Con la moratoria federal de desalojos terminada, muchos llaman hogar al Desert Moon Motel de Las Vegas

The neon sign for the Desert Moon Motel is reflected in the water in the parking lot
El Desert Moon Motel, ubicado en una sección arenosa de Fremont Street en Las Vegas, es el hogar de personas que están “tratando de ponerse de pie y sobrevivir”, indica su gerente.
(Francine Orr/Los Angeles Times)
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Jake Crandall inhaló profundamente de su pipa electrónica cuando una mujer emergió de la oscuridad de Fremont Street y entró en el estacionamiento del Desert Moon Motel. Ella tomó los últimos $20 que le debía a él.

“Aquí tienes”, comentó. No preguntó cómo lo consiguió.

“Gracias”, respondió Crandall, el administrador de la propiedad. “Lo resolveremos de nuevo mañana”.

Eran poco después de las 9 de la noche y, dado que había pagado la tarifa diaria completa ($57 dólares), la habitación 5 volvería a ser suya por la noche, un respiro de la otra opción de la mujer: el asiento trasero de su Pontiac sedán rojo. Crandall conocía a la mujer, que pidió que no se usara su nombre debido a la delicadeza de su situación, no tenía otro lugar donde quedarse.

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Durante gran parte de la última semana, ella y sus dos adolescentes, ambos autistas, alternaron entre dormir en el motel o dentro del automóvil. La mujer de 45 años comentó que perdió su apartamento de una habitación en Los Ángeles a principios de la pandemia de COVID-19. Desde entonces, ha estado viajando de un lado a otro entre esta ciudad y Las Vegas; se queda con la familia cuando puede.

Jake Crandall runs the day-to-day operations at the Desert Moon for his uncle, who owns the motel.
Jake Crandall, de 19 años, dirige las operaciones diarias en Desert Moon, el motel en Las Vegas propiedad de su tío.
(Francine Orr / Los Angeles Times)

Crandall, de 19 años, quien se describe a sí mismo como un beatnik en su año sabático y que se mudó recientemente de Santa Cruz, dirige las operaciones diarias en Desert Moon para su tío, quien es dueño del viejo motel de 30 habitaciones. Si te paras en el estacionamiento y miras el horizonte hacia el oeste, verás el resplandor rojo de Resorts World Las Vegas, la torre de $4.3 mil millones que se inauguró en junio, un recordatorio de la adinerada ciudad que se siente muy lejana.

Casi todos los que Crandall conoce en el Desert Moon se encuentran en una situación difícil.

La mitad está aquí porque su habitación está cubierta por grupos sin fines de lucro que utilizan dólares de asistencia federal para la pandemia. Otros pagan la tarifa nocturna donando plasma o empeñando estéreos y herramientas que almacenan en sus autos. Algunos venden sus cuerpos.

“Este motel es la última parada para muchos”, explicó Crandall. “Es aquí o en las calles, y mucha más gente ha tenido que enfrentar esa decisión con esta pandemia”.

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Para decenas de miles de estadounidenses en todo el país, principalmente en las grandes ciudades, la actual crisis de salud, la lenta recuperación económica, así como el vencimiento de las moratorias de desalojo federales y estatales los han obligado a ingresar a moteles como el Desert Moon.

A fines de agosto, la Corte Suprema anuló la moratoria de la administración Biden sobre los desalojos que debía expirar el 3 de octubre, y el Congreso aún tiene que aprobar medidas para restablecerla.

Aproximadamente 10 millones de estadounidenses se quedan atrasados en el pago de la renta, según un análisis reciente del Center on Budget and Policy Priorities, un grupo de expertos de Washington.

En Nevada, una moratoria estatal expiró en mayo, pero las protecciones federales continuaron impidiendo que los inquilinos fueran expulsados simplemente porque no podían pagar el alquiler completo. Sin embargo, los propietarios podrían llevar a cabo los desalojos bajo ciertas circunstancias, incluso por infracciones del contrato de arrendamiento, como demasiadas mascotas o inquilinos adicionales. El gobernador Steve Sisolak firmó en los últimos meses una legislación que señala que los arrendatarios no pueden ser desalojados por no pagar la renta mientras estén buscando activamente la asistencia para el alquiler. Pero encontrar esos recursos puede resultar difícil.

