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OPINIÓN: ¿Será ya demasiado tarde invocar un poco de vergüenza?

Un letrero anuncia la presentación en el club nocturno Little Darlings, de Las Vegas
Un letrero anuncia la presentación en el club nocturno Little Darlings, de Las Vegas, de la actriz y realizadora de cine para adultos Stormy Daniels (Ethan Miller / Getty Images).
(Getty Images)

Leo estos últimos días con mucha atención el libro de Jill Locke: “Democracy and the Death of Shame” (Democracia y la muerte de la vergüenza), lleva como subtítulo: Political equality and social disturbance (Igualdad política y disturbios sociales). Sin duda, desde el primer momento que vi el título me pareció que debía leerlo y, en las líneas siguientes, trataré de explicar porque el interés.

Debo subrayar, además, las razones de por qué es un tema que no debía pasar inadvertido para quienes decimos vivir y disfrutar de un régimen democrático.

Desde mi perspectiva es un libro que suscita más interrogantes que respuestas en el sentido de que requiere reflexión y discusión y, si no es mucho pedir, preguntarnos: ¿Será que tengo algo de vergüenza o ya la perdí por completo? ¿Es nuestra democracia digna de respetarse o es una democracia bañada de sinvergüenzas -gobernantes y ciudadanos?

Tantas interrogantes devienen, en mi perspectiva, en un radical escepticismo respecto a la democracia y también a los llamados demócratas.

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Más aún, el libro, como lo apunta la autora, es una especie de lamento por la muerte de la vergüenza, y acaso también un lamento por la ¿muerte de la democracia?

Si hablamos de democracia, las referencias son inmediatas: proceso electoral, votos, opinión pública, costos financieros, campañas político-electorales, descalificación de los actores políticos, morbo ciudadano, sólo por citar algunos.

Poco se piensa, si es que se piensa, en si la democracia podría tener un vínculo con la vergüenza. Es más, seguro que nos preguntaríamos y qué es la vergüenza y por qué viene al caso. Además, ¿por qué la vergüenza se ha vestido de lamento?

Nos haría bien, un poco para exculparnos, reconocer que la nuestra no es la única época a la que se culpa de haber perdido la vergüenza, éste es un tema histórico.

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Generación tras generación se acusa que “antes -quién sabe cuándo- sí había vergüenza y que estos jóvenes de ahora no saben nada al respecto”.

Decir que antes tenían más vergüenza que ahora, me parece que sería sólo una posición común. Por eso el lamento, y en eso creo que la autora tiene razón. Dice ella: “El lamento se debe a que (la vergüenza) es una historia nostálgica de un pasado imaginado que representa (…) un tiempo y un lugar mítico cuando la vergüenza aseguraba y regulaba la vida social”. Es entonces que caemos en cuenta de que nuestro tema es una emoción aspiracional, es decir, la aspiración histórica de que tengamos, nosotros ciudadanos democráticos, conductas y actitudes que evidencien ciertos rasgos de ella.

Así, la expectativa es que nos debía dar vergüenza mentir o robar, engañar o abusar del prójimo, en una palabra: contradecir aquello que dice la regla moral, y si esto ocurre en el plano de la micro interacción, imagine lo mismo pero ahora en el amplio espectro de la vida pública, donde están en juego infinidad de recursos financieros, decisiones administrativas que abarcan aquellos ámbitos de salud, educación, vivienda, entre otros más, adjudicaciones directas -aunque la norma exija licitación- que no tienen otro objetivo más que beneficiar al compadre o al amigo, entonces el problema de la ausencia de vergüenza resulta de gran relevancia para explicarnos que no se trata solamente de tener indicadores que midan el nivel de corrupción de una sociedad, sino particularmente se trata de revestirnos de una capa de vergüenza que inhiba la expresión de “pero así lo hacían los anteriores”, particularmente, por la afectación que tienen esas decisiones en las vidas de millones de personas.

¿Será que nos hemos vuelto una sociedad de desvergonzados? Definitivamente sí. ¿Requerimos de la vergüenza? Desde luego que sí. La cuestión es cómo le hacemos para generar en nosotros ciudadanos, sinvergüenzas también en una gran mayoría, acostumbrados a la dádiva electoral, al amiguismo, al padrinazgo, a la parcialidad de nuestros juicios, pensar en una estrategia que nos permita ser responsables de las decisiones públicas que, sin duda, nos impactan a todos. ¿Creen que si invocamos a Aidos, diosa griega de la vergüenza y la dignidad humana, a que nos de aunque sea una pequeña ayuda lo podamos lograr? ¿O será ya demasiado tarde?


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