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El pobre historial de EE.UU para hacer frente al COVID-19 refleja el estancamiento de los fondos para la ciencia

El Gran Colisionador de Hadrones europeo, un símbolo del retiro de Estados Unidos de la investigación básica.
(CERN)

América ha estado renunciando a su liderazgo en la ciencia básica, como muestra el coronavirus

Entre las muchas formas en que la crisis del coronavirus ha expuesto el declive de Estados Unidos como líder mundial, una que no recibió suficiente atención fue la cuesta abajo del gobierno federal como partidario de la investigación científica.

Las consecuencias pueden verse de varias maneras diferentes. Una ciertamente es el colapso de la infraestructura de salud estadounidense frente a un desafío que podría haberse enfrentado con más facilidad, incluso con un liderazgo tecnológico federal mínimamente competente.

Otra es la responsabilidad del gobierno de ceder la investigación básica al sector privado, al que no le gusta hacer buena parte de ella. También influye la politización de la ciencia, que socava la investigación institucional y agota los programas gubernamentales de investigadores talentosos.

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El tema de la preparación científica de Estados Unidos ha recibido cierta atención últimamente, en el contexto de la pandemia.

Para el economista conservador Alex Tabarrok, “La falta de inversión en combatir el virus con la ciencia es tremendo” y “un ejemplo sorprendente de nuestra incapacidad para construir” (a Tabarrok le preocupa que el país gaste demasiado en defensa y “bienestar” -es decir, en Seguridad Social, Medicare y Medicaid- y no lo suficiente en “innovación”). El financista experto en capitales de riesgo Marc Andreessen señala una ausencia “petulante” de deseo de invertir en educación, vivienda y otros bienes públicos.

Wuhan, la ciudad china donde el coronavirus fue detectado por primera vez, ha dado de alta a sus últimos pacientes de COVID-19 del hospital.

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Es justo decir que un mayor gasto en investigación básica no necesariamente habría producido una respuesta más efectiva a la pandemia, ya que el virus es nuevo y muchos de sus aspectos aún confunden a los investigadores.

Además, el sector privado se ha reenergizado para investigar y, si lo considera justificado, fabricar tratamientos o una vacuna contra la enfermedad. Si eso sucede, el poder de la fabricación farmacéutica estadounidense podría aparecer.

Kevin Drum, de Mother Jones, quien nos refirió al análisis de Tabarrok, observa acertadamente que el culpable de la implementación patéticamente lenta de las pruebas de COVID-19 en Estados Unidos no fue la falta de investigación y desarrollo científicos, sino el gasto en infraestructura y tecnología: “Es vergonzoso que hayamos tardado tanto en implementar esto, pero en realidad no está relacionado con la investigación y el desarrollo (I+D)”.

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Tiene razón en eso, pero la concentración de la nación en la “D” de esa fórmula no está completamente relacionada con su enfoque en la “I”. El registro muestra que el gobierno de Estados Unidos ha sido cada vez más indiferente, incluso hostil, al gasto en investigación científica básica, la semilla del posible desarrollo de tratamientos y de una cura para el COVID-19.

La tendencia se remonta a décadas, pero ciertamente ha cobrado fuerza durante el mandato de Trump, quien sistemáticamente despojó a las agencias federales de su autoridad científica y, durante la crisis actual, parece haber prestado poca atención al consejo científico que se le ha dado.

El gasto estadounidense en ciencia ha disminuido como parte del presupuesto federal durante más de medio siglo.
El gasto estadounidense en ciencia ha disminuido como parte del presupuesto federal durante más de medio siglo.
(MIT)
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Las políticas antiinmigrantes de Trump también amenazan con ahogar una de las ventajas tradicionales de la ciencia estadounidense, que es su receptividad hacia los estudiantes y científicos del extranjero.

En los últimos días, según Politico, la administración cortó los fondos para un proyecto apoyado por los Institutos Nacionales de Salud (NIH) que estudia cómo los coronavirus pasan de los murciélagos a los humanos, tal como aparentemente ocurrió con el virus responsable de la pandemia actual. El proyecto involucró la colaboración con un científico establecido en Wuhan, China, la ciudad donde se originó la pandemia.

Como hemos informado, desde al menos en el 2000, los científicos se han preocupado cada vez más por “un creciente déficit de innovación en Estados Unidos”, tal como lo expresó un informe de 2015 del MIT.

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El documento enumeró cuatro avances científicos emblemáticos del año anterior: la primera nave espacial que aterrizó en un cometa; el descubrimiento del bosón de Higgs, una nueva partícula fundamental; el desarrollo de la supercomputadora más rápida del mundo, y una nueva investigación en biología vegetal que apunta a nuevas formas de satisfacer las necesidades alimenticias mundiales.

Luego vino el remate clave: ninguno fue un logro liderado por Estados Unidos. Los dos primeros fueron productos de consorcios liderados por Europa, y el crédito para los dos últimos perteneció a los chinos, lo cual “refleja el surgimiento de esa nación como un poder de la ciencia y la tecnología”.

El informe atribuyó la ausencia de liderazgo estadounidense en estas innovaciones, en parte, “a la disminución de la inversión pública en investigación”. En un reporte de seguimiento dado a conocer un año después, especialistas de una docena de instituciones de investigación superiores examinaron resultados tangibles de la ciencia básica, incluida una vacuna contra el Ébola y una demostración práctica del principio subyacente de la computación cuántica y las comunicaciones cuánticas ultraseguras.

