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El presidente ‘milenio’ de El Salvador tiene un único objetivo: el poder

Salvadoran President Nayib Bukele
El presidente salvadoreño Nayib Bukele.
(Salvador Meléndez / Associated Press)

Días después de liderar un golpe de estado, el presidente de El Salvador subió un video a TikTok de sí mismo, avanzando en un vehículo militar, mientras cientos de soldados lo saludan.

También tiene banda sonora: una canción de reguetón en auge llamada “Bichota”, que en la jerga de algunos de Latinoamérica puede entenderse como “pez gordo”.

El video, irreverente, arraigado en la cultura pop y que proyecta una fuerza descarada, fue visto 2.6 millones de veces y es una jugada clásica de Nayib Bukele, un ex ejecutivo de marketing que ha usado hábilmente las redes sociales y la confianza desenfrenada en sí mismo para convertirse, a los 39 años, en uno de los líderes más populares del mundo.

Desde que asumió el cargo, hace dos años, con el compromiso de luchar contra las pandillas, aplastar la corrupción y acabar con los partidos políticos vetustos del país, los índices de aprobación de Bukele han rondado el 90%, prácticamente algo inaudito en política. Eso se mantuvo estable incluso cuando él desvió su mandato hacia la autocracia, ataca a la prensa y la sociedad civil y ocupó la Asamblea Legislativa nacional con tropas el año pasado, después de que los legisladores se negaran a aprobar un proyecto de ley de gastos contra el crimen.

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Soldiers occupying El Salvador's National Assembly.
En 2020, el presidente Nayib Bukele ordenó a los soldados ocupar la Asamblea Nacional de El Salvador.
(Associated Press)

En febrero, el partido de Bukele arrasó en las elecciones de mitad de mandato. El 1º de mayo, el día en que juramentó la nueva legislatura del país, sus partidarios tomaron medidas para expulsar a los críticos de la Corte Suprema y la procuraduría, una toma de poder ilegal que los politólogos consideraron un “autogolpe”.

La reprimenda internacional fue rápida. Los legisladores estadounidenses amenazaron con poner un alto en la ayuda. Muchos críticos lo consideraron un “dictador de la generación del milenio”. Sin embargo, Bukele se volvió aún más desafiante. “A las voces que nos piden que regresemos al pasado […], los cambios que estamos haciendo son IRREVERSIBLES”, tuiteó al día siguiente de reunirse con el enviado especial de Estados Unidos para Centroamérica, Ricardo Zúñiga.

Bukele ha invocado la soberanía de El Salvador y le ha dicho al mundo que su nación, escenario de una sangrienta guerra por poderes entre Estados Unidos y los partidarios del comunismo en la década de 1980, “no es un protectorado ni una colonia” y que las potencias extranjeras no deben inmiscuirse. Para la gente de su país adoptó un tono típicamente mesiánico; se describe a sí mismo como “un instrumento de Dios” y afirma que El Salvador está comenzando una “nueva historia”.

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“Este es un punto de quiebre entre lo viejo y lo nuevo”, expone una voz en off en un video que Bukele posteó en Instagram el día en que su partido destituyó a los jueces. El clip transmite la sensación esperanzadora de un anuncio de Nike, con imágenes de una bailarina que gira y un chico que surfea en cámara lenta a través de una ola perfecta. “Hoy respiramos un aire diferente”.

President Nayib Bukele with his hands open in front of his face and his eyes cast upward
El presidente Nayib Bukele se considera a sí mismo “un instrumento de Dios”.
(Salvador Melendez / Associated Press)

Pero lo que traerá esa “nueva historia” de Bukele es incierto y, para algunos, desconcertante. América Latina está acostumbrada a los hombres fuertes y los demagogos, sin embargo, Bukele parece ser algo nuevo: un caudillo de la era digital que intenta difundir su política populista en toda la región. Barbudo, con un uniforme de jeans y gorra de béisbol al revés, es tanto un rebelde impenitente como un ubicuo meme.

El mandatario afirma no tener ideología, solo ‘Nuevas Ideas’, el nombre de su partido político. Rechazar tanto el dogma de izquierda como de derecha -que dividió amargamente a El Salvador durante décadas- le valió un amplio apoyo popular. Su imagen cuidadosamente recreada, de hombre de familia virtuoso, con largas publicaciones en Instagram dedicadas a su esposa e hija, lo han hecho más atractivo.

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“Es un enigma”, consideró Fabio Castillo, un partidario de Bukele desde hace mucho tiempo, que rompió lazos públicamente con el gobierno después de la reciente toma de poder, renunciando a una junta asesora encargada de sopesar los cambios a la constitución. “No sé qué tipo de país quiere crear”.

Pero lo que está claro es que Bukele está hambriento de más poder. Purgó a sus críticos en la Corte Suprema, señaló Castillo, para poder aprobar cambios constitucionales que le permitan seguir en el cargo más allá de los cinco años consecutivos permitidos. “Planea seguir gobernando el país durante cuatro décadas”, comentó Castillo.

No muy lejos de la costa del Pacífico, un convoy de camiones avanza por una tosca carretera de montaña, custodiado por jóvenes soldados. En cada casa por la que pasan, se detienen para repartir sacos de aceite de cocina, frijoles y arroz.

