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De adictos y adicciones: Por la gracia de Dios

EFE/Archivo

Hay miles de historias como la mía, comencé como la mayoría: poco a poco. Al terminar la primaria ya compraba cigarrillos, tan solo para sentirme grande; luego llegó el alcohol y la marihuana; para mí, todo era nuevo y excitante, así conocí la cocaína, hongos, LSD, peyote, éxtasis, cristal, en fin, cada nueva experiencia me parecía maravillosa.

Por supuesto, jamás me consideré un adicto, lo mío eran “experiencias”, hasta que se convirtieron en hábitos; por ejemplo, una fiesta sin alcohol me parecía aburrida, en la comida siempre me acompañaba una cerveza, si me encontraba en el campo o en la playa, aderezaba la experiencia con alguna droga, y ni hablar de la marihuana; yo era de esos que antes, durante y después de cualquier actividad, me estaba dando un toque.

De mis parejas solo puedo decir, que algunas consumían, otras no, pero todas estaban igual de enfermas que yo; casi todos mis amigos eran adictos, y muchos de mis parientes también eran consumidores.

Pero no piense que vivía en un barrio bajo, que mi madre era prostituta y mi padre alcohólico, no; yo vengo de una familia bien constituida, mi padre era un buen proveedor, también era tomador, aunque nunca lo vi borracho, mi madre era media ‘neuras’, muy preocupona y controladora, e infinitamente amorosa.

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Estimado lector, querida lectora, como tal vez usted sepa, toda adicción está considerada como un trastorno de la personalidad, la adicción a las drogas, por ejemplo, desarrolla en la mayoría de los casos, una dependencia física a la sustancia, además de un trastorno conocido como: trastorno obsesivo compulsivo.

Durante muchos años mantuve la apariencia de una persona normal, es decir, ocultaba mi adicción, aunque era evidente que mis finanzas iban a pique y mi vida sentimental era un desastre.

Cuando pensaba que las cosas no podían ir peor, vino la separación de la madre de mis hijas. Los conflictos empezaron por mis infidelidades, después ella me pagó con la misma moneda, y no aguanté, muy digno me separé, sin saber que no solo era dependiente a las sustancias, también era adicto a ella. Me sentí traicionado y huérfano, quería morirme y hacerla sentir culpable.

Obviamente, no tuve el valor de quitarme la vida. fantaseaba con dejar una carta póstuma, diciendo que la hacía responsable de mi dolor, muchas veces pensé en el contenido de aquella carta, le quería decir que no podía vivir sin ella, luego recurría al chantaje usando a mis hijas de pretexto, la imaginaba llorando, arrepentida, de ese tamaño era mi soberbia e inmadurez.

En esas circunstancias conocí la heroína, en aquellos días era lo único que me permitía soportar el dolor de sentirme abandonado. La heroína fue mi puerta de escape, para no pensar y no sentir.

La medicina surtió efecto, dejé de pensar en ella, en mis hijas, en mi familia, dejé de pensar en todos; mi única motivación para el día a día, era tener algo de dinero para ir a comprar más ‘carga’. Hacía trabajos esporádicos, recogía botes, cartón, metal; mi vida era un círculo: de las calles a mi cueva y nuevamente a las calles, día y noche. No me podía alejar más allá de unas cuantas cuadras, me daba temor estar lejos de mi conecte, sin él, estaba perdido; si por algún motivo no había ‘chiva’ o el conecte tardaba en llegar, aquella espera se convertía en un martirio, con dolores de estómago, diarrea y calambres. Para mí, en el mundo solo había una cura: heroína.

Por fortuna, nunca dormí en la calle, mi familia me apoyó con un cuarto en un terreno baldío, me “contrataron” de velador, aunque podrían haberme matado y yo no me habría dado cuenta. Aquella propiedad eran mis dominios, me servía como centro de acopio de material reciclable y como picadero, a eso se reducía mi felicidad.

Mi recuperación llegó con Arturo, un viejo amigo de la infancia, con él viví los mejores momentos de mi niñez. Cuando terminamos la primaria su familia se mudó, jamás volvimos a saber el uno del otro. Hasta que veintitantos años después apareció en mi puerta. Según me dijo, estaría en la ciudad una temporada, yo la verdad no le puse mucha atención.

Ninguno de los dos seguíamos siendo los mismos, sin embargo, quedaba algo de aquellos niños. Arturo me abrazó como a un hermano, en sus palabras no había juicios, ni recriminaciones, tampoco hubo necesidad de contarle mi historia, seguramente mi familia se había encargado de darle santo y seña.

Con Arturo recordé quien era antes de la enfermedad, hablar con él me tranquilizaba y fue quien me metió la idea de hablar con Dios. Gracias a él comprendí que religión y espiritualidad no son lo mismo. Yo no cambiaba mi estilo de vida, pero algo empezó a cambiar dentro de mí.

En una de esas tantas crisis, Arturo me preguntó: ¿Te gustaría cambiar de vida o te piensas morir así?, la pregunta no era retórica, si yo le hubiera respondido que me quería morir así, seguramente él habría respetado mi decisión, sin discursos ni sermones. Por primera vez en años, consideré la posibilidad de dejar las drogas.

Arturo hizo ciertos preparativos, estuvo a mi lado las primeras 24 horas antes de ingresar a un centro de rehabilitación, llegado el momento me encaminó hasta la puerta. Nos despedimos, me dio un abrazo y un apretón de manos al tiempo que me decía: “Vas a estar bien, solo habla con Dios”. Esa fue la última vez que nos vimos.

Las primeras semanas no tenía ánimos de hacer nada, ni de ver a nadie. Durante los primeros meses no recibí ninguna visita, supuse que Arturo me estaba dejando vivir mi proceso, o se había mudado a otra ciudad, porque no tuve más noticias de él.

Así pasé mi primer año internado, mi vida dio un giro de 180 grados, superé las malillas y los pensamientos obsesivos, mis pláticas con Dios se hicieron costumbre, recuperé mis fuerzas y comencé un proceso de autoconocimiento que me llevó a reconocer muchos de mis defectos de carácter; en cierto modo recorrí mi vida de atrás para delante, con honestidad y sin miedos. Debo decir que no fue agradable.

Después de tres años de rehabilitación y estudios bíblicos salí a servir en una congregación de barrio, ayudando a otros adictos; ha sido un camino muy largo, a veces pierdo la paciencia, los problemas no se acaban, pero Dios siempre responde.

De Arturo, jamás volví a tener noticias, a veces pienso que todo fue un sueño, en aquellos días andaba tan intoxicado que hablaba hasta con mi sombra; hoy en día no sé qué pensar, tal vez fue solo la droga, quizá un milagro, ¿un ángel que Dios envió? La verdad no lo sé, solo sé que Dios me restauró y por su misericordia estoy en este mundo.

José Miguel

Agradezco a José Miguel su testimonio y su confianza. No me cabe la menor duda que ocurren milagros todos los días.

Escríbame, su testimonio puede ayudar a otros. Todos los nombres han sido cambiados.

cadepbc@gmail


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