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Opinión

OPINIÓN: Así cómo no creer en la tradición del Día de Muertos

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La tradición del Día de Muertos está profundamente arraigada entre los mexicanos, y se ha ido extendiendo a Estados Unidos.
(AFP)

En México, donde la magia y la realidad se mezclan todos los días, el Día de Muertos es la oportunidad para recordar que tenemos un pie aquí y el otro en el más allá.

Hace unos años, cuando era reportero, un día como hoy salí en busca de altares de muertos para niños, porque como saben, hoy se celebra el día de los Santos inocentes. Recorrí las calles de Tijuana, y como siempre en estos casos, preguntando llegué hasta una colonia de oaxaqueños que se habían asentado en esa frontera.

Un cielo nublado y la pertinaz llovizna aportaron un toque sombrío que hizo resaltar aun más el colorido de los carros alegóricos y la alegría de las comparsas que participaron este sábado en un ecléctico desfile que marcó el punto culminante de las festividades por el Día de Muertos en Ciudad de México.

De casa en casa fui preguntando por doña Imelda. “Váyase derecho, hasta la tiendita, ahí da vuelta a la izquierda y vuelve a preguntar, pero ya va a estar cerca”, me dijo un niño que caminaba rápido tratando de esquivar los perros.

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A diferencia de Halloween, el Día de Muertos no es una celebración del “horror”, sino del recuerdo de los seres queridos.
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Entonces llegué a la casa de doña Imelda. Eran apenas tres cuartos de paredes de adobe y techo de lámina. El piso era de tierra y había apenas unos cuantos muebles. Se notaba que el dinero no abundaba, pero aún así todo estaba impecablemente limpio.

Morelia, 2 nov (EFE)- Miles de indígenas de la etnia purépecha celebraron el regreso de las almas de sus seres queridos en la ancestral ceremonia del Día de Muertos, que se realiza en la región lacustre del estado de Michoacán, en el oeste de México.

Doña Imelda me invitó a pasar.

-Siéntese. Le ofrezco una agüita de limón, me preguntó mientras se limpiaba las manos en el delantal de flores.

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-Me dijeron que usted hace los mejores altares de muertos para niños. ¿Me deja verlo?

- Ya ve cómo es la gente. Si hago un altar, pero nada especial.

-Ándele, déjeme verlo.

Entonces me llevó hacia la parte de atrás del patio. Cuidadosamente había colocado una lona azul y con cajas de madera había hecho una pequeña plataforma de tres niveles. En la parte de abajo estaban los juguetes de sus dos angelitos muertos. Trompos y baleros de madera. Un trenecito, muchas pistolitas de agua, unos soldaditos, y lo más preciado: una bicicleta verde.

En la plataforma de en medio, había dulces. Muchos dulces, chocolates, chicles, gomitas, cereales, refrescos.

Hasta arriba estaban las fotografías enmarcadas de los niños.

Doña Imelda no era tímida. Al contrario. Con su poco español me fue explicando el significado de las flores de cempasúchil, las calaveras de azúcar y todos los simbolismos alrededor del altar.

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En ese entonces yo trabajaba para un noticiero de televisión, por lo que necesitaba entrevistarla en cámara.

Le pedí que se colocara frente al altar y yo empecé a preguntarle cuánto costaba, por qué lo hacía, y todas esas cosas que se preguntan en una entrevista. Pero muy dentro de mí, yo pensaba, cómo es posible que se gasten tanto dinero en una tradición, cuando podrían usar ese dinero en otra cosa.

Parecía que doña Imelda me había leído el pensamiento, porque me dijo: “Usted no cree que vienen los angelitos, ¿verdad?”

Yo sólo me sonreí.

-No se ría, me dijo muy seria.

-Los angelitos si vienen, pero vienen en forma de colibríes. Y llegan a toda hora, hasta que se les acaba el tiempo y se tienen que regresar.

Yo la escuchaba incrédulo, pero con respeto a sus tradiciones. Ya con la cámara prendida, suelta de repente una carcajada y me dice, “ya ve, para que ahora si empiece a creer”. Entonces, salidos de la nada llegaron dos colibríes y dieron de vueltas una y otra vez alrededor del altar. Se detuvieron en las flores, tomaron agua y se alejaron con la misma rapidez como habían llegado.

-¡Ya ve que si vienen los angelitos!

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Le di un abrazo a doña Imelda y me fui creyendo, por primera vez, que los angelitos si llegan al altar de muertos.


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