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¿Sobrevivirán las pequeñas empresas de California a otra oleada de COVID-19 sin nueva ayuda económica?

Ebony Lynk and Romel Mallard with their children: Bryce Hayes, Romari Mallard and Rori Mallard.
Ebony Lynk junto con su esposo, Romel Mallard, y sus hijos: Bryce Hayes, Romari Mallard y Rori Mallard. La pareja de Paramount maneja Gamebox Mobile Video Gaming, una pequeña empresa que se vio muy afectada por los cierres durante la pandemia. Sus hijos Romari, izquierda, y Bryce, derecha, se ofrecen como entrenadores voluntarios los fines de semana.
(Allen J. Schaben / Los Angeles Times)

Durante 27 años, a lo largo de una franja industrial junto a la Autopista 405, Go Kart World ha ofrecido diversión familiar con seis pistas de carreras y una sala de juegos. Pero a medida que la noticia del coronavirus se extendía, en febrero pasado, los clientes huyeron. En marzo, los funcionarios de salud cerraron el negocio.

“Me desesperé”, reconoció Cynde Harris, copropietaria del lugar junto con su esposo, John. “Nuestra temporada va de febrero a septiembre. Perdíamos como $1.4 millones al mes. No hay forma de recuperarse de eso”.

Los Harris despidieron a 35 trabajadores y, durante los meses siguientes, lograron obtener dos préstamos federales por un total de $270.000 dólares. En octubre, llegó una subvención de $30.000 del condado de Los Ángeles. Go Kart World reabrió este mes en Carson.

No obstante, Harris está preocupada. “Solo puedes endeudarte hasta cierto punto”, reconoció. “Es una amarga medicina que te digan: ‘Puedes pedir prestado dinero’, cuando un cierre gubernamental acaba de aplastar tu negocio”.

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Cuando el coronavirus comenzó su marcha mortal sobre la economía, la primavera pasada, la Ley CARES del Congreso, de $2.2 billones, impulsó a las pequeñas empresas de California como Go Kart World con miles de millones de dólares en préstamos y subvenciones. Pero los esfuerzos de rescate ahora están fallando a medida que la pandemia alcanza nuevas alturas catastróficas.

Después de meses de disputas partidistas y la elección presidencial de Joe Biden, el Congreso permanece en un punto muerto sobre nuevos fondos de estímulo para empresarios en dificultades, trabajadores desempleados y gobiernos estatales y locales con problemas.

Sin una afluencia de nueva ayuda federal, decenas de miles de las cinco millones de pequeñas empresas de California enfrentan un invierno sombrío con restricciones gubernamentales, merma de clientes y nuevos cierres en medio de una desaceleración económica. Es posible que muchas no sobrevivan. “Los préstamos que obtuvieron dieron a muchos negocios un momento de respiro”, comentó John Kabateck, director para California de la Federación Nacional de Negocios Independientes. “Pero eran pequeños apósitos para una herida muy grande. Y ahora están muy, muy aterrorizados”.

A pesar de un repunte parcial durante el verano, los ingresos de los pequeños negocios de California disminuyeron un 29.3% este mes, en comparación con enero, según Opportunity Insights, un rastreador de indicadores económicos con sede en la Universidad de Harvard. La cantidad de pequeñas empresas del estado que permanecen abiertas cayó un 31.8%.

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Con la posibilidad de una recesión económica prolongada, “muchos de estos cierres pueden ser permanentes debido a la incapacidad de los propietarios para pagar los gastos continuos”, expuso un economista de UC Santa Cruz, Robert Fairlie, que rastrea datos para la Oficina Nacional de Investigación Económica.

Cynde Harris co-owns Go Kart World in Carson.
Según Cynde Harris, copropietaria de Go Kart World, en Carson, se necesita más ayuda federal para hacer frente a los efectos económicos de COVID-19.
(Christina House / Los Angeles Times)

Las vacunas contra COVID-19 pueden estar en camino, pero no está claro si estarán disponibles lo suficientemente temprano como para ayudar a muchas empresas ya tambaleantes. En una encuesta nacional realizada el mes pasado por Small Business Majority, una red de 70.000 compañías, más de un tercio de los propietarios afirmaron que sus negocios no sobrevivirían más allá de mediados de enero sin fondos adicionales. Para las empresas propiedad de negros y latinos, la proporción fue del 41%.

Maricela Guerrero compró La Taverna Cubana, un restaurante de Valley Village que perdía dinero, hace tres años, y había comenzado a obtener ganancias cuando las restricciones la obligaron a cerrar, en marzo. Guerrero despidió a dos de sus cuatro empleados y volvió a abrir una semana después solo para entregas a domicilio y pedidos para llevar. Los ingresos ahora representan menos de la mitad de lo que eran, indicó.

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“Solíamos tener clientes de los estudios a la hora del almuerzo, pero ahora no se hacen películas, así que la actividad es muy lenta”, reconoció Guerrero, de 48 años. “No quiero cerrar. He puesto mi alma en este negocio”.

