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Los inmigrantes latinos que han sobrevivido a la violencia electoral están ansiosos por el 3 de noviembre

Aldo Waykan, originario de Guatemala, es un traductor del idioma indígena q’anjob’al.
Aldo Waykan, originario de Guatemala, es un traductor del idioma indígena q’anjob’al y tiene un negocio en el vecindario Westlake, en Los Ángeles.
(Soudi Jiménez/Los Angeles Times en Español)

“Nunca pensé que esto pudiera suceder aquí”.

Una sensación de ansiedad carcome el interior de Aldo Waykan, empresario y traductor guatemalteco que no termina de entender lo que ocurre en Estados Unidos, país al que llegó en busca de refugio y alejado de la represión, en donde ahora va dibujándose un escenario parecido al que dejó en su tierra, cuando salió después de una golpiza propinada por elementos que operaban bajo el estamento militar.

Los planes de los simpatizantes de Trump que se preparan con armas en mano, a monitorear las elecciones presidenciales, es algo que inquieta a votantes latinos que emigraron de naciones con un pasado de guerra, y ahora, sienten como que este ambiente crispado les remueve una época oscura que les dejó heridas que todavía supuran dolor.

“Ir al extremo de las armas es incómodo, se siente un temor, porque es una amenaza a la comunidad, a la democracia del país y, por supuesto, sí me hace recordar lo que pasó en Guatemala, porque al querer usar las armas uno quiere imponer con fuerza sus ideas”, sostuvo Waykan consternado por el contexto en el que por primera vez emitirá su voto en una elección presidencial.

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A criterio de analistas políticos, este tipo de movilizaciones de supremacistas blancos es una continuidad de la discriminación sufrida por los afroamericanos antes de la Ley del Derecho al Voto de 1965, que en su momento condujo a enfrentamientos violentos entre los defensores de los derechos civiles y los opositores a esta ley, que eliminó la prohibición al derecho al sufragio de las minorías.

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En ese sentido, la llegada de Donald Trump al poder avivó ese espíritu nacionalista y los militantes de extrema derecha han sentido un espaldarazo por parte del presidente. En septiembre, durante el debate que sostuvo con el candidato demócrata Joe Biden, el jefe de la Casa Blanca se negó a denunciar a los supremacistas blancos; en cambio, le dijo a uno de los grupos, Proud Boys, que esperaran.

Ese mensaje, ha sido recibido entre las filas de grupos extremistas como música a sus oídos para ir a vigilar las elecciones.

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Las movilizaciones de estos grupos hurga en un episodio tormentoso de votantes latinos, que llegaron de Centro América y otras regiones, en donde la represión era el pan de cada día durante gobiernos militares, que atizados financieramente por el gobierno estadounidense libraron guerras fratricidas en naciones como Guatemala y El Salvador, mientras que en Nicaragua se respaldó a la contrainsurgencia.

“Es como estar viviendo esos momentos de donde comenzó todas estas convulsiones sociales que hubo en los ’80 y ’90, creo que para la mayoría de las personas que por esa razón migraron – y que son la mayoría – les parece preocupante”, valoró Ester Hernández, antropóloga de la Universidad Estatal de California, Los Ángeles, destacando que ese pasado evoca las torturas, las desapariciones y los asesinatos.

El ambiente pre-electoral actual hace vaticinar a diferentes académicos la llegada de un estallido social, que independientemente de quien gane en las elecciones presidenciales sería irreversible, debido al discurso del presidente y su cortejo con los grupos supremacistas, que han salido del ostracismo y aumentado su presencia durante el mandato de Trump sin que sean cuestionados desde la Casa Blanca.

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Según el “mapa de odio” que pubica Southern Poverty Law Center (SPLC), organización con sede en Alabama que vela por la justicia racial desde su fundación en 1971, en el 2016 existían 918 agrupaciones supremacistas y en el 2019 contabilizaron 941, entre ellos están Ku Klux Klan, anti-inmigrantes, anti-LGBTQ, anti-musulmanes, negros separatistas, neo-nazis y nacionalistas blancos, entre otros.

