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EEUU

Una batalla final: traer los restos de su mejor amigo a casa desde Vietnam

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Rubén y Emily Valencia visitan la tumba donde enterraron a Raúl Guerra, el mejor amigo de Valencia, en el Rose Hills Memorial Park en Whittier el 25 de abril (Dania Maxwell/Los Angeles Times).

(Los Angeles Times)

Cuando eran niños, Rubén y Raúl pensaron que tenían todo resuelto en su vida.

Crecerían y vivirían a sólo unos minutos de distancia uno del otro, serían los padrinos en sus bodas y de sus hijos. Se sentarían uno al lado del otro en el estadio de los Dodgers, y serían dos ancianos viendo un mar azul.

Los amigos nunca imaginaron que después de la preparatoria ambos serían enviados a Vietnam, pero sólo uno regresaría.

La pérdida fue tan dolorosa que durante 40 años Rubén Valencia apenas podía pronunciar el nombre de Raúl Guerra.

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“Me guardé todo sobre él”, dijo Rubén, que ahora tiene 74 años.

Pero el pasado sólo puede permanecer enterrado durante cierto tiempo. En 2005, los restos de Raúl, que habían desaparecido desde que su avión fue derribado en 1967, fueron recuperados y trasladados a Hawaii. El plan era mantenerlos allí hasta que los funcionarios de Estados Unidos localizaran a su familia.

Sin embargo, su familia, no estaba en ninguna parte.

Así que Rubén emprendió una búsqueda por 12 años, decidido a traer a su amigo a casa. El viaje lo sacudiría. Le enseñaría cosas sobre Raúl que probablemente nadie sabía, y al final, acercaría más que nunca a los dos amigos.

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Una fotografía enmarcada de Raúl Guerra, a la izquierda, como el padrino de Rubén Valencia, a la derecha, el día de su boda. (Dania Maxwell / Los Angeles Times)

(Los Angeles Times)

Rubén recuerda el día en que Raul entró como un niño recién llegado a su clase de quinto grado. Era flaco y tímido, con una espesa cabellera.

La Sra. Talbert lo trajo. “Raul”, dijo ella, “este es Rubén. Él te mostrará todo y será tu amigo”.

A partir de ese día, los chicos fueron inseparables. Eran dos hijos criados por dos madres solteras en la frontera de East LA y Montebello.

Irían a la famosa tienda de sándwiches de Chroni después de la escuela y compartirían el dólar que tenían para comprar ‘chili dogs’ y hamburguesas. Caminarían a misa todos los domingos y pasarían horas viendo sus colecciones de tarjetas de béisbol.

“Nuestras madres trabajaban todo el tiempo”, dijo Rubén. “Así que nosotros dos, nos ayudamos el uno al otro”.

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Rubén Valencia en el Monumento de la Guerra de Vietnam en el Rose Hills Memorial Park. (Dania Maxwell / Los Angeles Times)

(Los Angeles Times)

Una vez, en la escuela preparatoria, un ‘bully’ retó a Raúl a pelearse con él después de la escuela y los amigos tuvieron que pensar rápido. “Tiene dos hermanos”, dijo Raúl con preocupación, “bueno, me tienes a mi”, le dijo Rubén.

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Rubén, alto y robusto, apareció en el patio esa tarde y mantuvo a los hermanos al margen mientras Raúl y su rival se lanzaban golpes y luego se estrechaban las manos.

Después de graduarse, los dos trataron de planificar su futuro. Raúl fue a East LA College para estudiar periodismo deportivo, Rubén se casó y buscó un trabajo estable, uno que no requiriera un título.

Pero la guerra de Vietnam estaba en su apogeo, y en 1965 Rubén fue reclutado por los Marines. Raúl sabía que llegaría su turno, por lo que se inscribió en la Marina.

Los amigos se vieron por última vez en la víspera de Año Nuevo en la fiesta de despedida de Rubén. Raúl estaba preocupado. Dijo: “Me gustaría poder intercambiar lugares contigo”.

“Voy a estar bien”, le dijo Rubén.

En Vietnam, Rubén fue arrojado al combate terrestre en la base de la Monkey Mountain, una colina empinada y escarpada llena de vegetación a la que él y sus compañeros fueron lanzados en helicóptero.

Raúl estaba a millas de distancia a bordo de un barco; un periodista militar que espera su próxima gran historia. Cuando escuchó que un avión de radar se dirigía hacia Monkey Mountain, se unió a la misión.

No sabía entonces que Rubén ya había abandonado Vietnam después de haber sido herido por un artefacto explosivo y que su esposa había dado a luz a un niño. Ese verano le escribió a Rubén una carta, diciéndole que estaba emocionado de que su vuelo pasara cerca de Monkey Mountain, que acercaría a los amigos, aunque sólo fuera por un momento.

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El día de la misión, el 8 de octubre de 1967, el pequeño avión de Raúl fue derribado y los cinco hombres a bordo murieron. Raúl tenía 24 años.

