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Buenos Aires: Luces y sombras de una cuarentena urbana

Una postal del aislamiento en la gran ciudad. Los vecinos de la capital argentina llevan dos semanas de reclusión obligatoria.
(Martín Hernández/IG @buenosaires.ar)

Son casi las 9 de la noche y todas las ventanas de mi casa están abiertas, bien abiertas. Hace mucho calor aún, en este verano tardío que por fortuna se niega a dejarle paso al otoño. Sin embargo, parece que nadie enciende el aire acondicionado. Sabemos que al virus le gusta el frío, así que, bienvenidas sean las altas temperaturas a destiempo.

Hace más de una semana, en Buenos Aires tenemos una ceremonia. No somos originales, la hemos copiado de quienes, tristemente, se nos adelantaron. Pero aquí la mantenemos a diario. Cada noche, a esta hora, salimos a nuestros balcones o nos asomamos a las ventanas -cualquier opción que nos conecte con el ‘espacio exterior’- y aplaudimos. Lo hacemos como si fuera la última vez, como si acabáramos de ver el espectáculo más conmovedor de nuestras vidas. De alguna manera, lo estamos viendo; corrección: lo estamos viviendo. También gritamos; nos emocionamos.

Ese ritual, que comenzó como un reconocimiento para nuestros médicos y profesionales de la salud, se fue convirtiendo después en una forma -la única forma- de contacto que tenemos por el momento. Es un gesto de aliento, un hacernos saber unos a otros que estamos, que seguimos, que cumplimos, que tenemos fe. Separados, pero juntos.

Para quienes vivimos en grandes ciudades, donde los edificios altos y el anonimato son la norma, la cuarentena obligatoria tiene un costo emocional particularmente elevado. La mayoría de nosotros pasamos los días y las noches encerrados en espacios reducidos; ahora sólo vemos el cielo de a retazos, recortado entre torres, cables, antenas de móviles. Hay que conformarse. No hay más que eso. El aislamiento es la única vacuna que tenemos.

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Las medidas de aislamiento social alteraron radicalmente la vida en las grandes ciudades.
(EFE)

Todas las rutinas que nos acercaban -el café cotidiano en el bar de la esquina, la charla casual con un transeúnte, la caminata diaria por el parque, los tragos con amigos por la noche- ya no ocurren. Parece, por momentos, una broma -de pésimo gusto- del destino. Estamos en pausa todos; ‘aquí, allá y en todas partes’, como la canción de Lennon/McCartney.

Ahora el transcurrir social es online: el psicoanálisis, las clases de yoga, las obras de teatro, los cursos de pintura, de actuación, de idiomas o de lo que sea; los conciertos. Las compras son en línea, las cenas con la familia ocurren por videochat, y en el mejor de los casos, para quienes mantenemos nuestros trabajos, también eso es remoto, ‘a distancia’.

Hace dos semanas hay sonidos nuevos: así es la cotidianidad forzosa con nuestros vecinos, las 24 horas. Escucho la música que les gusta (pero a mí no), adivino sus conversaciones al teléfono, percibo con quién hablan, qué sienten. Los oigo reír, pelear. Sé quién cocina qué cada día, porque sus olores también me llegan. Es impúdica esta cuarentena urbana.

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A diferencia de lo que ocurre en otros sitios, con tal de frenar la ola de casos en Argentina se dispuso un confinamiento estricto, que limita la circulación y exige salvoconductos para ciertos trabajadores exentos (médicos, abastecimiento de alimentos, autoridades, periodistas). Es una medida draconiana, pero que sabemos necesaria. Las salidas se restringen a las compras de provisiones, o en caso de una emergencia. Detecto que en las calles, ahora casi desiertas, no nos miramos. Es decir: además de lavarnos las manos hasta que duelan, de no tocarnos la cara, de desinfectar el calzado y dejarlo fuera, de limpiar nuestras casas con tanto cloro que huelen a hospital, de quitarnos toda la ropa al volver para lavarla de inmediato y tantos otros protocolos hasta hace poco impensados, si al salir nos cruzamos con alguien, esquivamos hasta la mirada. En mi caso, lo admito, la simpatía interpersonal quedó restringida a un saludo cordial con los policías que cuidan la cuadra. No puedo mucho más que eso. El miedo frena, impide, anestesia; priva del disfrute. Pocas cosas más sombrías que esa.

