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Todavía a mil millas de la frontera, la caravana de migrantes hizo una pausa en México para reorganizarse

El centro de esta ciudad, a unas 50 millas al norte de la frontera sur de México, se ha transformado en un gigante campamento de desamparados.

Miles de hondureños comenzaron a llegar temprano el 22 de octubre, y llenaron la plaza central hasta el día siguiente por la noche. Agotados, decidieron pasar el día en la zona, buscando cualquier sombra que pudieran encontrar en el sofocante clima subtropical.

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"Estamos cansados, tenemos hambre, pero estamos decididos a continuar este viaje", aseguró Evelyn Perdono, de 31 años de edad y madre de cuatro hijos, sentada en un muro bajo de piedra junto a su hermana y su sobrina pequeña.

En los 11 días desde que la caravana salió de Honduras, la controversia política que la rodea no ha mostrado signos de desvanecimiento.

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El secretario de Estado de Estados Unidos, Michael R. Pompeo, afirmó a los reporteros el martes 23 que, sin una explicación de quién integra la caravana, ésta representa "un riesgo de seguridad inaceptable" para este país. "Nadie tendrá éxito para ingresar a Estados Unidos ilegalmente, pase lo que pase", advirtió a los migrantes.

El presidente Trump, quien había tuiteado que "criminales e individuos desconocidos de Medio Oriente están mezclados en la caravana", reconoció ante la presión de los periodistas, el martes, que no tenía pruebas de esa afirmación. "No hay pruebas de nada, pero bien podrían serlo", afirmó Trump durante la promulgación de un proyecto de ley en la Oficina Oval.

Según el mandatario, funcionarios de la Patrulla Fronteriza le dijeron que "en el transcurso de varios años han interceptado a muchas personas de Medio Oriente", incluidos miembros de Estado Islámico; "gente maravillosa de Medio Oriente" y "malas personas", afirmó.

Para el vicepresidente Mike Pence sería "inconcebible" que no hubiera individuos de Medio Oriente en la caravana, según su propia afirmación —ampliamente desmentida— de que cada día Estados Unidos impide que 10 terroristas o presuntos terroristas ingresen al país.

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En tanto, en Huixtla cientos de migrantes usaban palos y bolsas de residuos para construir tiendas de campaña en la plaza central. Con mantas y cuerdas entre los árboles colgaban la ropa empapada. Más prendas se secaban en barandillas, bancos y el pavimento. El mirador central estaba lleno de cochecitos, botellas de agua vacías, mochilas y láminas de plástico. Cajas de cartón aplastadas hacían las veces de pisos.

Durante varias cuadras en cada dirección, los miembros de la caravana descansaban luego de días de caminata. Un grupo de hombres jugaba a las cartas en el pavimento de la plaza. La gente miraba sus teléfonos celulares, después de haberlos cargado en tiendas locales.

Migrantes hondureños que forman parte de una caravana que se dirige a Estados Unidos toman un descanso en Huixtla, México, el 23 de octubre de 2018.
Migrantes hondureños que forman parte de una caravana que se dirige a Estados Unidos toman un descanso en Huixtla, México, el 23 de octubre de 2018. (Johan Ordonez / AFP / Getty Images)

Había basura por todas partes. Con un megáfono, un hombre pedía a la gente que colocara sus residuos en enormes bolsas de plástico blanco que el pueblo había dispuesto en la plaza y sus alrededores. Todas ellas se desbordaban sobre el suelo.

Los residentes de esta ciudad, sede de un municipio que alberga a más de 100,000 habitantes, parecían tomar la repentina afluencia con calma. "Ellos son nuestros hermanos: podríamos ser nosotros en esta situación", expresó Samuel Orozco, un pastor evangélico que ayudaba a coordinar la ayuda para la multitud desde un escenario en la plaza central. "Todo el mundo está tratando de ayudar".

Voluntarios locales repartían comida, agua, ropa y pañales y otros artículos. En un camión, la gente hacía fila para recibir manzanas verdes. Un hombre en un carrito dispensaba vasos gratuitos del agua de arroz conocida como horchata.

