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Después de perder el DACA, estaba resentida con sus hermanos nacidos en EE.UU y luego Trump arruinó su segunda oportunidad

Beatriz Basurto, de 19 años, con Josefa Hernández, de 70, en una entrega de comida el 19 de julio en Oxnard.
(Francine Orr / Los Angeles Times)

El padre de Beatriz Basurto se apresura a señalar que ella - la hija de en medio de 19 años - es la más responsable de sus hijos.

Ella es la que tiene un trabajo bien remunerado como intérprete de mixteco para los trabajadores del campo en Oxnard mientras asiste a la universidad a tiempo completo. Es ella la que paga la cuenta cuando salen a almorzar y le coloca 20 dólares en el bolsillo porque cree que a él le servirían más que a ella.

Pero también es la que tiene el futuro más incierto y la mayor desventaja de todos los hermanos.

Hace tres años, Basurto perdió su oportunidad de solicitar ayuda de inmigración bajo el programa de Acción Diferida para la Llegada de Niños, mejor conocido como DACA. El programa lanzado por el presidente Obama, permite a los inmigrantes que fueron traídos a EE.UU cuando eran niños, la oportunidad de vivir y trabajar legalmente en este país.

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El hermano menor de Basurto y su hermana son ciudadanos estadounidenses. Su hermano y hermana mayores, nacidos en México, como ella, lograron obtener la protección de DACA antes de que Trump comenzara a atacar el programa en 2017. Basurto, que entonces tenía 16 años, estaba a punto de solicitarlo, y de repente, el programa DACA se acabó.

En ese momento, Basurto le confió en mixteco a su padre: “Es una lástima que no haya nacido aquí, papá".

“No hay nada que podamos hacer al respecto”, le respondió. “Pero no te rindas”.

Basurto está entre las decenas de miles de jóvenes inmigrantes que la administración Trump ha mantenido efectivamente fuera DACA, cambiando radicalmente la trayectoria de sus vidas. Su falta de estatus ha alterado las relaciones, generado resentimiento y provocado silencios incómodos entre los miembros de la familia que tienen estatus legal y los que no lo tienen.

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Beatriz Basurto da comida a Elvira Gavarie Urenda, de 80 años, en una entrega de alimentos en Oxnard el 19 de julio.
(Francine Orr / Los Angeles Times)

Todo esto ha llevado a una mayor presión para sobresalir y a la culpa entre aquellos que fueron apoyados por el programa. Incluso ha llevado a los niños a cuestionar las decisiones que sus padres tomaron hace tiempo de emigrar a EE.UU.

En junio, Basurto pensó que se le había dado una segunda oportunidad cuando la Corte Suprema dictaminó que la administración Trump actuó de manera “arbitraria y caprichosa” en su intento de terminar con DACA. La decisión despejó el camino para aceptar nuevas solicitudes de un grupo previamente excluido de más de 65.000 jóvenes que ahora son elegibles para solicitar por primera vez, según el Instituto de Política Migratoria, un grupo de expertos en inmigración no partidista con sede en Washington.

Pero las esperanzas de Basurto se vieron frustradas el martes cuando Trump anunció que no aceptaría nuevas solicitudes de DACA. La medida desafía la decisión de la Corte Suprema y un fallo de la Corte Federal de Distrito de Maryland que ordena a los funcionarios de inmigración aceptar nuevas solicitudes, dicen los expertos y los legisladores. Es probable que se enfrente a nuevos desafíos legales en los tribunales.

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Entretanto Basurto observa cómo DACA abre oportunidades para sus hermanos mayores y compañeros, ha visto cómo sus propias perspectivas se reducen. Al mismo tiempo, ha notado la complacencia de algunos beneficiarios de DACA, mientras que sus propias dificultades han generado resistencia, motivación y activismo social.

A food distribution in Oxnard on July 19.
Una entrega de alimentos en Oxnard el 19 de julio.
(Francine Orr / Los Angeles Times)

“Tengo una vida fuera de DACA”, dijo Basurto. “DACA no define quién soy”.

Aún así, tenía planes de solicitar la protección de DACA tan pronto como supiera que el gobierno estaba aceptando nuevos solicitantes, sobre todo para darle tranquilidad a sus padres.

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“No se puede traducir DACA al mixteco”, dijo. “Para ellos, sólo significa que estoy protegida y no tengo que volver a México”.