Desértico atardecer en el centro porteño. Otra imagen atípica de la Avenida Corrientes y el Obelisco, en tiempos del coronavirus.
(EFE)

Para agregar una cuota de ficción a esta película, vivo sola. Bueno, con Kiss, mi perra. El aislamiento tiene entonces un halo extra de ridícula desolación. Más allá del contacto virtual constante con otros, por momentos, debo reconocerlo, me siento como el personaje de Tom Hanks en “Cast Away”, hablándole a ‘Wilson’, la pelota que resulta su única compañía en la desventura (yo soy quien naufraga, Kiss interpreta a un muy digno Wilson). Descubro que, aún con oscilaciones, no he perdido el humor.

Sin embargo, a diario oscilo entre el amor universal y la ira incontenible contra los desaprensivos que incumplen las normas, contra los comerciantes que suben los precios de productos clave (alcohol, desinfectantes) hasta un 600 por ciento, contra quienes se aferraron al ‘sálvese quien pueda’ y arrasaron con todo en los mercados, contra esos que hacen de cuenta que no pasa nada mientras millones de médicos, enfermeros y tantos más en todo el mundo están dando la cara para salvarnos, contra quienes envían mensajes de pánico y hacen circular rumores… En fin, la lista sigue.

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Para sostenerme, pienso en todo lo que quiero hacer cuando esto termine. Quiero abrazar a mi gente querida, volver a mis clases en la universidad, saborear las delicias que prepara mi amiga Alice, deseo ir a Italia y a Grecia -¿por qué postergué siempre ese viaje?-, quiero tomarme un vino con Walter y Checho, mis hermanos de la vida; quiero ir al teatro y al cine. Deseo caminar por la Avenida Corrientes, de noche, mirar el campo, ir al mar. Quiero ver las estrellas desde esa casa a la que, jocosamente, con mi familia bautizamos ‘Dubai’. Deseo hacer una fiesta y bailar. Quiero -necesito- volver a ver un cierto par de ojos oscuros, profundos como pocos. Deseo oler el perfume a tilo que tienen mis calles, sentir el sol en la piel. Quiero tocar y que me toquen. Deseo ser libre. Eso: quiero ser libre.

En la profundidad reflexiva de estos días letárgicos (envidio a quienes decidieron leer las obras completas de Shakespeare, montar un gimnasio en casa o llevar adelante un extreme makeover hogareño), me pregunto qué pasará con nosotros, como humanidad, cuando salgamos de esto. ¿Todavía destinaremos millones de dólares para algunos deportistas o actores de Hollywood, pero fondos insignificantes para la salud pública y la investigación? ¿Seguiremos postergando decisiones, proyectos, ideas, festejos, declaraciones de amor? ¿Insistiremos con la infelicidad, los trabajos esclavizantes, los mandatos, las rutinas agobiantes? ¿Continuaremos priorizando el mundo virtual al real? ¿Pensaremos todavía en términos de fronteras o comprenderemos que, en 2020, lo que pasa aquí pasa también allá (*nota mental: recordar a Albert Einstein y su ‘acción espeluznante a la distancia’)? ¿Seguiremos devastando el planeta, comiendo animales, contaminando las aguas, envenenando los cultivos con pesticidas, abusando de los antibióticos y los opioides, generando noticias falsas -que intoxican de infodemia-, priorizando el capitalismo salvaje?

¿Qué nos emocionará, cuando todo esto pase?

¿Qué nos asustará? ¿Qué vamos a exigir de nuestros legisladores y gobernantes en el mundo?

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Suena a letanía romántica, pero no lo es. El planeta, nuestra casa, nos está pidiendo un cambio. Y por si faltara algo, nuestros propios cuerpos -el hogar más íntimo que habitamos-, ahora tan vulnerables, también.

* Valeria Agis es periodista, especializada en crítica de artes. Vivió en Los Ángeles entre 1997-2004. Actualmente reside en Buenos Aires, Argentina.


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