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Los grupos comunitarios ayudando a los que no pueden salir de casa a conseguir vacunas. Están corriendo contrarreloj

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As vaccine access rapidly expands, some say vulnerable homebound people are being left behind.

Una inyección rápida y las puertas de la libertad se abrieron.

“¿Quieres decir que realmente puedo salir?”, dijo Lillian “Lili” Shaw, un tanto asombrada después de recibir la vacuna contra COVID-19 en el comedor de su casa en Glendale. “He estado atrapada durante un año en esta prisión”.

Frágil por la edad avanzada y la artritis severa, entre otras dolencias, Shaw permaneció encerrada durante la pandemia. Un proveedor de cuidados le trajo provisiones. Los amigos no la visitaron o no pudieron visitarla. Tenía miedo de recibir la vacuna y su hija le aconsejó que no lo hiciera debido a sus problemas de salud. Pero al despertarse todos los días sola, se dijo a sí misma: “Me estoy volviendo loca”. “Perdí la cordura”.

Cuando un bombero local que visita a Shaw regularmente le sugirió que se inyectara, ella cedió. Ni siquiera tenía que ir a ningún lado, le llevarían la dosis.

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A woman wearing a mask cringes as she is vaccinated
Lillian “Lili” Shaw, de 89 años, recibe una vacuna contra COVID-19 en su casa de Glendale, a través de un programa piloto del Departamento de Bomberos de Glendale y un hospital local.
(Al Seib / Los Angeles Times)

El viernes, el Departamento de Bomberos de Glendale y el Hospital Glendale Memorial lanzaron conjuntamente un programa piloto para vacunar a las personas mayores confinadas en sus hogares que viven en Jewel City. Shaw fue una de las primeras en recibir una dosis.

El programa es una de varias iniciativas comunitarias que han surgido en las últimas semanas para llevar vacunas a aquellos que están demasiado enfermos para salir de casa, una población vulnerable que algunos temen que se quede atrás incluso cuando el acceso a las dosis se expande rápidamente.

Cuando los antígenos comenzaron a implementarse a fines del año pasado, los adultos mayores y los residentes de hogares de ancianos estaban entre los primeros en la fila. Los Ángeles abrió el acceso a personas mayores de 65 años a mediados de enero. Pero aquellos que no pudieron salir de la casa fácilmente, o en absoluto, no pudieron ir al consultorio de su médico o desafiar las abrumadoras filas en el Dodger Stadium.

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Eso significa que muchas personas, como Shaw, no se encuentran entre el 70% de los californianos mayores de 65 años que han recibido al menos una dosis de la vacuna, aunque podrían tener el mayor riesgo de morir a causa del virus.

Los funcionarios parecen estar poniéndose al día.

El 23 de marzo, la Junta de Supervisores de Los Ángeles votó unánimemente para ordenar al Departamento de Salud Pública del Condado que elabore una estrategia para llegar a los confinados en casa, con un enfoque en las personas mayores.

La supervisora Hilda Solís, quien encabezó la iniciativa, los llamó “un grupo a menudo silencioso y olvidado”. Aproximadamente 2 millones de adultos mayores en Estados Unidos están confinados en sus hogares, comúnmente debido a una enfermedad.

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Según Solís, unos 220.000 residentes del condado reciben servicios de apoyo en el hogar y 55.000 personas mayores confinadas en sus domicilios reciben comidas diarias entregadas a través de Meals on Wheels y programas similares. “Estos representan solo una parte de los que están confinados en casa”, agregó.

A nurse exits the back of an ambulance
La enfermera registrada, Bella Pashabezyan, del Glendale Memorial Hospital trabaja con un equipo que está administrando la vacuna contra COVID-19 a través de visitas domiciliarias.
(Al Seib / Los Angeles Times)

Un día antes de que los supervisores votaran para aprobar la moción, los funcionarios de salud del condado informaron, en un correo electrónico, que el departamento estaba trabajando en un plan para vacunar a los confinados en casa, pero se negaron a proporcionar detalles.

Blue Shield, que ganó un contrato estatal para ayudar con la aplicación del antígeno, dijo a través de un portavoz que el plan del condado podría iniciar a principios de abril e incluiría el envío del Departamento de Bomberos de Los Ángeles y otros trabajadores de emergencia a los hogares de las personas.

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Muchos que ayudan a las personas, desde hospitales, hasta universidades y personal de seguridad pública, han intensificado sus actividades para abordar la disparidad persistente más rápidamente.

Una semana antes de que partiera el equipo de Glendale, la Escuela de Medicina Keck de la USC lanzó una iniciativa similar dirigida a pacientes en todo Los Ángeles y más allá.

La geriatra de Keck, la Dra. Laura Mosqueda, quien dirige el programa, sabía que muchos de sus pacientes no podían acceder a la vacuna con el sistema actual.

Cuando la vacuna de Johnson & Johnson estuvo disponible, Mosqueda pensó que era hora de actuar; la dosis única facilitaría un proceso logísticamente complicado. Sin embargo, siguen existiendo obstáculos: el tráfico está volviendo rápidamente a niveles que solo Los Ángeles puede alcanzar y los perros agresivos de los pacientes no siempre dan la bienvenida a los equipos médicos. Pero los múltiples beneficios superan todo eso, comentó.

