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Internacional

Aumenta la crisis en Bolivia, mientras que el expresidente se refugia en México y dimiten sus posibles sucesores

A celebration erupts in the streets of Santa Cruz, Bolivia, after the resignation of President Evo Morales on Nov. 10, 2019.
Una celebración estalla en las calles de Santa Cruz, Bolivia, después de la renuncia del presidente Evo Morales, el 10 de noviembre de 2019.
(AFP/Getty Images)

Bolivia entra repentinamente en una era de incertidumbre política con la dimisión de Evo Morales tras un impulso militar y semanas de protestas masivas.

CIUDAD DE MÉXICO — Fue el último de los llamados líderes izquierdistas de la ‘marea rosa’ que llegaron al poder en América Latina hace más de una década.

Como presidente de Bolivia, Evo Morales supervisó el rápido crecimiento económico y la expansión de la clase media en una nación ubicada durante mucho tiempo entre las más pobres de la región, incluso cuando los críticos atacaban lo que consideraron sus tendencias autoritarias.

Estados Unidos, mientras tanto, se enfureció con su retórica antiestadounidense y sus alianzas con otros líderes socialistas del continente.

Su renuncia, el domingo, reavivó el debate sobre su liderazgo, y dejó a Bolivia en crisis y sin un jefe de Estado, ya que todos sus sucesores designados constitucionalmente también renunciaron.

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El gobierno de México afirmó el lunes por la noche que le había ofrecido asilo político a Morales, y que este ya se encontraba a bordo de un avión del gobierno mexicano, en ruta desde Bolivia.

“Me duele abandonar el país por razones políticas, pero siempre estaré listo”, escribió Morales en Twitter. “Pronto volveré con más fuerza y ​​energía”.

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Morales, quien fue elegido como primer presidente indígena de su país, en 2006, dimitió cuando el jefe del ejército boliviano le pidió la renuncia, después de semanas de protestas masivas sobre una elección que, según sus críticos, fue manipulada para darle un cuarto mandato.

El exlíder ya había aceptado una nueva votación, después de que un equipo de la Organización de Estados Americanos (OEA) encontró irregularidades generalizadas en las elecciones del 20 de octubre pasado. Pero Morales insistió en que fue víctima de poderosas fuerzas aliadas contra sus políticas socialistas.

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La Asamblea Legislativa de Bolivia planeaba realizar una sesión extraordinaria, el martes, para discutir la crisis política que afecta a la nación andina sin litoral, de 11 millones de habitantes.

En las calles de La Paz, la capital boliviana, multitudes de jubilosos enemigos de Morales hicieron estallar petardos y bloquearon las principales carreteras, mientras que sus enfurecidos partidarios incendiaban barricadas para bloquear los accesos al principal aeropuerto del país.

Morales, cuya nación ha vivido numerosos golpes militares, remarcó que su renuncia forzada era parte de ese patrón.

“Intentan culparnos por el caos y la violencia que han provocado”, escribió en Twitter. “Bolivia y el mundo son testigos del golpe”.

El presidente Trump celebró la renuncia y tuiteó el lunes que era “un momento significativo para la democracia en el hemisferio occidental” y una advertencia a otros gobiernos de izquierda en la región. “Estos eventos envían una fuerte señal a los regímenes ilegítimos en Venezuela y Nicaragua, de que la democracia y la voluntad del pueblo siempre prevalecerán”, escribió el primer mandatario estadounidense.

Morales era un admirador declarado del ex líder cubano Fidel Castro y del ex presidente venezolano Hugo Chávez, ambos adversarios de EE.UU.

El líder boliviano llegó al cargo prometiendo ser una “pesadilla” para los responsables políticos en Washington, y con la promesa de desmantelar los esfuerzos antidrogas de Estados Unidos. Bolivia es un importante productor de la hoja de coca, el ingrediente crudo de la cocaína, y Morales supo dirigir la federación de agricultores de coca de la nación.

También se valió de sus humildes orígenes -fue pastor de llamas, cortador de caña de azúcar y trompetista en una banda itinerante- para apelar a una plataforma nacional que sentía un profundo disgusto con el statu quo político, dominado durante mucho tiempo por una elite blanca y de raza mixta, con estrechos vínculos con Estados Unidos y corporaciones multinacionales.

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Sin embargo, como líder, evitó hacer expropiaciones a gran escala -al estilo venezolano- de la propiedad privada y presidió un crecimiento económico constante, en gran parte impulsado por los altos precios de las materias primas. Sin embargo, ese auge ha terminado, lo cual plantea dudas sobre si la nación puede mantener su ascenso económico.

El lunes, Morales llamó a la calma por Twitter. “Le pido a mi gente, con mucho afecto y respeto, que mantenga la paz y no caiga en la violencia de los grupos que buscan destruir el estado de derecho”, escribió. “Estoy haciendo un llamado urgente para resolver cualquier diferencia con el diálogo y el acuerdo”.

México declaró que había otorgado asilo político a Morales después de que él llamara personalmente a Marcelo Ebrard, el secretario de Relaciones Exteriores mexicano, en busca de refugio en ese país. “Una tradición de protección de los solicitantes de asilo ha caracterizado a México durante gran parte de su historia”, aseveró Ebrard en un comunicado.

El domingo, una declaración del jefe del ejército, el general Williams Kaliman, quien pidió a Morales la renuncia “por el bien de nuestra Bolivia”, dejó al presidente con pocas opciones. No queda claro si los militares intentarían llenar el vacío de poder del país, como ha sucedido muchas veces en la historia boliviana.

Carlos Mesa, el líder de la oposición, quien finalizó segundo en la votación del mes pasado, también instó a Morales a retirarse. Pero este mantiene un fuerte apoyo popular, especialmente entre los muchos residentes indígenas de Bolivia, con orígenes en las tierras altas del país. También tiene un sólido seguimiento internacional de la izquierda.

Morales, quien cumplió 60 años el mes pasado, asumió el cargo en una oleada de presidentes de centroizquierda pero generalmente pragmáticos, incluidos los de Brasil, Chile y Argentina. Pero rápidamente, gobiernos conservadores y pro EE.UU reemplazaron a muchos de ellos.

En Washington, un alto funcionario del Departamento de Estado consideró en una conferencia telefónica con periodistas que los bolivianos estaban “defendiendo la Constitución y las prácticas democráticas” que Morales había violado o ignorado.

La administración Trump rechazó calificar la situación como un golpe de estado frente a lo que considera una fuerte evidencia de fraude electoral y ante las dudas sobre si se le debería haber permitido postularse para un cuarto mandato. Los críticos aseguran que Morales armó fuertemente al máximo tribunal del país para que se le permita una nueva postulación, a pesar de un referéndum que había rechazado la idea.

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“El pueblo boliviano simplemente está harto”, remarcó el funcionario, quien se negó a ser nombrado, de acuerdo con las prácticas administrativas. “Han luchado para que se escuche su voz. Piden elecciones que realmente representen la voluntad del pueblo”.

También instó a Bolivia a restablecer el gobierno civil y pasar a una nueva ronda de votación, supervisada por un nuevo tribunal electoral, lo más rápido posible.

McDonnell y Wilkinson informaron desde Ciudad de México y Washington, respectivamente. Los corresponsales especiales Cecilia Sánchez, en Ciudad de México, y Andrés D’Alessandro, en Río de Janeiro, contribuyeron con este informe.

Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí.


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