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EEUU

En la era Trump, los resentidos son la norma, mientras que la gracia del estilo Bush es cada vez más inusual

perdedores

Los expresidentes Bill Clinton (izquierda) y George H.W. Bush, en una conferencia de prensa donde hablaron sobre el dinero recaudado para las víctimas del huracán Karina, el 7 de diciembre de 2005 (Chitose Suzuki / Associated Press).

(Associated Press)

No todos los candidatos que perdieron en la elección de noviembre lanzaron una rabieta, hablaron de fraude o se negaron a reconocer la derrota.

Pero lo hicieron los suficientes como para que llegáramos a la conclusión de que la mezquindad del presidente Trump y su falta de deportividad se han convertido tanto en una táctica de campaña actual como en un defecto de carácter.

En California, los republicanos acusaron a los demócratas de robar escaños “a posteriori”, cuando miles de votos aún no habían sido contados aún. O de participar en un “juego sucio”, cuando sus márgenes en la noche de la elección comenzaban a disminuir, o desaparecían a medida que se contabilizaban las miles de boletas enviadas por correo.

En días pasados, el líder republicano saliente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, quien alguna vez fue aclamado como un gigante intelectual de su partido, profesó no entender la aritmética más básica cuando planteó preguntas sobre el lento conteo de votos de California. “Creo que es raro”, dijo, como un adolescente. “California: su sistema es extraño; francamente, todavía no lo entiendo”.

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El representante de Central Valley, Jeff Denham, quien perdió ante el demócrata Josh Harder, declaró en MSNBC que era “estadísticamente imposible” que tantos republicanos de California lideraran en la noche de las elecciones, pero perdieran después del conteo de todas las boletas. Excepto que eso fue lo que realmente sucedió, por lo cual es estadísticamente imposible que Denham entienda qué significa “estadísticamente imposible”.

De todos modos, como bien sabe Denham, la razón por la que los demócratas se adelantaron en el conteo fue que las boletas enviadas por correo deben tener sello postal de hasta el día de la elección, y recibirse hasta el viernes después de los comicios. Los republicanos que votan por correo generalmente lo hacen temprano; los demócratas tienden a hacerlo más tarde, lo cual significa que las boletas posteriores favorecen a los demócratas.

En medio de todas la frustración y el rechazo, casi pareció una sincronización providencial que el expresidente George H.W. Bush muriera, el 30 de noviembre, a los 94 años de edad. Qué contraste fue su carrera con la actitud defensiva y egoísta que vemos en estos días.

Él era un hombre que había sufrido una de las derrotas más humillantes de la historia presidencial, cuando perdió ante Bill Clinton, en 1992, después de un mandato. En su discurso de concesión, Bush no se quejó de perder, no acusó a su oponente de mala fe. No dijo nada que menoscabara los resultados de las elecciones en la mente de los votantes.

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Felicitó a Clinton y le dio las gracias. “Hay un trabajo importante por hacer, y Estados Unidos siempre debe ser lo primero”, dijo Bush. “Así que vamos a apoyar a este nuevo presidente y a desearle lo mejor”. Y entonces, se hizo rápido amigo de Clinton.

O pensemos en el fallecido senador John McCain, cuya concesión a Barack Obama en 2008 fue tan hermosa, que siento escalofríos hasta el día de hoy. “Hace un siglo, la invitación del presidente Theodore Roosevelt a Booker T. Washington a visitar, a cenar en la Casa Blanca, fue tomada con indignación en muchos sectores”, afirmó McCain. “Estados Unidos hoy es un mundo alejado de la intolerancia cruel y orgullosa de ese tiempo. No hay mejor evidencia de esto que la elección de un afroamericano para la presidencia del país. Que no haya ninguna razón para que ningún estadounidense deje de valorar su ciudadanía en ésta, la mejor nación de la Tierra”.

E incluso después de una ardiente e inesperada derrota, Hillary Clinton estuvo a la altura de las circunstancias.

“Donald Trump va a ser nuestro presidente”, expresó. “Le debemos una mente abierta y la oportunidad de liderar”.

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Aunque muchos de los quejidos provinieron de los republicanos que perdieron, muchos concedieron amablemente.