La noticia llegó a Montebello en unos días. La madre de Raúl, Margaret Guerra, llamó a Rubén. “Por favor, ven,” dijo ella. Los oficiales de la marina estaban en camino.

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Las placas de identificación de Raúl Guerra. (Dania Maxwell / Los Angeles Times)

(Los Angeles Times)

 Esa tarde, los dos lloraron y se cobijaron en los brazos del otro. “No podía creerlo”, dijo Rubén. “Estaba seguro de que estaría bien”.

La tragedia se sintió como un golpe final: después de la guerra, después del estrés postraumático que sufrió al matar y ver cómo mataban a los marines.

Rubén se desmoronó. Comenzó una nueva vida en Pico Rivera, tomó un trabajo como gerente de almacén de distribución de alimentos. Durante los siguientes 40 años, evitó todo lo que tuviera que ver con la guerra y los veteranos. Evitó las fotografías de su boda, cuando Raúl estaba orgulloso a su lado como su padrino. Nunca más volvió a ver ni a hablar con la madre de Raúl.

“Simplemente no podía hacerlo”, dijo.

En 2007, mientras estaba de vacaciones, Rubén encontró una razón para finalmente abrirse.

Recibió una llamada de su hija, Gena Valencia, que acababa de leer el periódico local. “Papá", le dijo ella nerviosa. “Encontraron los restos de Raúl”.

Rubén se quedó estupefacto. No sabía qué decir.

A partir de ese momento, todo en lo que podía pensar era en Raúl. “Era como si me estuviera llamando”, dijo.

Pero reunirse con su amigo no sería fácil.

El Departamento de Defensa de Estados Unidos había cometido un error: no sabían si los restos que encontraron pertenecían a Raúl después de todo.

De vuelta en un laboratorio forense en Hawaii, la investigación aún estaba abierta. El caso de Raúl fue parte de una larga lista de casos no resueltos manejados por el gobierno. Algunos se remontan a la guerra de Corea.

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Marinos de Estados Unidos en el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles. El gobierno de Estados Unidos tardó casi 40 años en recuperar los restos del avión E-1B Tracer que se estrelló, matando a Guerra en 1967. (Dania Maxwell / Los Angeles Times)

(Los Angeles Times)

El caso de Raúl era complicado. Investigadores militares habían llegado, uno tras otro, a un callejón sin salida.

Resultó que Margaret, que había muerto en 1990, no era la madre biológica de Raúl. Los investigadores no pudieron rastrear ningún rastro de una adopción o incluso su certificado de nacimiento de 1942.

“Usted pensaría que desde que se unió al servicio, encontraríamos algún tipo de papeleo, pero no pudimos”, dijo Robert Mavis, analista principal del caso con la Defense POW/MIA Accounting Agency, cuyo deber es recuperar a los militares desaparecidos.

A lo largo de los años, Ruben llamó constantemente a Mavis para obtener actualizaciones. "¿Qué puedo hacer?”, le decía, “tengo que traer a Raúl a casa”.

Desde su casa en Pico Rivera, hizo todo lo posible para desenterrar sus propias pistas. Hizo volantes con la foto de Raúl y los repartió dondequiera que iba, escribió al Pentágono, a la Casa Blanca, al Departamento de Defensa, asistiría a las conferencias nacionales de desaparecidos en acción y vería qué podría aprender de otras familias. Cada vez que un político de alto rango llegaba a la ciudad para los eventos, ponía una carta sobre Raúl en sus manos.

Un par de veces, los funcionarios en Hawaii encontraron parientes lejanos, pero los candidatos no estaban dispuestos a ofrecer voluntariamente su ADN, así que Rubén, con permiso del ejército, los llamaría o conduciría a la puerta de su casa. Un compañero lo rechazó, otro no coincidió genéticamente.

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El pastor Joe Enríquez, a la izquierda, se convirtió en una fuerte presencia espiritual para Rubén Valencia, cuyo mejor amigo murió sirviendo en Vietnam en 1967. Dania Maxwell / Los Angeles Times

(Los Angeles Times)

“Durante mucho tiempo, me di de topes contra la pared”, dijo Ruben. “Sabía que nunca iba a darme por vencido”.

Con el tiempo, un pequeño pero dedicado grupo de amigos, veteranos y ex compañeros de clase se unieron a su cruzada. Eso incluía a la joven que Raúl había pedido casarse con él antes de ir a la guerra. Se llamaron a sí mismos el Comité para traer a casa a Raúl Guerra.

En 2016, el grupo estaba tan seguro de que su marinero regresaría a casa que comenzaron a preparar su funeral. Contrataron una funeraria y consiguieron un terreno para enterrarlo.

Con la ayuda de Mavis, Rubén finalmente localizó a un sobrino lejano de Margaret, Todd, que era el pariente más cercano de Raúl. El hombre estaba tan conmovido por la historia de Rubén que le dio la custodia de los restos. Rubén estaba extasiado, fue a la corte y consiguió que un juez firmara el acuerdo.

