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Lo ha notado, ¿verdad? Hay algo en la luz de Los Ángeles

Un cielo amarillo y naranja sobre un ciclista
La puesta del sol enciende el cielo en el Área Recreativa de la Presa de Santa Fe en Irwindale, en diciembre.
(Robert Gauthier / Los Angeles Times)

Los Ángeles es un lugar de luces en abundancia: Luces de neón, luces Klieg, faros, luces de espejo de maquillaje y semáforos rojos.

Y luego está la luz, el halo de azul que se encuentra en lo alto, a veces blanquecino, en ocasiones bordeado de smog sepia. Pero siempre, una luz dorada, ni demasiado cálida, ni demasiado fría, casi tan inmutable como si la hubieran pintado allá arriba.

Cualquiera que sea la considerable fealdad que ocurra aquí abajo, ahí se encuentra siempre. El océano puede agitarse, la tierra puede temblar, pero ahí está el cielo sin sombras. Un inglés aquí, acostumbrado al clima como su táctica para iniciar una conversación, tendría que elegir otro tema.

Los pintores del sur de California a lo largo de dos siglos, desde Marion Wachtel hasta David Hockney, han gastado toda la paleta azul en él. Las fotografías arquitectónicas de Julius Schulman hicieron que la luz fuera un actor tan destacado como los edificios. Y la gente del cine no se cansaba de su uniformidad consistente. Hizo de Los Ángeles la capital del cine fototrópico.

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Francis Boggs, actor, director de cine mudo y gerente de la costa oeste de la compañía cinematográfica Selig Polyscope, le comentó una vez al Times que “encontramos que Los Ángeles es el mejor lugar para hacer nuestras películas” porque “lo más esencial de todo es la luz del sol. Es lo más perfecto que se puede tener, pues nuestro trabajo debe tener la mejor luz solar”.

En aquellos primeros días del cine mudo, el pionero director de fotografía Billy Bitzer notó algo en la estrella Mary Pickford durante una pausa en el rodaje. El sol iluminaba la grava blanca a sus pies, lo que borraba cualquier sombra en su rostro. Bitzer reprodujo el efecto en el filme.

En 1916, en Universal City en Cahuenga Pass, donde se grababan películas mudas al aire libre frente a públicos que pagaban, el departamento de fotografía colocó a un experto en un nido de cuervos en lo alto de un mástil elevado para, literalmente, vigilar el clima.

Cuando la luz se veía perfecta, se ondeaba un banderín blanco para señalar que “todo estaba despejado” a los directores y camarógrafos en los escenarios de abajo, y cuando la luz comenzaba a verse incierta, se levantaba una bandera diferente que decía, en letras grandes, “NO FILME”.

En 1946, el autor liberal Carey McWilliams entregó uno de los primeros análisis serios e implacables de este lugar en “Southern California Country: An Island on the Land”. Nadie ha acusado a McWilliams de fanfarronería, pero este nativo de las altas montañas de Colorado descubrió que “… el encanto del sur de California se encuentra principalmente en el aire y la luz. La luz y el aire son realmente un elemento: indivisibles, interactuando mutuamente, completamente interpenetrados”.

Más de 40 años después, el escritor nacido en Los Ángeles, Lawrence Wechsler, al escribir “L.A. Glows” para el New Yorker, recordó haber visto en 1994 la persecución de O.J. Simpson en la autopista en una cascada de lágrimas, no por el drama, sino por esa cierta luz de la tarde, la luz que “he estado añorando todos los días de las casi dos décadas desde que dejé el sur de California”.

Es la luz que Vin Scully evocó a los oyentes cada vez que el Dodger Stadium reflejaba la luz del sol y del crepúsculo en su estructura. Hacia la noche, Scully le comentaba a Wechsler, con la cima de las montañas vistas más allá del borde del estadio, “puede llegar a ser como una pintura de Frederic Remington o Charles Russell”.

A principios del siglo XX, el monte Wilson, de una milla de altura, era un lugar ideal para los telescopios que descubrían las galaxias, porque el aire tenía una quietud pura y, aunque el aire permanece estable, la luz urbana a los pies de las montañas ha convertido la oscuridad en día.

Este aire límpido no es la idea de algo maravilloso para todos. Puede tener la inquietante sensación de un casino sin reloj; el tiempo parece no pasar cuando la luz del día es la misma en el recorrido de 180 grados del sol, desde el desierto a las montañas y al océano.

William Faulkner, el novelista que vivía exiliado aquí a fin de ganar dinero escribiendo para películas, añoraba la pasión y el ímpetu de la gente de Mississippi y el clima de ese estado. Escribiendo en 1934, se lamentaba de que el aire de Los Ángeles tuviera “una especie de falta de luminosidad traicionera”.

