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OPINIÓN: Colombia y Venezuela, los riesgos de reciclar frustraciones

El presidente de Colombia, Gustavo Petro, centro izquierda, y el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.
El presidente de Colombia, Gustavo Petro, centro izquierda, y el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, durante una ceremonia de bienvenida en los escalones del Palacio Presidencial de Miraflores, en Caracas, Venezuela, el martes 1 de noviembre de 2022.
(Ariana Cubillos / Associated Press)
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Como dice el proverbio griego de Esopo, “Ayúdate que yo te ayudaré”. Así pudiera catalogarse el recíproco apoyo que emergió entre Nicolás Maduro y Gustavo Petro para la búsqueda de una ‘paz total’ en Colombia y el impulso a las negociaciones en México entre la oposición y el régimen venezolano.

Una colaboración que tomó cuerpo a partir de la elección reciente del presidente colombiano y el restablecimiento de las relaciones bilaterales. Atrás quedaron las acusaciones a Petro de traicionero por parte del exvicepresidente de Venezuela, Diosdado Cabello, y su respuesta en términos de que “no me interesa el apoyo a (sic) Maduro porque no hay revolución en una rosca que se perpetúa solo para captar rentas petroleras”.

Tan bienvenido ha sido el llamado de Petro que el presidente de Francia, Emmanuel Macron, brindó su estratégico auspicio y congregó a la plataforma diplomática al presidente de Argentina, Alberto Fernández. Pero la comunidad internacional debe observar los anuncios con cautela. No vaya a ser que termine engatusada, con escenarios de mayor violencia o, por agotamiento, acepte cualquier negociación, mientras en Venezuela la democracia permanece secuestrada.

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Recuérdese que allí sigue el hambre, la tristeza y la desgracia; nada ha cambiado en lo fundamental, pero para Maduro sí y mucho. En su anhelo, desde 2019, de posicionarse como árbitro confiable para Venezuela, el presidente de México Andrés Manuel López Obrador le abrió las puertas de Ciudad de México a Maduro, en la VI Cumbre de la CELAC en septiembre de 2021. Desde entonces, el gobernante venezolano es otro. Lo han legitimado, ya tiene un canal de comunicación directo con la Casa Blanca y gana con cualquier reinicio de los diálogos con la oposición.

Es cierto que el chavismo no va a entregar el poder en una mesa de negociación para que le corten la cabeza. Menos, tratándose de una camarilla en una lucha existencial y violenta por preservar el poder para evitar el despojo de sus fortunas y largas penas de prisión.

En ese sentido, y como dice el analista venezolano Jesús Seguías, presidente de la encuestadora Datincorp, “cualquier cambio del gobierno pasa por el chavismo”, máxime si Maduro, con sus 4.1 millones de votos, pudiera ganarle a una oposición que trituró y que unida hoy puede tener 4.5 millones de votos.

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Pero una posición pragmática no puede significar, sin embargo, que a Maduro se le acoja como nuevo miembro de la socialité, se olviden sus crímenes de lesa humanidad, se levanten las sanciones con exigencias básicas y se normalice el autoritarismo. Eso no sería un triunfo, sino un gran fracaso de la diplomacia internacional, en especial de aquellos que, como Noruega, siempre abogan por la paz y los diálogos, independiente de los costos o las consecuencias.

Pero si las negociaciones entre la oposición y el régimen chavista pueden desembocar en un mero enroque o lavado de cara de la dictadura venezolana, la propuesta de ‘paz total’ de Petro puede terminar en un agravamiento de las condiciones de seguridad y gobernabilidad de Colombia.

Habría que preguntarse, ¿por qué ahora, después de la paz del gobierno Santos, a falta de uno, a la desmovilizada guerrilla de las Farc le surgieron dos vástagos de nuevas máquinas guerrilleras? Precisamente las que protagonizaron escenas dantescas de confrontación en el sur del país, en el Putumayo, con un saldo de 23 muertos. Todo en la víspera de la instalación en Caracas, el pasado 21 de noviembre, de la negociación entre el gobierno colombiano y la otra guerrilla, la del ELN.

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Es que sencillamente es un error la entelequia de una ‘paz total’ sobre la base de desconocer al narcotráfico como el gran propulsor de la guerra en Colombia, reconocer políticamente a cualquiera que ejerza control territorial, negociar indiscriminadamente con narcotraficantes, con la ñapa de un impracticable cese al fuego multilateral. El resultado parcial es que nunca el narcotráfico en Colombia ha tenido mayor esplendor como ahora. De un lado, la producción histórica de cocaína supera de lejos las 1.500 toneladas al año. De otro lado, del récord de 734 toneladas de cocaína incautadas en el 2021 se pasó a 333 entre enero y octubre de 2022, con la caída acelerada desde agosto pasado, ya en el gobierno Petro.

Valdría la pena que la comunidad internacional sopesara mejor los diagnósticos y los métodos para evitar reciclar frustraciones que dejen democracias secuestradas y estelas de mayor violencia.

Columnista y analista político colombiano

@johnmario


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