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#YoMeQuedoEnCasa, lo más reenviado estos días en España

Un avión chárter que transportaba a 25 evacuados de la ciudad china en el centro del mortífero brote de coronavirus, llegó en enero al aeropuerto conjunto civil-militar de Torrejón-Madrid.
(OSCAR DEL POZO/AFP via Getty Images)

El buen humor se cuela en las redes sociales intentando vencer la incertidumbre y el miedo.

En España ya llevamos 8 días en casa.

8 días con sus 192 horas en las que nuestra ventana al mundo es la pantalla del móvil, que no deja de pitar con mil y un mensajes locos.

Sólo durante la mañana de hoy he recibido whatsapps de lo más variados. Uno pedía que escribiéramos cartas a los enfermos ingresados por coronavirus para que se sientan menos solos. Ha resultado ser falso. También me ha llegado un aviso diciendo que hay una “patrulla de exterminadores del COVID-19” que van por las casas (¿en serio, en medio del estado de alarma?) para fumigarlas y dejarlas libres de virus. He recibido las instrucciones para una clase de yoga infantil cada día de la semana, un “escapehome” para los niños, dos tours al Museo del Prado, un enlace con decenas de visitas virtuales a otros museos de Europa, una gala de magia por Instagram y varias citas en la ventanas para aplaudir al personal sanitario que trabaja de cara al público, otra para hacer una manifestación contra el gobierno golpeando cacerolas e incluso una cita para tirarnos todos desde el balcón como forma de protesta por este encierro infernal. Por no hablar de las decenas de videos simpáticos que no dejan de llegar por varios chats como en oleadas.

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El piloto privado Robert DeLaurentis, de San Diego, se encuentra en el sudeste de España en su gira de exploración del mundo y autoexploración de polo a polo. En medio del susto del coronavirus, se aventura a salir para abastecerse en una tienda de comestibles local.
(Courtesy photo)

Después de semejante despliegue de creatividad, he decidido no volver a mirar el celular hasta la noche. Estará ardiendo pero, fiel a mi instinto, lo voy a dejar tranquilo porque a veces esa ventana al mundo resulta demasiado amplia y agobiante. De hecho, los expertos nos recomiendan no ver las noticias o leer el periódico más de una o dos veces al día, y no me extraña. Sí, recomiendan hacer videollamadas para charlar con nuestros seres queridos, porque esto de no ver a los tuyos es duro, muy duro. Muchos psicólogos se están ofreciendo para hacer sesiones a quienes lleven mal esto del confinamiento y me cuentan que están teniendo cientos de peticiones.

Reconozco que en el primer día encerrados echar un ojo al teléfono fue incluso divertido. Como con esto del estado de alarma no se puede salir a la calle excepto para ir al trabajo, sacar al perro, sacar la basura o hacer las compras si es imprescindible, mil y una ocurrencias divertidas empezaron a llenar las redes sociales. Unos alquilaban a sus perros para paseos, otros disfrazaban de perritos unas cuantas latas de cerveza (video real), algunos hacían circuitos de canicas de lo más profesional en el jardín de su casa (¡afortunados aquellos que tienen jardín!) o colgaban el video de sus pobres niños que pedían desesperados salir al parque.

Si algo parece que no nos va a faltar nunca en España es el buen humor. Por supuesto todo esto si las cosas están bien y no hay nadie con síntomas. Si no, nada es tan divertido. No hay lugar para las risas cuando el virus pone en peligro a los nuestros.

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A pesar de todos los intentos de las autoridades por limitar las salidas y aunque la gran mayoría de la población se lo está tomando muy en serio, hay quien va al supermercado cada día “porque deben moverse un poco” e incluso racionan las compras para tener algo que comprar cada día “por si me pregunta la policía y quieren venir a ver mi despensa”. Se oye de todo por ahí.

