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¿Cree que Trump es errático? Espere hasta después de las elecciones

¿Cree que Trump es errático? Espere hasta después de las elecciones
El presidente Trump habla a los medios, en la pista, antes de viajar para hablar en un mitin de campaña en Missoula, Montana, el 18 de octubre pasado. (Carolyn Kaster)
La turbulencia que marcó la política exterior de Donald Trump desde el comienzo de su mandato está empeorando.
El aparente asesinato del columnista del Washington Post Jamal Khashoggi se ha convertido en uno de los desafíos de política exterior más complejos que el presidente y su equipo han enfrentado. La relación entre Estados Unidos y Arabia Saudita es ahora muy tensa, a pesar de los esfuerzos de la Casa Blanca por hacer girar la historia de Khashoggi a gusto de los saudíes. El presunto asesinato fue brutal y descarado. Algunos señalan que los mensajes contra la prensa por parte del presidente y la indiferencia ante los problemas de derechos humanos prepararon el escenario para el hecho. Los principales miembros de ambos partidos piden sanciones contra los saudíes e investigaciones sobre los lazos comerciales del primer mandatario (y su familia) con el reino.
La controversia se suma a otros dramas de Washington: cambios de alto nivel en el equipo de política exterior del presidente y la posibilidad de que los demócratas retomen el control de la Cámara de Representantes en las elecciones de mitad de mandato. La combinación podría hacer que los primeros dos años de esta presidencia parezcan tranquilos y controlados. Es probable que la política exterior se vuelva significativamente ‘más Trump’, es decir, más combativa e impredecible; y es casi seguro que Estados Unidos emergerá de ello más débil de lo que es hoy.
Una fuerte señal de cambio apareció hace dos semanas. A pesar de la reiterada afirmación del presidente de que sabía que la embajadora ante las Naciones Unidas, Nikki Haley, planeaba anunciar su partida, la noticia claramente fue una sorpresa. El equipo de Haley y sus colegas en la ONU expresaron su conmoción. También lo hicieron los diplomáticos en el Departamento de Estado con quienes hablé, al igual que el personal de la Casa Blanca.
¿Por qué Haley no esperó, como dicta la tradición, a renunciar hasta después del mediodía? Algunos creen que intentó eludir las preguntas de ética sobre su uso de aviones privados para viajar. O tal vez, post Kavanaugh, estaba lo suficientemente incómoda con sus vínculos con la administración Trump que quiso eliminarlos sin demora. Haley jura que apoya al presidente, pero no manejó su anuncio conforme esa afirmación.
La respuesta del equipo de Trump fue claramente improvisada. Nada ilustra esto mejor que el comportamiento de la exfuncionaria de seguridad nacional Dina Powell, quien se retiró de su postulación para el puesto de la ONU apenas se planteó la idea. Parece que ni siquiera tuvo lugar una conversación básica entre ella y la Casa Blanca.
La renuencia de Powell a unirse a la administración sugiere un problema aún mayor. Tal vez una de las razones por las que dudó fue debido a las fuertes opiniones contra la ONU del asesor de seguridad nacional John Bolton, y la idea generalizada de que sus intervenciones eran una fuente de tensión para Haley. Él tiene un candidato preferido para el puesto: Richard Grennell, su exvocero de prensa en la ONU y ahora embajador en Alemania, un hombre que comparte su desdén por la institución y su tóxico enfoque pendenciero hacia la política exterior.
La influencia de Bolton y otros nacionalistas extremos en el entorno de Trump, como Stephen Miller, autor de las políticas antiinmigrantes de la administración, es responsable de otro cambio de personal esperado en el equipo de política exterior. En múltiples entrevistas, el primer mandatario sugirió que James N. Mattis pronto dejará de ser secretario de Defensa. Trump lo llamó "una especie de demócrata" en el programa "60 Minutes" hace una semana, lo cual no es, presumiblemente, un cumplido. Mattis luego afirmó que tiene apoyo del presidente, pero ¿quién puede creerle?
Si Mattis se va, el derrumbamiento del "Eje de adultos" en la Casa Blanca —el exasesor económico Gary Cohn, el exasesor de seguridad nacional H.R. McMaster, el exsecretario de Estado Rex Tillerson— será casi total. Trump estará rodeado de personas intransigentes y poco serias, más que dispuestas a permitir sus impulsos erráticos, a veces incoherentes.
No se puede contar con que el Senado, generalmente la fuerza que más contrarresta a la Casa Blanca, ofrezca mucha resistencia si, como se espera, permanece en manos del partido republicano.
El actual presidente del Comité de Relaciones Exteriores, Bob Corker (R-Tenn.), se marcha del Senado. Ha sido al menos una fuente confiable para una respuesta racional a las directivas más imprudentes del mandatario. Su posible reemplazo será el poco conocido senador de Idaho, Jim Risch, quien —ni tan respetado ni medido como Corker— ha apoyado reflexivamente las iniciativas del presidente, incluida la retirada de los acuerdos climáticos de París y el aumento de las apuestas en Corea del Norte. En cuanto a la Cámara de Representantes, incluso si los demócratas ganan el control, la revisión resultante de la política exterior que se debió haber hecho hace mucho tiempo puede ser contraproducente.
Se puede esperar que los demócratas de la Cámara de Representantes investiguen activamente las relaciones y políticas de Trump en Rusia, el caso de Khashoggi y mucho más. Se enfrentarán al mandatario sobre cómo manejar el acuerdo nuclear con Irán, el Brexit, el gasto en defensa y el cambio climático global. Presionarán a los regímenes autoritarios a los que Trump se ha acostumbrado.
Cualquier tipo de control contra los peores impulsos del presidente debería ser bienvenido. Pero el gobierno seguirá dividido, y es probable que el Congreso esté muy cerca de una parálisis, incapaz de cambiar el curso de la política exterior. El resultado puede ser que Estados Unidos no pueda desempeñar un rol de liderazgo mundial, mientras en Washington surgen amargas peleas sobre cuál debería ser ese papel.
Para nuestros aliados, ya sacudidos por las guerras comerciales, los ataques a la OTAN y un volátil presidente de EE.UU., los próximos dos años probablemente agravarán la confusión y la preocupación. Solo para nuestros enemigos este nuevo período será de promesas y oportunidades.

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