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Opinión

Opinion: La frustración, ese hilo conductor que une los disturbios en todo el mundo

Los manifestantes opositores al gobierno incendiaron y cerraron una calle en Bagdad a principios de este mes, como parte de una serie de protestas letales sobre el estancamiento económico y la corrupción gubernamental en Irak. (Khalid Mohammed / Associated Press)
Los manifestantes opositores al gobierno incendiaron y cerraron una calle en Bagdad a principios de este mes, como parte de una serie de protestas letales sobre el estancamiento económico y la corrupción gubernamental en Irak.
(Khalid Mohammed/AP)

Algunas partes del mundo están teniendo un momento de “Estoy tan molesto y no voy a aguantar esto más” por encima de la corrupción y la desigualdad económica. Entonces, ¿qué van a hacer los gobiernos al respecto?

Si es cierto que “un motín”, como dijo una vez el reverendo Martin Luther King Jr., “es el idioma de los no escuchados”, entonces muchas personas en todo el mundo están hablando ese dialecto en particular.

Hong Kong, con su enfrentamiento entre manifestantes callejeros y la policía por los pedidos de más democracia, ha captado la mayor parte de la atención del mundo. Pero también ha habido manifestaciones violentas en Barcelona, ​​España, sobre sentencias de hasta 13 años dictadas por la Corte Suprema española a líderes del movimiento separatista catalán, cuyo acto criminal fue supervisar un referéndum no vinculante.

En otros lugares, la economía y la corrupción han sido la fuerza impulsora; por ejemplo en Haití, Ecuador y Chile, en las Américas. En Medio Oriente hubo manifestaciones violentas en Líbano e Irak, por corrupción y servicios gubernamentales fallidos. En Indonesia, una nueva ley que debilitó una comisión anticorrupción sacó a miles de personas a las calles y generó enfrentamientos violentos con la policía.

Parece que el mundo está canalizando a Howard Beale, el presentador de noticias de televisión de la película “Network”, de Paddy Chayefsky y ganadora del Oscar en 1976. En el film, cuando se ve obligado a abandonar su trabajo debido a los bajos ratings, el personaje da voz a los no escuchados al gritar: "¡Estoy enfadadísimo, y no voy a soportarlo más!”.

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Curiosamente, la mayoría de las protestas mundiales comenzaron con puntos de fricción al parecer menores -un aumento de las tarifas del metro en Chile, un recorte en el subsidio al combustible en Ecuador, una nueva ley en Indonesia-, que encendieron una ira y una frustración más profundas por la pobreza y la corrupción, o llevaron a la ciudadanía a exigir más democracia y autogobierno.

¿Es este un punto de inflexión? Probablemente no. Pero es una advertencia fuerte para las élites políticas de todo el mundo sobre lo que sucede cuando los gobiernos no abordan la pobreza profunda y las divisiones sociales, o las empeoran.

La desigualdad de ingresos es un problema enorme, y EE.UU tiene la peor. Según el grupo de investigación Inequality.org, “el 1% superior en Estados Unidos posee el 42.5% de la riqueza nacional, una participación mucho mayor” que en otros países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico. “En ninguna otra nación industrial, el 1% más rico posee más del 28% de la riqueza de su país”.

Pero eso no significa que tal disparidad no sea global. Las personas con más de $1 millón en inversiones controlan el 45% de la riqueza mundial, remarca el grupo. Por el contrario, aquellos con menos de $10.000 representan el 64% de la población mundial, y tienen menos del 2% de la riqueza mundial.

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El gobierno del presidente venezolano Nicolás Maduro, cuya reelección en mayo pasado fue considerada ampliamente como fraudulenta, fue acusado de abusos generalizados contra los derechos humanos y culpado por hundir al país —rico en petróleo— en un desastre humanitario, donde el 80% de los ciudadanos viven en la pobreza.

Y, como se percibe que los gobiernos sirven los intereses de quienes más tienen, o socavan el interés público para su propio enriquecimiento, las protestas son inevitables.

Las manifestaciones no sólo son el “lenguaje de los no escuchados”, sino un resultado predecible de los fracturados sistemas de gobierno; además de los primeros pasos hacia el caos.

La gran duda es: ¿Prestarán atención los gobiernos a estos mensajes de frustración abyecta que transmiten los letreros, las rocas y las bombas incendiarias?

Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí.


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