Entonces, ¿cómo puede Los Ángeles tener una luz sin relieve y ser también la ciudad del cine negro y la ficción? El detective Sam Spade de Dashiell Hammett trabajaba en las nieblas de San Francisco, pero Philip Marlowe de Raymond Chandler hizo de Los Ángeles la capital del cine negro. Creo que gana Marlowe; las sombras son mucho más oscuras aquí porque la luz es mucho más brillante.

Sombras de palmeras y una escalera en Long Beach
Una persona baja una escalera en Pike Outlets en Long Beach el año pasado.
(Allen J. Schaben / Los Angeles Times)

James M. Cain era el ojo frío y evaluador del escritor de “Double Indemnity” y “The Postman Always Rings Twice”: el “poeta del asesinato sensacionalista” es como lo llamó un crítico literario. Y esto es lo que tenía que decir sobre la luz que inundaba los escenarios que puso en papel: “Lo principal a recordar es la luz del sol, y la inmensa extensión de cielo y tierra que ilumina; absorbe el color de todo lo que toca, quita el verde de las hojas y la savia de las ramas, hace que los seres humanos parezcan pequeños y sin importancia… La luz del sol le da a todo la calidad inmóvil de las cosas que se ven en un desierto”.

Cain llegó a Los Ángeles siendo adulto, para escribir cine. A fines de la década de 1950 o principios de los sesenta, Richard C. Flagan vino aquí de niño, desde Michigan, para visitar Disneyland y sus alrededores con su familia.

“Estuvimos aquí dos semanas, nunca vimos una sombra porque esa era la época de la contaminación realmente mala. Pero la quemadura que me dejó el sol fue increíble. Juré que nunca viviría aquí”.

Bueno, eso quedó solo en palabras. Ha estado en Caltech durante más de 40 años, donde ahora es profesor de ingeniería química y de ciencias e ingeniería ambientales, así como un estudiante constante de cómo se comportan las partículas y las moléculas en la atmósfera para darnos lo que amamos llamar luz mediterránea.

El aspecto del cielo (más azul, más blanco, más marrón) es “el resultado de la luz solar dispersada, la luz solar dispersada por las moléculas”. Y si se añaden las partículas del smog, el polvo, las exhalaciones de la tierra y los seres vivos que hay en ella, las partículas que interactúan con el sol proporcionan a nuestros ojos la versión de luz y color que vemos.

Las partículas realmente pequeñas “esparcen la luz sobre el espectro solar. ¿La majestuosidad de las montañas púrpura? Lo que se ve son las partículas que dispersan la luz entre tú y las montañas… entonces estás viendo la luz reflejada en las montañas más la luz solar dispersada por estas pequeñas partículas en el aire”.

Ahora, “si todo lo que tuvieras fuera el sol, y la única dispersión de luz fuera de las moléculas de gas [del sol], estarías observando a larga distancia un refuerzo del azul y una disminución de los otros colores. Cuando pones partículas [generadas en la tierra], las partículas dispersan luz de todos los colores, pero el extremo azul del espectro dispersa más que el amarillo y el rojo. Eso va a eliminar el contraste... haría que [la luz] pareciera consistente. Reduciría el contraste”.

Cain “lo describió como una especie de llanura; creo que esa sería una descripción adecuada”.

Y el ingrediente principal en la “receta” para esos elegantes atardeceres nuestros no es solo el smog de clima cálido. De hecho, algunas de las mejores puestas de sol aparecen en invierno, cuando un viento húmedo puede barrer el aire más denso.

Lo que vemos en una puesta de sol, detalló Flagan, es el efecto de la luz que “viene a través de una profundidad mucho mayor que cuando el sol está directamente sobre la cabeza. A larga distancia, tienes mucha más dispersión acumulativa. La luz azul se dispersa más que los otros colores, por lo que queda más rojo”, lo que explica la extravagancia del cielo.

Silueta de un hombre contra la puesta de sol en Long Beach
¿Dónde más encuentra este tipo de puesta de sol? (Esta fue en Long Beach el 9 de enero).
(Allen J. Schaben / Los Angeles Times)

Puede probarlo todo usted mismo, indica. “A medida que el sol comienza a ponerse, párese de espaldas al sol y mire al cielo. Ahora dé la vuelta, no observe directamente al sol, vea en dirección general.

Cuando esté de espaldas al sol, el cielo tiene mucho más color azul que cuando está de frente al sol; cuando tiene bastante más color rojizo, u obtiene más neblina blanca”. Todo se debe a que “la forma en que las partículas dispersan la luz del sol nos da la distribución del color en el cielo”.

Es algo bueno que tengamos la luz del día de Los Ángeles para entusiasmarnos. Nuestras puestas de sol pueden observarse en el cielo como una pintura colgando de un clavo, no siempre tenemos esos crepúsculos, las “heures bleues” de otros lugares. Aquí, el sol puede caer en el agua como una moneda de cinco centavos en una máquina de chicles, o una moneda en las primeras máquinas de kinescopio de Los Ángeles en un salón en el centro de Spring Street, hace 125 años.

Si quiere leer este artículo en inglés, haga clic aquí.


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