Algunos incluso lograron el buen truco de acusar a los demócratas de fraude (en recaudaciones de fondos) y felicitar a su oponente después del recuento.

El representante republicano Steve Knight, de Palmdale, concedió su derrota ante la novata política demócrata Katie Hill, sin siquiera un asomo sobre la falta de decoro electoral. “Nuestro proceso de votación es parte integral de nuestra identidad como sociedad libre y justa”, afirmó Knight, “y los votantes han hablado”.

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En Arizona, la candidata republicana al Senado de Estados Unidos Martha McSally concedió gentilmente la derrota una semana después del día de las elecciones a su rival demócrata, Kyrsten Sinema.

La pérdida fue intolerable para Trump, que trató de inyectar una nota de discordia. “Recién dado a conocer”, tuiteó. “En Arizona, las firmas no coinciden. Corrupción electoral: ¿Convocatoria para una nueva elección? ¡Debemos proteger nuestra democracia!”

En Wisconsin, donde el gobernador republicano Scott Walker perdió una posible reelección ante el rival demócrata Tony Evers, la Legislatura, dominada por los republicanos, hizo algo más que lamentarse por el resultado.

En una sesión del Congreso saliente que fue ampliamente criticada por los guardianes de la buena gobernanza, los legisladores de Wisconsin propusieron cambios radicales que reducirían el poder tanto del gobernador como del procurador general (¿mencioné que el fiscal general entrante también es un demócrata?).

Entre los efectos que tendrían los cambios, estaría el impedir que el nuevo gobernador y el procurador general cumplan su promesa de campaña de retirar a Wisconsin de una demanda de varios estados que busca derogar la Ley del Cuidados de Salud Asequibles.

“No creo que sea indignante en absoluto”, afirmó el líder republicano de la mayoría en el Senado, Scott Fitzgerald, a la AP. “Pero estoy preocupado. Creo que el gobernador electo Evers va a imponer una agenda liberal en Wisconsin”.

Probablemente, esa fue la razón por la cual los votantes eligieron a un demócrata, con una agenda liberal, como su nuevo gobernador.

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Solo un demócrata, al menos en mi conocimiento, fue acusado de comportarse mal después de las elecciones (dos, si se cuenta al candidato al Senado de Estados Unidos Beto O’Rourke, de Texas, quien fue criticado por lanzar exuberantemente un insulto en su discurso de concesión al senador republicano Ted Cruz).

El conservador Weekly Standard acusó a la demócrata Stacey Abrams, de Georgia, quien habría sido la primera gobernadora afroamericana de Estados Unidos, de dar “el discurso de concesión más desagradable y egoísta que podamos recordar”.

La alocución fue inusual, por cierto. Pero estuvo enraizada en hechos, no en el resentimiento.

“Este no es un discurso de concesión”, afirmó Abrams. Creo que fue una mala elección de palabras, ya que la candidata reconoció que su rival republicano, el secretario de Estado de Georgia, Brian Kemp, había obtenido la mayoría de los votos, lo cual lo convirtió en el próximo gobernador.

Pero no considero que lo que dijo a continuación haya sido mezquino.

La elección, afirmó Abrams, había revelado fallas en el sistema electoral del estado, que fueron creadas o explotadas por los republicanos para poner en desventaja a los votantes negros.

“Los partidarios y los superpartidarios escucharán mis palabras como un rechazo del orden normal”, expresó. “Se supone que debo decir cosas bonitas y aceptar mi destino... Como líder, debería ser estoica en la indignación y silenciosa en mi reproche. Pero el estoicismo es un lujo y el silencio es un arma para quienes callan las voces de la gente, y no lo concederé porque erosionar nuestra democracia no está bien”.

A diferencia de la falsa Comisión de Fraude Electoral del presidente, que desperdició el dinero de los contribuyentes antes de disolverse por falta de pruebas, la causa de Abrams es justa. Georgia ha dificultado sistemáticamente que la gente vote.

Se puede ser amable en la derrota.

O se puede inventar historias sobre por qué uno perdió.

O se puede hacer lo que hizo Abrams: avanzar, no con ira, sino con la determinación de corregir aquellos errores sistémicos que te han hundido.

Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí.


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