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Vida y Estilo

Opinion: Los opioides salvaron mi vida, pero dejarlos exigió cinco insoportables años

Vicodin Tablets.
Vicodin es un poderoso analgésico; también es adictivo.
(Ted Soqui / Corbis via Getty Images)

Nunca olvidará el dulce y limpio efecto del Vicodin. Esa exaltada sensación de optimismo y euforia silenciosa, la liberación de los problemas de la vida; la paz.

Por años lo necesité. Nací con el síndrome de Ehlers-Danlos, un trastorno genético que causa disfunción del sistema nervioso, dolor extremo, fatiga debilitante y articulaciones demasiado flexibles.

Mi caso es particularmente grave. A los 13 años, mis pies, rodillas y espalda explotaban de dolor. Apenas podía arrastrar mi cuerpo cansado alrededor de la escuela. Cuando tenía 20 años, suplicaba regularmente por una guillotina para acabar con la agonía que sufría en el cuello.

Me encuentro ahora en mi tercera semana de abstinencia, después de pasar más de un año y medio reduciendo gradualmente mis dosis de antidepresivos. No ha sido fácil

En 2008 había alcanzado los límites de lo soportable. En lugar de seguir con mis planes de suicidio, hablé con mi médico, quien me recetó opiáceos.

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Esto fue mucho antes de la epidemia de los opioides y las posteriores restricciones gubernamentales a esas sustancias. Por entonces, los médicos todavía creían que era una forma segura de tratar el dolor crónico. No me ofrecieron otra opción. ¿Qué hubiera funcionado para un dolor como el mío?

Yo tenía miedo. Sabía que estas drogas eran heroína en otra forma. Pero después de comenzar, instantáneamente me arrepentí de haber esperado tanto.

Mi receta era de Vicodin y morfina, junto con el relajante muscular carisoprodol. Tomé este cóctel todas las noches durante seis años, para poder dormir.

El estudio incluyó a unos 129.000 pacientes en EE.UU con seguro médico por su empleo, 84.600 en la provincia canadiense de Ontario y 9.800 en Suecia

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“Es posible que nunca puedas dejarlos”, me dijo mi médico, mientras escribía la primera receta para la morfina.

¿Qué significaba “nunca”? Me lo pregunté a mí misma, pero no lo hice en voz alta. No importaba. No había tratamiento para el Ehlers-Danlos. Me juré en silencio a mí misma que, si alguna vez tenía la suerte de mejorar, haría lo que fuera necesario para dejar esos medicamentos.

Por la noche, cuando tomaba mis pequeñas píldoras, era transportada a un reino donde no había problemas. Era tan obviamente falso, tan inducido químicamente, pero a la vez era profundamente relajante.

Las prescripciones son muy altas para un medicamento que revierte los efectos de una sobredosis de opiáceos. Eso podría ayudar a explicar la reciente disminución de las sobredosis mortales de opiáceos.

Según la definición médica, yo no era una adicta. Nunca buscaba drogas ni compraba recetas, no tomaba en secreto más de lo que debía, como tampoco las tomaba para aliviar mis emociones. Reduje mi consumo a medida que la enfermedad mejoró. Como resultado de un tratamiento experimental, mi cuerpo fue capaz de sanar y de desarrollar músculo; no más contusiones misteriosas, ni más desgarros en la piel. Regresé a la fisioterapia, que no me había dado resultados en el pasado, y comencé a hacer progresos. Le pedí un consejo al farmacéutico para dejar los analgésicos. “Ve tan despacio como puedas”, sugirió.

Entonces disminuí la dosis.

La abstinencia aguda —cuando todavía hay drogas en el sistema pero menos de lo uno está acostumbrado a tener— comenzó con nerviosismo, insomnio y malestar estomacal. No está tal mal, pensé.

Pero pronto todas las células de mi cuerpo comenzaron a pedir a gritos Vicodin. En una vida llena de dolor, ni siquiera yo sabía que tal angustia podía existir.

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No podía pensar con claridad. Me sorprendía a mí misma gritándole a la gente, o llorando por nada. Toda interacción humana dolía.