“La presidencia de Trump los ha encendido, es muy difícil retroceder ese proceso ahora”, observó Raúl Moreno Campos, profesor de la Universidad Estatal de California Channel Islands, académico que obtuvo su doctorado en Ciencias Políticas en UCLA, en donde impartió cursos hasta el 2015 sobre pensamiento político afroamericano y las dinámicas interraciales en la sociedad y cultura de Estados Unidos.

“Todo indica que va a haber violencia y un estallido social”, sostiene el investigador al analizar el escenario que se se ha configurado en los últimos cuatro años.

Salvador Sanabria, de pie y con un saco oscuro, observa una reunión de los líderes de la antigua guerrilla salvadoreña.
(Cortesía)
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En suelo centroamericano, en 1972, se vivía una convulsión social. En ese año, se presentó José Napoleón Duarte como candidato a la presidencia de El Salvador, inscrito en la Unión Nacional Opositora (UNO). Esta coalición, integrada por tres partidos políticos, estaba desafiando al régimen militar que llevaba como candidato al coronel Arturo Armando Molina.

En ese momento, el activista pro-inmigrante Salvador Sanabria vivía en el municipio de Mejicanos. El día de esa elección, recuerda que al cerrarse las urnas sorprendentemente hubo un corte de la energía eléctrica. San Salvador, la ciudad capital, se quedó a oscuras y en el centro de votación localizado en la Escuela República de Japón se escuchaban los gritos de la gente.

“Ese fue el momento que utilizó el régimen para que sus tropas políticas de asalto entraran a los recintos electorales, y rellenaran las urnas con papeletas a favor de su candidato”, indicó.

Obispo Agiataz utiliza para sobrevivir su silla de ruedas eléctrica y una máquina de coser en la que crea todo tipo de diseños

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Esa elección, fue denunciada a nivel internacional como fraude a favor del coronel Molina, un hecho que agitó a las organizaciones sociales. Al cerrarse los espacios políticos, en 1980 se produjo un levantamiento armado, poco después del asesinato de Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador.

Este crimen, perpetrado por francotiradores de los escuadrones de la muerte, ocurrió mientras el religioso oficiaba una misa.

Al momento que se dio el magnicidio, Sanabria se encontraba en México, en su camino hacia Los Ángeles, a donde llegó en abril de 1980. A raíz de su involucramiento en el movimiento estudiantil, los cuerpos de seguridad lo colocaron en una lista de perseguidos políticos; para salvaguardar su vida, dejó a la mitad su licenciatura de Derecho en la Universidad de El Salvador (UES) y salió hacia el norte.

Sanabria, ahora director ejecutivo de la organización pro-inmigrante El Rescate, considera que la falta de compromiso del presidente Trump a aceptar la voluntad del pueblo en estas elecciones y al enardecer los ánimos de grupos extremistas, le trae a la memoria esas prácticas de carácter autoritario de quienes gobernaron en países centroamericanos.

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“Esa es una posición hipócrita, demagoga y autoritaria, cuando solo aceptas lo que te va a beneficiar a ti”, indicó el activista.

El activista pro-inmigrante Salvador Sanabria posa frente a un mural dedicado a las víctimas de la guerra en El Salvador.
(Soudi Jiménez/Los Angeles Times en Español)

En eso coincide Omar Corletto, economista y experto en la industria culinaria, que llegó a Los Ángeles a finales de 1983, después de sufrir el secuestro de su padre en el departamento de Usulután, El Salvador. Su progenitor es parte de las 8 mil personas desaparecidas durante la guerra en esa nación, cuyo saldo fatal ascendió a las 75 mil personas en el periodo de 1980-1992 en el que se libró el conflicto.

“No lo veo válido”, aseguró al referirse al movimiento orquestado por simpatizantes de Trump.

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“Que quede claro, no es que nos guste la violencia, venimos huyendo de eso, aun así la justificamos en un lugar en donde se han agotado todas las diferentes avenidas [políticas]”, agregó Corletto. “Sabemos lo triste que es y como arruina las vidas de futuras generaciones, las acciones perduran”, abundó sobre los secuelas que deja un conflicto civil que no quiere volver a vivir.

En el primer debate presidencial, transmitido por televisión el 29 de septiembre, más allá de los temas de nación abordados, lo que todavía sigue flotando en el ambiente político es la actitud del presidente Trump, al no condenar a los supremacistas blancos por los actos violentos en contra de manifestantes del movimiento Black Lives Matter, en la ciudad de Portland (Oregon).