Gracias a la Ley CARES, la empresaria obtuvo dos préstamos federales, por $13.000 y $28.000, que la ayudaron con la renta, los suministros y la nómina, pero el dinero se acabó en septiembre.

Hace pocas semanas, obtuvo una subvención de $15.000 del Fondo de Recuperación Regional por COVID-19 de Los Ángeles, un programa conjunto de la ciudad y el Condado. Pero al igual que muchos restaurantes pequeños, La Taverna Cubana opera con un margen reducido y Guerrero acumuló $40.000 en deudas de tarjetas de crédito.

A menos que su restaurante pueda reabrir por completo, dice, no podrá sobrevivir después de enero sin más ayuda.

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Sin embargo, es poco probable que se produzca una reapertura completa pronto. En la última semana, las infecciones semanales por coronavirus en California aumentaron más del 100 por ciento, y el estado promedia más de 11.000 casos nuevos por día. Las hospitalizaciones crecieron un 78% en las últimas dos semanas. Las empresas en la mayor parte del estado, incluido todo el sur de California, funcionan bajo las pautas de reapertura y capacidad más restrictivas del estado.

Incluso si el estado reabriera pronto, es probable que los clientes desconfíen de volver a los centros comerciales, estadios y otros sitios públicos hasta que disminuya la transmisión del virus.

Además, con los cheques primaverales de estímulo federal por $1.200 ya agotados y el vencimiento en agosto de un suplemento federal de desempleo semanal de $600, los consumidores tienen menos dinero en sus bolsillos para gastar, incluso si salen.

Serina Lim, owner of Phnom Pich Jewelry International, with husband Tarith Tan.
Serina Lim, propietaria de Phnom Pich Jewelry International en Long Beach, en su tienda junto con su esposo, Tarith Tan. Las ventas son apenas la mitad de lo que eran a esta altura del año pasado, debido a los bloqueos por el coronavirus.
(Brian van der Brug / Los Angeles Times)
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Esa es una gran preocupación para Serina Lim, de 40 años, propietaria de Phnom Pich Jewelry International, en el distrito Cambodia Town, de Long Beach. Su tienda cerró en marzo y no volvió a abrir hasta el 1º de octubre pasado. La empresaria afirmó que las ventas se redujeron a aproximadamente a la mitad de lo que eran para esta época del año pasado. “Las joyas no están en la lista de necesidades de todos”, comentó. En el marco de las reglas de seguridad del Condado, la tienda solo puede atender a un cliente a la vez.

Lim obtuvo dos préstamos federales, por $50.000 y $27.500, así como una subvención de $15.000 del fondo regional de Los Ángeles, pero el propietario del local se negó a bajar la renta mientras la tienda estaba cerrada. A fines de mayo, cuando estallaron las protestas por la violencia policial, el comercio sufrió daños por $80.000, que solo fueron cubiertos en parte por el seguro, comentó Lim.

“Hemos agotado nuestros ahorros tratando de mantenernos a flote”, reconoció. “Pero todavía nos enfrentamos a los horrores de esta pandemia. Necesitamos más ayuda para superarlos hasta que llegue la vacuna”.

Sin duda, los efectos de la pandemia son desiguales. Los restaurantes, gimnasios, salones de belleza, cines y otras empresas que involucran un contacto humano cercano sufren mucho más que los bufetes de abogados, las empresas de contabilidad o de tecnología cuyos trabajadores pueden seguir adelante desde casa.

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Según Stuart Waldman, presidente de la Asociación de Industria y Comercio del Valle, que representa a 400 empresas del Valle de San Fernando, “muchos negocios, especialmente restaurantes, cerraron sus puertas. Es desgarrador”.

Otros se están adaptando, agregó Waldman, quien citó como ejemplo a un estudio de actores que pasó a dar clases en línea. Pequeñas tiendas de ropa y librerías con clientes leales volvieron a convocar a sus trabajadores de licencia para vender en línea y entregar productos en la acera. Blinking Owl Distillery, de Santa Ana, comenzó a fabricar desinfectante de manos para hospitales. En Manhattan Beach, Kasih Co-op, una pequeña empresa que vende almohadas y tablas de cortar hechas en Indonesia, optó por fabricar cubrebocas con motivos batik.

A sign at Go Kart World says customers are required to wear masks.
Un letrero en Go Kart World, en Carson, informa a los clientes que es necesario cubrirse el rostro para ingresar. La empresa suele contar con el dinero de la temporada alta de verano para pasar los magros meses invernales, pero este año la pandemia la privó de ese colchón financiero.
(Christina House / Los Angeles Times)

La supervivencia a menudo depende de los propietarios. Los operadores comerciales “que poseen sus propios edificios están en una buena posición”, dijo Waldman. “Y algunos propietarios ofrecen descuentos en el alquiler. Pero otros obligan a sus inquilinos a pagar incluso por espacios de estacionamiento que no pueden usar”.

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Una encuesta de octubre pasado realizada por la federación empresarial independiente encontró que las ventas se redujeron al menos a la mitad para una de cada cinco pequeñas empresas en EE.UU, en comparación con la situación previa al COVID-19. Pero el 17% afirmó que le estaba yendo mejor, y el resto se encontraba en algún punto intermedio.

