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Opinión: Esta elección podría terminar de destruir la fe de la Generación Z en las instituciones estadounidenses

People protest the presidential election results in New York in 2016. One sign reads "Not my president."
Protesta por los resultados de las elecciones presidenciales en Nueva York, en 2016. Los manifestantes llenaron cinco cuadras de la Quinta Avenida y cerraron parte del centro de Manhattan.
(Alba Vigaray / European Pressphoto Agency)

La infancia del Gen Z fue definida por el 11-S, la guerra de Irak, Guantánamo, el huracán Katrina y la crisis financiera de 2008. Y ahora Trump. Están hartos.

Nadie sabe qué pasará el 3 de noviembre.

El pueblo estadounidense podría elegir a un demócrata moderado, básicamente convencional, que ayudó a extender la cobertura de atención médica a 20 millones de adultos sin seguro y que tiene muy, muy claro el hecho de que no prohibirá el fracking (excepto en terrenos federales). O podríamos reelegir a un hombre que lanzó gases lacrimógenos a manifestantes pacíficos para una sesión de fotos, echó a perder la respuesta a una pandemia que ha matado a más de 220.000 estadounidenses y miente de forma casi constante. Podríamos saber quién será nuestro nuevo presidente, o podríamos estar en duda por días. Los votos que emitimos podrían, tal vez, no determinar en absoluto los resultados de las elecciones; hay demasiado ruido antidemocrático, proveniente de una gran cantidad de personas en el poder, como para descartar tal posibilidad (y eso sin siquiera meterme en el problema del Colegio Electoral). Por primera vez en mi vida, no estoy segura de que, en caso de perder, el actual mandatario reconocerá su derrota. Por primera vez en mi vida, que haya violencia en la noche de las elecciones parece algo probable.

De lo que sí estoy segura es de esto: lo que suceda en esta elección tendrá un efecto profundo en la fe que mi generación —los adolescentes y los veinteañeros que desaprueban abrumadoramente a Trump, y que están cada vez más hartos de un orden político ineficaz— mantiene sobre las instituciones de Estados Unidos.

Esa fe ya ha sufrido demasiados ataques. Nací en 1997. La primera elección presidencial que viví y la primera en la que fui elegible para votar fueron ambas ganadas por candidatos republicanos que perdieron el voto popular. Mi infancia y adolescencia fueron definidas por el 11 de Septiembre, la guerra de Irak, Guantánamo, el huracán Katrina y la fallida respuesta federal a éste; la crisis financiera de 2008, la Gran Recesión, que duró años; historias de terror sobre deudas estudiantiles, noticias espantosas sobre deudas médicas, estancamiento salarial, un aumento constante de la temperatura global, innumerables tiroteos de masas, innumerables asesinatos a manos de policías, incendios forestales apocalípticos, la crueldad de la administración Trump hacia los migrantes y la flagrante autocontratación, y una pandemia global.

No trato de sugerir que los jóvenes de hoy estén acostumbrados a las dificultades. Tampoco que seamos políticamente monolíticos. Pero tenemos justificación para estar hartos. Mientras el COVID-19 amenaza la vida y los medios de subsistencia de millones de estadounidenses, una economía sombría apunta hacia un futuro incierto y el cambio climático se cierne como una amenaza existencial, tenemos la sensación de estar viviendo el fin de algo, incluso cuando nuestras propias vidas recién comienzan.

“Los jóvenes de todas las edades están hartos”: Trump ha despertado a los jóvenes votantes, los ha convertido en activistas y los ha llevado a una causa común.

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Además, llegamos a la mayoría de edad en una kakistocracia: el peor de los gobiernos. Los últimos cuatro años han hecho que no solo sea ingenuo sino prácticamente imposible creer que quienes dirigen este país son competentes o bien intencionados.
Lo cual me lleva una vez más a las elecciones. Si Trump retiene el poder mediante alguna combinación de supresión activa de votantes, un sistema electoral profundamente injusto y/o la intervención de una Corte Suprema politizada, la democracia estadounidense se verá irrevocablemente perjudicada, y también la fe de millones de jóvenes en las instituciones que supuestamente deben proteger.

No soy particularmente romántica con Estados Unidos. Este país ha sido bueno conmigo; para muchos otros, tanto en casa como en el extranjero, ha sido implacable en su violencia. Su Constitución consagraba tanto la esclavitud como la libertad; su población labró un nuevo territorio al arrebatárselo sin piedad a quienes vivían allí primero. También minó la democracia en países extranjeros para satisfacer sus propios intereses. La casualidad de mi nacimiento, que me convirtió tanto en una estadounidense como en una privilegiada —blanca, de clase media, cómoda— nunca me ha parecido un argumento convincente a favor de ninguna virtud nacional inherente.

Aún así, vale la pena creer en la democracia. Pero la afirmación de Estados Unidos de que es la democracia más antigua del mundo se sostiene solo si se considera que el derecho universal al sufragio excede la definición (de lo contrario, Nueva Zelanda, que otorgó tal derecho a mujeres y minorías étnicas en 1893 como colonia autónoma, tiene una ventaja). Si se marca el verdadero comienzo de la democracia representativa e igualitaria en EE.UU con la Ley de Derechos Electorales de 1965, entonces nuestra democracia es más joven que cualquiera de los dos candidatos presidenciales. Es más nueva y más frágil de lo que muchos están dispuestos a admitir.

Las elecciones presidenciales de EE.UU se desarrollan a medida que las encuestas muestran que las percepciones globales del sistema americano han cambiado para peor.

Y si el resultado de estas elecciones depende de tácticas represivas y antidemocráticas perpetuadas por el partido gobernante, ¿se puede decir realmente que la democracia estadounidense existe?

Espero que no tengamos que lidiar con esa pregunta.

Pero si lo hacemos —si la efectividad de las urnas para promulgar cambios es cuestionada profundamente, o si la mayoría de los estadounidenses vota en contra de Trump y ese hecho, una vez más, no importa— entonces no hay que sorprenderse si la moraleja que los jóvenes de Estados Unidos entienden es ésta: trabajar dentro del sistema no tiene sentido. Votar no importa. El gobierno no escucha mi voz; me pregunto qué escucha, entonces.

Nadie sabe qué pasará el 3 de noviembre o en los días sucesivos. No obstante, lo que sea que ocurra podría moldear la vida cívica estadounidense durante mucho tiempo.

Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí.


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