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Cómo la ‘competencia’ entre EE.UU y China podría llevar a ambos países al desastre

President Biden at a desk, Chinese President Xi Jinping on video screen
La cumbre virtual del lunes entre el presidente Biden y el líder chino, Xi Jinping, no estableció ninguna “valla de seguridad” en Taiwán.
(Susan Walsh / Associated Press)

Al menos en un tema importante, Washington tiene el bipartidismo bien vivo: China.

La mayoría de los demócratas con influencia en la política exterior estadounidense, y sus homólogos republicanos, coinciden en que China es ahora la mayor amenaza para la seguridad nacional que enfrenta Estados Unidos. Ven el conflicto entre los dos países cada vez más probable, con Taiwán como potencial catalizador. El presidente Biden se reunió con su par chino, Xi Jinping, en una cumbre virtual la semana pasada, pero luego, un alto funcionario estadounidense informó que “no se había alcanzado nada nuevo en cuestión de contención o llegado a cualquier otro entendimiento” sobre Taiwán.

Si comparamos las políticas con China de Donald Trump y Joe Biden, se encontrarán muchas más similitudes que diferencias. Cuatro meses después de la asunción del actual presidente de EE.UU, Kurt M. Campbell, coordinador de asuntos del Indo-Pacífico en el Consejo de Seguridad Nacional, declaró que el compromiso -el enfoque que los líderes estadounidenses adoptaron hacia China desde la década de 1970- había fracasado y que “el paradigma dominante será la competencia”. Un libro muy elogiado del principal adjunto de Campbell, Rush Doshi, advierte que el objetivo de China es nada menos que suplantar a Estados Unidos como primera potencia mundial.

Ninguno de los dos funcionarios precisó cómo será esta futura “competencia” entre Estados Unidos y China, y qué evitará que se vuelva violenta. Ambos bandos sufrirían derramamientos de sangre y pérdidas de dinero si su rivalidad se intensifica sin ser moderada por el sentido de intereses compartidos y conduce a la guerra. Lo mismo ocurre con el resto del mundo.

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El comercio entre China y Estados Unidos totalizó $615 mil millones en 2020. La inversión extranjera directa bidireccional ese año fue de $162 mil millones, $124 mil millones del lado estadounidense. Las ondas de choque generadas por una colisión entre EE.UU y China atravesarían rápidamente la economía mundial dado que se estima que $3.4 billones en comercio pasan por el Mar de China Meridional anualmente, entre un quinto y un tercio del comercio marítimo mundial, incluido el 30% de todo el comercio petrolero, y que China y Estados Unidos tienen los medios para lanzar ciberataques a los sistemas financieros de cada uno.

Las consecuencias militares serían catastróficas. Como muestra el último informe anual del Departamento de Defensa al Congreso sobre las fuerzas armadas chinas, en las últimas décadas China adquirió una variedad de aviones de combate avanzados, buques de guerra, submarinos, misiles balísticos y de crucero y sistemas de guerra cibernética, que en conjunto tienen un propósito: evitar que Estados Unidos proyecte su poderío militar, a pesar de sus grupos de batalla y bases de portaaviones en la región, en un área de los mares del sur y este de China que se extiende desde Japón y Corea del Sur hasta Vietnam y que abarca Taiwán, la llamada primer archipiélago.

Incluso si las fuerzas estadounidenses rompieran este bastión, las pérdidas potenciales, en cuestión de horas, podrían superar las de todas las guerras que Estados Unidos libró desde Vietnam. China también sufriría un gran perjuicio, pero tiene la ventaja de la proximidad, mientras que EE.UU estaría luchando a miles de millas de casa. Las cosas empeorarían infinitamente, por supuesto, si la guerra se disparara y se usaran armas nucleares.

Lo cual vuelve a la cuestión del consenso bipartidista.

Los relatos predominantes sobre la creciente rivalidad entre China y Estados Unidos tienen un aire de irrealidad. Están repletos de recuentos del poder y los objetivos de cada nación en términos abstractos: asimetrías, alianzas creíbles, estrategias de “antiacceso/denegación de áreas”. No sería raro preguntarse si lo que se está discutiendo es una partida internacional de ajedrez. Los costos humanos y viscerales de la guerra están curiosamente ausentes en estos análisis antisépticos.

Mientras tanto, la guerra de palabras de ambos lados continúa, al igual que las demostraciones de fuerza. China ha enviado repetidamente sus aviones militares a través de la “zona de identificación de defensa aérea” de Taiwán (a veces confundida en los reportajes con su espacio aéreo, sin importar que la zona de identificación de defensa aérea (ADIZ, por sus siglas en inglés) de Taiwán se superpone con la de China e incluso cubre parte del continente de China. El gobierno taiwanés anunció que los asesores militares de Estados Unidos están entrenando tropas taiwanesas.

Beijing insiste en que la unificación con Taiwán es un imperativo nacional. Los comandantes de EE.UU piden aumentos de fondos para reforzar las fuerzas estadounidenses en el Pacífico. El presidente Biden afirma que Estados Unidos defenderá a Taiwán, a pesar de que la Ley de Relaciones con Taiwán, de 1979, no contiene una obligación tan firme. Los medios nacionalistas chinos afirman que EE.UU sería derrotado en una guerra.

Cuánto tiempo falta para que esta postura y flexión de músculos militares conduzcan a un incidente que ninguno de los bandos desea y los coloque en un lugar en el que realmente no quieren estar: el campo de batalla. China y Estados Unidos corren precisamente este riesgo si cada uno sigue esperando lo peor del otro por falta de confianza, ambos comprometidos en demostraciones de determinación de ojo por ojo, sin suficiente diplomacia.

Es comprensible que el pueblo taiwanés no quiera ser anexado por China. Quieren conservar su próspera economía y su política democrática. Y los formuladores de políticas estadounidenses, en principio, apoyan sus aspiraciones. Sin embargo, debido a que la política internacional implica rivalidad entre estados armados, con la guerra siempre al acecho, las consecuencias de defender los principios no pueden divorciarse de los riesgos del mundo real.

¿Estaría el pueblo estadounidense realmente dispuesto a arriesgarse a una guerra con China por Taiwán si sus representantes electos se tomaran el tiempo para explicar con precisión lo que eso significaría en sangre y tesoro, en lugar de dedicarse a hablar con dureza? ¿Están los líderes de China en verdad preparados para atacar a Taiwán, apostando a que Estados Unidos, al final, perdería los nervios, o perdería, punto?

Aunque Biden entiende que las cumbres reales cara a cara no son un remedio, también ha creído durante mucho tiempo en el valor de las reuniones directas entre líderes. Su conversación virtual con Xi es un comienzo, pero es hora de que los líderes estadounidenses y chinos se reúnan en persona, durante unos días, para evitar que los ejercicios militares y los torneos verbales se conviertan en una guerra.

Cada lado puede asumir que prevalecerá. Pero, ¿cómo sería la victoria, y valdría la pena el precio?

Rajan Menon es profesor de relaciones internacionales en el City College de Nueva York y miembro del Quincy Institute y del Saltzman Institute of War and Peace Studies, de la Universidad de Columbia.

Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí.


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