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Columna de adictos y adicciones: Las manos de mi madre

Archivo.

“Regresé a la casa de mi madre a los 33 años de edad, sus últimos años los pasamos juntos, pero no se crea que, cuidándola, vivía de ella”. Rubén habla descarnadamente de sí mismo, no intenta disfrazar su historia, ni se justifica, porque no describe sus actos, sino su ser.

“Tal vez haya personas más egoístas que yo, no lo sé, pero le puedo asegurar que no me importaba nada, ni nadie, sólo pensaba en mí y en mi cura”.

Para entonces Rubén había perdido la vergüenza, los robos a su madre eran casi diarios, a veces dinero en efectivo y otras artículos del hogar. Está de más decir que aquella relación estaba llena de amor, pero también de engaños y chantajes.

Cierto día, doña Laura enfermó repentinamente y en cuestión de meses pasó a mejor vida. Ese fue el punto de quiebre para Rubén, aunque la pérdida no la sintió hasta mucho tiempo después; antes de eso vendió lo que pudo, se quedó con el auto y empezó su propio negocio de compraventa de droga. Ese fue el principio del fin.

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Por algún tiempo alternó las noches, entre su auto y hoteles, después el dinero se fue acabando y el auto se descompuso, como si esto fuera poco, otros adictos “amigos” suyos, le robaron mercancía y dinero; lo dejaron, literalmente en la calle.

“Cuando llegaron los malestares por falta de droga (vomito, diarrea, calambres, ansiedad, dolor de huesos) me acordaba de mi madre, entre sollozos le pedía perdón y ayuda”, reveló.

A Rubén lo sacaron de un contenedor de basura, para entonces se convulsionaba y estaba casi inconsciente. “A mi no me queda la menor duda, fue la mano de mi madre quien me salvó, era casi imposible que alguien escuchara mis quejidos, creo que Dios tuvo piedad de mi”.

La recuperación de Rubén, no se dio de la noche a la mañana, pero después de aquella experiencia, empezó a buscar ayuda, por primera vez en su vida se acercó a un grupo y escuchó las sugerencias. “Estaba tan cansado y tan solo, que no tenía fuerza ni para drogarme”.

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A través de los últimos doce años, Rubén ha hecho muchas enmiendas, sólo hay una que ya no podrá hacer: pedirle perdón a su madre. “Aunque ya no me atormento con esa idea, a veces se me salen las lagrimas y vuelvo a sentir, las manos de mi madre entre mis cabellos”.

Escríbame, su testimonio puede ayudar a otros. Todos los nombres han sido cambiados.

cadepbc@gmail.com

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