Confinados en un campamento fronterizo de Estados Unidos, los migrantes haitianos se dirigen a México en busca de alimentos

Un hombre se protege la cara mientras cruza el Río Grande con un niño en sus hombros.
(John Moore / Getty Images)
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Las traicioneras aguas del Río Grande se precipitaron cuando Isnac Joseph admitió que no sabía nadar. Sin embargo, el padre de 31 años de un hijo hambriento, de 2 años, ubicado en el campamento fronterizo de migrantes, desafió el río, uniéndose a una peregrinación diaria de cientos de otros haitianos, dejando el lado estadounidense para comprar comida, agua y otras necesidades en México.

Según los migrantes, se han visto obligados a atravesar el río todos los días para comprar comida porque no se les permite cocinar en el campamento, y Estados Unidos no les ha proporcionado ningún apoyo real. El asentamiento ha crecido durante la última semana a más de 14.000 personas.

El lunes por la mañana, los policías estatales de Texas situados a lo largo del lado estadounidense del río observaron mientras los migrantes bajaban por las orillas lodosas hacia México, algunos cargando bebés. Muchos comentaron que la única comida que sus familias recibían en el campamento cada día era un sándwich, una botella de agua y algunas galletas.

Los migrantes haitianos siguen llegando a Texas. Pero con la esperanza de evitar la deportación, muchos deciden cruzar el Río Grande de vuelta a México.

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La mayoría de los hombres cruzaban el peligroso tramo del río, aproximadamente la mitad de la longitud de un campo de fútbol, porque pocos en el campamento sabían nadar.

“Mi hijo tiene hambre, pero el agua del río es rápida. Tengo miedo”, explicó Joseph, quien cruzaba para comprar leche para su hijo.

“Es un sacrificio”, expresó Makendi Charles, de 29 años, quien tampoco sabía nadar y cruzó para obtener los $300 que sus familiares en Haití habían enviado a un banco para poder comprar comida para su esposa y su hijo de 3 años. “Tengo que conseguir algo para mi hijo porque hace mucho calor. El niño me dice: ‘Papá, me duele el estómago y también la nariz’. Está resfriado y tiene tos”.

Los migrantes se aferraron a una cuerda amarilla tendida a lo largo del río, balanceándose sobre las rocas y tropezando a veces con la maleza. Tenían prisa. Las temperaturas han subido por encima de los 100 grados por las tardes, lo que afecta a las mujeres embarazadas y los niños.

Algunos haitianos intentan cruzar el Río Bravo mientras llevan sus pertenencias en una bolsa de basura.
(John Moore / Getty Images)

El domingo, al menos una mujer en el campamento se desmayó y tuvo que ser removida por las tropas de la Guardia Nacional. Los niños yacían lánguidos e indiferentes en los brazos de sus padres que decían que no podían pagar los medicamentos de las farmacias mexicanas. No hay clínica en el asentamiento.

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Los migrantes también se apresuraron a conseguir suministros el lunes porque sabían que el Río Bravo se elevaría a la altura del pecho a las 4 p.m., con corrientes que un hombre comparó con una anaconda, apretando mientras te jala hacia abajo. El domingo, una mujer y un bebé fueron arrastrados brevemente bajo el agua, según varios migrantes que presenciaron el suceso. Ambos sobrevivieron, puntualizaron.

Una vez en Acuña, México, los migrantes enfrentaron otros obstáculos. Muchos hablaban español, habiendo pasado años viviendo en América del Sur, pero llamaban la atención en la tranquila ciudad fronteriza de unos 160.000 habitantes. Algunos se quejaron del aumento excesivo de los precios, no solo por parte de los vendedores en la orilla del río, sino también de los taxistas y las tiendas de la ciudad. Muchos habían agotado sus ahorros para pagar su viaje al norte, que según indicaron costaba entre $5.000 y $11.000 por familia.