Por suerte nada comparable a las imprudencias de los primeros días en los que, sin colegios para los niños, los parques se llenaron de abuelos con sus nietos, las terrazas de los bares de gente deseosa de hacer vida social para después lanzarse a la carretera tratando de llegar a sus segundas residencias llevando el virus desde ciudades infectadas a zonas completamente limpias. Al menos limpias hasta entonces.

Jerry Borja, 45 (izquierda) y Sharon Rankin, 64 (derecha), ambos de Victorville conducen a 19 miembros de su familia a través de la Terminal Internacional Tom Bradley en LAX el domingo 15 de marzo de 2020 en Los Ángeles. Esta familia regresaba de un viaje a España cuando las nuevas restricciones de viaje de Trump entraban en vigor.
(Jason Armond/Jason Armond/Los Angeles Times)

Ahora lidiamos con una situación complicada dentro de cada casa. Si hay algún miembro con síntomas, la angustia es total y la sensación de abandono desgarradora. Aunque los servicios médicos atienden telefónicamente, no hacen pruebas del coronavirus salvo casos muy graves porque no hay suficientes y no ingresan al paciente a menos que se encuentre muy mal porque no cuentan con bastantes camas en los hospitales. En Madrid ya están habilitando hoteles para convertirlos en hospitales.

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Para las familias que no tienen síntomas, el confinamiento tiene su parte divertida, aunque es también una durísima prueba de convivencia: inventamos mil cosas que hacer con los niños (tres, en mi caso) y sobre todo para mantener la calma. En internet han lanzado mil y una propuestas solidarias para dar a los pequeños contenido educativo online y en los colegios se esfuerzan por mantenerlos activos y avanzando en el temario, aunque eso suponga que los padres debamos ponernos el traje de profesores durante la mitad de nuestra jornada laboral. Locura total.

Podemos ponerle humor a todo esto, o intentarlo, podríamos hablar de la locura de pretender teletrabajar con los niños pululando por la casa haciendo todo lo posible por no volverse locos. Podemos culpar al gobierno por no poner medidas antes, por no haber tenido mayor previsión, por haber hecho recortes en Sanidad tan salvajes en años pasados que ahora nos dejan a todos en un estado tan vulnerable que parece imposible plantarle cara al virus. Nuestros trabajadores de la salud no tienen ni mascarillas ni batas. Podemos culpar a todo el mundo de muchas cosas y podemos reírnos de nuestra propia torpeza, pero lo cierto es que esto es serio.

Además de la bajas que se cobrará esta enfermedad nos quedan por delante meses de mucho trabajo para reconstruir una economía que va a sufrir un golpe tan brutal que no sabemos cómo conseguirá levantarse.

Los datos de desempleo van a ser escalofriantes porque la mitad de las personas que conozco se han quedado sin trabajo. “No hay nada que hacer, todos los pedidos se han paralizado”, me explican. No me extraña. En cuanto cerraron los centros educativos a mí también se me quedó detenido todo el trabajo. Lo he visto con mis clientes y sé que el miedo está en todas las empresas: No vamos a poder pagar.

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Los políticos dicen que van a movilizar no sé cuántos millones, pero lo cierto es que los autónomos no tenemos plan B. Los ingresos volaron desde que se decretó el encierro. Todo paralizado. Ingresos 0. Y eso no hay familia que lo aguante. Pero es que además no sabemos cuánto tiempo durará esto porque… ¿realmente serán dos semanas? Me temo que no…

Si tres cosas hay en la vida -salud, dinero y amor-, este COVID-19 va a dejar muy tocadas las dos primeras. La tercera, el amor, veremos cuántas parejas lo conservan. Sin duda quienes acaben este período de confinamiento con ganas aún de estar juntos para siempre pueden estar seguros de haber encontrado al amor de su vida.

Con la mayor calma posible y toda la esperanza puesta en quienes de verdad importan en estos casos, personal sanitario e investigadores, seguiremos confinados sin rechistar porque, sin duda #YoMeQuedoEnCasa.

Desde el otro lado del mundo… Ánimo, suerte y al toro por los cuernos.


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