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Vida y Estilo

Su hijo murió de cáncer a los 10 años. El sufrimiento dejó quebrados a sus padres, pero fortalecidos por su recuerdo

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Matthew Torres, de 10 años y oriundo de La Puente, falleció esta semana después de una batalla de dos años contra el osteosarcoma (Francine Orr / Los Angeles Times)

(Los Angeles Times)

La semana pasada, el cielo lucía gris sepulcral cuando 200 personas se reunieron para honrar las vidas de 1,457 personas a quienes no conocían. Fue la ceremonia anual del condado de L.A. que marcó el entierro de restos no reclamados, y este 2018, unas pocas docenas de los fallecidos eran niños.

Los registros del condado solo ofrecían información mínima sobre los muertos. La mayoría de los niños habían perecido el mismo día de su nacimiento, otros tenían varios meses. Brian Elías, jefe de operaciones del departamento médico forense del condado de L.A., dijo que algunos de los pequeños habían sido abandonados o habían nacido de personas errantes que no pudieron ser localizadas.

En otros casos, hay muchas vueltas mientras los padres intentan recaudar fondos para el entierro, y el condado mantiene los restos durante tres años antes de proceder con la inhumación. “He tratado con familias que tuvieron dificultades con la combinación del dolor de perder a un hijo y no tener los recursos para los servicios”, relató Elías.

Cuando salí de la ceremonia, llamé a Magda Maldonado, directora de Continental Funeral Home en el este de Los Angeles. En 2017 me dijo que aproximadamente la mitad de sus clientes tienen problemas para pagar los gastos de funerarias y cementerios, y para muchos de ellos es más barato trasladar los cuerpos a México para el entierro.

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Maldonado me devolvió la llamada el 6 de diciembre y dijo que una familia de La Puente acababa de perder a un hijo de 10 años y estaba planeando una recaudación de fondos para enterrarlo.

Héctor y María Torres, junto con su hija Jocelyn, de 21 años, lucían notablemente sosegados cuando los conocí, en Continental, el viernes 7 de diciembre por la mañana, solo 24 horas después de la muerte de Matthew Isiah Torres. Pero ese estado no duraría mucho.

La familia había llevado una vida relativamente cómoda, incluso cuando los ingresos de María como empleada de hotel y el trabajo de Héctor como chofer de camiones para una compañía de residuos apenas cubrían las cuentas. Todo eso cambió en octubre de 2016. “Fui a la escuela para recoger a Matthew, y salió cojeando”, narró María, quien pensó que su hijo, extremadamente activo, se había caído o chocado contra algo.

Matthew no sabía qué le pasaba e insistió en que estaba bien. Pero el dolor en su rodilla derecha no desapareció, y María lo llevó al médico para que le hicieran una radiografía; el estudio mostró una anomalía. Después de una biopsia, una semana después, Matthew, de ocho años, descubrió que tenía cáncer de huesos.

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“En mi cumpleaños número 40 él comenzó la quimioterapia y luchó muy fuerte”, contó María, incapaz de contener las lágrimas.

Reemplazar su rodilla era una opción, pero eso implicaba múltiples cirugías, y la enfermedad podía persistir.

“Incluso cuando era bebé, era tan independiente y tan fuerte”, agregó Jocelyn sobre su hermano pequeño, mientras su padre luchaba contra las lágrimas. 

La familia le preguntó a Matthew qué quería hacer. Él eligió la amputación. “Como mamá, quería ver a mi bebé entero”, expuso María. “Quería verlo tal como había nacido, con dos piernas y una vida plena”.

Pero Matthew afirmó que no quería tener que volver al hospital y se mantuvo firme en su decisión. “Estamos muy bendecidos de ser los padres de un individuo muy singular”, agregó María.

Mientras ella y su esposo trabajaban, antes de que Matthew se enfermara, Jocelyn cuidaba de su hermanito. “Yo era como su segunda madre; desde que él era bebé quería dormir en mi cama”, contó Jocelyn. “Mamá y papá trabajaban largas horas y regresaban a casa a las 7, 8 y 9 de la noche. Yo salía de la escuela y me encontraba con él; era mi mejor amigo”.

Cinco días después de su amputación, a principios de febrero de 2017, Matthew, cuyo deporte era el jujitsu, tuvo que encontrar nuevas formas de mantenerse ocupado. Su madre le compró un camión a control remoto y su amigo Junior, de enfrente, iba a jugar con él.

Una semana después de la amputación, un escáner reveló cáncer en los pulmones del pequeño. Su noveno cumpleaños, en julio de 2017, lo pasó en el hospital, completando el tratamiento de quimioterapia y celebrando con un pastel color rojo.

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Jocelyn, Héctor y Maria Torres, de La Puente, en Continental Funeral Home, en el este de L.A., haciendo arreglos para el funeral de Matthew Torres, quien murió esta semana a los 10 años de edad, después de luchar un bienio contra el cáncer (Francine Orr / Los Angeles Times).

