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EEUU

Una reflexión cultural sobre el lenguaje del presidente, mientras los críticos vinculan los tiroteos en masa con la retórica del odio

Trump
El presidente Trump habla a los medios.
(Associated Press)

Las palabras ¿pueden matar?

Esa pregunta se trasladó a la espantosa visión de los pasillos de un centro comercial manchados de sangre en El Paso, mientras la ciudad fronteriza lloraba al menos 20 muertos y las autoridades sopesaban cargos por delitos de odio contra un tirador vinculado a un manifiesto furioso, que denuncia una “invasión” de inmigrantes.

Los asesinatos casi inmediatamente intensificaron el debate nacional sobre la retórica divisiva y, a veces, racista del presidente Trump contra las personas de color y particularmente contra los inmigrantes, a quienes también ha comparado con una “invasión”.

Después del tiroteo de El Paso, los críticos del presidente Trump denunciaron su retórica sobre la raza y la inmigración. Los partidarios de Trump dicen que no lo culpen

Más aún, el ataque estimuló el llamamiento a un mayor enfoque de las autoridades sobre un movimiento nacionalista envalentonado y el terrorismo doméstico, que a pesar de ser muy letal en EE.UU, se ve eclipsado en gran medida por los temores sobre el extremismo musulmán.

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Y el tiroteo a nueve personas, en la madrugada del domingo, en un distrito de entretenimiento en Dayton, Ohio, que se produjo sólo unas horas después de los hechos en El Paso, el día anterior, renovó las angustiadas súplicas de más medidas de seguridad contra las armas de fuego, en una nación que antes se había resistido a las restricciones significativas de acceso al armamento de guerra, incluso después de que niños de primaria fueran asesinados en Sandy Hook Elementary.

Sin decir que Donald Trump dirigió el ataque, no será fácil disociar sus posiciones de los motivos del atacante en los lamentables sucesos de El Paso, Texas.

Los desastres gemelos en Texas y Ohio hablaron de diferentes maneras sobre la furia y la polarización que atormentan la política y la formulación de normas estadounidenses, incluso mientras el país se embarca en una temporada electoral amarga, que podría activar la estrategia de Trump de incrementar las divisiones raciales. Sin embargo, aprobar la legislación de control de armas y controlar la retórica divisiva del presidente sigue siendo poco probable.

A raíz del tiroteo en El Paso, los críticos del primer mandatario denunciaron el domingo sus comentarios polémicos acerca de la raza y la inmigración, pero los partidarios del presidente señalaron que era injusto culparlo por inspirar tales ataques. Un importante asistente de Trump, el jefe de gabinete interino de la Casa Blanca, Mick Mulvaney, declaró: “No creo que sea justo responsabilizar por esto al presidente”.

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Entre los demócratas, los aspirantes a la Casa Blanca fueron algunos de los críticos más agudos de las declaraciones pasadas del primer mandatario, afirmando que tenía la responsabilidad moral por fomentar el odio que puede servir de inspiración a los atacantes. Varios senadores demócratas también pidieron al líder de la mayoría, Mitch McConnell (R-Kentucky), que vuelva a convocar a la Cámara, actualmente en receso, para considerar medidas de control de armas.

Algunos argumentaron que un momento como este -y el papel del mandatario en él- trasciende la política y pasa a un ámbito más amplio. “El presidente es una figura cultural, por sobre todo”, afirmó el representante Tim Ryan, un demócrata de Ohio, en Fox News. “Y establece el tono cultural del país”.

Pero queda por ver si Trump cambia su tono, que atrae a su base leal. Otras tormentas políticas acerca de su lenguaje estallaron en un momento, para luego disminuir marcadamente. Después de la manifestación nacionalista blanca letal en Charlottesville, Virginia, Trump fue criticado por establecer una equivalencia moral entre el comportamiento de los neonazis y los que acudieron a protestar contra ellos. Eso hizo poco para cambiar su retórica.

Tampoco está claro si la reacción actual contra Trump resultará en deserciones significativas dentro de su partido. El senador Ted Cruz, de Texas, denunció el ataque de El Paso en Twitter como un “acto atroz de terrorismo y supremacía blanca”, pero se negó a implicar al mandatario de alguna manera. Los candidatos presidenciales demócratas, por el contrario, lo castigaron por alentar a los supremacistas blancos con declaraciones que se remontan a los primeros días de su campaña. Las autoridades de Texas estaban analizando si el presunto tirador en El Paso era el autor de una diatriba antiinmigratoria publicada en línea poco antes de los disparos.

El senador Cory Booker, un demócrata de Nueva Jersey que busca la nominación 2020 de su partido, declaró en CNN: “Quiero decir con más claridad moral que Donald Trump es responsable de esto. Es el causante porque aviva los miedos, el odio y la intolerancia”.

El contendiente presidencial Pete Buttigieg citó informes “de que el tirador de ayer tenía como objetivo el matar a la mayor cantidad posible de mexicanos”. Hablando en CNN el domingo, señaló: “No hay que usar mucho la imaginación para unir los puntos aquí. Está muy claro que este tipo de legitimación viene desde lo alto. Y si eso no fuera cierto, el presidente actuaría y hablaría de manera muy diferente a cómo lo está haciendo en este momento”.

A Beto O’Rourke, otro aspirante presidencial cuya ciudad natal es El Paso, se le preguntó en “State of the Union”, de CNN, si cree que Trump es un nacionalista blanco. Sin rodeos, respondió: “Sí, creo que sí”.