“Stand back and stand by”, dijo el mandatario en un mensaje, que significa “retrocede y espera”, dirigido a Proud Boys, grupo de ultra derecha que dirigió la referida agresión.

Las palabras de Trump tenían un significado perspicaz para los grupos supremacistas. En efecto, en un mensaje publicado en la red social Telegram, miembros de la agrupación aludida por el presidente respondieron: “Estamos listos”, según divulgaron diferentes medios de comunicación haciendo eco de las reacciones en las que celebraban la postura del jefe de la Casa Blanca.

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El economista Omar Corletto llegó de El Salvador a finales de 1983, país que estaba en medio de una guerra.
El economista Omar Corletto llegó de El Salvador a finales de 1983, país que estaba en medio de una guerra en donde este inmigrante sufrió la desaparición de su padre.
(Cortesía)

Sin duda alguna, las amenazas de salir armados el día de la elección lo que busca es amedrentar a las minorías, sostiene William Pérez, profesor de la Universidad Loyola Marymount. Este experto en sicología y migración ubica en el mismo contexto el complot para secuestrar a la gobernadora de Michigan, Gretchen Whitmer, plan frustrado por la intervención de la Oficina Federal de Investiganciones (FBI).

En ese operativo, se detuvieron a 13 personas vinculadas a una milicia de extrema derecha, identificada como Wolverine Watchman.

“Su propósito principal es de intimidar y prevenir que estas poblaciones hagan que se escuchen sus voces por medio del proceso del voto”, dijo Pérez.

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“Esa es la forma contemporánea de esos procesos de represión de los que muchos de nosotros de Centro América venimos escapando de sus conflictos y gobiernos”, agregó el académico que llegó de El Salvador en 1984, cuando las ametralladoras repiqueteaban con fuerza en esa nación.

A simple vista, las elecciones presidenciales programadas para este 3 de noviembre, representan la extensión de un mandato de cuatro años más de Trump o el regreso del partido demócrata a la Casa Blanca; sin embargo, expertos y académicos observan que hay mucho más en juego.

En los sondeos de las diferentes firmas consultoras, están evaluando a diario la intención de voto. El miércoles 21 de octubre, se divulgaron 22 encuestas, según el monitoreo que realiza realclearpolitics.com. Entre ellas, dos dieron empate entre los candidatos demócrata y republicano, en dos ganaba Trump y en 18 apareció triunfador Biden.

Si esa tendencia se mantiene, Trump tendría que salir de la Casa Blanca. Ese escenario, sin embargo, no será pacífico.

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“Las comunidades están diciendo: ‘Ya basta’. Cuando las comunidades negras resisten, los migrantes dicen: ‘Están poniendo a los niños en jaulas’; entonces, los grupos supremacistas blancos dicen: ‘Si no les gusta, vamos a tomar las armas’”, razonó Edna Sandoval, estudiante de la Maestría en Estudios Latinoamericanos en UCLA.

“Es inevitable que la violencia se presente cuando hay gente resistiendo”, añadió la educadora política guatemalteca de la Unión de Estudiantes Centroamericanos en ese centro universitario. “Los representantes de ultra derecha tienen un poder que no quieren ceder y lamentablemente es lo que está pasando”, dijo Sandoval.

Si bien la realidad actual pareciera que nos deja a la vista la “latinoamericanización” de Estados Unidos, es algo en lo que difiere Miguel Tinker Salas, profesor de Estudios Latinoamericanos del Pomona College, porque a su juicio la “trayectoria histórica” estadounidense revela los esfuerzos permanentes por suprimir el derecho al sufragio de las minorías, algo que cambió con la Ley del Voto, en 1965.

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Al mismo tiempo, Tinker Salas subraya que las acciones de Trump y los grupos extremistas tienen como causa principal el racismo, quienes se sienten amenazados por las minorías de color que en unos 40 años se convertirán en la población mayoritaria en la Unión Americana.

Hasta el 2019, según la Oficina del Censo, la gente de color en Estados Unidos representaba el 31.9% de los 328 millones de habitantes. Es decir, el 18.5% son latinos y 13.4% afroamericanos.