Desde marzo de 2020, ha habido más de 35.000 solicitudes de desalojo en el condado de Clark, donde se encuentra Las Vegas, según una investigación del Laboratorio de Desalojos de la Universidad de Princeton, y los funcionarios estiman que en todo el estado hasta 140.000 hogares están en riesgo de desalojo.

Todo el mundo merece un techo sobre su cabeza. Las personas merecen dignidad y respeto.

Kelly Robson, funcionaria de servicios sociales de HELP of Southern Nevada

Joel Strauss, 62, outside his room smoking a cigarette at the Desert Moon Motel.
Joel Strauss, de 62 años, afuera de su habitación fumando un cigarrillo en el Desert Moon Motel. Strauss vivía en su automóvil con su esposo antes de su estadía en el motel.
(Francine Orr/Los Angeles Times)

La moratoria de California expiró a fines de septiembre, y alrededor de 744.000 hogares deben un promedio de $3.500 en alquiler atrasado solo en agosto, según un análisis de la organización sin fines de lucro, PolicyLink, y el Instituto de Investigación de Equidad de la USC.

Varias agencias federales, como el Departamento de Educación, consideran que las personas no tienen hogar si viven en moteles. En 2020, aproximadamente 13.000 de 324.000 estudiantes en el Distrito Escolar del Condado de Clark estaban listados como individuos sin hogar, incluidos casi 2.000 que vivían en moteles.

La realidad de los desalojos, señalan los expertos, es que, en el futuro inmediato, las personas comúnmente tienen que elegir entre un refugio, un motel semanal o de estadías prolongadas o la calle.

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“Estas personas están laborando o buscando trabajo y simplemente no pueden ganar suficiente dinero para vivir en un lugar asequible”, explicó Nicholas Barr, profesor asistente de trabajo social en la Universidad de Nevada, Las Vegas. “Es desestabilizador para la comunidad y el tejido social”.

Para algunos, Desert Moon sirve como un respiro.

A woman makes a bed in a hotel room.
Felicia Tellman, de 43 años, limpia una habitación en el Desert Moon Motel. Ha trabajado en el motel como ama de llaves desde 2014.
(Francine Orr / Los Angeles Times)

El motel de la década de 1930 se encuentra a 12 cuadras del Fremont Street Experience, en el centro de Las Vegas, donde, en una noche reciente, Barenaked Ladies tocaron ante miles y el área irradiaba su energía frenética típica alimentada por tragos en vasos de yarda, un plumero omnipresente de marihuana legal y el zumbido que viene al pensar en la próxima carta de blackjack.

Pero todo estaba tranquilo en Desert Moon.

En estos días sirve de hogar a varias personas que perdieron su vivienda durante la pandemia. Algunos están laborando en trabajos ocasionales, reuniendo la tarifa de $57 por noche, y otros han tenido sus costos cubiertos por grupos sin fines de lucro que están usando ayuda federal.

Son personas con hijos e individuos que están en edad de jubilarse y que ahora no tienen vivienda. Algunos viven aquí, entre adictos que logran reunirse lo suficiente para una noche o dos de privacidad y se dedican a la metanfetamina o la heroína. Crandall menciona que intenta mantenerlos fuera.

“Esta es una residencia para mucha gente”, comentó. “La mayoría está tratando de ponerse de pie y sobrevivir”.

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Mario Arciga works on his bikes on the steps outside his room at the Desert Moon Motel.
A las 5:30 a.m., Mario Arciga trabaja en sus bicicletas en los escalones fuera de su habitación, en el Desert Moon Motel.
(Francine Orr/Los Angeles Times)

Durante un tiempo, la minivan Honda Odyssey 2003 estacionada fuera de la habitación 18 fue el hogar de Mario Arciga, Adriana Sánchez y sus nueve hijos. Pero en estos días, la pareja, así como sus hijos, que tienen entre 5 y 16 años, viven en tres habitaciones hacia la parte trasera del motel, pagadas por una organización sin fines de lucro. La familia tiene vista a un callejón con dos grandes contenedores de basura azules. Al otro lado de los receptáculos hay una línea de tiendas de campaña para personas en situación de calles.

