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Con Trump como objetivo, el campo presidencial demócrata para 2020 podría ser el más grande de la historia

Con Trump como objetivo, el campo presidencial demócrata para 2020 podría ser el más grande de la historia
El alcalde Pete Buttigieg, de South Bend, Indiana, y la representante Tulsi Gabbard, de Hawái, son dos potenciales candidatos en el vasto campo de demócratas que contemplan postularse a la Casa Blanca en 2020 (Associated Press). (Associated Press)

En 2016, cuando una serie de 17 republicanos intentaron llegar a la Casa Blanca, el número pareció empujar los límites de la credibilidad y las posibilidades físicas.

En 2020, el campo demócrata puede ser aún más grande.

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Si, como afirma el dicho, todos en Estados Unidos pueden llegar a ser presidentes, los demócratas están a punto de poner a prueba esa teoría. Es más fácil y rápido enumerar a aquellos que descartaron rotundamente postularse —entre ellos el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, y el exgobernador de Massachusetts, Deval Patrick— que a aquellos que sopesan o al menos coquetean públicamente con la idea de ser candidatos en 2020.

La avalancha de posibles participantes proviene de una confluencia de factores: algunos políticos, otros prácticos y no todos relacionados con el presidente Trump y la vulnerabilidad percibida en él.

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El proceso de nominación, que cambió drásticamente en la década de 1970, fomenta la competencia al quitarle el poder a los líderes del partido y entregárselo a los votantes, otorgando delegados basados ​​en el atractivo popular de los candidatos en reuniones electorales y primarias, en lugar de la lealtad o los lazos políticos de larga data.

Así, ya no es posible ganar la nominación demócrata —como lo hizo el vicepresidente Hubert Humphrey en 1968— sin competir en una sola contienda electoral. En 2016, más de 30 millones de votos se emitieron en la pelea por la nominación entre Hillary Clinton y Bernie Sanders (con Clinton, quien fue una poderosa candidata las dos veces que se presentó, fuera de escena y sin titular interesado en la reelección, la competencia demócrata desplegada es sin duda la más abierta en décadas, y ofrece a los posibles aspirantes más incentivos para postularse).

Otros cambios son más recientes, como el advenimiento de las redes sociales, que han revolucionado y democratizado la recaudación de fondos y los medios para hacer campañas. Todo lo que se necesita en estos días para llegar a una gran audiencia es un teléfono inteligente y un servicio de internet confiable, y no hace falta pasar por el filtro de los medios de comunicación nacionales.

Sin embargo, uno de los factores más importantes es el ocupante actual de la Casa Blanca. Trump parece estar en peligro, por lo cual la nominación demócrata vale mucho la pena. El mandatario sufrió un severo castigo en las elecciones de mitad de mandato de noviembre —que en realidad fueron un referéndum sobre sus primeros dos años en el puesto—, y parece estar atrapado en el sombrío rango de aprobación del 40%, muy por debajo de la norma para un líder que experimenta la bonanza económica de hoy, y una señal de peligro político.

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Trump también sirve como fuente de inspiración para cualquier candidato que pueda tener dudas o incertidumbre sobre sus perspectivas presidenciales.

"La gente dice: Si Donald Trump puede ser elegido presidente, ¿por qué yo no?", reflexionó Charlie Cook, quien ha seguido campañas y elecciones durante más de tres décadas para su guía política no partidista.

Al ganar la Casa Blanca, Trump dio por tierra con varias verdades percibidas. Fue elegido presidente a pesar de no tener experiencia de gobierno, no tiene antecedentes militares, su presupuesto fue enormemente superado por su rival demócrata y ejecutó una campaña por intuición que parecía guiada más por el impulso que por cualquier estrategia bien pensada.

Pero no solo Trump cambió las normas de larga data de la política presidencial. Hacía apenas dos años que Barack Obama se había retirado de la Legislatura de Illinois y cumplía su primer mandato como senador de Estados Unidos cuando lanzó su candidatura ganadora en 2008. Fue una prueba, mucho antes que la de su sucesor, de que un largo y amplio currículum político no solo era superfluo sino que, entre los votantes sedientos de cambio, era en realidad una desventaja.

Después de elegir presidentes como George H.W.Bush, que contaba con exhaustivos antecedentes gubernamentales, y Bill Clinton, que fue durante más de una década gobernador de Arkansas, "parece que los estadounidenses quieren personas con las que puedan identificarse al instante, sin importar la experiencia", afirmó Ken Duberstein, quien fue jefe de gabinete del presidente Reagan y asesoró a varios aspirantes republicanos a la Casa Blanca.

Cada elección, por supuesto, es diferente. Después de Trump, los votantes podrían desear el conocimiento de Washington y la longevidad política de un veterano como, por ejemplo, el exvicepresidente Joe Biden, o la experiencia fáctica de Michael R. Bloomberg, un magnate de los medios y exalcalde de Nueva York en tres mandatos. Ambos consideran postularse para 2020.

Pero el éxito de Obama y Trump es, al menos, tranquilizador para un número de posibles candidatos que quieran enfrentarse a la historia (ningún alcalde, por ejemplo, pasó directamente del ayuntamiento a la Casa Blanca) o dar el salto desde una relativa oscuridad a la presidencia, una hazaña que tiene una larga lista de prometedores candidatos demócratas, entre ellos el alcalde Pete Buttigieg, de South Bend, Indiana, y la representante Tulsi Gabbard, de Hawái.

La tecnología moderna ha cambiado casi todo en el mundo: cómo las personas compran, se van de vacaciones, contratan servicio de transporte. Lo mismo se aplica a la búsqueda del cargo político más alto del país.

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Ya sin la obligación de que un puñado de donantes ricos den el visto bueno a sus aspiraciones, ni obligados ante una red de contactos reunidos durante toda una vida de promesas, los candidatos a la presidencia pueden ahora construir una fuerza financiera —o al menos recolectar suficiente dinero para competir en los estados clave de votación temprana de Iowa y New Hampshire— creando una página de recaudación de fondos y compartiendo esta web. Sanders, quien comenzó su campaña casi por diversión, recaudó más de $250 mil millones de dólares, gran parte de ellos provenientes de partidarios que aportaron $200 o menos.

Beto O'Rourke, cuya candidatura al Senado en 2018 en la Texas profundamente republicana inicialmente pareció descabellada, recaudó $80 millones en su fallido intento de derrocar al titular republicano, Ted Cruz. Más importante aún, su emisión online en vivo de la campaña —que capturó a O'Rourke lavando la ropa, patinando en un estacionamiento de Whataburger y, sí, discutiendo cuestiones— convirtió al excongresista de El Paso en un fenómeno político nacional.

Algunas encuestas incluso lo consideran un contendiente principal para la nominación, en caso de que declare su candidatura (en tanto, el exhibicionismo político sigue mientras O'Rourke reflexiona sobre las elecciones; la semana pasada compartió en Instagram una visita al higienista dental).

Incluso si él no se presenta, no faltarán alternativas.

Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí.

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