La mayoría de las pequeñas empresas que solicitaron préstamos federales en virtud de dos programas importantes de la Ley CARES pudieron obtenerlos, según la federación. Pero el Programa de Protección de Cheques de Pago (PPP, por sus siglas en inglés), que canalizó $68.600 millones a 623.000 compañías del Estado Dorado, dejó de aceptar solicitudes en agosto. El programa de Préstamos de Desastre por Lesiones Económicas, que prestó $34 mil millones a 550.000 negocios de California, vence en diciembre.

Muchos programas locales también se están quedando sin dinero. El Fondo Regional de Los Ángeles para la Recuperación del COVID-19, de $108 millones de dólares y creado con dinero de la Ley CARES de la ciudad y el Condado, dejó de aceptar solicitudes el mes pasado.

Un nuevo programa de préstamos financiado por el estado de $25 millones, el Fondo de Reconstrucción de California, fue lanzado la semana pasada para empresas con 50 empleados o menos, afectadas por la pandemia.

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De los 1.59 millones de establecimientos comerciales de California con empleados, 1.16 millones tienen menos de cinco personas en nómina, según la Oficina de Estadísticas Laborales de EE.UU. Muchos, como el restaurante de Guerrero y la joyería de Lim, calificaron para préstamos federales.

No obstante, California tiene 3.4 millones de propietarios únicos sin empleados, y muchos han quedado afuera. Algunos no pudieron cumplir con los requisitos de préstamos federales, o se sintieron desconcertados por el papeleo. Otros carecían de relación con un banco para tramitar un préstamo.

“El PPP exigía demostrar que se obtenían ganancias”, comentó Tunua Thrash-Ntuk, director ejecutivo de Los Angeles Local Initiatives Support Corp., una organización sin fines de lucro que distribuye los fondos regionales. “Algunas personas no contaban con eso. Y, por ejemplo, un cantante de acompañamiento, un estilista o un vendedor ambulante, que no tienen empleados, no podían conseguir mucho dinero”.

Romari Mallard, 10, volunteers as a game coach for his family's business.
Romari Mallard, de 10 años, en el tráiler de Gamebox Mobile Video Gaming. La pequeña empresa de sus padres, en Paramount, renta el tráiler de 20 pies lleno de videojuegos para fiestas y eventos con lo que recaudan fondos, que fueron escasos durante la pandemia.
(Allen J. Schaben / Los Angeles Times)
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Una pista sobre la gran necesidad que existe: 140.000 pequeñas empresas solicitaron las subvenciones de Los Ángeles desde julio, pero solo se financiará a unas 7.000. De los $108 millones -que deben gastarse este año-, se asignaron $31 millones a mediados de noviembre.

“Tenemos que esperar a que las entidades proporcionen su información”, comentó Thrash-Ntuk. “Luego debemos verificarlo. Nos comunicamos con ellos en 15 idiomas diferentes”.

El negocio de Ebony Lynk consiste en un tráiler de videojuegos de 20 pies, para fiestas. Con base en su apartamento de Paramount, Gamebox Mobile Video Gaming and Entertainment no tiene empleados, pero el esposo de Lynk, Romel Mallard, quien fue despedido de su trabajo como camionero el año pasado, ayuda con la conducción. Sus hijos, de 13 y 10 años, se ofrecen como entrenadores de juegos los fines de semana. “Después del impacto del COVID en marzo, los ingresos pasaron de $4.000 dólares al mes a cero”, comentó. “No sabíamos qué hacer. Solo rezábamos”.

Lynk, de 38 años, redujo los pagos del préstamo para el tráiler, pero tuvo que cubrir el almacenamiento, el teléfono y el mantenimiento de la web. Luego, a principios de julio, cuando los clientes comenzaron a regresar, los gastos aumentaron al brindar desinfectante y mascarillas. La cantidad de jugadores dentro del tráiler se redujo a la mitad debido al distanciamiento social.

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En agosto, la Administración Federal de Pequeñas Empresas rechazó concederle a Lynk un préstamo por desastre. Pero en octubre, recibió una subvención de $5.000 del fondo regional de Los Ángeles. “Estaba tan emocionada que gritaba y corría como una niña de cinco años”, recordó.

Ese dinero, dijo Lynk, le permitió aumentar los pagos del préstamo para el tráiler y ahora, con el negocio de vuelta en un ritmo más normal, creó un programa que ofrece certificados de regalo para eventos de recaudación de fondos y sesiones gratuitas para organizaciones sin fines de lucro. Entre los primeros destinatarios se encontró Sisters of Watts, un grupo comunitario del sur de Los Ángeles.

Si la nueva oleada de COVID-19 cierra el negocio de los juegos, Lynk tiene un plan B. Ha solicitado una licencia de la ciudad para vender golosinas preparadas en casa, como barras de arroz crujiente y pretzels cubiertos de chocolate. También ha estado viendo videos sobre decoraciones, como torres de globos. “Quiero que mis hijos sepan que si trabajas duro, puedes lograrlo”, enfatizó Lynk.

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