“Estamos agradecidos de estar aquí y no en el callejón”, comentó Arciga, de 33 años. “No estábamos muy lejos de caer en eso”.

Arciga y Sánchez duermen por separado para que cada uno pueda estar en una de las habitaciones con los niños más pequeños. Su hijo mayor se queda en la tercera habitación.

“Todos tenemos que cuidarnos unos a otros”, indicó Sánchez, de 32 años.

La pareja, novios desde la infancia que se conocieron en Riverside, se mudó a Las Vegas hace una década para comenzar de nuevo.

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Adriana Sánchez espera con sus hijos antes de que se vayan a la escuela desde el Desert Moon Motel en Las Vegas. Sánchez, su esposo y sus nueve hijos vivían anteriormente en una minivan.
(Francine Orr / Los Angeles Times)

Durante gran parte de su vida, Arciga ha trabajado como mecánico, especializándose en Hondas. Tenía trabajos en varios locales aquí, pero el año anterior a la pandemia había comenzado a hacer crecer su propia clientela y a viajar entre casas arreglando autos.

El dinero se estaba recuperando: Estaba ganando casi lo suficiente para cubrir los $650 de alquiler mensual que la familia pagaba en un parque de casas rodantes. Pero el trabajo constante se terminó cuando llegó la pandemia.

Se esforzó para hacer los pagos. En los primeros meses, pidió a la gente que pasara por su remolque para poder arreglar sus autos en la entrada de su casa. Pero luego los vecinos empezaron a quejarse.

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School backpacks are lined up outside a door
Las mochilas escolares están alineadas afuera de una de las tres habitaciones de Adriana Sánchez y Mario Arciga en el Desert Moon Motel.
(Francine Orr/Los Angeles Times)

En junio, después de que expiró la moratoria estatal de desalojo, el propietario le indicó a Arciga que, debido a las quejas y meses de renta sin pagar, tenían que irse.

“Pum, estábamos fuera”, explicó Arciga.

Él y Sánchez ahorraron algo de dinero, también guardaron artículos (ropa para los niños, electrodomésticos, herramientas) y vivieron un tiempo con familiares. Pero el espacio era reducido y pronto estuvieron todos dentro de la minivan. Dormían en los estacionamientos de Del Taco y con frecuencia visitaban las bibliotecas para que los niños pudieran mantenerse al día con el trabajo escolar.

“Estábamos desesperados”, explicó Sánchez. “Pero nos teníamos el uno al otro. Nos tenemos el uno al otro”.

La pareja encontró ayuda en julio a través de HELP of Southern Nevada, una organización sin fines de lucro que trabaja para que las personas ingresen en refugios y habitaciones de moteles para salir de las calles.

“Una habitación es mucho mejor que la van”, comentó Arciga una mañana reciente fuera de la habitación 18. Los gemelos de 9 años de la pareja rodearon la Odyssey en scooters, riendo bajo el cálido sol de la mañana.

“No podemos volver a vivir en esa camioneta”, explicó.

En estos días, Sánchez revisa listas de trabajos en su teléfono y se preocupa por los niños. Ella los lleva a la escuela cerca de donde solían vivir: Una caminata de 15 minutos hasta la parada de autobús de la ciudad desde el motel y luego un viaje de 30 minutos.

A man in a cap sits on the steps outside a motel room. In front of him is the open hood of a vehicle
Mario Arciga se sienta afuera de su habitación en el Desert Moon Motel, donde trabaja en Hondas en el estacionamiento o arregla bicicletas.
(Francine Orr / Los Angeles Times)
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Mientras los niños están en clase, Arciga trabaja en Hondas en el estacionamiento del motel y arregla bicicletas. El negocio ha comenzado a mejorar, y dentro de una de las habitaciones de la familia hay tornillos y un gato para levantar autos al lado de una puerta. El olor a grasa de las piezas de motores invade el cuarto.

“Esto generalmente sería en un garaje o en el exterior”, explicó. “Pero no tenemos espacio. Esperamos tenerlo en el futuro”.

Cada semana, los coordinadores de acercamiento vienen al motel y le pagan a Crandall una suma semanal por las habitaciones en las que viven Arciga, Sánchez y otros.