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“Cada vez más, a medida que la inversión científica estadounidense se estanca, algunos de estos avances, tanto en investigación fundamental como en aplicaciones prácticas, se producen fuera de ese país”, informaron los investigadores.

El documento del MIT señaló que un campo específico en el cual la investigación básica era insuficiente se trataba de la lucha contra las enfermedades infecciosas. En 2015, los autores se centraron en el Ébola, la enfermedad viral más peligrosa de la época, pero sus conclusiones podrían aplicarse hoy casi tan bien al COVID-19.

El problema, sugirieron los autores, era una excesiva dependencia de “investigación financiada con fondos privados en compañías farmacéuticas y de biotecnología”. El sector privado tuvo éxito al diseñar “medicamentos, pruebas y procedimientos necesarios para combatir las enfermedades del mundo desarrollado”, pero “las prioridades e incentivos existentes no son suficientes para prepararse para las enfermedades que aparecen por el paso de animales a humanos, en partes empobrecidas del mundo en desarrollo”.

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Crear drogas y pruebas para enfermedades conocidas es investigación aplicada. Pero “si queremos estar preparados para la próxima epidemia viral, necesitamos invertir en investigación básica, de modo de poder caracterizar y comprender todos los virus conocidos con el potencial de ser altamente infecciosos”, advertía el informe del MIT. Sus palabras reverberan con fuerza hoy.

Como las empresas comerciales privadas rara vez invierten en investigación que no pueden vincular de manera confiable con sus negocios principales, corresponde al sector público financiar la investigación básica, por la misma razón por la cual el gobierno realizó las inversiones iniciales en cuestiones de infraestructura como autopistas interestatales, la presa Hoover e internet.

Sin embargo, desde aproximadamente 1986, la inversión del gobierno estadounidense en I+D se estancó en alrededor de $100 mil millones al año, según la entidad sin fines de lucro Information Technology and Innovation Foundation (con un breve aumento a $126 mil millones en 2009, debido al estímulo posterior a la recesión). Sin embargo, la I+D empresarial aumentó de $70 mil millones en 1980 a $300 mil millones en 2016, un incremento del 340%.

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También es cierto que, si bien la financiación de Estados Unidos para la investigación básica se ha mantenido estancada en dólares y ha disminuido en relación con el crecimiento sostenido de su economía, los números absolutos siguen siendo impactantes.

Aunque el gasto del gobierno de EE.UU en I+D se ha estancado, la inversión empresarial se disparó, pero sus objetivos son muy diferentes.
Aunque el gasto del gobierno de EE.UU en I+D se ha estancado, la inversión empresarial se disparó, pero sus objetivos son muy diferentes.
(ITIF)

Según la UNESCO, los $100 mil millones anuales gastados por las agencias del gobierno de Estados Unidos son más que los del sector público de cualquier otro país. El desembolso de China, de aproximadamente $80 mil millones del sector público y $300 mil millones de negocios, representa aproximadamente el 2% de su producto interno bruto invertido en I+D de todas las formas, en comparación con el 2.7% en EE.UU.

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Sin embargo, si medimos el compromiso de una nación con la I+D en relación con el tamaño de su economía, Estados Unidos se ubica detrás de países mucho más pequeños, incluidos Alemania (2.9%), Japón (3.4%), Israel (4.2%) y Corea del Sur (4.3% )

En Estados Unidos, la investigación básica se ha visto obstaculizada durante mucho tiempo por la estrechez política y los obstáculos ideológicos. El país abandonó su plan para construir el destructor de átomos más poderoso del mundo, que lo mantenía en ventaja establecida por primera vez en UC Berkeley con la invención del ciclotrón por Ernest Lawrence, cuando el Congreso lo suspendió después de invertir $2 mil millones.

El físico Nobel Steven Weinberg, líder del proyecto superconductor supercolisionador (SSC), recordó un encuentro revelador con un congresista que se oponía. “Dijo que no estaba en contra del gasto en la ciencia, pero que teníamos que establecer prioridades. Le expliqué que el SSC nos ayudaría a conocer las leyes de la naturaleza y le pregunté si eso no merecía una alta prioridad. Recuerdo perfectamente su respuesta; fue ‘No’”.

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La búsqueda del mayor y mejor destructor de átomos fue ganada por el Gran Colisionador de Hadrones, que fue construido por un equipo europeo y logró el descubrimiento revolucionario del bosón de Higgs.

En años posteriores, los republicanos en el Congreso intentaron sofocar la investigación sobre el cambio climático, presumiblemente a instancias de sus patrocinadores en la industria de los combustibles fósiles. George W. Bush bloqueó la investigación de las células madre embrionarias, una reverencia a los conservadores cristianos que lo veían como una violación de los principios religiosos (la acción de Bush reunió los votos en California para crear un programa estatal de células madre, valuado en $3 mil millones, en 2004).

¿Podría un enfoque más sólido para financiar la ciencia básica haber puesto a EE.UU a la cabeza en la lucha contra el COVID-19? Todo lo que se puede decir es que haber permitido que el gasto se estanque no ayudó. Y en esta crisis, ciertamente necesitamos toda la ayuda que se pueda obtener.

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Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí.


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