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Vida y Estilo

No quería casarme con él ¿o sí?

Amores

Empecé a preguntarme qué se sentiría al abrir la caja. 

(Casey Crisenbery)

Mi abuela me dio una caja, pero me dijo que no la abriera hasta el día de mi boda. Murió al año siguiente y yo volví a casa de la universidad para asistir a su funeral. En ese momento parecía estar tomando una clase de historia sobre mi abuela y aprendí que en el matrimonio estaba arraigada la costumbre donde un hombre transfiere la propiedad de su hija a su marido. Juré entonces que nunca formaría parte de eso, y puse la caja en un estante de mi apartamento de Los Ángeles, guardada como un barco que nunca tocaría el agua.

Después de la universidad, conocí a Benjamín mientras estaba en París, donde estaba trabajando durante el verano, me dedicaba a escribir de forma remota. Tras un año en nuestra relación a larga distancia y después de varios vuelos intercontinentales, empezamos a discutir nuestro futuro en serio. Me pidió que me casara con él por lo menos cinco veces, pero, al parecer, siempre en broma. Después de dos años de viajes de ida y vuelta, vino a los Estados Unidos en Navidad para conocer a mi familia.

Empecé a preguntarme qué se sentiría el abrir la caja.

Para entonces, ya había aprendido que los europeos son un poco diferentes cuando se trata del matrimonio. Al menos los europeos franceses. Esperan más tiempo. No se casan en una iglesia, sino en el ayuntamiento y muchos entran en una sociedad civil en lugar del matrimonio tradicional. Se le conoce como PACS, o pacto civil de solidaridad. Se mudan juntos y disfrutan de todos los beneficios fiscales del matrimonio sin el enredo financiero. Firmas un papel y estarás dentro, firma un papel y estarás fuera. Esto sonaba como la mejor opción, sobre todo porque el PACS me permitiría vivir y trabajar en Francia.

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Pero de vuelta a Benjamín, que había viajado de nuevo ese mismo año de París a Los Ángeles durante dos semanas para sus vacaciones. Lo llevé de un lado a otro de la costa, desde Zuma a Rosarito. Un día estábamos acostados sobre nuestras toallas de playa a juego en la arena. Puse mi sombrero sobre nuestras caras.

Se volvió hacia mí y me dijo: “voy a empezar a buscar un apartamento”.

Me día la vuelta para que estuviéramos cara a cara.

“¿Para ti?”.

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“Para nosotros”.

¿Pero qué significaba eso? si fuera a vivir con él en Francia, tendríamos que firmar el PACS. Sabía que quería estar con él, pero ahora no estaba segura sobre el PACS. Se sentía como un punto intermedio entre vivir juntos y el matrimonio. Uno que no necesariamente conducía a una boda. Sentí un cambio. ¿Era un matrimonio lo que quería después de todo? sabía que no estaba sola con mis sentimientos conflictivos. Muchas de mis amigas eran solteras, sin casarse o divorciadas. De alguna manera habíamos recibido el mensaje de que estar sin un hombre era estar incompleta, sabía que era mentira, pero también me preocupaba que conformarme con el PACS fuera justamente eso, “conformarme”, cuando tal vez yo quería más.

Benjamín cumplió su promesa de encontrar un apartamento lo suficientemente grande para los dos.

Todo parecía estar apuntando hacia París, ya que también había comenzado un nuevo trabajo que me permitía viajar y trabajar desde cualquier parte del mundo.

Firmamos nuestro papeleo PACS ante un notario, y un mes después, fui al Consulado de Francia en Los Ángeles para solicitar mi visa. El hombre detrás del mostrador estaba confundido en cuanto a qué visa debería solicitar y cuál sería mi posición bajo el PACS. Me dijo que todavía estaba soltera a los ojos de inmigración.

Sentí que me ardían los ojos.

Entonces su colega le corrigió. No, a los ojos de la ley francesa están casados.

Gracias a Dios no había empezado a llorar e intenté no actuar como una petulante, solamente soy casi francesa.

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Más tarde, le dije a Benjamín que todavía esperaba que algún día le pidiéra aprobación a mi padre, se arrodillara con un anillo y me pidiera que me casara con él, que caminaramos hacia el altar en una iglesia. Me pondré un vestido blanco, y nos embarraremos pastel en la cara, pero que primero, intentaríamos vivir en el mismo país por un tiempo. Dijo algo en francés que me llevó un momento entender. Era similar a lo que decía mi abuela: te doy una pulgada y tú tomas una milla. Le di un puñetazo juguetón, me abrazó y nos reímos.

Cuando recogí mi apartamento en Los Ángeles por última vez, etiqueté contenedores de plástico con cinta adhesiva roja para que no se confundieran con los de los demás mientras estaba en el extranjero, y me dirigí a la casa de mi padre en Napa. Al descargar los contenedores, me encontré con la caja sin abrir de mi abuela. Parecía mirarme con sus ojos, como dos guisantes ingleses. ¿Qué hubiera pensado ella de mi PACS?, le pedí a mi padre su navaja y abrí la tapa, saqué una manta verde, oro y borgoña ondulada, cada puntada unida a la siguiente por el giro de la muñeca de mi abuela, asegurada por el lazo de sus agujas.

Voltié a ver a mi papá y su cara era suave, sus ojos fijos en la manta. Me di cuenta de que este regalo de bodas le importaba más a mi padre de lo que le importaría a Benjamín. Es algo que hizo su madre. Él, el hombre que todavía no ha desempacado las cajas de su divorcio de 1974 de mi madre, el hombre que guarda cada tarjeta de felicitación que le envío, probablemente apreciaba la manta más de lo que yo podía imaginar.

Pensé en todas esas ideas “sexistas” sobre una mujer que deja la casa de su padre para ir a la casa de su marido. El intercambio de propiedad. Y sin embargo, aquí estábamos, con la manta en la mano,  a nuestra manera, ese era un intercambio.

Doblé la manta, la puse de nuevo en la caja y usé mi cinta adhesiva roja para marcarla, para que todos supieran que era mía.

Cuando llegué a París, quise contarle a Benjamín sobre la caja y lo que había dentro, pero me sentí en conflicto. No quería que sintiera que esa historia era una presión mía o de mi familia. Después de todo, fue un regalo de bodas. Pero no quería que se sintiera mal por no haberla abierto con él. El PACS es, para muchas parejas francesas, el equivalente moderno de una boda. No quería ser esa chica que habla sobre el feminismo y luego llega al altar a la primera oportunidad que tiene. Pero había una parte de mí que anhelaba el vestido, el anillo y todo lo demás.

Espera un minuto, ¿lo estaba presionando? ¿era yo ese tipo de chica?.

Tal vez el PACS sería suficiente, tal vez esta era la solución que había estado buscando todo el tiempo. Y si no lo fuera, tendría que encontrar el valor para decirlo.

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Esa noche, cuando nos instalamos en nuestro nuevo sofá, en nuestro nuevo apartamento, decidí disfrutar el momento juntos en ese nuevo lugar a medio camino entre lo que es y lo que será.

La autora es escritora, actriz y entrenadora de recuperación. Su sitio web es dufflyn.comy está en Instagram @dufflyn.

 

Si quiere leer este artículo en inglés, haga clic aquí


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