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Corrieron en Dodger Stadium para recordar un momento oscuro en la historia latina. Pero fueron abucheados

A protester is tackled after running onto the field at Dodger Stadium with a banner reading "#LaLoma."
(Ashley Landis / Associated Press)

Tres manifestantes querían recordar a Los Ángeles sobre las familias latinas desarraigadas para construir el Dodger Stadium. Pero incluso muchos fanáticos latinos simplemente no están interesados.

Era la parte alta de la séptima entrada, y los tres supuestos fantasmas latinos del pasado de los Dodgers estaban sentados cerca de los postes de foul del jardín derecho e izquierdo.

De repente, Edin Enamorado, Wendy Luján y Panchebel Manahuiatlakatl corrieron hacia el campo, sosteniendo pancartas con los nombres de los barrios que alguna vez estuvieron en el actual Dodger Stadium: Bishop. La Loma. Palo Verde. Desde la cubierta superior del campo derecho, alguien dejó caer una pancarta que decía #notchavezravine.

Al principio, el público aplaudió, pero luego miró con extrañeza mientras la seguridad perseguía a los tres. Siete se abalanzaron sobre Enamorado. Entonces, los aficionados se enfadaron.

“La Raza no quería que se interrumpiera el juego”, dijo el padre de Panchebel, Jaguar, que estaba en el partido. “No querían que la historia se interpusiera entre ellos y el partido”.

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En una ciudad que es casi la mitad latina, en un estadio repleto de fanáticos latinos acérrimos de los Dodgers, en la Noche de Fernando Valenzuela al comienzo del Mes de la Herencia Hispana, el desenterrar un famoso momento oscuro en la historia de L.A. de desplazar a los latinos jugó tan bien como un jonrón ganador del juego por un Gigante de San Francisco.

Por desgracia, no fue una reacción sorprendente. Incluso para un gesto diseñado para recordar el desarraigo de las familias latinas hace 62 años que ayudó a despejar el camino para el Dodger Stadium. (En una noche que no podría ser más latina si Edward James Olmos sirviera de maestro de ceremonias para la celebración de la Fernandomanía antes del partido, o si un mariachi femenino actuara antes del primer lanzamiento. Ambas cosas ocurrieron).

Mis amigos y primos no estaban contentos cuando me enviaron un mensaje de texto sobre el incidente. Claro, todos conocen la historia del origen de los Dodgers: cómo las autoridades de Los Ángeles prometieron nuevas viviendas para los residentes de Bishop, La Loma y Palo Verde. Cómo la ciudad hizo un cambio y arrasó esos barrios para que Walter O’Malley pudiera trasladar sus Bums de Brooklyn al oeste. Cómo los agentes de policía sacaron de sus casas a los últimos residentes que lloraban. Cómo el equipo nunca se ha disculpado por ese capítulo de su historia.

Pero mis familiares y amistades, como tantos aficionados latinos a los Dodgers, se encogen de hombros ante todo eso. Prefieren hablar de cómo el actual lanzador de los Dodgers, Julio Urías, es el próximo Fernando.

“Los latinos aman la historia, luchan con uñas y dientes por ella”, indicó Alonso Sarinana, que vio el partido del 15 de septiembre desde su casa y es copresentador del podcast “Bleed Los”, centrado en los Dodgers. Recibió el mismo tipo de mensajes sonrientes de sus amigos que yo. “Los Dodgers son ahora como una religión para nosotros”.

Los manifestantes se habían embarcado en una tarea de Sísifo cuando corrieron hacia el campo del Dodger Stadium la semana pasada.

Esta semana me encontré con el Sísifo en jefe de esa noche y sus amigos en un parque de Rosemead.

“No me importa si a la mayoría no le interesa”, señaló Enamorado, mientras Luján y Panchebel, de 17 años, asentían con la cabeza. “Se trata de una persona que no lo sabía y ahora lo sabe. Es para sembrar el futuro”.

El joven de 33 años habló como el retoño que es.

El Dodger Stadium es, literalmente, terreno sagrado para este aficionado de toda la vida: Su padre y su hermano fueron bautizados durante las asambleas de los Testigos de Jehová celebradas allí en la década de 1990. Enamorado creció idolatrando a Mike Piazza, Eric Karros y Gary Sheffield, además enseñó a los niños peloteros la postura de bateo de este último cuando fue voluntario como entrenador de la Fundación de los Dodgers en Cudahy Park hace apenas dos años.

“Representaron a mi ciudad”, comentó el residente de Cudahy. “Lo que somos, lo que podemos ser”.

Enamorado, que utiliza sus cuentas en las redes sociales para defender a los vendedores ambulantes, sabía de la llegada de los Dodgers a Los Ángeles “pero nunca me llamó la atención”. Entonces, durante un concierto este mes de julio, un amigo le dio una pegatina que se parecía al logotipo de los Dodgers pero que en su lugar decía “Displacers”, con una casa en lugar de una pelota de béisbol. Es la creación de Buried Under the Blue, una organización sin ánimo de lucro dirigida por Melissa Arechiga y Vincent Montalvo, cuyas familias perdieron sus casas para dar paso a los Dodgers.

La calcomanía hizo que Enamorado se diera cuenta de que lo que ocurrió con esos barrios “fue peor que la Avenida 26”, en referencia al popular mercado nocturno de Lincoln Heights que las autoridades cerraron en agosto. “10 millones de veces peor. Llevamos demasiado tiempo sufriendo el desplazamiento y la gentrificación en Los Ángeles. Es un ciclo repetitivo”.