Kelly Robson, directora de servicios sociales del grupo, señaló que la cantidad de personas que esperan acceder a los servicios se ha duplicado desde antes de la pandemia. Todos los días, puntualizó, la organización sin fines de lucro recibe al menos una docena de correos electrónicos de individuos que preguntan sobre asistencia para el alquiler, y eso se suma a las solicitudes que llegan por teléfono.

De marzo a diciembre de 2020, HELP distribuyó $3 millones en fondos federales para mantener a las personas alojadas en sus hogares o lugares como Desert Moon durante varios meses. Desde marzo de este año, ha gastado $434.000 en estadías en moteles.

Otros grupos, como la Coalición de Vivienda de Nevada y HopeLink del Sur de Nevada, brindan asistencia similar a las familias que han sido desalojadas y ahora no tienen hogar. El dinero es parte del Programa de Asistencia de Vivienda CARES (CHAP, por sus siglas en inglés), que ayuda a los residentes del condado de Clark.

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Joel Strauss se asegura de que su esposo Mark Strauss se mantenga abrigado fuera de su habitación en el Desert Moon Motel. Con ellos está su perro, Max.
(Francine Orr / Los Angeles Times)

“Todos merecen un techo sobre su cabeza”, enfatizó Robson. “Las personas merecen dignidad y respeto”.

Muchos de los clientes con los que trabaja reciben beneficios por discapacidad del Seguro Social, que generalmente proporcionan $794 al mes. Y la renta mensual justa en el mercado de un apartamento de una habitación en Las Vegas es de aproximadamente $1.000, detalló. (La tasa de disponibilidad de apartamentos en renta en la ciudad se ha mantenido cerca del 4%).

“Las matemáticas no cuadran”, explicó.

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Robson comentó que HELP of Southern Nevada atiende a decenas de miles al año y que, en una mañana reciente de un día laborable, 951 personas se despertaron en una cama financiada por la organización sin fines de lucro. El grupo generalmente evita los hoteles económicos en el Strip con casinos donde los juegos de azar y el alcohol gratis pueden ser atractivos y las tarifas del resort se suman al precio por noche, agregó Robson.

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En una mañana reciente, Crandall caminó de habitación en habitación entregando avisos de salida. El motel a veces mantiene algunos cuartos vacíos y se publican en sitios web de viajes a un precio más alto los fines de semana, cuando hay grandes espectáculos en el centro de la ciudad.

“La gente a veces vendrá, verá el lugar y luego se relajará muy rápido”, comentó Crandall, quien antes de aceptar el trabajo viajaba por Estados Unidos en su camioneta Ford E150 blanca. Después de graduarse de una escuela preparatoria privada, vivió cerca del Parque Nacional Zion por un tiempo, antes de comenzar a laborar aquí en la calle Fremont. Ahora ve a las personas en sus momentos más bajos de la vida.

“Es deprimente”, admitió. “No saber dónde vas a dormir noche tras noche”.

Karla John sweeps outside her room at the Desert Moon Motel.
Karla John sale de su habitación en el Desert Moon Motel. La mujer de 60 años, que se quedó sin hogar por primera vez en su vida durante la pandemia.
(Francine Orr/Los Angeles Times)

Mientras caminaba entre las habitaciones, Karla John dobló las sábanas en la habitación 28.

La mujer de 60 años, que se quedó sin hogar por primera vez en su vida durante la pandemia, está recibiendo ayuda de HELP of Southern Nevada, para la habitación que comparte con su esposo, Shaun. La pareja vive aquí desde junio.

John, un veterano retirado de la Fuerza Aérea de Estados Unidos alquiló una casa durante dos años cerca de la Base de la Fuerza Aérea de Nellis. Sirvió en la Guerra del Golfo Pérsico de 1991 y se retiró de la Fuerza Aérea en 1996. Cuando se mudó a Las Vegas desde Dallas en 2012, tuvo varios trabajos. Más recientemente, dirigió un motel donde ganaba un poco más que el salario mínimo.

Se quedó sin hogar en junio, cuando el propietario perdió la casa que alquilaba. Ha luchado por obtener respuestas sobre por qué se incautó el domicilio, pero ella y su esposo empacaron sus pertenencias en un U-Haul. Tenían pocos ahorros para un nuevo lugar, por lo que estacionaron el vehículo en los parques de la ciudad y durmieron en él.

