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Dejemos que “Roma” empiece una conversación sobre las trabajadoras domésticas que empleamos

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Proyección de la película “Roma” en el Centro Cultural Los Pinos en la Ciudad de México, el  pasado 13 de diciembre. (Sashenka Gutierrez / EPA-EFE / REX)

(EFE)

La película “Roma”, de Alfonso Cuarón, está siendo promocionada como una obra maestra por la manera en que cuenta una historia épica a través de un examen granular de la vida cotidiana de una familia de clase media a principios de la década de 1970 en la Ciudad de México.

Al enfocarse en las vidas de las “ayudantes”, Cleo y Adela (Yalitza Aparicio y Nancy García), Cuarón ha invertido la imagen típica de la vida doméstica mexicana al poner en primer plano a las mujeres indígenas que tradicionalmente son invisibles en la sociedad.

La película se estrenó en México, en noviembre, pocos días antes de la toma de posesión del presidente Andrés Manuel López Obrador (conocido popularmente por su acrónimo, AMLO), el primer izquierdista en tomar el poder en el segundo país más poblado de América Latina en varias generaciones. AMLO se inició en la política organizándose entre las poblaciones indígenas del sur de México y su nueva administración ha prometido más inversión en programas sociales y desarrollo regional para ayudar a los indígenas mexicanos.

También se espera que ayude a cambiar las actitudes discriminatorias hacia los indios por parte de la población mestiza de México, con su mezcla de ascendencia europea e indígena.

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Es un momento de reconocimiento en México, y la película ha ayudado a centrar la conversación en el legado del colonialismo y cómo se extiende hasta la más íntima de las esferas como dentro de la obra autobiográfica de Cuarón en “Roma”, donde Cleo y Adela, indígenas mixtecos de Oaxaca, trabajan desde el amanecer hasta bien entrada la noche atendiendo a cuatro niños pequeños, sirviendo la mesa una y otra vez y barriendo la caca del perro (una tarea olvidada con frecuencia suficiente como para sugerir una rebelión silenciosa).

“Roma” toma su nombre del barrio de la Ciudad de México en el que Cuarón creció, pero también podría estar ubicado en Silver Lake o Sherman Oaks.

La conversación que tiene lugar en México sobre el empleo doméstico también debería ocurrir en Los Ángeles y en otras ciudades de Estados Unidos, donde un ejército de trabajadoras del hogar/domésticas, atiende las necesidades de las familias de clase media y media alta. Sin embargo, hay pocas señales de ello, a pesar de la efervescencia del Óscar que la película está generando.

A finales de la década de 1990, en el punto álgido de una gran ola de migración, las mujeres latinoamericanas habían reemplazado en gran medida a las afroamericanas como empleadas domésticas en California.

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Muchas de estas mujeres son indígenas. Al igual que Cleo y Adela, hablan a los niños que cuidan en inglés y español (y en zapoteco, otomí y docenas de otras lenguas indígenas). Estas relaciones a menudo trascienden el lenguaje. En “Roma”, también hay mucho contacto entre las empleadas domésticas y la familia, donde ellas se muestran: juguetonas, tiernas y, en ocasiones, suavemente estrictas.

Es una intimidad turbulenta, perseguida por fantasmas coloniales.

Cuando mis hijas gemelas nacieron hace 11 años, su madre y yo empleamos a varias mujeres a tiempo parcial para que nos ayudaran en la travesía de Los Ángeles de ida y vuelta a nuestros trabajos. La mujer que se quedó más tiempo, era de Oaxaca.

Su nombre, al igual que el de uno de los personajes indígenas de Roma, es Adela, y ha vivido en este país durante más de 29 años sin regresar a su pueblo por temor a no poder volver a cruzar una frontera cada vez más militarizada.

Hizo el cálculo que millones de personas en su situación han hecho: Si estuviera atrapada en el otro lado, ¿qué sería de sus cuatro hijos nacidos y criados en Estados Unidos? Hoy en día, dos de ellos son graduados universitarios y uno de ellos aún está en la escuela. Pero quedarse aquí tuvo un precio inevitable para Adela. En 2017, su madre murió en su pueblo. No se habían visto, no se habían besado ni abrazado en décadas. Su despedida fue a través de un teléfono celular.

A veces estaba en casa cuando Adela estaba trabajando y era la hora de la siesta de las gemelas. Caminando por el dormitorio la oía susurrarles en español y zapoteco, y veía sus dedos acariciando cariñosa y ligeramente las cabezas de mis hijas. Las gemelas, ahora preadolescentes, aún conservan el recuerdo de esos momentos. Había algo tan familiar, tan relajante en ese suave golpeteo en el cuero cabelludo que las llevaba a un sueño tranquilo.

Sólo puedo pensar en ese toque en español, como una caricia, una caricia, una caricia, una caricia que se intercambia sólo entre la familia más cercana. Sé que Adela es y no es parte de mi familia, que sus caricias tal vez vinieron a expensas de no pasar tiempo con sus propios hijos, y que nunca podríamos recompensarla realmente por ese toque de amor; ciertamente no con un salario que le permitiera encontrar el mismo tipo de cuidado para sus hijos.

La clase y la cultura y hasta cierto punto la lengua —la historia colonial— nos separan. En esta relación asimétrica, tengo la sensación de que Adela conoce a mi familia mucho mejor de lo que nosotros la conocemos.

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Que yo sea un hombre mestizo que pueda conversar relativamente íntimamente con Adela complica la historia, pero quizás no mucho. Esta relación, en todo su desorden, me establece como sujeto de la historia colonial tanto como lo es Adela en “Roma”. Cuarón provoca con una pregunta que el sujeto indígena parece estar dirigiendo a la clase media mexicana: ¿Quién eres tú, en relación con nosotros?

Es una pregunta que debemos hacernos también a este lado de la frontera. Olvidemos el muro de Trump por un momento: ¿qué hay de los muros sociales y económicos que los supuestos progresistas han construido entre ellos y la clase obrera inmigrante?

La pregunta que se plantea en “Roma” es la siguiente: ¿Quiénes somos nosotros y como interactuamos unos y otros, en un mundo hecho y deshecho por la maldición de la modernidad, por la riqueza material y su distribución cada vez más radicalmente desigual?

Los Cleos y las Adelas que viven entre nosotros están esperando nuestra respuesta.

Rubén Martínez es profesor en la Universidad Loyola Marymount y autor de “Crossing Over: Una familia mexicana en la ruta del migrante”.

Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí.


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