A bulldozer destroys a home in Chavez Ravine in a 1959 photo
May 8, 1959: A bulldozer razes the Arechigas family home in Chavez Ravine immediately after family members were forcibly removed.
(Los Angeles Times)

Buscó el sitio web de Buried under the Blue, que presenta fotos y vídeos de la familia de Aréchiga durante su resistencia, e insta a la gente a no referirse a la zona como “Chavez Ravine” y a utilizar en su lugar los nombres de los barrios destruidos.

“Es hora de despertar del hipnotizante Think Blue”, dice la página web.

El manifiesto inspiró a Enamorado a asociarse con Luján y Manahuiatlakatl y organizar su carrera, que hicieron mientras llevaban camisetas de “Displacers”.

Ninguno de ellos se arrepiente, a pesar de que pasaron cuatro horas en las catacumbas del estadio de los Dodgers, y luego otras cuatro en la comisaría del noreste del Departamento de Policía de Los Ángeles hasta que el Jaguar los liberó (los Dodgers declinaron presentar cargos).

“Aunque seamos aficionados, no debemos tener miedo de pedir cuentas a los Dodgers”, expresó Panchebel, que en realidad es aficionado a los Cardenales de San Louis. “Formamos una gran parte de su afición. Lo único que queremos es que se reconozcan los errores del pasado y que se resuelva tanto dolor”.

“Eso es lo que es una protesta: llamar la atención por una buena causa”, subrayó Luján, un residente de Upland al que ni siquiera le gustan los deportes, pero que ve paralelismos entre #notchavezravine y los movimientos anti-desahucios de hoy en día.

No soy fan de los Dodgers, pero pocas cosas son más mágicas para mí en el sur de California que un partido de los Dodgers. Es donde veo a mi Sur de California – diverso, feliz y muy latino – reunirse para un par de horas de alegría alimentada por Cracker Jack.

Cada vez que voy a un partido, pienso en los errores cometidos para crear este bien cívico. Lo afronto de la misma manera que lo hago al saber que el genocidio, la conquista y la esclavitud contribuyeron al nacimiento de Estados Unidos: expío mi actitud ante la dura historia contándosela a los demás.

Pero aún así voy a ver Los Doyers de vez en cuando. Y mentiría si dijera que no disfruto en ese estadio, aunque esté construido sobre una base de injusticia a menudo olvidada, cortesía de la Ciudad de los Ángeles y los Chicos de Azul.

Los Dodgers no hicieron ningún comentario cuando les dije que Buried under the Blue quiere que el equipo ofrezca una restitución a las familias cuyos barrios Los Ángeles sacrificó en el altar del pasatiempo americano. Y eso es parte del problema, añadió el presentador del podcast “Bleed Los”, Sarinana.

A crowd watches in 1959 as trucks and tractors roll over what would become Dodger Stadium
In 1959, a crowd of 3,000 assembles at Chavez Ravine for ground–breaking ceremonies at the site of Dodger Stadium.
(Los Angeles Times)

“Si vas a revivir cosas de hace 40 años, entonces también podríamos revivir cosas de aún más atrás”, dijo el residente de San Fernando. “Los Dodgers tienen ahora la oportunidad de estar en el lado correcto de la historia haciendo todo lo posible por preservar lo que ocurrió en lugar de eludirlo”.

Ha sido una larga y solitaria batalla para Montalvo y Aréchiga, una tan aparentemente inútil que los niños pequeños en las reuniones de los desterrados (“los desarraigados”, el apodo que algunas familias de Bishop, La Loma y Palo Verde se dieron a sí mismas) han corrido con camisetas de los Dodgers. El propio padre de Montalvo, un inmigrante mexicano, se hizo fan de los Dodgers por la Fernandomanía y una vez quiso llevar a Vicente a un partido.

“Y mi abuelo, que vivía en Palo Verde, le dijo: ‘¿Qué demonios estás haciendo?’”, señaló Montalvo, que ahora tiene 46 años y es el tesorero del Consejo Vecinal de Lincoln Heights. “Eso se convirtió en una disputa durante muchos años entre ellos: mi abuelo básicamente repudió a mi padre durante un tiempo”.

Pero cuando Montalvo vio a Enamorado y a sus compañeros correr hacia el campo, lo describió como “el día más feliz de mi vida”.

“Toda mi familia estaba llorando”, dijo Aréchiga, cuya bisabuela Abrana fue una de las últimas en mantener la resistencia. “La sensación fue indescriptible. Nos sentimos tomados en cuenta al menos por una vez”.

Los dos depositan sus esperanzas de que los Dodgers se hagan cargo de su pasado en una nueva generación de aficionados como Enamorado, personas que, según ellos, tienen más conciencia social que los antiguos aficionados de los Dodgers.

“Pensarán en ello, la próxima vez que compren un Dodger Dog de $10, o una michelada cara”, comentó Montalvo. “Tal vez, en algún momento, dejarán de ir a los partidos. Y tal vez los Dodgers presten un poco más de atención a nuestra causa”.

En cuanto a Enamorado, todavía no se siente del todo cómodo con su nueva visibilidad como crítico de los Dodgers. Después de todo, pasó muchos años amando al equipo.

“Me siento como si estuviera pasando por una ruptura en este momento”, dijo, medio en broma y medio en serio. “Sabes que, en última instancia, es lo correcto, pero ahora mismo, me duele”.

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