El gobierno de Bukele ha estado entregando alimentos a miles de salvadoreños todos los días desde que impuso por primera vez un estricto bloqueo por el coronavirus, el año pasado. También les dio a las familias cheques de $300. Muchos aquí están orgullosos de la respuesta pandémica del gobierno, incluida su rápida distribución de vacunas; una de cada cinco personas están ya inoculadas, en comparación con solo una de cada 50 en el vecino país de Honduras.

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A woman carries packages of food aid while looking down at a child while surrounded by trees.
Magdalena Pérez, que vive cerca de El Cimarrón, en El Salvador, recibe paquetes de ayuda alimentaria; un sello distintivo del mandato del presidente Nayib Bukele.
(Kate Lithicum / Los Angeles Times)

“No tenemos agua. No tenemos carreteras”, remarcó Magdalena Pérez, de 45 años, cuando le entregaron dos sacos frente a su casa de adobe, cerca del pueblo de El Cimarrón. “Ningún otro gobierno ha hecho tanto por nosotros”.

Es la ira contra el sistema político que precedió a Bukele lo que impulsó su ascenso. Cuando terminó la guerra civil, en 1992, los grupos que habían estado combatiendo se transformaron en campos políticos opuestos. Para cuando Bukele fue elegido, en 2019, ambos habían enfrentado importantes escándalos de corrupción y fueron igualmente vilipendiados.

Bukele enfureció a algunos a fines del año pasado cuando, en una visita a El Mozote, una aldea donde más de 900 aldeanos fueron masacrados en 1981, declaró que los acuerdos de paz habían sido “una farsa, una negociación entre dos grupos” que no había logrado beneficios reales para el pueblo salvadoreño. Pero muchos aquí están de acuerdo.

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Su habilidad para apelar a los sentimientos de sus seguidores impulsó sus campañas performativas anticorrupción, que se emiten como reality shows en horario de máxima audiencia, en las que ordena a los funcionarios a través de Twitter que despidan a los empleados acusados de favoritismo o soborno.

“El ministro de Relaciones Exteriores […] tiene la orden de destituir a Dolores Iveth Sánchez”, decía un tuit típico de Bukele en 2019. “Su orden se ejecutará de inmediato, presidente”, le respondió el ministro.

Tales espectáculos teatrales le valieron comparaciones con el ex presidente estadounidense Trump. También su desdén por los medios de comunicación tradicionales. Rara vez responde a las preguntas de los periodistas, y controla su propia narrativa mediante las redes sociales o apariciones con personalidades influyentes en internet.

“Es más interesante hacer una entrevista contigo”, afirmó a principios de este año en el podcast filmado “Luisito comunica”, dirigido por un bloguero mexicano con 32 millones de seguidores en YouTube, y elogió a una nueva era “donde el dueño de la estación de televisión no es el dueño del mundo, donde el dueño del periódico no es dueño de la verdad”.

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“Eres el presidente más genial de todos”, le respondió el influencer, cuya pregunta más difícil para Bukele fue si existe un grupo de WhatsApp de todos los líderes mundiales. “No”, le respondió el mandatario salvadoreño con una sonrisa.

Bukele es un publicista por naturaleza. Trabajó en una empresa de relaciones públicas propiedad de su padre, Armando Bukele, un exitoso hombre de negocios nacido de inmigrantes cristianos palestinos en El Salvador.

La política de Armando Bukele era clara: un converso al Islam que fundó la primera mezquita de El Salvador, era un partidario del movimiento independentista palestino y simpatizaba con las guerrillas de izquierda que luchaban contra las fuerzas armadas respaldadas por Estados Unidos durante la guerra de El Salvador. Su firma de relaciones públicas luego realizó campañas para el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN), el partido político que surgió de los restos del movimiento guerrillero.

Nayib Bukele fue un estudiante mediocre en una preparatoria privada de élite -aunque sus compañeros de estudios lo recuerdan como ansioso por debatir la actualidad- y abandonó la universidad. Pero en la firma de publicidad encontró su vocación.

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Sus estrategias de marketing juvenil para el FMLN impresionaron a los líderes del partido, quienes lo respaldaron en una elección para la alcaldía en un suburbio de la capital llamado Nuevo Cuscatlán. Bukele, quien afirma creer en Dios pero no en la religión, ganó y tuvo un impacto duradero en la ciudad, donde construyó una biblioteca y un centro comunitario modernos.

“Vimos muchos cambios reales”, expresó Jaime Miranda, un repartidor de 33 años que una tarde reciente descansaba en una plaza construida durante el mandato de Bukele.

“Abrió una clínica médica”, agregó uno de sus amigos.

“Dio becas”, señaló otro.

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A los hombres no les preocupaba la reciente toma de poder de Bukele. “Quizá violó algún código o alguna ley”, afirmó Miranda. “Pero para continuar con el desarrollo y el progreso, tuvo que hacerlo. Si es para bien, adelante”, continuó. “Es el mejor presidente que hemos tenido en mi vida”.

