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Opinión

OPINIÓN: Panamá, un país profundamente dividido

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Estudiantes universitarios se reúnen afuera de la Asamblea Nacional para protestar por las reformas constitucionales en la ciudad de Panamá, el miércoles 30 de octubre de 2019. (AP Foto / Arnulfo Franco)
(Arnulfo Franco/AP)

Indi Lucía no puede usar el baño. La última vez que fue al baño de mujeres de un centro comercial, alguien la grabó. En su oficina, sus compañeras la reportaron ante Recursos Humanos. Ella es una mujer trans en Panamá, una nación que hasta el 2008 consideraba la “sodomía” como una falta criminal.

La Ciudad de Panamá se encuentra de cara al Océano Pacífico. Las olas que entran mansas por la bahía rompen contra monumentales rascacielos. Vista desde arriba, se observan docenas de barcos que mantienen el curso hacia el Canal de Panamá. Les tomará menos de un día completar su travesía hacia el Océano Atlántico y llevar sus mercancías al otro lado del mundo.

Este es mi país a los ojos del mundo. Un Canal, un puente entre dos océanos, un punto de tránsito e intercambio de ideas y bienes. Es un país diverso y vibrante. Y también es un sitio de discriminación y prejuicios contra las personas LGBTQ, especialmente las transgénero. En la práctica, son tratados como ciudadanos de segunda categoría. Lo que es peor, la ley hace ojos ciegos ante esta discriminación.

Todo comienza con la Constitución. La carta magna panameña no contempla protección a sus ciudadanos contra discriminación por su identidad u orientación sexual. El Código de la Familia, un documento legal que dicta las disposiciones sobre asuntos familiares, define al matrimonio como la unión entre un hombre y una mujer. Esto significa que el matrimonio entre parejas del mismo sexo es ilegal.

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Un paquete de reformas a la Constitución fue aprobado recientemente por la Asamblea Nacional, el ente legislativo del país. Dentro de las reformas, se aprobó incluir esta definición de matrimonio dentro de la propia Constitución Nacional, alejando aún más a las parejas del mismo sexo del derecho básico de formar una familia.

Las reformas han generado repudio general por parte de la población, no sólo por su carácter homofóbico, sino también por cambios que podrían poner en juego la justicia y la separación de poderes en el país. Por ello, cientos de personas se manifestaron frente a la Asamblea exigiendo entrar.

“Los gais no pueden entrar aquí. Ya nosotros dijimos no al matrimonio gay. Y punto”, fue la respuesta del legislador Jairo Salazar. Periodistas le cuestionaron sobre el derecho de todo panameño a ingresar, a lo que contestó. “Ellos no son panameños, son gais”.

Sus declaraciones generaron rechazo del presidente de la República (miembro del mismo partido político), de activistas, e incluso de la Organización de Naciones Unidas, que emitió un tuit condenando el discurso homofóbico.

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Pero Salazar no está solo. Es la voz de un numeroso y vociferante sector religioso y conservador de la población. Un sector que teme que Panamá siga el ejemplo de países como Colombia, Costa Rica y México, en los cuáles las cortes ya se han pronunciado en favor del matrimonio igualitario. En Panamá hay tres demandas pendientes ante la Corte Suprema de Justicia sobre este tema, cuyo veredicto ha generado mucha anticipación.

Pero antes de pensar siquiera en matrimonio, Indi Lucía necesita poder usar el baño en paz. Ella es una animadora 3D y diseñadora gráfica para La Cáscara, un programa de comedia que busca risas con estereotipos panameños. En el programa, ser gay es un chiste, es ser “loca”, actuar de forma exagerada para que otros se rían.

Cuando empezó a trabajar, Indi Lucía se llamaba Indir. Aún no había empezado a transicionar físicamente, ni a tomar hormonas. Se veía como un hombre. Poco a poco empezó a probar otras cosas. Cambiar su ropa, ponerse aretes, algo de maquillaje discreto. Para sus compañeros de trabajo, se convirtió en un chiste.

Entrar a una sala de reuniones y que se forme silencio absoluto, caminar por los pasillos perseguida por murmullos chismosos a sus espaldas. Sus compañeras de trabajo protestaron en Recursos Humanos porque no querían que usara el baño.

Para Indi Lucía casi no hay protección legal. Las políticas antidiscriminación de personas LGBTQ son dejadas a la discreción de cada empresa privada. Si quisiera poner una queja formal ante el Ministerio de Trabajo, tendría que presentar evidencia detallada para demostrar el odio y la discriminación. Lo más probable es que sería recibida por una funcionaria católica o evangélica devota, quien tendría en sus manos la potestad de decidir si acepta o rechaza el reclamo.

La discriminación pone en peligro diariamente la vida de personas LGBTQ en Panamá. Venus Tejada, líder de la Asociación Panameña de Personas Trans ha reportado testimonios de agentes policiales rociando gas pimienta en el rostro de mujeres trans en las calles. Según el manual interno de la Policía Nacional, ser homosexual es una “ofensa grave” y causal de despido inmediato.

Si los encargados de velar por tu seguridad consideran tu existencia una “ofensa grave”, ¿a quién puedes acudir si sientes que tu vida está en peligro?

Indi Lucía ha sido acosada en autobuses de transporte público. Un conductor de Uber directamente le dijo que quería acostarse con ella para cumplir una fantasía sexual. Esta semana, un policía la detuvo frente a su apartamento. Ella hizo todo por no mostrarle su identificación personal. A pesar de haber logrado tras muchos años cambiar su nombre de uso, en el renglón de Sexo sigue apareciendo “masculino”. Frente a su apartamento, temía que si mostraba su cédula podría ser detenida o abusada por un policía.

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Como Indi Lucía hay muchas personas. Ella es una panameña, hija de su madre, amiga de sus amigos, una profesional trabajadora que paga impuestos y cada día hace de Panamá un país más rico y maravilloso. Un puente que conecta mundos, y ojalá corazones. Ella se merece algo mejor.

* Adolfo Berrios Riaño es un periodista panameño que trabaja en temas de Derechos Humanos en Panamá.


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