La ciudad también proporcionó algunos baños portátiles y carpas plegables. Cuatro camionetas de la Cruz Roja se alineaban en un lado del parque, ofreciendo asistencia médica y llamadas gratuitas a casa —de dos minutos de duración—, desde teléfonos celulares.

"La mayoría de las personas están deshidratadas, sufren irritaciones en la piel, picaduras de insectos, agotamiento, dolores de cabeza", afirmó Eric Fernández Melgar, quien ayudaba a coordinar las actividades de la Cruz Roja.

Las autoridades mexicanas no intentaron frenar el avance de los migrantes hacia el norte desde la ciudad fronteriza de Ciudad Hidalgo, a pesar de la presencia de cientos de policías federales en el área. Miles de personas pasaron el lunes 22 de octubre por un control de inmigración de ese país, sin ser molestadas.

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La pregunta para muchos es qué sucederá en la frontera con Estados Unidos. "Esperamos que Trump nos deje entrar", expresó Daisy Rodríguez, de 45 años, mientras se abanicaba en un banco del parque. "Hace calor, puede ser aburrido, pero continuamos".

Las amenazas de Trump para convocar a los militares a lo largo de la frontera no parecen perturbar a los desaliñados viajeros. "Ya hemos llegado hasta aquí", afirmó Rodríguez.

Como recordatorio de los peligros del viaje, un joven migrante fue atropellado por un vehículo el lunes 22, mientras el grupo viajaba por la concurrida carretera Panamericana. Su cuerpo ensangrentado, cubierto por una sábana, yació en la carretera durante más de una hora antes de que las autoridades lo retiraran.

La gente miraba sus restos, algunos sollozaban, pero todos seguían adelante. Algunos pensaron en crear un memorial para el muchacho, cuya identidad se desconoce.

Los migrantes planeaban reanudar su viaje a más tardar el miércoles 24 a primera hora. Nadie parecía saberlo a ciencia cierta.

En el camino, la caravana es menos una unidad fluida y organizada que una masa humana sinuosa, que se extiende por millas. Algunos migrantes hacen autoestop o saltan sobre tractores con remolque. Otros simplemente siguen caminando; marchan por plantaciones de plátano y mango, y tierras ganaderas.

La frontera de EE.UU. y México se encuentra aún a más de 1,000 millas de distancia. Justo aquí, en el estado sureño de Chiapas, los migrantes deben pasar media docena de controles de inmigración mexicanos.

Más al norte, algunos podrían saltar hacia trenes de carga conocidos como La Bestia, un viaje peligroso que les ha costado la vida —o las extremidades— a muchos individuos centroamericanos durante décadas.

Desde el sur surgen noticias de nuevas caravanas de migrantes, algunas de lugares tan lejanos como El Salvador. Nadie aquí parece saber nada de eso. También desconocen los hostiles mensajes de Trump por Twitter y sus pronunciamientos políticos, y de alguna manera están desconcertados por el hecho de que su viaje irregular haya adquirido una suerte de peso geopolítico. "Solo tenemos respeto por el presidente Trump", declaró José Rodríguez, de 29 años, quien llevaba una bandera blanca con los lemas "Paz" y "Dios".

El plan, aparentemente, es ir de ciudad en ciudad, durmiendo en plazas y calles, descansando por un día aquí y allá, aprovechando la amabilidad de los extraños y de aquellos que ofrecen ayuda.

Para los migrantes, las dificultades del viaje valen la pena en función de los posibles beneficios: la vida en Estados Unidos donde, todos ellos creen, podrán escapar de la pobreza y el crimen implacables y tener un cierto progreso, o prosperidad. "La idea es encontrar algún trabajo y hacer lo que pueda para ayudar a mis hijos", remarcó Rodríguez, cuyos cinco chicos, de entre 14 y 24 años, permanecen en Honduras por el momento. "En casa no hay futuro para nadie".

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