Los partidarios de Bukele dicen que ha cumplido otra promesa clave: hizo que la gente se sienta más segura.

Hace cinco años, El Salvador tenía una de las peores tasas de homicidio del mundo, con 103 muertes por cada 100 mil habitantes.

Pastor Pedro González talks with a woman.
El pastor Pedro González, quien dirige una capilla en Ciudad Delgado, El Salvador.
(Kate Lithicum / Los Angeles Times)

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En Ciudad Delgado, un barrio de clase trabajadora en la capital, la gente a veces tenía tanto miedo de caminar por las calles que no acudía a la iglesia, relató Pedro González, un ex pandillero que fundó un ministerio cristiano allí hace 12 años. “Era un infierno”, dijo. “Las pandillas exigían tu identificación; si no eras de su vecindario, te mataban”.

Pero los homicidios han disminuido desde entonces. Bukele afirma haberlos reducido de aproximadamente 50 por cada 100 mil personas en 2018 a solo 20 por cada 100 mil, el año pasado. Incluso hubo días donde no se registró homicidio alguno, cada uno de los cuales Bukele celebra en Instagram.

El mandatario atribuye la caída de los asesinatos a su “plan de control territorial”, una estrategia vaga que incluye medidas enérgicas por parte de la policía y el ejército, pero que nunca explicó por completo.

Para los críticos, la disminución de la violencia tiene menos que ver con una ley y un orden estrictos que con una tregua de pandillas, negociada por el gobierno. “Negar que existe un entendimiento con esos grupos es absurdo”, destacó Celia Medrano, una activista de derechos humanos enfocada en seguridad. “Cualquiera que ingrese a una comunidad para vacunar, fumigar o incluso leer un medidor de agua tiene que llegar a un acuerdo con las pandillas”.

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En septiembre, el sitio de noticias en línea El Faro publicó un informe basado en los registros de visitas a las cárceles que encontró que el gobierno había otorgado beneficios a los líderes de las pandillas a cambio de una reducción en los asesinatos. Bukele negó esas acusaciones e inmediatamente inició una investigación sobre El Faro por lavado de dinero.

Nelson Rauda, un periodista de 29 años oriundo de El Faro, recibió amenazas de muerte de partidarios de Bukele, particularmente después de que un video, en el cual se le ve increpando activamente al presidente en una conferencia de prensa, se volviera viral. No obstante, tiene más miedo de que el gobierno lo detenga por un cargo inventado. Su esposa lleva consigo una lista de lo que debe hacer en caso de que sea detenido.

Rauda comprende a los partidarios de Bukele, muchos de los cuales están necesariamente más interesados en la entrega de alimentos, vacunas y al menos la ilusión de seguridad por parte de su gobierno, que en una promesa abstracta de democracia. "¿Qué es la democracia si no hay comida?”, se preguntó. “¿Cuál es el estado de derecho si vives en un barrio lleno de pandillas?”.

Pero Bukele tiene sus debilidades. Sus gastos desmedidos, por ejemplo, dejaron al país casi quebrado y en riesgo del impago de su deuda, que es el 92% del producto interno bruto.

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También hay denuncias de corrupción dentro de su administración; los ministros de salud y finanzas de Bukele han sido acusados. Si Estados Unidos decide que quiere castigarlo por su toma de poder, podría desviar cientos de millones de dólares de una muy esperada asistencia para frenar la migración de su gobierno hacia la sociedad civil, o apuntar a sus designados con sanciones de visa.

Estados Unidos observa de cerca al mandatario salvadoreño, en parte porque tiene ambiciones más allá de El Salvador. Partidos Nuevas Ideas surgieron también en Guatemala y Honduras en los últimos meses, y Bukele se ha insertado recientemente en la política hondureña donando vacunas COVID-19 directamente a los alcaldes que se oponen al presidente de ese país.

También se está convirtiendo en un amigo cercano de China, que lo cortejó en una visita de estado en 2019 y le prometió a El Salvador 500 millones de dólares en ayuda para proyectos de infraestructura. El embajador de China fue el único diplomático importante en El Salvador que no reprende a Bukele por su purga judicial.

La oficina de Bukele denegó una solicitud de entrevista de The Times, pero su vicepresidente, Félix Ulloa, accedió a reunirse. Ulloa no tiene mucho poder en el gobierno; eso queda en manos de los tres hermanos de Bukele, sus asesores no oficiales pero muy influyentes.

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Ulloa remarcó que no está necesariamente de acuerdo con las tácticas de Bukele, a las cuales calificó de “impactantes”, pero afirmó que tomar el control de los tribunales fue necesario para evitar obstáculos a la agenda del presidente. “Tienes que tener suficiente fuerza para avanzar; de lo contrario, te limitan”, comentó Ulloa. “El desafío ahora es qué se hace con todo ese poder. ¿Lo usarás en beneficio de las personas que te lo otorgaron y que confiaron en ti, o lo utilizarás como otros lo han hecho y caerás en la corrupción, crearás una nueva élite y harás un nuevo grupo de poder?”.

La moneda, señaló otro partidario de Bukele, todavía está en el aire.

Para leer esta nota en inglés haga clic aquí


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