Estaba seguro de que eso despejaría el camino con Mavis. Pero un tiempo después le dijeron que Raúl no iba a volver a casa.

Los investigadores habían decidido cambiar de rumbo.

Ese año, el gobierno llevó el caso a los mejores expertos en genealogía en Utah. Usando la última tecnología, los investigadores de Brigham Young University lograron un gran avance.

Rastrearon el nacimiento de Raúl hasta un lugar fuera de Estados Unidos -200 millas al sur en Ensenada, México.

Encontraron que Raúl fue un bebé nacido fuera del matrimonio de una mujer con raíces latinas. Margaret, quien era armenia, en realidad era prima del padre biológico de Raúl.

Nadie sabe cómo Raul se fue a vivir con Margaret, pero en la década de 1950, los documentos muestran que ella llevó al niño al otro lado de la frontera hacia el sur de California.

A fines del año pasado, los funcionarios utilizaron estas pistas para localizar a tres presuntos parientes más del lado del padre de Raúl: una media hermana y dos medios sobrinos.

Los investigadores querían su ADN, pero tenían problemas para conectarse con la familia.

Rubén se ofreció a visitarlos, esta vez con un senador estatal a su lado.

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Miembros de la Marina de Estados Unidos saludan el ataúd de Raúl Guerra cuando llega al Aeropuerto Internacional de Los Ángeles el 23 de abril. (Dania Maxwell / Los Angeles Times)

(Los Angeles Times)

El senador Bob Archuleta (D-Pico Rivera), un veterano con vastos contactos, escuchó sobre la historia de Rubén y quiso ayudar. Llamó a Hawaii y llegó a un acuerdo con los funcionarios:

Si él iba con Rubén a visitar a esos parientes y todos ellos decidían apartarse, se le daría la custodia de los restos de Raúl a Rubén.

A finales del año pasado, un domingo, los dos hombres salieron a tocar puertas. Tenían tres direcciones, todas a 20 minutos una de la otra.

En la primera y la segunda casa, desde la puerta, los hombres les dijeron que no querían involucrarse con el caso de Raúl.

En la tercera casa, una mujer mayor le dijo a Rubén que recordaba haber visitado, una vez, a una pariente llamada Margaret en México cuando era niña y haber visto a un niño pequeño allí, tal vez de 2 o 3 años.

Ella le dijo a Rubén que no quería ser responsable de los restos, pero le deseaba lo mejor.

Esa tarde, Rubén finalmente consiguió aquello por lo que había luchado: los tres familiares se habían apartado y ahora tenía luz verde para llevar a su amigo a casa.

Sin embargo, mientras manejaba de regreso no sentía alivio ni alegría. Se sintió desconcertado por la fría respuesta de la familia.

Pensó en su infancia con Raúl. Los dos nunca hablaron de sus padres desaparecidos. Rubén solía decirles a todos: “mi papá murió en la guerra”. Sabía que eso no era cierto, pero la verdadera historia era demasiado dolorosa. Su padre lo había abandonado después de tener un romance con su madre.

Raúl le decía a la gente todo el tiempo: “mi papá murió en México”. Rubén asumió que su amigo estaba diciendo la verdad.

Él nunca lo sabría, ese domingo, cuando se dirigía a casa con esa herida de rechazo, se sintió cerca de su amigo, más cerca que nunca.

“Lo aprecié mucho”, dijo.

En una mañana reciente, el padre de dos hijos se acomodó en una silla en su comedor, sonrió y miró con gusto.

Frente a él, repartido cuidadosamente sobre la mesa estaba todo lo que alguna vez había intentado dejar atrás durante tanto tiempo: fotografías de Raúl, sus anuarios de la escuela, certificados y recortes de noticias de los logros periodísticos de Raul.

Mantiene la única fotografía que posee de ambos, la del día de su boda, la colocó encima de la repisa de su chimenea, junto a su Corazón Púrpura.

"Él siempre me entendió", dijo Rubén, “todas las cosas que nunca le conté a otras personas, él lo sabía y lo entendía”.

En esta etapa de la vida, siente algo de paz, aunque todavía lucha por contar toda la historia, pero las emociones lo abruman. El día del funeral en Rose Hills Memorial Park, el 25 de abril, su hija Gena habló en su nombre.

Fue un servicio como Rubén imaginó, con una gran multitud y todos los honores militares. Había seis guardias de honor, un caballo blanco, un saludo con armas y la liberación de palomas.

Días después, Rubén comenzó su propio ritual en el cementerio. Está ubicado tan cerca de su casa que puede verlo desde la ventana de su sala.

Tomó su silla de jardín y su almuerzo y se sentó debajo del olmo chino, a pocos centímetros de la tumba de Raúl.

Él y su amigo, tenían mucho que contarse para ponerse al día.

 Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí


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