“El mapa demográfico y el Censo demuestran que la mayoría va a ser gente de color y ellos rechazan esa idea; rechazan la noción de que Estados Unidos no sea el bastión de una cultura anglosajona y, por lo tanto, mientras ese tema está sobre el tapete creo que esta polarización sigue e incluso podría agudizarse aun más”, señaló Tinker Salas.

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En el Siglo XX, Estados Unidos tuvo un presidente supremacista como Woodrow Wilson (1913-1921) y un mandatario que apoyó políticas de segregación racial como Franklin Delano Roosevelt (1933-1945).

No obstante, el politólogo Moreno Campos plantea que el escenario actual no tiene precedente porque se ha erosionado el sistema democrático.

“Si gana Trump, los grupos [supremacistas] siguen creciendo y tomando fuerza; si pierde, va a haber un reto y un estallido social”, valoró el académico.

“Lo que no sabemos es cómo se va a manifestar”, agregó Moreno Campos en referencia a una convulsión social.

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Ante esa situación, el profesor Tinker Salas culpa a los demócratas de que Trump aprovechara las promesas incumplidas y las deportaciones masivas durante la administración Obama, para que el actual presidente se dirigiera a los inmigrantes como violadores y delincuentes, y que luego el ataque a los latinos y la construcción del muro en la frontera sur fuera su lema de campaña.

Sin embargo, a juicio de este investigador la participación electoral es vital en estos comicios y sugiere que los votantes se centren en el futuro de la democracia estadounidense.

“El no votar permite que las condiciones se agudicen aun peor y podamos institucionalizar de forma permanente toda esta actitud anti-inmigrante, racismo, clasismo y autoritarismo, de una forma que la democracia de Estados Unidos en cuatro años no se pueda identificar”, reflexionó Tinker Salas.

La amenaza de sacar armas y la polarización política, es algo familiar para los guatemaltecos que llegaron a la Unión Americana antes de 1996.

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La coyuntura estadounidense actual, dice el activista Mario Ávila, le recuerda cuando el gobierno y los militares de Guatemala vinculaban con la guerrilla a toda persona que se identificara con los movimientos populares. En su caso, pagó el costo por organizar a trabajadores agrícolas que cultivaban maíz, café, jocote, mandarinas y naranjas, entre otros productos.

Poco después de llegar a Los Ángeles, Mario Ávila empezó a pintar como terapia.
Poco después de llegar a Los Ángeles, Mario Ávila empezó a pintar como terapia para abordar las secuelas de la tortura en su natal Guatemala.
(Soudi Jiménez/Los Angeles Times en Español)

Entre 1960 y 1996, el pueblo guatemalteco vivió en medio de una guerra civil. Ese episodio sangriento causó la desaparición y asesinato de más de 250 mil personas.

“El hecho de estar organizando a la población te metían dentro de esa caja de los insurgentes”, indicó el oriundo de Izabal que salió para México en 1980, antes de llegar a Los Ángeles en 1990. Ávila, de 76 años, sobrevivió a dos torturas, en 1969 y 1976, en donde sufrió choques eléctricos, quemaduras con cigarros, hundimiento en el agua y golpes a puño limpio, entre otros atropellos.

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Los escuadrones de la muerte, según el activista, lo que buscaban era información, con la que pretendían desestabilizar al movimiento popular que luchaba contra el régimen militar, que se instaló después del golpe de Estado en contra del presidente guatemalteco Jacobo Arbenz (1951-1954), derrocamiento en el que intervino Estados Unidos.

“Resistimos, resistimos lo más que pudimos y afortudamente salimos libres”, indicó sobre esos 7 días encerrados en un cuarto oscuro junto a un compañero sindicalista, en donde estaban otros dos presos políticos, que estaban maniatados y con los ojos vendados.

Lo más terrible, agregó Ávila, es lo que pasó al salir de la cárcel clandestina. Álvaro, su amigo sindicalista, al recuperar la libertad no pudo navegar con las secuelas de la tortura.

“Voy al baño”, dijo su amigo.

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De repente, Ávila escuchó un balazo. Su compañero se pegó un tiro en la cabeza.