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“Es maravilloso porque la gente estará protegida de morir o de enfermarse muy gravemente por una enfermedad horrible, pero también el que las personas ahora puedan ver con seguridad a sus familiares y amigos es simplemente tremendo”, manifestó. “Sabemos que el aislamiento social y la soledad es un factor de riesgo enorme para las enfermedades crónicas en los adultos mayores”.

Dorothy Rusch, quien recientemente cumplió 101 años, fue vacunada en su casa en Pasadena.
(Wally Skalij/Los Angeles Times)

Ese fue el caso de Dorothy Rusch, quien recibió una inyección en su casa de Pasadena el 20 de marzo, durante su 101 cumpleaños. Propensa a los casos graves de bronquitis, Rusch, quien usa una silla de ruedas, no ha podido ver a sus amigas en la biblioteca local ni reunirse con su grupo de mujeres de Chabad durante meses.

Recibir el antígeno “le hizo bien al corazón, le levantó el ánimo”, comentó su hija Miriam Rusch.

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Un equipo de UCLA Health comenzó a vacunar a los pacientes a fines de enero, varias semanas antes de que estuviera disponible una opción de dosis única. El programa tomó cinco días vertiginosos para comenzar, desde la primera reunión hasta la planificación y la ejecución, según el Dr. Sun Yoo, quien encabeza el esfuerzo. Intentaron encontrar un programa para modelar el suyo, pero ninguno parecía existir.

El jueves, Yoo y la enfermera practicante, Virginia Galan-Burns, caminaron hasta el apartamento de Barry Morrow en Venice, armados con una hielera roja. Dentro había una dosis de Moderna, lista para ser administrada. Volverían en un mes para aplicarle la segunda inyección.

Morrow, de 59 años, padece diabetes, apnea del sueño y una serie de otras enfermedades que limitan su movilidad. Todos los días lo visita una enfermera para envolverle los pies hinchados. Cuando su médico de cabecera le explicó que quería que el equipo de UCLA le diera la vacuna, dijo que primero tenía que consultar con su familia.

“Creen que podría ayudarme”, comentó. “Al correr un riesgo mayor, ya sabes, ya no soy normal”.

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Morrow se sentó en un scooter rojo y Galan-Burns le aplicó una inyección en el brazo izquierdo con destreza. Dijo que no sentía nada y se pasó el período de observación de 15 minutos bromeando y recordando sus días más jóvenes y ágiles, pasando el rato en la playa y practicando deportes.

Incluso cuando los programas de vacunación en el hogar y el progreso gubernamental están trayendo cierta esperanza, algunos lamentan el tiempo que se ha tardado en arrojar luz sobre el tema.

“¿No es triste que estemos a fines de marzo y esto se esté priorizando ahora, como tres meses después de haber recibido las vacunas?”, preguntó la Dra. Carla Perissinotto, jefa asociada de programas clínicos de geriatría en UCSF. “Desafortunadamente, el proceso ha sido un poco lento en términos de pensar quién es la prioridad y quién no tiene voz”.

A man in a wheelchair with a dog on his lap waits to be vaccinated by a nurse and firefighter
Nelson Navarro, de 69 años, espera ser vacunado por un equipo que trabaja como parte de un proyecto piloto en Glendale.
(Al Seib / Los Angeles Times)

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Perissinotto lanzó recientemente su propio programa de vacunación en el hogar en el Área de la Bahía. Inicialmente carecía de refrigeración móvil, sabía que el tiempo era esencial para que su equipo realizara la inyección una vez que se abría el frasco de una dosis. La vacuna de Johnson & Johnson es estable a temperatura ambiente durante dos horas. En un lugar como San Francisco, se puede perder un tiempo precioso dando vueltas a la cuadra en busca de estacionamiento. La aplicación de dos dosis le llevó dos horas, señaló.

“Esa es una gran cantidad de tiempo del personal y del proveedor”, comentó.

En total, Perissinotto y su equipo vacunaron a 40 personas durante tres días, y a 30 más la semana siguiente. El programa de la USC logró inocular a 15 individuos en tres días. El Departamento de Bomberos de Glendale llegó a 15 personas en su primer día, con equipos en tres ambulancias que vacunaron a cinco individuos cada uno. La iniciativa de UCLA, que ha estado operando por más tiempo, ha inoculado a unas 140 personas.

En contraste con los miles que pueden ser vacunados diariamente en sitios masivos, es un paso de tortuga. Incluso con los proveedores que administran inyecciones en el hogar, es probable que se necesiten varios meses para abordar la inoculación de la mayoría de la población confinada en casa. El programa de UCLA tiene al menos dos meses más en el reloj y otros proveedores aún están determinando un cronograma.

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Vickie Mays, profesora de políticas y gestión de la salud en UCLA, comentó que cree que la discriminación por edad es un sesgo que mantiene las vacunas fuera del alcance de la población vulnerable, pero no es el único. La clase, la raza y el origen étnico también pueden limitar el acceso de las personas mayores confinadas a la vacuna, agregó.

“Si tiene el dinero para poner a su ser querido en un centro de atención a largo plazo, entonces se vacunó muy temprano en este proceso”, señaló Mays. “En las comunidades de color en particular, hay quienes no pueden acceder a eso”.

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