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El coronavirus ataca las granjas techadas de hongos

Jose Martínez-Cuevas contrajo el COVID-19.
(Columbia Legal Services)

Los brotes de coronavirus afectaron al menos a media docena de granjas de hongos en Washington, Tennessee, Colorado y Pennsylvania, enfermando a muchos trabajadores.

A los 64 años, José Martínez-Cuevas se consideraba afortunado de haber conseguido un trabajo de construcción de $13.50 la hora en enero en una granja de hongos bajo techo.

Entonces llegó el coronavirus.

Los empleados de Ostrom Mushroom Farms en Sunnyside, Washington, comenzaron a enfermarse en abril, y la compañía ha informado que aproximadamente 30 de sus 300 trabajadores han dado positivo desde entonces.

Martínez-Cuevas pasó semanas en casa con COVID-19, jadeando, dolorido y tosiendo con fiebre alta.

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Comenzó a preguntarse: ¿Eran los cuartos de cultivo largos y estrechos -donde ensamblaba estantes de aluminio que contenían hongos para que los trabajadores los recogieran pasando unos al lado de otros en carritos- un entorno privilegiado para la transmisión del virus?

“Esa es una pregunta importante”, dijo. “Ahora hay mucho miedo entre los trabajadores por el COVID”.

Los brotes afectaron al menos a media docena de otras instalaciones de hongos en Tennessee, Colorado y Pensilvania, enfermando a decenas de trabajadores.

“Fue devastador durante unas pocas semanas”, dijo Teresa Harrill, directora del departamento de salud en el condado de Loudon, Tennessee, donde el virus infectó al menos a 80 de los 600 trabajadores de una planta.

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La demanda estadounidense de hongos, apreciada por ser baja en grasas y alta en proteínas y fibra, se ha disparado en los últimos años, con ventas de $1.850 millones en 2018.

A diferencia de la mayoría de los productos, los hongos se cultivan en interiores, el mismo lugar donde las investigaciones indican cada vez más que el coronavirus es mayormente propenso a propagarse.

Hongos Ostrom a la venta en un supermercado de Seattle.
(Richard Read / Los Angeles Times)

En una carrera para alcanzar a los competidores en el extranjero, los productores estadounidenses han estado erigiendo instalaciones cada vez más grandes y automatizadas, incluida la planta de $40 millones que Martínez-Cuevas ayudó a construir en el centro de Washington.

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La operación comenzó en abril y en agosto estaba produciendo 150.000 libras de portobellos, creminis y botones blancos a la semana en ocho de sus 48 cuartos de cultivo, cada uno de 140 pies de largo.

“Esa instalación puede ser de vanguardia para el cultivo de hongos, pero no se ha desarrollado teniendo en cuenta la seguridad de los trabajadores en una pandemia mundial”, dijo Elizabeth Strater, organizadora de United Farm Workers.

Los ejecutivos de la industria destacaron que las instalaciones cuentan con sistemas de ventilación avanzados que hacen circular aire filtrado en los cuartos de cultivo y que los trabajadores usan guantes, batas y redecillas para el cabello y caminan por baños para pies llenos de desinfectante.

“Nuestro entorno es uno de los más seguros para trabajar”, dijo David Knudsen, presidente y director ejecutivo de Ostrom. “El saneamiento y la higiene son un gran problema en una granja de hongos normalmente, y más ahora”.

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Reconoció que los empleados no usaron mascarillas al principio de la pandemia, pero señaló que los funcionarios de salud pública dieron una guía contradictoria, inicialmente aconsejando que los escasos suministros de equipo de protección personal deberían guardarse para los trabajadores de la salud.

Bruce Knobeloch, vicepresidente de marketing y desarrollo de productos de Monterey Mushrooms Inc., propietaria de las instalaciones de Tennessee, comentó que cerrar las plantas, como lo ha hecho la industria de carnes en respuesta a infecciones masivas, sería injustificado.

“Algunas de estas plantas de carne tienen miles y miles de empleados uno al lado del otro”, señaló. “Las granjas de hongos no son así".

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La empresa, con sede en Watsonville, California, se anuncia como el mayor productor de hongos de América del Norte, con un total de 4.000 trabajadores en nueve granjas en todo el país que producen más de 200 millones de libras al año.

Un funcionario de salud del condado de Loudon dijo que un trabajador de la planta de Tennessee había fallecido, pero Knobeloch aseguró que no tenía conocimiento de la muerte.

Además del brote en Tennessee, aproximadamente 80 trabajadores fueron infectados en una de las otras instalaciones de la empresa, dijo, negándose a identificarla.

Desde entonces, la compañía instaló láminas de plexiglás y plástico, aumentó la desinfección, hacen turnos escalonados y tiempos de descanso e incrementó la comunicación con los trabajadores en inglés y español, después de lo cual las infecciones disminuyeron notablemente, aseguró Knobeloch.

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Las autoridades de salud en el condado de Yakima, que alguna vez tuvo algunas de las tasas de infección más altas en la Costa Oeste, inspeccionaron la planta de Ostrom en Sunnyside después del brote y recomendaron que los trabajadores examinen los síntomas y mejoren el distanciamiento social.

La empresa ha impulsado la higiene, ha exigido que los trabajadores usen mascarillas e implementó controles de temperatura antes de los turnos.

Por separado, en mayo, el Departamento de Trabajo e Industrias de Washington comenzó a investigar a Ostrom después de recibir una queja que alegaba que los trabajadores no usaban guantes para desinfectar el equipo, según un portavoz, quien dijo que no podía comentar más sobre una investigación abierta.

Martínez-Cuevas reconoció que no tenía forma de saber si atrapó el COVID-19 en la finca. “Está en la comunidad. Está en todas partes ", subrayó.

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Después de que dio positivo, también lo hizo su hijo, Emmanuel, de 20 años, que vivía con él. Emmanuel, que estaba desempleado en ese momento y tenía un contagio relativamente leve, se recuperó y encontró trabajo como carpintero.

Martínez-Cuevas dijo que nadie de Ostrom lo contactó durante los dos meses que estuvo enfermo y sin poder trabajar, mientras que amigos y familiares lo llamaban todos los días.

“Hubo momentos en los que pensé, ‘Dios mío, este es el final’”, reveló. “Nunca había estado tan enfermo en mi vida”.

En todo momento estuvo luchando para pagar su hipoteca y otras facturas, llamando a los acreedores y pidiéndoles que esperaran. Al final, Ostrom le pagó por dos semanas del tiempo que estuvo libre, dijo.

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A fines de junio, regresó a trabajar en la planta después de que un médico le informó a la empresa que estaba listo. Labora turnos de hasta 13 horas, seis días a la semana.

“No necesariamente quería volver, pero necesito el trabajo”, dijo. “Me pregunto si existe el riesgo de enfermarme de nuevo”.

Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí.


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