Hasta la fecha, este guatemalteco sigue lidiando con los traumas de ese episodio. Desde 1993 se dedica a la pintura y escultura como una forma de terapia. Asimismo, en ocasiones se tira al piso y escucha música clásica. En su columna, cuenta que lleva unos anillos dislocados y el dedo índice del pie derecho lo tiene quebrado.

“No debemos de perder la esperanza, porque los seres humanos podemos trabajar en colectivo”, manifestó Ávila al analizar lo que sucede con los seguidores del presidente Trump.

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“Tenemos que juntarnos ante este dolor que hay”, agregó el activista e integrante del denominado Colectivo Guatemalteco, en el que se organizan con inmigrantes que han sufrido las secuelas de la guerra y promueven el rescate de la memoria histórica de su país.

En una tarde calurosa, nos desplazamos al vecindario Westlake, en Los Ángeles. En una bodega, en donde pululan los platos desechables, trajes mayas y diferentes comestibles importados, encontramos a Aldo Waykan frente a su computadora, en el negocio que administra cuando no está como traductor en las cortes federales.

Waykan, de 49 años, habla el idioma q’anjob’al de sus ancestros, y gracias a su dominio del español e inglés sirve de traductor a sus connacionales monolingües desde 1998. Este guatemalteco, oriundo de Huehuetenango, emigró después de que fuese agredido por jefes de las autodefensas civiles, grupos paramilitares que operaban durante la guerra bajo las órdenes del ejército.

“Ahorita solo con mencionarlo se me acelera el corazón”, confesó el inmigrante, que en el 2018 se naturalizó estadounidense después de un largo proceso de asilo político.

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En el 2018 se naturalizó estadounidense Aldo Waykan, un inmigrante que huyó de la violencia en 1990 de su natal Guatemala.
(Soudi Jiménez/Los Angeles Times en Español)

El amedrentamiento que hormiguea estos días en Estados Unidos, indica Waykan, es algo con lo que convivían los habitantes de la aldea Nanqultaq, en el municipio de Santa Eulalia. Las aproximadamente 1.000 personas de ese poblado eran indígenas que se dedicaban a cultivar maíz y a cortar café.

En su aldea, se encontraban en un fuego cruzado. En ese caserío circulaba la guerrilla y el ejército. Eso condujo a las autodefensas civiles a ejercer una vigilancia milimétrica en la zona, identificando a los líderes locales. A sus 18 años, él era influyente entre los compañeros de clases y era organizador de actividades estudiantiles.

“Un día te vamos a encontrar”, le comenzaron a decir en forma de amenaza, lo que lo obligó cambiar de camino para ir a estudiar, desplazándose por espacio de una hora por las montañas. Las advertencias se prolongaron por casi un año. La preocupación de los agentes civiles era que los jóvenes se unieran a la guerrilla.

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El no votar permite que las condiciones se agudicen aun peor y podamos institucionalizar de forma permanente toda esta actitud anti-inmigrante, racismo, clasismo y autoritarismo, de una forma que la democracia de Estados Unidos en cuatro años no se pueda identificar

Miguel Tinker Salas, profesor de Estudios Latinoamericanos en Pomona College

En 1989, Waykan fue sorprendido en un evento escolar, que se realizaba en el salón municipal. De repente, se abrieron las dos puertas del local e ingresaron unos 7 hombres armados. Recuerda que dos de los golpes certeros en la cabeza lo desplomaron, mientras recibía una retahíla de pisotones.

“Solo recuerdo que me patearon y llegaron varios a golpearme”, rememoró sobre el incidente que lo dejó inconsciente.

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Poco después de esa golpiza salió de Guatemala. Al principio tenía rencor y sed de venganza, ahora confiesa que solo navega con el trauma cuando las memorias se remueven. Al saber de las intenciones de los simpatizantes de Trump, lo primero que piensa es en darles una lección por medio del voto.

“Nunca pensé que esto pudiera pasar aquí”, comentó anonadado sobre lo que plantean los extremistas de derecha.

El 3 de noviembre, indica que será su primera elección presidencial en la que participará. Y su idea es ir al centro de votación a emitir el sufragio.

¿Ya decidió por quién votar? Se le preguntó.

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“Claro que sí, menos por Trump”, concluyó.


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