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Política

Por qué la presidencia de Trump terminará mal

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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, saluda al salir de la Casa Blanca, el 8 de diciembre (Getty Images).

(Getty Images)

Mientras celebramos la Navidad en medio de un cierre innecesario e indefinido del gobierno, y en el peor diciembre para el mercado de valores desde 1931, recuerdo una vez más mi predicción de larga data: la presidencia de Trump terminará mal, porque ‘el carácter del hombre es su destino’.

Lo he dicho tan a menudo, que de vez en cuando necesito que me recuerden que yo no acuñé la frase. El filósofo griego Heráclito lo hizo, cuando observó ethos anthropoi daimon, que a menudo se traduce como la máxima antedicha.

El carácter es uno de esos temas, como la cultura o la moralidad, que todos apoyan firmemente, pero también discuten. Cuando James Q. Wilson, uno de los más grandes científicos sociales del último medio siglo, concentró su atención académica en el carácter, muchos de sus colegas sintieron repulsión. A pesar de que cada uno seguramente creía en alguna noción de buen carácter, se suponía que hablar de ello —y mucho peor, buscar una definición o un plan para cultivarlo— sería un ejercicio para prestar ayuda y consuelo a los moralizadores de la derecha.

Pero Wilson tenía una definición más humilde y universal de lo que sus colegas podrían haber esperado: decencia, cortesía, autocontrol, compromiso, honestidad, cooperación y la aptitud de pensar en el bienestar de los demás.

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Extrañamente, se ha llegado al punto de que cuando digo que el presidente Trump no es un hombre de buen carácter, siento que debería comenzar con una advertencia de contenido para muchos de mis colegas conservadores.

La mayoría de sus respuestas enojadas están enraizadas en el hecho de que no desean que se les recuerde esta verdad obvia. Pero otros parecen haberse convencido a sí mismos de que Trump “es” un hombre de buen carácter, y se ofenden personalmente por el insulto, aunque generalmente lo ofrezco como poco más que una observación.

Este último grupo se apresura a refutar la afirmación, citando proposiciones banales o discutibles: ¡Él ama a sus hijos! ¡Es leal hasta decir basta! ¡Es auténtico!

No importa que muchos hombres malos amen a sus hijos, que la lealtad a personas o causas indignas de lealtad no sea apreciable, y que el auténtico maltrato a las mujeres no sea admirable. No importa, también, que él no sea remotamente leal a sus esposas o las personas que trabajan para él.

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Lo más preocupante es que estos defensores están redefiniendo el buen carácter a imagen de Trump, y terminan modelándolo.

Otros suponen que me estoy refiriendo al estilo del presidente, específicamente a sus insultos y su adicción a Twitter. Pasan por alto que sus insultos no son simplemente un acto, sino más bien el producto de niveles asombrosos de narcisismo, inseguridad y falta de curiosidad intelectual. Su cuenta de Twitter es simplemente una ventana a su ello.

El presidente que se convirtió en una celebridad al decirle a los participantes de un reality show “estás despedido”, no ha despedido a ninguno de sus funcionarios del gabinete en persona, ni siquiera por teléfono. Él confía en otros o en Twitter para dar las noticias. Le encanta la controversia porque lo mantiene en el centro del ring, pero odia la confrontación.

La fuerza impulsora de casi todas las controversias que han atormentado a su administración es su personalidad, no su ideología.

Sin duda, la ideología juega un papel. Amplifica la ira tanto de sus críticos de izquierda como de sus defensores transaccionales. Muchos de los críticos liberales que chillan sobre la traición de los kurdos implícita en su decisión de retirarse de Siria, aplaudirían si el presidente Clinton hubiera tomado la misma decisión. Y muchos de los conservadores que la celebran la estarían condenando.

Pero su negativa a escuchar a los asesores; su incapacidad para morderse la lengua; su demonización y menosprecio de los senadores que votan por sus planes; sus diatribas contra la Primera Enmienda; su alabanza a los dictadores e insultos a los aliados; su necesidad de crear nuevas controversias para eclipsar las antiguas y su inagotable capacidad para mentir y fabricar la historia: todo esto brota de su naturaleza.

Durante el fin de semana, Chris Christie, exgobernador de Nueva Jersey, brindó una extraña defensa del presidente. Es como un “pariente de 72 años”, afirmó en “This Week”, de ABC. “Cuando las personas envejecen, se convencen cada vez más del hecho de que lo que están haciendo es lo correcto”.

Christie tiene algo de razón. Pero el motivo por el que Trump no cambiará tiene poco que ver con la edad, y todo que ver con su carácter.

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jgoldberg@latimescolumnists.com

Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí.


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