Haitian immigrants cross the Rio Grande from Del Rio, Texas.
Los inmigrantes haitianos cruzan el Río Bravo desde Del Río, Texas, y regresan a Ciudad Acuña, México.
(John Moore / Getty Images)

Los migrantes formaron filas frente al pollo frito El Dorado, las tiendas de aguas frescas y los supermercados. Los lugareños emprendedores llevaron carritos de helados y bebidas al parque cerca del cruce informal. Otros se estacionaron en los campos cerca de los migrantes para vender ropa y artículos para el hogar que traían en las cajuelas de sus vehículos, gritando precios en pesos.

“¡Comida, pollo, 50!”, gritó un vendedor, y el hombre con el carrito de helados pronto se unió, “¡Helados a 5!”.

“¡Bolsas de basura!”, anunciaron padre e hijo.

“¿Cuánto?”, preguntó un migrante todavía mojado por cruzar el río, 10 pesos, respondieron. Compró varias.

Los sombreros cuestan 50 pesos, los pantalones cortos 120.

Haitian immigrants fall in the mud after wading across the Rio Grande back into Mexico from Del Rio
Los inmigrantes haitianos caen en el lodo después de cruzar el Río Bravo de regreso a México desde Del Río, Texas.
(John Moore / Getty Images)

“¡Nos estás robando!”, se quejó Ismo Dilema antes de comprar varias botellas de refresco de naranja por 20 pesos, alrededor de un dólar cada una.

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Dilema, de 44 años, un cocinero alto, con barba y camisa a cuadros azul y blanco, estaba en quiebra. Tuvo que pedir prestado dinero para alimentar a su esposa y dos hijos de un amigo en el campamento, llevando el efectivo al otro lado del río en una bolsa de plástico.

“La gente está comprando porque se muere de hambre”, comentó, antes de volver a bajar por la orilla fangosa del río cerca de otros que cargaban cajas de pizza y arroz.

Los vendedores mexicanos señalaron que estaban obteniendo escasas ganancias y corrían grandes riesgos trabajando en medio del caos, donde los ánimos ocasionalmente estallaban y la policía mexicana podía tomar medidas enérgicas en cualquier momento.

“Nos preocupa que puedan llevarse las cosas”, explicó el vendedor Andrés Macario, de 16 años, que había estado vendiendo bebidas a los migrantes desde que llegaron la semana pasada.

Prefieren Coca-Cola y jugo de naranja, comentó, no tortillas.

A Haitian migrant buys food near a crossing to Del Rio, Texas.
Ismo Dilema, migrante haitiano, a la izquierda, compra comida cerca de un cruce hacia Del Río, Texas.
(Molly Hennessy-Fiske / Los Angeles Times)

Los migrantes explicaron que alimentar a sus familias diariamente en el campamento cuesta al menos 1.000 pesos, unos 50 dólares; los solteros se las arreglan con unos 20 dólares. Muchos que regresaron al campamento el lunes por la tarde subrayaron que se estaban quedando sin efectivo y se habían puesto en contacto con familiares en Estados Unidos y Haití para pedir ayuda.

Los migrantes se habían enterado de que Estados Unidos transportaba personas de regreso a Haití la semana pasada y se preguntaban en voz alta si ellos también serían expulsados si se quedaban en el campamento.

El secretario de Seguridad Nacional, Alejandro N. Mayorkas, puntualizó el lunes en Del Río que la mayoría de los haitianos removidos del campamento han sido expulsados bajo la autoridad del Título 42, una política pandémica iniciada por el presidente Trump y continuada por el presidente Biden.

Haitian immigrants cross the Rio Grande back into Mexico from Del Rio, Texas on September 20, 2021 to Ciudad Acuna, Mexico.
Los inmigrantes haitianos cruzan el Río Bravo de regreso a México desde Del Río.
(John Moore / Getty Images)
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Los migrantes haitianos detenidos en el campamento señalaron que los funcionarios de inmigración de Estados Unidos les habían emitido boletos numerados. Cuando llamaron a sus números, los funcionarios les decían a los migrantes que se reunirían con familiares en EE.UU, incluso cuando fueron esposados y los hicieron subir a los autobuses para ser expulsados.

