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En memoria de Manny González, el ‘publisher’ de L.A. que nos imprimió el ritmo

El periodista y amante de la música tropical Manny González en uno de sus entornos favoritos.
El periodista y amante de la música tropical Manny González en uno de sus entornos favoritos.
(Cortesía Jonathan Diaz)

Pese a que lo tenía entre mis amigos de Facebook y a que veía frecuentemente las publicaciones ocasionales que él mismo hacía en esta red social, tardé unos días en enterarme de su fallecimiento, alejados como estábamos por las cosas de la vida y de la pandemia. Y ahora, la noticia de su partida me ha caído como un baldazo de agua fría. O más bien como un ladrillazo.

Esa sensación fue completamente opuesta a la calidez que sentía al estar al lado de este gran inmigrante cubano (sí, me refiero también a su talla física) que nos deja súbitamente a los 81 años, una edad que a muchos les debe sonar particularmente avanzada, pero que en su caso no podía ser menos evidente, porque su entusiasmo, su energía y su lucidez no parecían haber disminuido pese al paso de los años, lo que lo hacía lucir como una persona considerablemente menor a lo que dictaminaban los calendarios acumulados.

Mi opinión no era compartida por todos, porque la efusividad de Manny llegaba muchas veces cargada de una honestidad brutal (para citar a Calamaro) que estaba mayormente dosificada por su gran sentido del humor, pero que tenía definitivamente detractores, y que se transmitía no solo durante los encuentros personales en los que lo vi participar, sino también en sus publicaciones sobre el papel.

Una de las portadas finales de la última publicación.

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Porque este nativo de La Habana -que llegó durante la adolescencia a Miami y que se trasladó poco después a las costas californianas, sin dejar nunca de lado su esencia caribeña- fue uno de los ‘publishers’ y escritores más prolíficos de la escena angelina, aunque lo hiciera a través de medios de información independientes que tuvieron sin duda alcances menores a los de los grandes periódicos, pero que se caracterizaron en cambio por su irreverencia y su autenticidad, sin dejar por ello de lado el imprescindible aspecto de la calidad. “Es que no le besamos el rabo a nadie”, repetía Manny, recurriendo a su particular elocuencia.

Para que quede claro, yo estaré eternamente en deuda con él. Bueno, no eternamente; hasta que me muera también. Y no solo porque me hizo un préstamo considerable de dinero cuando me encontraba en una mala situación (se lo devolví; lo de la deuda no es monetario), sino porque, a inicios de los 2000, cuando recién llegué a este país, fue la primera persona que se atrevió a convocarme en calidad de ‘freelance’ para colaborar con mis notas -y posteriormente con mis correcciones de estilo- en Vista en L.A., la revista sobre música y entretenimiento que había fundado por cuenta propia a mediados de los ’90.

Como me lo contó su esposa María Elena Piedra en una reciente conversación telefónica, Vista en L.A. fue la primera publicación en español de Manny tras su participación en L.A. Salsa Magazine, una revista en inglés que se dedicaba exclusivamente a la música tropical, a diferencia de lo que empezó a hacer de manera cada vez más creciente la segunda al incorporar no solo a artistas del pop y del rock, sino también al darle cabida a columnas sobre cine y televisión, aunque su foco central no dejó nunca de ser lo que se conoce a grandes trazos como salsa.

La caricatura que distinguió a Manny González en su columna satírica.
La caricatura que distinguió a Manny González en su columna satírica.

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La punta de lanza de Vista en L.A. era Arpía, un personaje que se dedicaba justamente a poner en evidencia los malos manejos de la industria latina y a cuestionar de manera particularmente ácida las novedades del mundo del espectáculo, hasta el punto de que llamó la atención (no siempre de manera positiva) de algunas figuras encumbradas del mismo ambiente. De ese modo, respondía perfectamente a la personalidad de Manny, aunque no era él necesariamente quien escribía los textos de esta controvertida figura ficticia.

La que sí llevaba su firma era la infaltable ‘Sátira’, una columna mensual que le servía para desfogar frustraciones y burlarse de un tema específico con la complicidad del lector, mediante líneas que llegaban debidamente sazonadas con referencias a relatos humorísticos de origen definitivamente popular y de orientación innegablemente latina.

A mediados de los 2000, Vista en L.A. dio paso a ¿Cómo? en L.A., una publicación de similares características (es decir, de distribución gratuita en tiendas de música y disqueras) que no pudo tener una existencia tan larga debido a los cambios económicos y de consumo, ya que el carácter furiosamente independiente de su contenido no resultaba fácil de vender, como no lo resultaba tampoco durante su anterior encarnación.

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De hecho, por más memorables y diferentes que hayan sido a todo lo que se encontraba en el mercado local, estas revistas no eran el único medio de subsistencia de Manny, quien se desempeñó como joyero y como consultor de Relaciones Humanas de Trabajo hasta la semana misma de su muerte, y que fue ocasionalmente promotor de conciertos protagonizados por artistas relacionados a los estilos musicales que más atesoraba.

Además de gustar mucho de los grandes cigarros o habanos, que le permitieron establecer nuevas amistades en los locales dedicados a la venta y uso de estos productos, el ilustre señor era un prodigio del movimiento en la pista del salón, aunque esa cualidad fue menguando con el paso del tiempo, como es natural.

“Cuando lo conocí, bailaba hasta los comerciales”, me contó María Elena. Y yo lo recordaré así hasta el final de mis propios días, con la pícara sonrisa que lo distinguía, el tabaco en una mano, la disposición permanente para ayudar al prójimo y ese innato sentido del ritmo que le imprimía a todo lo que hacía.


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