(Los Angeles Times)

En las semanas que siguieron, las esperanzas de la familia aumentaron. Matthew se estaba recuperando muy bien y el cáncer parecía estar desapareciendo. Pero tres meses después, reapareció en sus pulmones. Matthew aseguró que no iba a dejar que la siguiente ronda de quimioterapia le quitara el pelo, así que tomó una navaja eléctrica y se lo afeitó. No fue fácil para él; tenía el pelo oscuro y espeso, y lo cuidaba para mantenerlo así. En un video del momento del corte, se puede escuchar su risa nerviosa.

"Él no iba a rendirse al cáncer”, aseguró su madre. Siempre estaba en control.

Matthew aprendió a nadar y a andar en bicicleta con una pierna. Su amigo Junior siguió yendo a jugar con él, y los chicos no dejaron que la enfermedad se interpusiera en su diversión. “Fue optimista todo el tiempo. Nunca entró en una fase de preguntarse ‘por qué yo’; nunca se quejó de nada”, agregó Jocelyn.

“Siempre sonreía; reía y hacía reír a otras personas, y nunca sintió pena por sí mismo”, añadió María.

“Así de difícil como este año fue para él, nunca te dabas cuenta de que estaba pasando por esa tortura”, indicó  Jocelyn, ahogada por las lágrimas.

María dejó su trabajo para cuidar a Matthew a tiempo completo y acompañarlo en sus visitas al médico y al hospital; Jocelyn consiguió un empleo en In’N’Out para ayudar a pagar las cuentas. Héctor Torres siguió trabajando hasta hace dos meses, cuando se rompió un ligamento de la rodilla y quedó incapacitado. El plan de Kaiser de Héctor cubrió la mayor parte de las facturas médicas de Matthew, pero los ahorros de la familia quedaron reducidos a nada.

Cada vez que el niño se sometía a un escáner, el cáncer se había extendido. Pulmones, caderas, su otra rodilla, su tobillo. En septiembre, pasó a su cerebro y le extrajeron un tumor quirúrgicamente.

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La familia decidió no someterlo a más exámenes o visitas al hospital; Matthew no preguntó por qué. En la última semana, llamó a Junior para que viniera a jugar y ellos escucharon a los niños reírse en la habitación. Matthew también llamó al ahijado de María para que viera un video con él, y luego tomaron una siesta juntos.

El chico fue gracia y coraje durante todo el camino. El valiente niño estuvo callado el miércoles, y el jueves por la mañana, a las 11:15, el sufrimiento había terminado.

El viernes, mientras la familia llenaba el papeleo en la morgue, Magda Maldonado me llevó a su oficina y me mostró un tablero con los nombres de todos los fallecidos recientemente. La lista incluía a 33 personas que no habían sido reclamadas por parientes, amigos o cualquier otra persona durante este 2018.

Las agencias de cuidados paliativos le pidieron a Continental que se encargara de los cuerpos, y Maldonado indicó que fueron cremados y que las cenizas serían sepultadas en uno de los entierros anuales del condado, en Boyle Heights. La cantidad, 33, era la mayor en la historia de su funeraria para un solo año.

En California, la riqueza y la pobreza coexisten como en ningún otro lugar de la nación, y para mucha gente la muerte trae una factura demasiado grande que afrontar. Según Maldonado, las recaudaciones de fondos son comunes entre quienes cruzan su puerta. Están decididos a no decirle adiós a sus seres queridos —tanto ancianos como jóvenes— sin la dignidad de un entierro adecuado.

La familia Torres eligió y pagará por un ataúd de $1,550 dólares para Matthew. Héctor Torres es primo de un hombre casado con uno de los Maldonado, y Continental cubrirá los gastos de la funeraria. Pero la familia estaba camino al cementerio, el viernes, para hacer arreglos que podrían costar hasta $10,000. Planean organizar un festival de comida y una subasta silenciosa para poder cubrirlos.

Jocelyn dejó la universidad para cuidar a su hermano menor. En el hospital, dijo, se sintió conmovida por lo compasivas y serviciales que eran las enfermeras de Matthew, y tiene la intención de convertirse ella misma en una enfermera de oncología pediátrica. No tiene ninguna duda de que será muy buena.

Héctor y María parecieron encontrar algo de fuerza al hablar sobre cómo Matthew abrazó la vida, y cómo enfrentó su muerte con valentía. Luchaban contra las lágrimas, pero también sonrieron mucho y se tomaron las manos.

En una semana en la que 1,457 pobres almas fueron enterradas a solas, solo ante los extraños que presentaron sus respetos, Matthew Isiah Torres estuvo al menos rodeado de familiares en sus últimas horas.

Fue conocido, fue amado; será recordado.

Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí.


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