“Dicen que te van a enviar con tu familia en Estados Unidos. Es una mentira”, enfatizó Stanley Moise, de 25 años, un trabajador de una tienda de pescado con una gorra Puma negra, camiseta Adidas y pantalones cortos, quien mencionó que vio a otros migrantes que habían subido a los autobuses.

Moise gastó sus últimos pesos el lunes en seis cenas de pollo y agua para su familia, incluida su hija Isadora, de 2 años.

“Ninguna persona en 2021 debería vivir una situación como esta. Cada día es peor”, manifestó.

Planeaba cruzar nuevamente el martes a fin de pedir a sus familiares que le enviaran dinero para comprar comida porque, agregó, “tengo que ayudar a mi familia a sobrevivir”.

Agentes de la Patrulla Fronteriza de los Estados Unidos
Agentes de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos observan cómo inmigrantes haitianos cruzan el Río Bravo de regreso a México desde Del Río, Texas.
(John Moore / Getty Images)

Algunos haitianos mencionaron que estaban considerando trasladar a sus familias del campamento a un refugio en Acuña el lunes, temiendo que, si no lo hacían, serían expulsados.

“Estarían mejor allí. Los autobuses pueden venir a deportarnos en cualquier momento”, comentó el trabajador de la construcción Gabriel Valdeim, de 32 años, mientras llevaba agua, yogur, helados de frutas y dos cenas de pollo a su esposa y su hijo de 2 años.

Agregó que el pasado lunes los funcionarios de inmigración estadounidenses en el campamento llamaron a su número de boleto, 409, pero su familia no abordó el autobús.

“Tengo miedo de que me envíen de regreso a mi país. Esto está empeorando cada día y Estados Unidos lo sabe, los políticos lo saben”, señaló.

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Le quedaban 200 pesos, unos 10 dólares. El martes, esperaba comunicarse con su tía en Louisville, Kentucky, o con un tío en Miami para pedirles más dinero.

Los grupos de defensa de inmigrantes y algunos legisladores se han opuesto a cómo la Patrulla Fronteriza ha tratado a los migrantes en el campamento. El lunes por la tarde, un barco de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos se acercó al cruce, pero no detuvo a los migrantes. Ocho agentes de la Patrulla Fronteriza llegaron a caballo y montaron guardia mientras otros subían el bote por una rampa y se alejaban. Observaron cómo los migrantes llevaban suministros a la orilla del río mexicano, algunos equilibrándolos sobre sus cabezas, luego se sumergían en el agua y lo atravesaban. Después se fueron.

Aun así, los migrantes admitieron que les preocupaba que los funcionarios estadounidenses o mexicanos cerraran el cruce esta semana, después de que bloquearon otro lugar menos profundo en la cima de una presa más al oeste durante el fin de semana. Mientras se acercaban las 4 p.m., se apresuraron a regresar.

El trabajador de la construcción Frantzo Darios llevaba bolsas cargadas con todo lo que podía pagar para su esposa y su hijo Juan, de 2 años: dos comidas de pollo, arroz, papas fritas, galletas y jugo. Comentó que hace dos meses se fueron de Chile, donde, como muchos en el campamento, habían vivido durante cuatro años, luego de haber sido amenazados por pandillas. El viaje le costó a su familia $8.000. Tenía la esperanza de que la administración Biden les permitiera reunirse con familiares en Wellington, Florida.

“Ahora, con las deportaciones que están haciendo, no hay esperanza”, expresó Darios, de 35 años.

Le quedaban 400 pesos. Su hijo tiene tos, pero no puede pagar los medicamentos y no hay clínica en el campamento. Planeaba cruzar nuevamente el martes, pero ¿qué haría si los funcionarios estadounidenses o mexicanos cerraran el cruce?

“No estoy seguro”, manifestó, “no estoy seguro de nada”.

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