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“Fue una de las peores situaciones en las que he estado”, comentó.

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Karla John lava la ropa y ayuda con las tareas domésticas en las habitaciones del Desert Moon para ganar un poco de dinero extra.
(Francine Orr / Los Angeles Times)

John recibe alrededor de $1.100 al mes de la Fuerza Aérea, aproximadamente el 75% de los beneficios, agregó, que alcanzarán su máximo cuando cumpla 62 años.

Ella lava la ropa y ayuda con la limpieza de las habitaciones aquí en Desert Moon para ganar un poco de dinero extra. Dobló la ropa una tarde reciente y pensó en su futuro.

“¿Cómo puede ser que en Estados Unidos hay gente viviendo en las calles y a nadie le importa?”, preguntó. “Veteranos que han luchado y casi pierden la vida, ahora simplemente abandonados”.

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Erik Ausband trabaja en el Desert Moon Motel, donde ha estado viviendo durante los últimos meses.
(Francine Orr / Los Angeles Times)

Otro habitante del motel, Erik Ausband, llegó alrededor de dos meses después. Labora en proyectos ocasionales y ha anunciado trabajos de carpintería en sitios web para obreros temporales.

Perdió su remolque al principio de la pandemia cuando no pudo pagar su alquiler de $600. Ausband no sabía sobre una moratoria, explicó, así que cuando el propietario comentó que tenía que irse, se mudó.

Se quedó en el remolque adicional de un amigo en Pahrump, una unidad de 60 millas al oeste de Las Vegas. Vivió allí hasta la primavera, luego comenzó a vivir en su Hyundai Santa Fe.

Desde agosto vive en la habitación 24.

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Ausband, de 56 años, que tiene un acento sureño que se remonta a su vida en Tennessee y Georgia, hace mantenimiento en el motel, y el tío de Crandall le paga un salario y le ofrece ofertas de alquiler. Hace muchos trabajos en el complejo: Arregla los cabezales de ducha, así como las unidades de aire acondicionado. En su tiempo de inactividad, se desplaza por los sitios web del condado y del gobierno tratando de obtener la asistencia por desempleo pandémico que se le debe.

“Los sitios web son lentos, confusos”, detalló Ausband, quien usa varias cadenas de oro, una tarde reciente mientras tomaba caladas de un Marlboro en su descanso.

Dentro de la habitación 24, tiene un banco de trabajo, taladros y una escalera. Una caja de Budweiser descansa cerca de un refrigerador. Su pug, Roady, deambula por la propiedad ladrando a otros perros.

“Ahora tengo esta habitación, que es más que suficiente en este momento”, comentó.

Una noche reciente, mientras los autos pasaban zumbando por Fremont Street, el letrero de neón del motel, salvo las letras oscuras M y O, iluminaba el estacionamiento. Una de las hijas de Arciga y Sánchez se sentó en los escalones fuera de una habitación viendo una película en un teléfono celular. La puerta de John estaba entreabierta, lo suficiente para observarla viendo la televisión. Ausband se había ido, pero Roady soltó un aullido desde el interior de la habitación.

Durante las últimas tres noches, Crandall tuvo que llamar a la Policía Metropolitana de Las Vegas por incidentes relacionados con clientes no vinculados a la organización sin fines de lucro. Primero, un hombre tuvo una crisis de salud mental y rompió la televisión, luego una mujer abofeteó a su novio y la tercera noche una mujer había intentado solicitar sexo desde su habitación.

“Hay mucha humanidad”, enfatizó Crandall. “No importa qué, todos estamos pasando por algo, siempre”.

A lo largo de Fremont, un grupo de jóvenes marchó hacia el centro de la ciudad con camisas de cuello y jeans con latas de cerveza. The Strip brillaba en la distancia.

Todavía era temprano y Crandall se instaló en una silla de jardín. Inhaló otra vez del vaporizador y esperó lo que venía.

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“Este motel es la última parada para muchos”, comenta Jake Crandall, quien administra el Desert Moon en Las Vegas. “Es aquí o en las calles”.
(Francine Orr / Los Angeles Times)
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Este es el segundo de una serie de artículos ocasionales sobre Las Vegas emergiendo de la pandemia de COVID-19. Aquí está el primero.

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