California es el hogar del mayor número de receptores de DACA en la nación y lideró el desafío legal contra los esfuerzos de la administración Trump desde 2017 para eliminar el programa. La Universidad de California, bajo la dirección de la presidenta Janet Napolitano - quien elaboró la política de DACA como secretaria de Seguridad Nacional de EE.UU - fue una de las principales demandantes junto con el estado y otras entidades e individuos de California en el caso de la Corte Suprema.

Los jóvenes que cumplieron la edad para solicitar la protección de DACA en los últimos dos años y medio pero que no han podido presentar su solicitud, representan un grupo sumamente vulnerable, dijo Roberto Gonzáles, un sociólogo de la Universidad de Harvard que escribió un libro basado en un proyecto de 12 años de seguimiento de 150 chicos que recibieron la protección de DACA en la zona de Los Ángeles.

“Han alcanzado la mayoría de edad bajo DACA”, dijo Gonzáles. “Han visto a sus hermanos mayores recibir licencias de conducir, tomar trabajos después de la escuela y planear su futuro. Pero mientras que sus amigos ciudadanos participan en estos importantes ritos de su vida adulta, su progreso se ha estancado”.

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Inicialmente, Basurto y sus padres temían entregar a los funcionarios del gobierno la información personal de la familia, lo que se requería como parte del proceso de solicitud. Decidieron probar las aguas con sus dos hermanos mayores, permitiéndoles presentar la solicitud antes que la de Basurto. Cuando calificaron, Basurto comenzó su solicitud. Luego Trump hizo su primer movimiento para terminar el programa.

Beatriz Basurto, 19, of Oxnard
“Tengo una vida fuera de DACA”, dijo Beatriz Basurto. “DACA no define quién soy”.
(Francine Orr / Los Angeles Times)

La oportunidad perdida dejó a Basurto sintiéndose como un paria y resentida por su lugar en la familia, dijo. Su frustración y enojo fue especialmente fuerte hacia sus hermanos nacidos en EE.UU -un hermano de 10 años y una hermana de 12 - a los que dijo querer mucho pero que no podía soportar estar cerca por más tiempo.

Dejó de hablarles.

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“Sentí mucha rabia durante ese tiempo”, reveló Basurto.

Eran demasiado jóvenes para entender cómo la simple suerte de haber nacido en Estados Unidos les daba más posibilidades que a Basurto.

Otros jóvenes inmigrantes, como Rotzely, dirigieron su ira hacia sus padres.

Rotzely, que sólo dio su nombre de pila porque se encuentra en el país sin estatus legal, estaba a tres meses de cumplir 15 años cuando recibió el último documento para completar su solicitud de DACA en 2017.

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Rotzely llamó a su madre para decirle “Lo tengo”. “Finalmente recibí la carta que estábamos esperando”.

Su madre dudó. Entonces le dijo: “Es demasiado tarde”.

El lado de la familia por parte de su padre había tratado de persuadir a su madre para que dejara México y viniera a EE.UU antes de que diera a luz a Rotzely. Pero estaba embarazada de nueve meses y temía complicaciones en el viaje.

La oportunidad perdida pesó mucho en Rotzely, quien ahora tiene 17 años. “Decidió esperar hasta después de que yo naciera. Estaba resentida con ella”.

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Rotzely tenía 3 meses cuando ella y su madre hicieron el viaje al norte.

La adolescente no habló con su madre y se distanció de su familia. Hacía sus tareas, mantenía sus calificaciones en la escuela y cenaba con ellos casi todos los días, pero encontraba cualquier oportunidad para retirarse a su habitación.

Su madre la inscribió en un programa juvenil de la Coalición para los Derechos Humanos de los Inmigrantes de Los Ángeles, donde Rotzely encontró a otros que también habían perdido la oportunidad para calificar en el programa DACA. Con el tiempo, su ira fue desapareciendo.

Rotzely, que obtiene calificaciones sobresalientes, dijo que desde el año pasado está buscando un trabajo de medio tiempo después de la escuela, para ahorrar para la universidad. Pero su falta de estatus legal ha hecho muy difícil su búsqueda.

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“Veo que todos mis amigos van fácilmente a un restaurante o a un lugar conocido como Starbucks o McDonald’s y trabajan allí, y yo tengo que encontrar todos esos trabajos especiales que me paguen en efectivo”, manifestó. “Es un recordatorio constante de que no nací aquí y que este país no me ve ni me trata igual que a las otras personas”.

En las afueras de Los Ángeles, las hermanas Lisette y Kathy son una historia de éxito en California: Lisette, tiene 21 años, asiste a UCLA, y Kathy de 18 años va a UC Santa Bárbara.

