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¿Cómo llegamos aquí? Las muchas razones por las que los estadounidenses necesitamos hacer una pausa, y arrodillarnos

A man walking in the Capitol Rotunda carries a Confederate flag over his shoulder
Un alborotador en la Rotonda del Capitolio, el 6 de enero pasado, lleva una bandera confederada, un símbolo que se inspira en lo peor de la historia de Estados Unidos.
(AFP/Getty Images)

Me arrodillo por Estados Unidos.

Después del 6 de enero, cuando una turba incitada por el presidente Trump, que incluyó a grupos radicales de derecha como Proud Boys, Oath Keepers y partidarios de QAnon, trepó muros, luchó contra la policía y rompió ventanas y puertas para invadir y atacar el Capitolio de EE.UU, provocando la muerte de cinco personas, me arrodillo.

Debido a que una segunda insurrección tuvo lugar poco después en las cámaras del Congreso, cuando 139 miembros republicanos de la Cámara y ocho senadores votaron para oponerse a los resultados electorales certificados y citaron las mismas mentiras que los alborotadores usaron para justificar su ataque, me arrodillo.

Después de cuatro años de un país desgarrado por los llamados patriotas, pro estadounidenses, cristianos de extrema derecha y partidarios de la ley y el orden —muchos de los mismos que condenaron las protestas y mítines en su mayoría pacíficos de millones de personas después del asesinato de George Floyd en mayo— me arrodillo.

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En honor al jugador de fútbol americano Colin Kaepernick y a todos los atletas de las ligas juveniles de deportes profesionales que se arrodillaron para protestar pacífica y honorablemente por los asesinatos policiales de personas negras, una protesta que Trump atacó ferozmente como “antiestadounidense”, me arrodillo.

Trump y su “ejército” de seguidores trastornados se han mostrado como los hipócritas y cobardes que son. Siempre supe eso, y ningún intento deshonesto de culpar a Antifa por esto cambiará lo que todo el mundo atestiguó durante los ataques al Capitolio. Es hora de que ejerzamos un discernimiento maduro cuando se trata de determinar quién es realmente para este país, y quién no.

El odio, el miedo y las mentiras —lo que Trump usa como combustible— caracterizan la podredumbre que crece en todas partes en nuestros ámbitos sociales y políticos. Su base más confiable está enredada con la supremacía blanca, la bandera confederada y los nudos corredizos por una razón: los símbolos y creencias se basan en lo peor de nuestra historia, que involucra genocidio, esclavitud y explotación.

Normalmente, las inauguraciones presidenciales son un Mardi Gras constitucional, pero las amenazas han dejado a la capital de la nación en un estado de sospecha y ansiedad.

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Si bien Trump utiliza a sus seguidores para sus propios objetivos narcisistas y monetarios, también es cierto que la derecha radical lo usó a él. Realmente nunca se preocuparon por Trump, solo les importaba que fuera un jugador perturbador y envalentonado, que pudiera crear suficiente caos para que ellos pudieran seguir de allí en más.

El caos no desaparecerá incluso cuando Trump sea desacreditado, haya dejado su cargo y se vuelva ineficaz.

De todos modos, ha habido estadounidenses con mentalidad justa a lo largo de la historia de Estados Unidos que ayudaron a poner fin a la esclavitud y a promulgar leyes y políticas de derechos civiles. Hay cristianos que se adhieren a las enseñanzas de Jesús, “ama a tu prójimo como a ti mismo”, bendice a los pobres (no solo con oraciones, sino con los “panes y pescados”, algo que una economía abundante puede y debe proporcionar). Hay estadounidenses que realmente aman este país y lo ayudan a convertirse en el lugar saludable, seguro y acogedor que debería ser. No por el bien de una sola raza, una clase o las ganancias corporativas, sino por el bienestar compartido de todos.

El hecho de que alguien diga estar a favor de Estados Unidos, o ser cristiano, o uno de los “buenos”, no lo convierte en ello. Nadie debe ser juzgado por lo que piensa de sí mismo. La mejor medida es cómo uno se esfuerza por traer más verdad, belleza y decencia al mundo. Trump y sus seguidores delirantes fallaron en los tres aspectos.

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El presidente mexicano fue y es uno de los más empáticos con Donald Trump.

Sí, podemos arrodillarnos, pero también es hora de levantarnos, no en una insurrección violenta que arroje odio, sino para construir los cimientos de una nueva nación con verdadera justicia, sin racismo y sin pobreza, una que ponga en acción sus ideales de vida, y no solo que los mencione por conveniencia o beneficio político.

Debemos recordar que nadie debe ser juzgado por el color de su piel, su dominio del idioma, origen nacional, orientación sexual o sistema de creencias. Las divisiones se mantendrán, pero en el futuro debería tratarse de un terreno común que podamos reunir para establecer lo que es mejor para todos nosotros: satisfacer las demandas inmediatas de las personas más vulnerables económicamente y con privaciones de atención médica entre nosotros, y para el desarrollo social pleno y seguro de las generaciones venideras.

Y por todo eso, me arrodillo.

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Luis J. Rodríguez es autor de 16 libros. Su más reciente es “From Our Land to Our Land: Essays, Journeys & Imaginings from a Native Xicanx Writer”.

Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí.


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