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OPINIÓN: Las reinas también mueren: El día que se tambaleo el gran Puente de Londres

La Reina Isabel II y el Duque de Edimburgo saludan a la multitud
La Reina Isabel II y el Duque de Edimburgo saludan a la multitud desde el balcón del Palacio de Buckingham tras la coronación de Isabel, el 2 de junio de 1953.
(Archivo Los Angeles Times)

El Puente de Londres se va caer y hay una parvada de negrísimos cuervos revoloteando sobre la Torre.

Las reinas también mueren y su canijo dios anglicano no está ahí para salvarlas eternamente. The Queen is Dead, canta The Smiths y pienso que acaso todo comenzó cuando la Reina Ginebra le hizo de chivo los tamales a don Arturo y se fue al lago a coger con su amado Lancelot.

Entonces la mesa redonda se volvió cuadrada y Camelot enterito se fue al carajo. Acaso la maldición de la bruja Morgana no caducó nunca. Bretones, caledonios, sajones y normandos cubrieron de sangre la Isla mientras Leonor de Aquitania engendraba reyes cruzados que gobernaban Inglaterra hablando en francés. Tudors, Estuardos, Yorks, Windsors.

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Las reinas también mueren y engañan. Una espada de doble filo hizo volar por los aires la cabeza de Ana Bolena. “No tendrá mucho problema, ya que tengo un cuello delgado”, dijo Ana a su noble verdugo quien fue eficiente como pocos.

Los tercos cuervos de la Torre se acostumbraron a revolotear frente al calabozo donde yacía María Estuardo. A diferencia de Bolena, a la reina de Escocia no le bastó un solo hachazo para separar la cabeza de su cuerpo. Hay verdugos chambones y el asesinato no siempre es una de las bellas artes (so sorry De Quincey).

Los cuervos siguieron sobrevolando la Torre y el Puente mientras la primera de las Isabeles, la Reina Virgen, miraba el naufragio de la Armada Invencible. Entonces florecía en los corrales de comedias el sublime teatro shakespereano y Marlowe fungía como espía y escritor fantasma de la soberana.

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Los reyes también mueren y el Lord Protector, Oliver Cromwell, hizo rodar la cabeza de Carlos Estuardo y por menos de una década convirtió a Inglaterra en una república puritana mientras Milton, ciego y moribundo, dictaba a sus hijas el Paradise Lost.

Siglos después, la Reina Victoria inmortalizó su nombre en una época mientras esparcía la hemofilia por todas las cortes europeas y las fábricas “manchesterianas” empezaban a arrojar densas nubes de vapor. Los caballeritos se vistieron con sombrero de copa, Wilde fue condenado por inmoral y en los verdes campos de la Isla nació el bendito futbol mientras la Union Jack colonizaba el Tercer Mundo.

Irrumpió entonces el siglo XX con su baño de sangre y sus utopías. Millones de cuerpos concretos inmolados en el altar de las ideas abstractas. La Luftwaffe bombardeó la Isla mientras Churchill arengaba y bebía whisky en la cabina de radio y una joven princesa adolescente confeccionaba uniformes militares en Windsor y visitaba a los militares. Soberana desde 1952, la llamaron reina lo mismo en Jamaica que en Nueva Zelanda y en toda la Mancomunidad de la Union Jack. Se casó con un aristócrata venido a menos con fama de vividor y cabroncete y engendró a un primogénito pusilánime y timorato.

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Los Beatles le cantaron Her Majesty, Freddy Mercury emuló su cargo y su corona y los Sex Pistols le cantaron God Save the Queen navegando por el Támesis el día del Jubileo y hasta la madre de chemo y chiva le gritaron No Future in Englands dreamland.

Ella cumplió con nombrar caballeros lo mismo a Paul McCarthney que a Mick Jagger y a Alex Fergusson, pero David Bowie la mandó mucho al carajo. Por lo que a mí respecta le habría dado el título de Sir a Bruce Dickinson, Steve Harris, Rob Halford y al inmortal Lemmy.

Ahora el timorato mayor asume el trono y yo, republicano y ateo como soy, me sigo preguntando si no es suficientemente ridículo que sobrevivan monarquías en esta época, aunque siendo brutalmente honestos, hay otras tantas cosas soberanamente ridículas que no piensan extinguirse pronto.

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Sospecho que el Puente de Londres se tambalea, pero no caerá y los pinches cuervos graznan a grito pelado sobre la Torre. Las manecillas del Big Ben quedaron congeladas ese 7 de septiembre. Tiempo de escuchar a los Sex Pistols y beber una muy británica Ginebra a la salud de la infiel reina original.

*Daniel Salinas Basave (Monterrey 1974). Es un lector, narrador y periodista de la frontera mexicana. Es autor de catorce libros entre los que hay cuento, ensayo, novela y crónica periodística.


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