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Una mirada externa a la realidad argentina: Aire

Voluntarios de la Cruz Roja y trabajadores sociales
Voluntarios de la Cruz Roja y trabajadores sociales se reflejan en las ventanas del Parque Tecnópolis que ha sido reutilizado como refugio para poner en cuarentena a los pacientes de COVID-19 que son asintomáticos o tienen síntomas leves, en Buenos Aires, Argentina.
(ASSOCIATED PRESS)

Llego a Argentina desde Estados Unidos por aire, como la mayoría de los visitantes a este país en las antípodas sureñas del continente americano. Es aún de noche cuando aterrizo en el aeropuerto internacional de Ezeiza, en las afueras de Buenos Aires. La atmósfera está fresca con el dejo de un clima invernal que se acaba: aquí en el hemisferio sur se acerca la primavera.

Si mi vuelo hubiera aterrizado un poco más tarde, luego de la salida del sol, hubiera podido ver desde el aire la nube de smog que cubre la enorme extensión de lo que aquí se conoce como “el gran Buenos Aires”: no solo la ciudad en sí, sino también los alrededores de la misma, que se extienden más allá de la jurisdicción de la capital argentina, y son parte de una docena de localidades suburbanas donde viven millones de personas, en un paisaje que es una mezcla de ambientes urbanos y de suburbios industriales.

Según un estudio hecho por Greenpeace en 2018, en la ciudad de Buenos Aires los niveles de contaminación del aire superan aquellos establecidos como máximos por la Organización Mundial de la Salud (OMS). La investigación contó con el apoyo de los vecinos de varios barrios de la ciudad, y descubrió que en algunas locaciones los niveles de exposición crónica a dos elementos particularmente nocivos, el dióxido de nitrógeno (NO2), y el material particulado 2.5 micras (PM 2.5), superan en hasta 3 veces los niveles establecidos por la OMS.

Además, según Greenpeace el nivel de monitoreo de la contaminación del aire en Buenos Aires por parte del gobierno municipal es insuficiente: el estudio concluyó que “los controles oficiales son limitados ya que la ciudad solo cuenta con tres estaciones de monitoreo, cuando otras ciudades en Latinoamérica cuentan con más de diez”.

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No es necesario ser un experto en contaminación ambiental para entender el problema que enfrenta la ciudad. Una caminata en horario de trabajo por lo que se llama el “microcentro” de Buenos Aires revela un enorme atascamiento de vehículos, muchos de ellos autobuses y camiones con motores diésel. Estos descargan un humo oscuro de forma constante, y le dan al aire de la capital argentina un olor amargo.

Las autoridades migratorias me confinan a mi cuarto de hotel por una semana, para cumplir una cuarentena sanitaria contra el Covid, una enfermedad que se transmite por el aire. Aquí la situación de la pandemia sigue siendo amenazante: según datos del Ministerio de Salud argentino, en este país, con una población de 45 millones, se han registrado más de 5 millones de casos, y han fallecido más de 114 mil personas. Actualmente, el Covid continúa cobrándose una cantidad diaria importante de víctimas. El día de mi llegada a Argentina, los diarios anunciaban que en la semana anterior había fallecido un promedio diario de 145 individuos en todo el país.

Mi única posibilidad de escapar del cuarto, y de tomar aire “fresco”, es en la azotea del hotel, que no está habilitada para el uso de los huéspedes, pero a la que accedo gracias a la gentileza del gerente del albergue. Pienso en la ironía de estar escribiendo acerca de la contaminación del aire en Buenos Aires, sentado en una silla en el techo de un hotel, mientras respiro los vahos del tráfico infernal que avanza a paso de hombre en la calle abajo. A pocos metros se levanta un enjambre de antenas de televisión sobre una cabina llena de conexiones eléctricas, mientras se puede ver, sobre otros edificios, un bosque de antenas de celular que rompe la línea del horizonte. Quien sabe que ondas electromagnéticas me taladran el cerebro mientras redacto estas líneas.

Suben por el aire ciudadano hasta mis oídos los sonidos de bocinas impacientes, el chirrido de frenos recalentados, los pregones de los vendedores ambulantes y las voces molestas e impacientes de gente apurada que camina por las veredas de baldosas quebradas. Un perro, único ser que parece haber notado mi presencia en las alturas, me mira con ojos vidriosos desde la calle.

Arriba, en la lejanía del firmamento azul, se escucha distante el tronar de un jet invisible, solo apercibido por la blanca estela de vapor que deja en el cielo.

Ricardo Preve es un cineasta y fotógrafo argentino residente en Virginia, Estados Unidos desde 1976. Este editorial es el primero de cinco de una serie con el título de “Postales argentinas”. @rickpreve en Instagram y Twitter.


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