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Columna: Simone Biles merece respeto, no desprecio, por abandonar la competencia olímpica

U.S. gymnast Simone Biles
La gimnasta estadounidense Simone Biles es consolada tras competir en la prueba de salto y retirarse del torneo en la final femenina por equipos de los Juegos Olímpicos de Tokio.
(Wally Skalij / Los Angeles Times)

Simone Biles se apresuró.

Eso es lo que piensan algunos.

Simone Biles arruinó su legado.

Es lo que dicen otros.

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Si Tom Brady o LeBron James abandonaran a su equipo durante el partido más importante de la temporada, serían destrozados sin piedad, así que ¿por qué Simone Biles recibe hasta muestras de simpatía?

Eso es lo que algunos se preguntan.

Cuando la tiza se asentó después de que la mejor gimnasta femenina se retirara de la competencia por equipos de los Juegos Olímpicos, el martes, al admitir que le superaba la presión, surgió una verdad muy fea.

Algunos vieron su valor como una cobardía. Otros vieron su abnegación como una traición. Muchos aficionados al deporte, acostumbrados a celebrar a sus héroes por “aguantar” y que les fluya “agua helada por las venas”, se sintieron profundamente ofendidos.

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Biles parecía ver venir la ira, y cuando el equipo de Estados Unidos luchó por una medalla de plata después de su partida, ofreció esta desgarradora entrevista a Hoda Kotb de la NBC.

“Espero que Estados Unidos me siga queriendo”, dijo Biles.

Lamentablemente, la respuesta es, no.

En Twitter se cuestionó su condición de mejor deportista de todos los tiempos -incluso cosió en su leotardo el acrónimo GOAT (Greatest Of All Time/La mejor de todos los tiempos).

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“Las GOAT no se hunden”.

Se planteó entonces una doble moral.

“Si Tom Brady lanzara dos intercepciones en el Super Bowl y simplemente se retirara del juego, se le criticaría con crueldad, etc. ¿Por qué la gente trata a Simone Biles con guantes de seda?”

Tiró su carrera por la borda.

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"¿Están bromeando, ¿verdad? Imaginen que LeBron abandona a sus compañeros en las finales de la NBA porque tuvo un mal primer cuarto. No importaría que se quedara en el banquillo animándolos. Con eso destruye su legado para siempre”.

La exageración abundó.

“Si Simone Biles hubiera continuado, luchado y ayudado al equipo a ganar el oro, eso la convertiría en la mejor gimnasta de todos los tiempos; el hecho de que abandonara cuando se enfrentaba a la adversidad, la convierte en el mayor fracaso de la historia de los Juegos Olímpicos de Estados Unidos”.

Por último, lo más terrible es que algunos cuestionaron sus razones para abandonar.

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“Más vale que saquen todos esos anuncios de Simone Biles... Los problemas mentales no son un problema médico”.

Todo lo cual lleva a este narrador desconcertado a hacer una simple petición.

Cállense todos. Solo, cállense.

Primero, no comparen a Simone Biles con ningún atleta de ningún deporte de equipo, nunca, nunca, nunca.

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No representa a una ciudad, sino que lleva el peso de todo un país. No compite en una pista con compañeros de equipo que puedan sacarla de apuros; está ahí fuera sola. En lugar de trabajar con un campo de 100 yardas, se desenvuelve en una viga de equilibrio de cuatro pulgadas. En lugar de jugar una temporada de 162 partidos, gana o pierde en 90 segundos.

Tom Brady o LeBron James no pueden ni imaginar la presión que siente Biles, que a los 24 años recibió la tarea de ser la cara de los olímpicos de Estados Unidos en una burbuja pandémica con innumerables protocolos y sin aficionados.

¿Así que los jugadores de la NBA fueron excusados por derrumbarse en su burbuja el año pasado -los problemas de salud mental llevaron al final de la temporada 2020 de los Clippers- sin embargo, Biles no puede?