Aunque tienen una edad cercana, Lisette dijo que creció cuidando de Kathy. Sus padres - que las trajeron ilegalmente a EE.UU desde América Central cuando tenían 6 y 3 años, respectivamente - tuvieron que trabajar sin parar para llegar a fin de mes. Lisette pidió mantener su apellido anónimo y ciertos detalles de identificación para proteger a su familia de posibles represalias.

Las hermanas son muy cercanas entre sí, se ríen rápidamente y se hacen eco una a otra. Pero hay una gran división: Lisette es una receptora del DACA; Kathy se avergüenza de no haberlo solicitado. Su hermano pequeño, es ciudadano estadounidense.

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“Nunca me molestó que mis padres estuvieran siempre en el trabajo”, dijo Lisette. “Con el tiempo empecé a entender que mi responsabilidad era cuidar de mis hermanos”.

Cuando un tío se enteró de DACA, Lisette se permitió pensar por primera vez en la universidad y en trabajar para mantener a su familia. Ella se postuló. “Significaba todo un mundo de diferencia tenerlo”, dijo.

Pero Kathy luchó con sentimientos de culpa y frustración cuando pasaba días enteros sin ver a su hermana mayor porque Lisette trabajaba muchas horas, además de la escuela. “Había un hecho evidente que no podía ignorar”, dijo Kathy: Lisette tenía DACA y yo no lo tenía.

“Hubiera sido más fácil si pudiera compartir la carga con ella, pero no pude”, manifestó Kathy.

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Jaclyn Kelley-Widmer, profesora en la escuela de Derecho de Cornell, dijo que ha representado a un número de clientes con DACA cuyos hermanos menores se quedaron fuera del programa y viven en un estado de inseguridad.

“Los que tienen DACA sienten la arbitrariedad de un sistema que los bendijo con la capacidad de trabajar legalmente y no tener miedo en su vida cotidiana, sin embargo, sus hermanos o sus padres están en el limbo”, expuso. “Crea mucha ansiedad para la persona que es el único receptor de DACA en la familia”.

Por suerte, el hermano pequeño de Lisette y Kathy, de 10 años, no parece muy consciente de la tensión - sólo le importan los videojuegos, bromearon.

“Estoy muy contenta de que no tenga que pasar por lo que nosotros debemos pasar”, dijo Lisette.

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De vuelta en Oxnard, Basurto dijo que eventualmente dejó ir el resentimiento hacia sus hermanos ciudadanos estadounidenses.

Se dijo a sí misma, “Tengo que levantarme y levantar a mi propia comunidad porque nadie más lo va a hacer”.

Empezó a ser voluntaria como intérprete de mixteco. Ella proporcionó servicios de traducción y ayudó a crear campañas de alimentos para los trabajadores agrícolas mixtecos afectados por el incendio de Thomas en el condado de Ventura en 2017.

Se convirtió en un trabajo a tiempo completo; no necesitaba a DACA para ganarse la vida.

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Aunque la ley federal prohíbe a los empleadores contratar a alguien que reside ilegalmente en el país, no hay ninguna ley que prohíba a esa persona iniciar un negocio o convertirse en un contratista independiente como Basurto.

Sus hermanos mayores que calificaron para el programa siguieron adelante con sus vidas. Su hermano viaja por el estado haciendo obras de arte para edificios y su hermana tiene un trabajo de oficina y cuida de sus hijos. A diferencia de Basurto, nunca se involucraron en la defensa de su comunidad.

“Mis hermanos mayores viven vidas normales. Van a trabajar y vuelven a casa con sus familias”, dijo. “Yo hablo en nombre de la gente que no tiene la confianza o la seguridad para defenderse a sí misma”.

A veces Basurto reflexiona sobre cómo habría sido su vida con DACA. Piensa en los receptores de DACA apaciguados por su entrada en algo parecido a una vida que representa el sueño americano. En cierto modo, ella cree que DACA frenó el activismo nacional liderado por jóvenes que ganaron la protección de DACA.

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“Conozco a gente que terminó recibiendo DACA y se olvidó que hay gente que luchó por ella y que siguen siendo indocumentados”, expuso Basurto. “Si hubiera conseguido DACA, probablemente me habría convertido en una de esas personas”.

El fin de DACA podría ser visto como una bendición, argumentó Basurto, porque despertó todo un movimiento.

Beatriz Basurto ayuda en una entrega de comida.
(Francine Orr / Los Angeles Times)

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