ola estilizada, en el azul y blanco de la bandera salvadoreña, salpican la carretera entre la capital y las playas, junto con indicadores que piden a los conductores “disminuir la velocidad, hay surfistas en la carretera”.

Tres días después de iniciada la competencia, los trabajadores todavía estaban poniendo capas de pintura en nuevos hoteles, restaurantes y tiendas relucientes que han surgido junto a pequeñas chozas de madera, con gallinas en sus patios.

Salvador Castellanos, un popular presentador de noticias de televisión, vio el potencial incluso antes que el gobierno e ISA, y fundó el programa religioso Surfing Missions, hace 15 años, para ofrecer una alternativa a las pandillas MS-13 y 18th Street, involucradas en extorsión y venta de drogas a lo largo de la costa de El Salvador, según comentó.

Mucho de eso cesó desde que se lanzó Surf City. “Están presentes en las comunidades pero no se involucran en actividades delictivas, probablemente porque sus familiares son parte de la economía local y ven el turismo como una fuente de ingresos”, indicó Castellanos, acerca de las pandillas. Es un “círculo virtuoso, que incluye generar oportunidades, estimular la economía, mejorar los ingresos de todos, atraer turismo”.

Una de las personas a las que reformó el programa de Castellanos es Bryan Pérez, quien perdió amigos, así como a su hermana de dos años de edad, por la violencia de esos grupos. Ahora es campeón nacional salvadoreño de surf y aspirante a olímpico. “Es parte de un sistema holístico de desarrollo transformador”, añadió Castellanos. “No se trata solo de surfear. También es educación, salud mental, espiritualidad. Todo produce un efecto positivo”.

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Sin embargo, las personas que dieron el puntapié inicial al llevar el surf a El Salvador nunca vieron el potencial. “Los del equipo original todavía somos amigos y nos mantenemos en contacto”, comentó Naughton. “Y ninguno de nosotros podía prever que las cosas iban a resultar así. No había adivinos ni profetas en sandalias y playeras para decirle a todo el mundo ‘Aquí será esto en 30 o 40 años’. Nadie se imaginó que el surf se transformaría de la forma en que lo hizo”.

Local Alex Hernandez fixes a surfboard at Surf City.
Alex Hernández repara una tabla de surf en Surf City.
(Wally Skalij / Los Angeles Times)
 Surfer Bob Levy poses outside his house in Long Beach.
Bob Levy posa frente a su casa en Long Beach.
(Wally Skalij / Los Angeles Times)

Levy, mientras tanto, no cambió en absoluto. El hombre que algunos llaman el Padrino del Surf, en El Salvador, todavía monta olas regularmente con su hija, a pesar de sus dos reemplazos de rótula y tres ataques cardíacos, que le ocurrieron mientras estaba en el agua. Pero aunque sigue siendo ciudadano salvadoreño, no ha vuelto a El Sunzal desde 2013. Las aguas vacías que una vez lo llamaron, dice, ahora están demasiado colmadas de gente.

¿Puede atribuirse el mérito de haber iniciado la cultura del surf salvadoreña?, dijo, encogiéndose de hombros. “No lo creo ¿Pero fui yo el primero? Estoy bastante seguro de que sí. Eso es todo lo que puedo afirmar, sin ánimo de reclamar algo. Para mí, era exacto lo que dije: ‘un pequeño santuario’”.

Y ahora el mundo lo ha descubierto.

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