Simone Biles and ROC's Angelina Melnikova embrace.
Simone Biles y Angelina Melnikova, del ROC, se abrazan tras la final femenina por equipos de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020.
(Wally Skalij / Los Angeles Times)
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Sí, se vino abajo. Lo admitió. ¿Y qué? Fue como cuando la estrella del tenis Naomi Osaka reconoció sus propios problemas de salud mental durante el reciente Abierto de Francia y, de nuevo, cuando se vio afectada en la tercera ronda del torneo olímpico esta semana.

Gracias a la sabiduría y la fuerza de estas jóvenes, los aficionados al deporte se ven obligados a aceptar que las lesiones pueden abarcar algo más que los músculos y los huesos, y esta toma de conciencia es algo positivo.

Los problemas mentales son, de hecho, problemas médicos, y el reconocimiento de este hecho debería conducir a una mayor comprensión y a una relación más razonable entre el atleta y el aficionado. Tal vez piense dos veces antes de gritar que alguien fracasó cuando, en realidad, es una hazaña increíble el simple hecho de competir por un primer lugar. Tal vez habría que escuchar a Biles explicar su estado mental antes de llamarla perdedora.

“Hoy... estaba temblando. ... Nunca me había sentido así al entrar en una competencia”, dijo a los medios de comunicación durante una rueda de prensa que podría haberse saltado fácilmente. “Una vez que salí, me dije: ‘No, mi mente no está bien’”.

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Biles no es un robot. Es un ser humano, y si su mente triunfadora no estaba bien, su cuerpo no habría estado tampoco bien, y podría haber saltado mal, por accidente, y haberse lesionado gravemente.

Biles podría haber aguantado, seguro, pero se hubiera puesto en peligro y probablemente dejaría a su equipo sin medalla. Lo más fácil habría sido seguir compitiendo. Ella tomó el camino duro y humillante, aun sabiendo que podría pagarlo caro.

No hay que olvidar que Biles recorrió un difícil camino para llegar a donde está. No necesitaba estos Juegos Olímpicos, especialmente después de que se pospusieran durante un año, y sobre todo luego de que revelara que fue una de los cientos de mujeres de las que abusó sexualmente el exmédico del equipo nacional Larry Nassar.

Llegó a Tokio para celebrar la resiliencia e inspirar a los supervivientes. Pero por ello, también llegó a Tokio arrastrando la mayor de las cargas.

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Antes de los Juegos, los periodistas le preguntaron por el momento más feliz de su carrera y ella respondió: “Honestamente, probablemente mi tiempo libre”.

Luego, recientemente en Instagram, escribió: “Realmente siento que a veces tengo el peso del mundo sobre mis hombros”.

Ese peso acabó por aplastar su indomable complexión de 5.4 pulgadas y 104 libras, y quizá vuelva para las competencias individuales, o tal vez no, pero no debería necesitar demostrar su fuerza a nadie.

Sin embargo, hubo más críticos que se preguntaron por qué Biles no podía mostrar la dureza de Kerri Strug, la gimnasta olímpica de 1996 que saltó con un tobillo lesionado y llevó al equipo estadounidense a la medalla de oro.

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Hecho: Strug podría no haber hecho ese segundo salto y arriesgarse a una nueva lesión de tobillo si no fuera por el empuje del infame entrenador Bela Karolyi, que más tarde fue criticado por ser verbal y psicológicamente abusivo. Strug es una de las grandes heroínas olímpicas de este país, pero podría haber tenido un gran coste personal.

Otro dato: Entre los que tuitearon el martes apoyando a Biles se encontraba una notable figura de aquel equipo de 1996, que hablaba en nombre de la gran parte de esta nación que ojalá pudiera ahogar a los detractores.

Sí, esto vino de la propia Kerri Strug.

“Te envío mi amor a ti @simonebiles”.

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Para leer esta nota en inglés haga clic aquí


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