Mi estómago se puso tan mal que pensé que me estaba muriendo. “Abstinencia de opiáceos”, diagnosticó el gastroenterólogo.

Dejé de reducir la dosis y me estacioné donde estaba; me sentía demasiado enferma para disminuirla.

¿Cómo podían esas píldoras tan pequeñas tener el control? Entonces Philip Seymour Hoffman abandonó la rehabilitación, sufrió una sobredosis y murió. Apoyé la cabeza sobre el escritorio, y lloré.

Comprendía todo.

Cuidar a los drogadictos no es cosa fácil. Mi esposo me rogaba que tomara un poco más, sólo para aliviar el dolor. Le grité por sugerirme que diera marcha atrás.

Consulté la Clínica del Dolor de UCLA, en busca de un consejo. Avergonzado, el médico dijo: “Está tomando una dosis tan pequeña, ¿por qué no la mantiene por el resto de su vida?”. Eso me puso furiosa; yo quería ser libre.

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Hice una tabla y la colgué en mi refrigerador. Planeé mis pequeñas reducciones tan agresivamente como pensé que podría llevarlas adelante. Necesitaba ver que había un final.

Dejé de intentar hacer algo, y me preparé para la agonía interminable.

Madora Pennington, fotografiada el 4 de julio de 2014, el día en que finalmente pudo eliminar todo rastro de opioides de su cuerpo. Su abstinencia después se hizo casi insoportable. (Madora Pennington)

Madora Pennington
Madora Pennington, photographed on July 4, 2014, the day she finally got all traces of opioids out of her system. Her withdrawal subsequently grew nearly unbearable.
(Madora Pennington)

Finalmente, después de siete meses de reducción de dosis, la última de mi pequeñísima porción de opiáceos se metabolizó fuera de mi cuerpo el 4 de julio de 2014. Tengo una foto de ese día: luzco delgada y gruñona-sexy-chic, con mi sombrero de vaquera en un juego de béisbol. Mi médico me envió un mensaje de texto con sus felicitaciones. Fue uno de los días más triunfantes de mi vida, pero el vacío era indescriptible.

Entonces no sabía —porque nadie había tenido las agallas para decirme, o tal vez hubiera sido demasiado cruel— que la abstinencia empeoraría.

Yo pensaba que había llegado a la meta, pero recién estaba empezando.

Después de llegar a cero, comencé a contar nuevamente, esta vez hacia arriba en lugar de hacia abajo.

Una semana libre. Dos, 10, 12.

Cada noche me despertaba, abrumada por el miedo, desorientada y confundida. La falta de sueño devastó mi salud. Eventualmente comencé a tener problemas con la bebida: estaba triste, sola de noche. Mi matrimonio se vino abajo.

Irónicamente, mi cuerpo nunca estuvo mejor. Por primera vez, pude viajar, nadaba millas en el océano, volví a trabajar. Sin embargo, todas esas dulces primeras veces quedaban arruinadas por el agujero negro que los opiáceos habían dejado en mi cerebro.

Sufrí durante cuatro años antes de que mi médico descubriera la investigación del Dr. Brian Johnson. Su teoría, que dosis bajas de naltrexona pueden revertir el trastorno hormonal y la disfunción causada por el uso de opioides, funcionó. Mi abstinencia finalmente terminó.

¿Me arrepiento de haber tomado opiáceos? ¿Creo que me engañaron? ¿Valió la pena?

Como alguien nacida genéticamente destinada a sufrir, no discuto sobre cuestiones hipotéticas. Nadie tiene la culpa de que el dolor crónico sea tan difícil de tratar. Desearía haber tenido una mejor guía para dejar los opiáceos y haber comenzado antes con mi vida actual, porque disfruto de levantarme todos los días y de hacer lo que quiero. Pero llegué hasta hoy también por el alivio que recibí antes de los opiáceos.

Entonces sí, valió la pena.

Madora Pennington, quien reside en Los Ángeles, escribe sobre cómo es vivir con el síndrome de Ehlers-Danlos en LessFlexible.com.

Para leer esta nota en inglés haga clic aquí


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