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O’Rourke fue rápidamente criticado por la presidente del Comité Nacional Republicano, Ronna McDaniel, quien lo acusó de intentar ganar puntos políticos. “Una tragedia como esta no es una oportunidad para reiniciar su fallida campaña presidencial”, tuiteó.

El ex alcalde de San Antonio, Julián Castro, otro texano que se postula para presidente, mencionó la necesidad de abordar la “supremacía blanca tóxica que se está gestando en el país” y dijo que los funcionarios electos del partido republicano deben “desafiar” la retórica divisiva del presidente. “Si hubiera sido alguien de fe musulmana quien hubiera cometido este tipo de acto, inmediatamente apelarían a esa idea falsa de que -tal como el presidente piensa- tenemos que mantener a todos los musulmanes fuera del país, lo cual es absolutamente ridículo”, remarcó Castro en NBC.

Trump pasó la mayor parte del día, el domingo, refugiado en su propiedad de golf de Nueva Jersey. Desde allí, tuiteó elogios a la policía y expresó su simpatía por las víctimas, pero inicialmente se abstuvo de responder a los críticos. “Dios bendiga a la gente de El Paso. Dios bendiga a la gente de Dayton, Ohio”, escribió en Twitter. Al regresar a Washington, se negó a responder las preguntas de un periodista sobre el papel que su propia retórica podría haber tenido en el ataque.

Los asesores principales del mandatario consideraron que no era razonable vincular las acciones de los atacantes con las palabras del mandatario. “Este es un problema grave, no hay duda al respecto, pero son personas realmente enfermas, y el presidente lo sabe”, afirmó Mulvaney en “This Week”, de ABC. En NBC, agregó: “Culpo a las personas que presionaron el gatillo”.

La consejera de la Casa Blanca, Kellyanne Conway, emitió una declaración que parecía una estrategia para los próximos días, en la cual llamó a la unidad pero vituperó a quienes critican al presidente. “Necesitamos unirnos, Estados Unidos”, tuiteó. “Señalar con el dedo, insultar y gritar ante el teclado es fácil, pero... No resuelve ni un sólo problema, ni salva una sola vida”.

Pero el representante Adam Schiff (D-Burbank), uno de los principales antagonistas de Trump en el Congreso, trazó una línea directa entre las palabras presidenciales y las consecuencias de la vida real, al decir que el “terrorismo supremacista blanco” es un peligro real y presente. “Cuando el presidente y otros líderes usan un lenguaje racista o deshumanizante para describir a los inmigrantes y musulmanes como invasores, los hombres enojados y aislados, que poseen armas, lo están escuchando”, escribió en Twitter. “Y actúan”.

Los tiroteos en Texas y Ohio se produjeron en un contexto polémico sobre los comentarios racistas del mandatario acerca de los legisladores demócratas de color. Hace tres semanas, Trump tuiteó que cuatro legisladoras minoritarias -de las cuales tres nacieron en el país y todas son ciudadanas estadounidenses- debían “regresar” a sus países de origen.

Cuando el representante Elijah E. Cummings, quien es negro, se quejó de los ataques del líder contra las congresistas liberales, Trump criticó al demócrata de Maryland por el nivel de delito y los roedores que hay en su distrito de Baltimore. Luego llamó racista a Cummings, quien es un veterano impulsor de los derechos civiles.

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El ataque de El Paso movilizó a algunos críticos para hacer circular un video de hace tres meses, donde en un mitin en Panama City Beach, en el Panhandle de Florida, el presidente reflexionó en voz alta sobre cómo evitar que los migrantes crucen la frontera sur.

"¡Dispárenles!”, gritó alguien en la audiencia, atrayendo vítores de la multitud. Trump sonrió y sacudió la cabeza. “Sólo en el Panhandle puedes decir eso y salirte con la tuya”, le respondió.

Como en tiroteos de masas anteriores, los ataques en Texas y Ohio pusieron en primer plano el problema del control de armas. El senador Bernie Sanders (I-Vermont), quien busca la nominación presidencial demócrata, exigió en Twitter a McConnell que pidiera “inmediatamente” al Senado que vuelva a sesionar para tomar una medida de seguridad contra las armas. El senador demócrata Sherrod Brown, de Ohio, quien renunció a una candidatura presidencial a principios de este verano, se hizo eco de ese pedido.

La alcaldesa demócrata de Dayton, Nan Whaley, calificó las muertes en su ciudad como “completamente prevenibles”. En una entrevista telefónica con “Meet the Press”, de NBC, planteó una pregunta directa a los funcionarios electos en Washington. “Somos la ciudad número 250", dijo. "¿Cuántas urbes más tienen que pasar por tiroteos de masas antes de que alguien haga algo para cambiar las normas?”.

Otros presionaron por una mayor prioridad por parte de las fuerzas del orden público sobre el terrorismo interno y el extremismo nacionalista. En mayo último, seis senadores demócratas, tres de ellos candidatos presidenciales, pidieron al procurador general William Barr intensificar la acción, mediante una carta: “Está claro que los supremacistas blancos violentos son la amenaza de terrorismo doméstico más importante que enfrenta nuestra nación hoy”, se destaca en el documento.

Melissa Etehad, reportera de planta de The Times, contribuyó con este artículo desde Los Ángeles.

Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí


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