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Vida y Estilo

¿El sentido del olfato engorda? En los ratones, la respuesta parece ser ‘sí’

peso

Un nuevo estudio halló que los ratones con poca -o ninguna- capacidad de detectar olores podrían tener una ventaja clave para el control del peso (6 de julio de 2017).

(Los Angeles Times)

Contar con un sentido del olfato excepcionalmente agudo parecería ser una bendición absoluta: éste puede brindar una alerta temprana ante peligros, detectar la presencia de un compañero atractivo y realzar el placer gustativo de una comida deliciosa.

Pero si se trata de ratones (o, quizás, de humanos) y el entorno está lleno de alimentos que engordan, un nuevo estudio determinó que aquellos con poca o ninguna capacidad de detectar olores podrían tener una ventaja clave. Mientras que los ratones con un sentido del olfato intacto se vuelven obesos al seguir una dieta estable de comidas altas en grasas, sus homólogos con menos percepción olfativa pueden ingerir el mismo alimento y, sin embargo, mantenerse delgados.

Quienes piensan que se trata de una fábula acerca del efecto de aumentar el placer gustativo en el control de la porción están equivocados. De hecho, los ratones con el sentido del olfato alterado no comieron menos que sus pares con olfato normal; tampoco se movieron más en sus jaulas ni despidieron más de su comida antes de extraer sus nutrientes.

Un reporte publicado este miércoles en la revista Cell Metabolism subraya que nuestro sentido del olfato está vinculado con una amplia gama de funciones básicas aparentemente no relacionadas, entre ellas el metabolismo y la respuesta al estrés. Así, los ratones despojados de su olfato quemaron las grasas de forma diferente -más intensamente- que aquellos con el sentido normal, descubrió el estudio. Por lo general, tienen niveles más altos de adrenalina -la señal que prepara al cuerpo para atacar o huir- que los ratones con sentido del olfato intacto, e incluso si ingieren alimentos ricos en grasas no parecen tan probables de desarrollar condiciones tales como hígado graso, o de crear depósitos de grasa peligrosos alrededor del abdomen.

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En uno de los tres experimentos informados en el documento, los investigadores desactivaron las células cerebrales olfativas especializadas de los ratones que comieron alimentos ricos en grasas. El efecto fue rápido y contundente: estos perdieron aproximadamente un tercio de su peso corporal, prácticamente formado sólo por grasas.

“Me sorprendió; el efecto fue tan fuerte”, sostuvo el biólogo experto en células madre y genética Andrew Dillin, de UC Berkeley, autor principal del estudio. “Estaba convencido de que sólo comían menos. Cuando quedó claro que no era el caso, pensé: ‘Guau, esto es absolutamente interesante’”.

En otro experimento, los investigadores crearon ratones con ‘superolfato’ al inhabilitar un receptor especializado en el sistema olfativo del cerebro. Incluso cuando se trataba de olores ‘sociales’, tales como el aroma de un miembro desconocido del sexo opuesto, estos especímenes mostraron un mayor riesgo de aumentar de peso y modificar su metabolismo que aquellos con agudeza olfativa normal o baja.

De hecho, todos los tipos de señales hormonales, entre ellas muchas que juegan un papel clave en el apetito y el almacenamiento de grasa, se disparan de forma diferente en ratones con el sentido del olfato alterado, hallaron los investigadores.

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La adrenalina, por ejemplo, juega un rol importante en la respuesta del animal no sólo ante las amenazas, sino a las tensiones, como el frío. En ratones con neuronas olfativas de bajo funcionamiento, los niveles más altos de adrenalina parecían activar reservas especiales de ‘grasa parda’ con intensa energía para quemar grasa blanca como combustible y convertir alguna de las reservas de grasa blanca en parda.

El efecto colectivo de esas diferentes señales consistía en proteger al ratón con menos olfato de los efectos perjudiciales del consumo excesivo, descubrieron los expertos.

El nuevo estudio está muy lejos de establecer que todas estas mismas dinámicas tienen lugar en los humanos; sin embargo, aunque los ratones dependen más de su olfato que las personas, podrían decirnos mucho respecto de la obesidad, explicó Dillin. Estos resultados sugieren, además, una intrigante forma de ayudar a adelgazar a aquellos con obesidad y mejorar su función metabólica sin tener que modificar qué o cuánto comen, agregó.

Los investigadores saben que cuando las personas pierden su sentido del olfato -después de ciertos accidentes cerebrovasculares, lesiones cerebrales y enfermedades neurodegenerativas, por ejemplo- sus apetitos disminuyen, comen menos y, obviamente, pierden peso. También es bien sabido que la agudeza de nuestro sentido del olfato sube y baja dependiendo de las circunstancias: está en su pico máximo cuando no se ha comido en varias horas, y se desploma justo después de ingerir alimentos. En este sentido, la primera observación sugiere que el olor despierta o mantiene el interés directo en comer. La segunda indica que el olor puede desencadenar una serie de señales sobre las necesidades de energía del cuerpo, que trabajan indirectamente para afectar la función metabólica. Ese lado de la ecuación es mucho menos obvio y ha sido menos estudiado.

La nueva investigación sugiere que la reducción de las señales olfativas podría hacer más que simplemente ayudar a las personas con sobrepeso a perderlo. Por ejemplo, también podría corregir algunas de las señales metabólicas y hormonales que se desfasan cuando una persona acumula demasiada grasa. “El potencial de la modulación de señales olfativas en el contexto del síndrome metabólico o la diabetes es atractivo”, escribieron los autores del nuevo estudio. “Incluso a corto plazo, la pérdida del olfato mejora la salud metabólica y el adelgazamiento, a pesar de las consecuencias negativas de una dieta alta en grasas”.

Dillin estimó que hay una serie de direcciones en las cuales esta investigación podría ser considerada a continuación. Los expertos podrían estudiar amplias poblaciones de personas, probar la agudeza de su sentido olfativo y, con el tiempo, medir cómo eso se compara con su propensión hacia el aumento de peso o la anormalidad metabólica.

En cuanto a las pruebas humanas con olfato alterado, Dillin consideró que ponerse un broche de ropa en la nariz no funcionaría: las bocas de las personas también admiten información olfativa. Sin embargo, algunos agentes químicos, incluyendo uno que se utiliza actualmente como pesticida, eliminan temporalmente el sentido del olfato de los seres humanos. Si tales compuestos pudieran usarse de forma segura, podría ser posible medir cómo el peso y el metabolismo se ven afectados cuando se altera ese sentido.

Mientras tanto, la primera autora del estudio, Celine Riera, investigadora postdoctoral en el laboratorio de Dillin, planea descubrir el papel que el hipotálamo del cerebro -un regulador maestro de todo, desde las funciones corporales involuntarias hasta el sueño y las respuestas emocionales- puede jugar en la traducción de olores a comandos para quemar grasas.

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Los fondos para la nueva investigación provinieron del Howard Hughes Medical Institute, el Glenn Center for Research on Aging y la Asociación Estadounidense de Diabetes. 

Traducción: Valeria Agis

Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí

 

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